sábado, 6 de febrero de 2016

97. De la admiración del fundador del Sporting a Rosario de Acuña



«El Cervigón, fantástico cerro, parece andar, moverse; parece querer marchar por los ámbitos del mundo como presuntuoso y orgulloso sostén de un templo desamparado por una raza dormida, y en cuyo templo se halla la Diosa Sacerdotisa del progreso librepensador, anciana venerable, esclarecida escritora, espejo de la universal mujer que piense y escribe, madre que pudiera ser de una raza de gigantes»

Esa diosa, esa esclarecida escritora, no es otra que Rosario de Acuña, a quien el autor dedica el artículo que con el título «Mirando a Gijón» fue publicado en El Noroeste el 24 de enero de 1917: «Dedico la pobreza de esta crónica a la muy culta y esclarecida escritora doña Rosario de Acuña y Villanueva. Dispense el atrevimiento y lo malo de la oferta, porque mi pluma, ilustre mujer, no sabe describir los nobles y sinceros sentires de mi alma.»

Anselmo López, fundador del Sporting
Anselmo López
(Real Sporting de Gijón
Boletín informativo, enero 1976)
¿Fue Anselmo López, fundador y primer presidente del Sporting, el autor de ese artículo en el cual describe las sensaciones que despierta en sus sentidos la contemplación de la silueta de Gijón vista desde lo alto? ¿Es suya esa contraposición de los dos núcleos antagónicos que se ciernen sobre su ciudad: de un lado El Cervigón, donde se halla el templo del progreso librepensador; del otro, a la parte opuesta «…una fortaleza jesuítica que, como yugo dominador del gigante dormido, parece querer elevarse al espacio, y en guerra de su egoísmo incendiar el Cervigón, arrojando sobre aquel templo del saber humano bombas de fuego y metralla… »?

Tengo el convencimiento de que, en efecto, esas líneas son obra de Anselmo López. Y me explico.

Para empezar, ése es el nombre y ése el apellido, que aparecen al final del artículo. Claro es, que tal coincidencia no resulte suficiente, por más que como tal, como Anselmo López, fuese citado en cuantas informaciones a él referidas aparecieron en la prensa hasta entonces. Me dirán los lectores, y con razón, que otros en Gijón habría con ese nombre y ese apellido. Además estaba lo del lugar, pues su artículo aparece firmado en «Alto de Somió» y, por lo que sabemos, el domicilio familiar estaba situado en la calle Dindurra.

Admitido que la firma por sí sola no es prueba concluyente, queda por encontrar otro punto seguro, fiable, en que apoyar mi convencimiento. Pues si por un punto pueden pasar innumerables rectas, por dos, como todos sabemos, sólo pasa una. Vayamos a ello.

Mi primera aproximación a la figura de Anselmo López tuvo lugar hace unos años, cuando recopilaba información para Deporte y educación física en Asturias. De los inicios a la guerra civil. Me sorprendió. Su perfil difería un tanto del de aquellos otros pioneros del fútbol que por aquel entonces, primeros años del siglo XX, ocupaban sus ratos de ocio practicando el novedoso deporte en el ovetense Campo de Maniobras, en El Bibio gijonés o en el avilesino Prado del Carnero. Sus objetivos no parecían ser los mismos que los de aquellos otros de apellidos tan conocidos (Alvargonzález, Navia-Osorio, Maribona, Adaro…) que compatibilizaban sus estudios universitarios con la práctica del lawn tennis o del foot-ball. No. Para Anselmo López el deporte tenía mucho que ver con lo educativo, con la regeneración patria, con la formación de «una verdadera legión de sanas y hercúleas juventudes».

Me sorprendió, que, fundado el Sporting, no tardara en crear Arte y Sport una sección –en 1914 la denominaban Real Sección Arte y Sport–, que pretendía prestar su contribución al fomento de estas dos disciplinas, lo cual hablaba bien a las claras de la diversidad de sus objetivos. Amplitud de miras que también podemos atisbar en la organización de carreras de aros para niñas; la de campeonatos locales de fútbol infantil, para «propagar la afición y entusiasmo al tan sano e higiénico deporte»; en las proclamas a favor del atletismo «bajo cuyo pórtico excelso cabe toda manifestación evidentemente deportiva»; o en la introducción en la ciudad del Joku-on (pelotón higiénico), deporte creado en el Club Deportivo de Bilbao que consistía en lanzar con los brazos un pelotón de cuero relleno de lana lo más lejos posible.

Resultaba evidente. Para Anselmo López el fútbol, y el deporte en general, era mucho más que ocio, más que un entretenimiento. Parecía tener las ideas muy claras al respecto y ello a pesar de su juventud, pues no debemos olvidar que no tendría más de catorce o quince años cuando se convirtió en el primer presidente del Sporting y unos veintitrés o veinticuatro cuando, en calidad de tal, presidirá la Federación Asturiana de Clubes, de diciembre de 1914 a mayo de 1915. De ahí, de su vinculación al fútbol como fundador, portero y presidente de club y federación, a las páginas de la prensa deportiva. Sabemos que, entre otras revistas, escribió para Madrid Sport y, puesto que ese dato sí que está suficientemente documentado, ahí será donde encontremos lo que, en mi opinión, constituye un apoyo firme a mi hipótesis.

El 17 de enero de 1918 aparece publicado en esa revista deportiva un artículo suyo que lleva por título «Allá en Gijón…», del que paso a reproducir algunos fragmentos:

 «Allá, en aquella bella llanura; allí, donde relampaguean aquellas luces de puerto, en aquella culta villa, emporio del trabajo que ahora descansa y duerme las fatigas del día, se envuelve, no en las tinieblas de la noche, sino en el odioso y frío manto de la indiferencia, un nombre, un noble y patriótico nombre de regeneración; el sacrosanto nombre de la redención de la raza. ¡Deporte!

 ¡Pobre juventud! ¡Pobre deporte! ¡Pobre patria!

 De la llamada sólo nos trae la brisa el apagado ambiente del fútbol que le vemos esfumarse en lontananza. De la llamada de la ciudad donde todo es impureza, miserias y envidias nos sube el escalofrío del miedo.

¿Miedo a los hombres? A los hombres no, a sus cobardías, a sus ruines pasiones, a sus bajezas desenfrenadas, a sus degenerados vicios y sus costumbres denigrantes. El fútbol muere por eso, porque somos los menos y ellos son los más.» 

A mí la música de ambos escritos me resulta bastante similar. En los dos subyace cierta visión pesimista que comparte espacio, casi mitad por mitad, con la esperanzadora ilusión de la llama regeneracionista; en ambos, las monedas tienen por cara la esperanzadora luz del progreso, la regeneración, la redención de la raza; la cruz, está protagonizada por la oscuridad de las impurezas y las costumbres denigrantes.

Como no se trata de dejarlo todo a la apreciación subjetiva de quien esto escribe ahí están los dos artículos para comprobación de cuantos sientan interés en ello. Por cierto, los dos están firmados en el Alto de Somió. Coinciden también en esto, y tal coincidencia abre un nuevo hilo del que harían bien en tirar todos aquellos que quieran conocer mejor a Anselmo López, pues allí, en el Alto de Somió, tenía su taller por aquel entonces un joven pintor del mismo nombre y apellido de quien en estos días, al cumplirse el 125 aniversario de su nacimiento, rinde homenaje el club del que fuera su fundador y presidente.

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Nota. La contestación de Rosario de Acuña a aquel escrito del joven presidente esportinguista fue publicada en El Noroeste el día 29 de enero de 1917 con el título «El paisaje y el hombre. Carta abierta».

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