-->

jueves, 20 de agosto de 2009

18. «Rosario de Acuña», por Fernando Dicenta


Niño aún conocí a Rosario de Acuña. Fue entonces, cuando su voz preñada de infinitas dulzuras hubo de salir de sus labios, entonando las estrofas viriles, pletóricas de fe, de uno de sus versos:

Ya se escucha en las orillas
el rumor de la marea:
Traen sus olas turbulentas
 vendavales de dolores.
Son lamentos y sollozos
de incontables muchedumbres,
que murieron asfixiadas
bajo el yugo de la fuerza.
¡Bien henchida de agonía!
¡Ya se acerca! (1) 

 Centelleantes los ojos azulinos, las más veces inquietos en las órbitas, guardaban a intervalos extática fijeza; bajo el fruncimiento gallardo y expresivo de las canosas cejas, eran en esos momentos escalpelo potente y despiadado, que, rasgando corrompida carne de mundo presentes, tenaz y atrevido descubría para la sangrienta herida el alma nueva, virgen aún, de futuras generaciones.

Fragmento del artículo publicado en El Noroeste

No eran sus decires evocación baldía hacia rielar de luna sobre jardines de vida muerta, sepulturas abandonas de princesas exentas de emoción; eran sus palabras, sacudimientos bruscos hacia pasiones y romanticismos dormidos.

No era su lira arpegio de música sonora, sólo para el deleite compuesta: vibraciones de cantos de guerra tenían sus cuerdas que poesía no es evocación única de Naturaleza, sino de vida donde la arteria palpite y el corazón se engrandezca, donde las almas se levanten, donde se esclarezcan los cerebros como sostén de puros entusiasmos, de fes arriesgadas y de creencias nobles.

Es hoy, transcurrido el pasar del tiempo, cuando en su albergue solitario, en su cárcel honrada, se ha erguido ante mí la augusta imagen de Rosario de Acuña; más níveos los cabellos, escapándose a mechones de entre la cofia de lana, más empequeñecida la figura ante el encorvamiento de los años, más tenebrosa y muriente la mirada, más temblorosas las pequeñas manos, claro espejo de grandezas pasadas. Pero aún cuando el viejo idiota de luenga barba blanca que simboliza el tiempo, grabó sobre su cuerpo con trazo inhumano los sacros cincelazos de la vejez, tuvo que rendir su potencia al querer transformar en caducos los entusiasmos y la pureza de alma de esta noble anciana.

Sudario santo de su vida serán estas ilusiones que desengaños y amarguras formaron y que siempre prevalecerán, aunque temperamentos enclenques, incapaces de comprenderlas, pretendan ridiculizarla y aunque inteligencias de baja atrofia quieran aminorar su grandeza.

¡Qué importa! Sobre mártires se cimentan las religiones. ¡Ay de ellas si no tienen la fuerza de crearlos!
Cuando las humanidades presentes se derrumben, cuando las pasiones del latir insano rompan las venas de enfermizos cuerpos y su sangre corrompida se derrame, sobre el montón de estos cadáveres morales se erguirá altanera, como bandera de triunfo ondeando en los aires, la excelsa, la magna figura de Rosario de Acuña; que si católicos y creyentes elevaron a santa Teresa de Jesús, creyentes únicamente alzaran sobre altares de justicia la firmeza y valentía de esta hembra que supo enlazar la varonil pujanza con los refinamientos de piedad y amor cuidados en su sensible corazón de mujer.

Con amarga ironía supo decirme:

¡A qué pelear! En campos infecundos, es tarea vana voltear simiente. Cuando la tierra se resiste a la azada del que siembra y aprieta sus terrones resecos, ennegrecidos por soles invernales, es esfuerzo inútil esparcir germen en matrices dormidas a la procreación. No quiero al mundo; no quiero ser una víctima más de sus temperamentos desquiciados, de sus fiebres de anemia. Al igual de Diógenes, quiero vivir encerrada en mi tonel, sin otra aspiración que no me quiten el sol

 Enmudeció la mártir; al fulgor de un sol muriente sobre el lecho de las verdosas aguas del Cantábrico, sus ojos parecieron tener mayor brillantez, coronando su frunce, al cerrarlos, dos lágrimas perlinas, heraldos, no de una renunciación, sino de un sentir intenso, de una compasión femenina ante la amargura del dolor ajeno. Marcando después en sus ya descoloridos labios una mueca de impuesta resignación, envolvió la tristeza de ellos con el velo blanco de una sonrisa de bondad y de amor; apoyó su mano cariñosamente sobre mi hombro, y con voz sonora, a la que las brisas marinas pusieron virtuoso acompañamiento, repitió la estrofa rimada, la misma que hace años hube de escucharla:

¡Bien henchida de agonía!

 ¡Ya se acerca!

Envolvían las sombras el verdor fuerte de las campiñas, el color esmeralda de la mar, cuando hube de abandonar la casona de blancos tapiales, de cerradas ventanas con barrotes de hierro, en que, altaneras, las enredaderas, cansadas quizás de arrastrarse sobre la tierra, pretendían escalar las alturas. El portón de madera cerrose a mis espaldas como muro insondable entre un mundo de tinglado y un alma pura, de pujanzas de fiera y enternecimiento de madre.

Gijón, 25-3-1918 

 Fernando Dicenta

 El Noroeste, Gijón, 1-4-1918



(1) Primera estrofa de  La marea publicada en  ¡Avante!, Granada, 3-8-1902



Carné de refugiado político de Fernando Dicenta Alonso (Veracruz, México, 1939) 28. «Nuestras plegarias», por Fernando Dicenta

Fernando Dicenta Alonso fue uno de los que acompañaron a Rosario de Acuña hasta el cementerio civil de Gijón, tal y como él mismo contó en un artículo que fue publicado unas semanas más tarde. Fernando había nacido en Madrid el 15-6-1894 y era hijo de Joaquín...


____________
Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 20-8-2009

No hay comentarios:

Publicar un comentario