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miércoles, 22 de julio de 2009

3. Sardinas rellenas



La capacidad de lucha de Rosario de Acuña y Villanueva parece que está fuera de toda duda, pues son numerosos los testimonios con los que contamos al respecto. De hecho, dedicó buena parte de su vida batallando por conseguir que la luz de la razón penetrara en una España entenebrecida por la superstición y el fanatismo. Y eran muchos los frentes abiertos en aquella contienda: la libertad de conciencia, la educación racionalista, la «cuestión social»... la postergación social de la mujer. Escribió artículos y dramas, pronunció conferencias, participó en mítines y manifestaciones... No había que desperdiciar ocasión alguna para esparcir la semilla de la luz y la esperanza.

Si Rienzi el tribuno (⇑) la situó en las estribaciones del Parnaso, esta inusitada  y tenaz actividad propagandística desarrollada a lo largo de sus últimos cuarenta años de vida la convirtió en destacada luchadora en la pública palestra.  Los suyos destacaban su espíritu vigoroso, cuando no «viril»; sus oponentes echaban mano de todo el imaginario diabólico para referirse a ella. En cualquier caso, creo no equivocarme si digo que a la mayoría de los unos y de los otros les costaría imaginársela cantando unas coplas serranas mientras realizaba las tareas domésticas.

Esto de las etiquetas es lo que tiene: podemos llegar a pensar que la persona es unidimensional y que si una es, por ejemplo, una heterodoxa combatiente, pues eso, se pasa todo el día cavilando y cavilando la manera de poner todo patas arriba. Y si es una feminista (cuidado con las etiquetas) convencida, pues no puede estar limpiando la casa cuando la muerte viene a buscarla (cosa que a nuestra protagonista le ocurrió aquel 5 de mayo de 1923).

Fresco de la Casa de Julia Felix, Pompeya. Museo Arqueológico de Nápoles

Rosario de Acuña era muy hogareña y le gustaba todo lo que tuviera que ver con la casa (incluido el huerto), desde su diseño hasta su conservación y cuidado, de lo cual tenemos bastantes ejemplos, como en este escrito donde nos cuenta cómo fregar el suelo de madera: «Respirando a pleno pulmón aquel aire marino de salud y de fuerza, agarré el estropajo, esparcí la arena y a fregar, tabla por tabla, no de través (fregadura de sucias) sino al hilo del madero. Un cubo y otro cubo sacados de mi aljibe era llevados y traídos por mis manos...» (continúa  en  Servando Bango en El Cervigón ⇑); o en este otro dedicado a La cocina (⇑), donde nos da dos recetas que ella solía preparar:

Perdiz deshuesada rellena.- Después de desplumada y chamuscada ligeramente, cuidando que esté sin destripar, se abre con una navaja pequeña y muy afilada, a lo largo del espinazo, y con mucho cuidado, por ser la piel de estas aves muy fina, se procede al deshueso, dejándole sólo los de las patas, con el fin de darle luego forma; con el caparazón (esternón) y costillas, salen las entrañas e intestinos, de modo que la perdiz exteriormente, excepto en el espinazo, no aparece partida; una vez así el ave, se rellena con un picado de ternera y jamón sazonado con sal y una poquita de canela, todo en crudo, y suavizando con dos yemas de huevo; rellena con tino, pues si se mete mucho se revienta al guisarla, y si poco, queda muy desigual en su forma, se la colocan las patas, según arte, y se amolda con las manos como si tuviera sus huesos, metiéndola en un lienzo fino, que se cose bien fuerte, así como la abertura por donde se rellenó, y luego se pone en una cacerola con vino blanco, dos hojas de laurel, un pedazo de cebolla y cuadraditos de tocino y como media jícara de aceite frito con un ajo, y se hace hervir a fuego lento, cuidadndo de volverla alguna vez y de que esté bien tapada; cuando se vea flojo el lienzo, se le descose y se deja a la perdiz en la cacerola, para que se vaya dorando; la salsa espesada con harina, y sazonada con  vinagre o limón, se echa sobre tostones de pan y sobre la perdiz antes de servirla y sobre setas anteriormente hervidas.

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 Sardinas rellenas.- Quitadas las cabezas y raspas de las sardinas, se rellenan, arrollándolas de la cabeza a la cola, con un picado de ternera o carnero, una puntita de ajo, un poquito de tocino y algunas alcaparras todo muy bien picado y en crudo; envueltas a través, como se ha dicho, sobre su relleno, se rebozan en harina y luego en huevo, y se echan en aceite bien hirviente, sirviéndose como frito; y si se quiere como guisado, después de fritas se les hace una salsa con la mitad de aceite y la mitad de caldo, unos granos enteros de pimienta, un tomate partido por en medio, y una cebolla pequeña; reducido todo a la mitad, se pasa por tamiz, se echan en ella las sardinas a que den un ligero hervor, y antes de servirlas se espesan. La disección de la perdiz y de la sardina, puede servir de lección práctica de anatomía comparada, y cualquiera extrañeza orgánica que se encuentre en dichos animales, apuntada con cuidado, puede ser de gran interés para la observación de las leyes de la naturaleza física.

¡Que aproveche!

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Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 22-7-2009

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