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sábado, 26 de diciembre de 2015

86. «Una mujer muy mujer», por José Díaz Fernández



Yo iba algunas tardes hasta allá arriba, por charlar con doña Rosario, a quien no le gustaban mis versos. Me lo decía con sinceridad y yo no me atrevía a contradecirle:

–Son ustedes muy frívolos y la poesía es una cosa seria.

Me recordaba a mi madre, a la que tampoco le agrada lo que yo escribo. Le pasa lo que a la madre de Bagaría, que le decía de sus dibujos:

–Yo no comprendo cómo le gustan a nadie esos caracoles.

Fotografía de Rosario de Acuña en El Cervigón Doña Rosario no transigía con el ritmo desarticulado, las imágenes puras y los temas ligeros. Ella entendía el poema como un abandono de todo el panorama exterior para entregarse a la íntima devoción de las cosas. Todos sus versos son de un misticismo patético dentro de una pulcra forma clásica. Aspiraba a sorprender la actitud eterna de la Naturaleza y la vida; pero rehuía todo contacto con el mundo real. Aún en su teatro poético se nota esa tendencia deshumanizadora con la intención y la terquedad de un Teixeira de Pascoaes de quien doña Rosario era lectora muy constante. ¡Cómo iba a gustarle a doña Rosario un soneto que yo acababa de escribir sobre el cine!

–¡El cine! ¡Qué barbaridad! –decía indignada doña Rosario. Ahí no puede haber poesía sino inmoralidad y folletín. Yo nunca estuve.

Pero yo, delante de aquella anciana nerviosa, vivaz, entusiasta, apetente siempre de discusión, me sentía vigorizado y enérgico. Era un revulsivo su palabra creyente y clara por donde corrían las utopías como el agua por su cauce. Llegábamos allí un poco apesadumbrados de decepción y salíamos fortalecidos de libertad. Ella creía en el Más Allá, en la Revolución, en el destierro de los frailes, en el Amor, en Todo. Su figurilla delgada y arrugada era otra al hablar. A mí me daba la impresión del arco tenso de una ballesta lanzando fija y eficaz la flecha de la palabra.

–¿Cómo? Pero ¿usted no cree en esto? ¿Usted no cree en esto otro? ¡Qué remedio queda! Es una cosa fatal, decidida, inexorable, que se impondrá porque es la verdad. La vida tiene que volver a ser pura, justa y noble.

Cuando yo salía de conversar con doña Rosario formaba el propósito de no volver al cine, ni hacer más sonetos que tuviesen el ritmo ambiguo de las musas que se pintan los labios y bailan el fox. Ella era un ejemplo de vida diáfana y severa consagrada a un ideal de arte y de reforma social.

Y, sin embargo, era la mujer siempre femenina, atractiva, llena de gracia y de dulzura. Recuerdo que un día charlábamos en el comedor de su casa sobre la literatura rusa. Yo me quedé mirando el bordado del tapete de la mesa. Y doña Rosario, que me observaba, salió de Andreiew a un tema de labor y me habló de los bordados de Malinas, del entredós de Camariñas, de los estampados escoceses y de los encajes de las hábiles encajeras belgas. Para terminar:

–Eso lo he bordado yo. Por cierto que no pude escribir aquel artículo que les había ofrecido a ustedes porque quería acabar el tapete.

Daba lecciones de feminidad con la sencillez genial de quien habiendo nacido para los más altos destinos, no pierde nunca el contacto con las pobres cosas de la existencia. Era su vida un magisterio que acaso ninguna mujer aproveche. Sabía que el deber de las mujeres alcanza un horizonte más ancho que el de los hombres. Sabía que la mujer tiene que embellecer la vida con el amor, la inteligencia y la voluntad. Que hay que saber hacer una salsa y comprender una idea: repasar una camiseta y leer un libro. Doña Rosario enseñaba con el mismo orgullo un ejemplar de Doloras y humoradas que le dedicara Campoamor, que la rica mantelería heredada de su madre.

Frecuentemente aludía doña Rosario a sus viajes y sus excursiones. Sus caminatas por tierras de España y de Portugal dan idea de lo que era aquella mujer que recorría leguas a pie y a caballo, en tren o en diligencia, vadeando ríos y atravesando brañas, comiendo en las tabernas del camino entre labradores, buhoneros y trajinantes.

Hubo quien le negó el recuerdo de una calle en Gijón diciendo desdeñosamente que no era asturiana. Claro que doña Rosario de Acuña es universal. Pero dejando esto a un lado, quizá ella conociera Asturias mejor que muchos asturianos. Yo sé que recorrió a pie toda mi comarca occidental, metiéndose en las ásperas tierras de los Oscos y llegando a abrigaños de vaqueiros para sorprender maravillas de paisaje y honduras psicológicas de nuestro carácter. Hizo más, mucho más, que otros presuntos regionalistas.

Cuando pienso que aquella doña Rosario, que a los setenta años creía en todo, no volverá a darme ánimos borrando con su palabra el escepticismo que ha nacido con la juventud de este siglo, siento una gran tristeza. Hoy separo los ojos de tantos ojos de mujer como sonríen por estas calles y quedo con ellos elevados en el recuerdo de aquella vieja amiga, cuya psique vuela por la estancia donde escribo. Ella supo alcanzar la vida imperecedera que no tendrán estas mujeres, cuya sangre joven palpita entre el sol de mayo.

J. Díaz Fernández
El Noroeste, Gijón, 4-5-1924


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Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 19-11-2010.

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