sábado, 9 de abril de 2016

106. Heroína en Nueva York



Y vengo a este campo de glorioso combate con creencias que por nada ni por nadie consentiré en perder, y que espero quepan holgadamente en el programa amplio y generoso de Las Dominicales. Ni por lo que soy, ni por lo que deseo, pretendo usurpar misiones: para usted y los suyos la lucha activa y vigorosa con los poderes, legislaciones o doctrinas imperantes: yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre; en una palabra, para ustedes lo rudo de la batalla, para mí el detalle de la pelea; la delicadeza o sutilidad, como si dijéramos, capaz de sorprender espías, descubrir emboscadas y señalar delatores...

La adhesión de Rosario de Acuña a la causa del librepensamiento, dada a conocer en la portada de Las Dominicales del Libre Pensamiento del 28 de diciembre de 1884, desató la euforia entre quienes llevaban años batallando frente al clericalismo. Muchos fueron los parabienes y las felicitaciones que se hicieron públicas durante los meses siguientes en las mismas páginas de Las Dominicales. No faltaron tampoco las que vieron la luz en otras publicaciones animadas por similares objetivos. Tal fue el caso de La Luz del Porvenir, semanario en el cual se reprodujo el texto de la carta tan sólo dos semanas después. La revista fundada y dirigida por Amalia Domingo Soler con la finalidad de propagar  los principios del movimiento espiritista y de batallar en pro de los derechos de la mujer y en defensa del laicismo, saluda con entusiasmo la nueva incorporación: «La adquisición de Rosario [de] Acuña es para el racionalismo filosófico de alta trascendencia; los librepensadores podemos decir que es nuestra la victoria».


¡Defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer! ¡regenerar la sociedad y afirmar las conquistas de los siglos sin contar con la mujer! ¡Imposible! Ella no puede vivir sin fe. Desconociendo la fe de la naturaleza, de la ciencia y de la Humanidad, se aferra a la que la enseñaron en la niñez, y sirviendo de dócil instrumento con sus sencilleces y sus ternuras a los enemigos de a Humanidad, de la ciencia y de la Naturaleza, se convierte en ariete que socava el edificio del progreso y el templo de la libertad!...
Madrid, Barcelona... no se quedó aquí el eco de sus palabras, sino que traspasó fronteras y cruzó el océano; llegó hasta los mismísimos Estados Unidos. Allí, en Nueva York, ve la luz cada mes El Progreso, revista ilustrada que edita y dirige Ramón Silvestre Berrea García, un librepensador pontevedrés que se instaló en la ciudad donde la libertad ilumina el mundo tras una década de estancia en la isla de Cuba. Don Ramón también recibe con entusiasmo la buena nueva que llega desde España y decide dar a conocer a sus lectores el contenido íntegro de la carta que tan sólo un mes antes se había publicado en Las Dominicales.

Dibujo de la estatua de la Libertad (New York Public Library)

Las palabras de doña Rosario de Acuña aparecen precedidas de un artículo titulado «Una heroína», en el cual su autor se deshace en elogios a quien no duda en calificar como «primer apóstol femenino del librepensamiento»

¡Qué brillantez y verdad en la expresión!, ¡qué profundidad y delicadeza en el pensamiento! La poetisa tiene sobrada razón para decir que la debilidad de la mujer es el mayor obstáculo que ha de vencerse para conseguir la libertad de pensamiento. Mientras la mujer sea esclava del fanatismo, el hombre no puede ser libre. Nuestros pensadores ganarán siempre la batalla librada en campo abierto contra los defensores del oscurantismo; pero sucumbirán siempre a los encantos de sus compañeras en las escaramuzas del hogar. Hacia falta una mujer para luchar con la mujer y la tenemos ya.

Aquella tal Rosario de Acuña y Villanueva, quien no tanto tiempo atrás había soñado con entrar en el Parnaso de los poetas españoles, a sus treinta y cuatro años se convertía en una heroína del librepensamiento, y como tal era presentada por Berrea García a los lectores de El Progreso que habitaban en Nueva York, la ciudad donde la libertad iluminaba el mundo, y también a aquellos otros que se encontraban repartidos por otros lugares de Estados Unidos, por  México, Santo Domingo, Venezuela, Puerto Rico, Guatemala, Costa Rica, Honduras, Nicaragua, Colombia, Perú o Cuba.

En aquel olimpo de quienes luchan por la llegada de la Luz y la Verdad mora desde entonces una heroína «que vale más que un numeroso ejército». 

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