-->

sábado, 14 de mayo de 2016

111. El doctor Albitos y la luz recuperada



Tan sólo tenía cuatro años cuando comenzó a padecer los primeros síntomas de una enfermedad ocular que la habría de someter a grandes padecimientos durante buena parte de su vida. Tras consultar a los mejores especialistas, no hubo más remedio que aceptar con resignación el diagnóstico: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas, que por entonces estaba asociaba a procesos tuberculosos. Ya en la madurez, cuando la cirugía había eliminado el problema, la propia paciente nos inocula con sus palabras el dolor del mal durante tanto tiempo padecido y, más aún, el de la terapia con ella practicada, lo hace en el artículo titulado «Los enfermos» (⇑) de su serie Conversaciones femeninas que publica el diario santanderino El Cantábrico el 26 de mayo de 1902. Dice así:

Desde mis cuatro años empezaron a poblarse mis ojos de úlceras perforantes de la córnea, el cauterio local, los revulsivos, las fuentes cáusticas… todo el arsenal endemoniado de la alopatía sanguinaria y cruel empezó a ejercitarse sobre mis ojos y sobre mi cuerpo; y si las quemaduras con nitrato de plata roían los cristales de mis pupilas, y las cantáridas en la nuca y detrás de las orejas llegaban a veces a descubrir el hueso; era sólo para darme algunas semanas de respiro; un constipado, un granito de arena, un exceso de golosina infantil volvía a entronizar el proceso ulceroso, y mis ojos tornaban a la ceguera; y el quejido del atenazante dolor helaba la risa en mis labios de niña, y mis manos, ávidas de ver, comenzaban de nuevo a tantear objetos y muebles, siendo mi usual conocimiento de las cosas más por el tacto y el presentimiento que por la realidad de la forma y el color.

Fue en 1885 cuando, al fin, podrá romper la cadena de penalidades que ha venido padeciendo desde hace mucho tiempo, algo más de treinta años. De tiempo en tiempo sus ojos se poblaban de úlceras que perforaban su córnea, reduciendo su visión de tal manera que no tenía más remedio que valerse de sus manos para reconocer los objetos. Para detener el avance del mal se sometía a todo un arsenal terapéutico: «el cauterio local, los revulsivos, las fuentes cáusticas…», el cual, tras doloroso proceso, le deparaba unas semanas de respiro. Y así hasta la siguiente crisis. En ocasiones y tal como ella nos ha dejado escrito, el remedio provenía de sus estancias cerca de la naturaleza, bien fuera en el campo andaluz o en las proximidades del mar. Pero la curación de la enfermedad no acababa de llegar, a pesar de haber sido tratada por los más prestigiosos oftalmólogos, como el venezolano Francisco Delgado Jugo, a quien ella había dedicado uno de sus primeros artículos («A la memoria de mi inolvidable amigo...» (⇑)).

Ilustración del doctor Albitos en su clínica (El Heraldo de Madrid, 19-7-1904)

Por fin, será en el venturoso año de 1885 cuando, como queda dicho, se verá  liberada de la lacra que ha condenado a sus ojos a la visión temporal, a la ceguera intermitente. Al fin, merced a una intervención quirúrgica realizada por el doctor  Santiago Albitos Fernández (1845-1908), sus ojos pueden ver sin temor a que cualquier contratiempo, cualquier infección, los nuble por enésima vez. La operación tendría lugar en el Hospital Asilo de Santa Lucía que el doctor Albitos había abierto un año antes en  la madrileña calle de la Ruda, en pleno barrio de La Ribera. Allí atendía gratuitamente a cuantos menesterosos necesitaran de sus cuidados y atenciones para librarse de las cegadoras cataratas o de cualquier otra afección ocular. No sólo ellos se beneficiaban de la habilidad del señor Albitos, pues también acuden a consulta otros clientes particulares –de pago– que desde cualquier punto de España atraídos por la afamada pericia del oftalmólogo.

Gracias a las buenas artes de don Santiago, aquella mujer que tan sólo unos meses antes había abandonado el campo del oscurantismo abrazando la causa del librepensamiento, podía ahora abrir sin temor sus ojos a la luz recuperada. Rosario quiso agradecer a su bienhechor la gracia recibida de la mejor forma que sabía:  escribió unos versos («... fié mis ojos a tu ciencia humana /y me encontré con luz y entendimiento…/ Por saber esperar ¡cuánto se gana!») y le regaló cinco sonetos: «Al doctor Albitos», «Sombra», «Miedo», «Luz» y «A la ciencia», a los cuales ya me he referido en un comentario (⇑) anterior.

Años después de la operación, cuando el doctor Albitos se había convertido en don Santiago de los Albitos y Fernández, meses antes de que fuera presidente de la Sección X del XIV Congreso Internacional de Medicina que se celebró en Madrid en 1905, un redactor de El Heraldo de Madrid realizó un reportaje sobre el funcionamiento del Asilo de Santa Lucía.

Antes de entrar en la sala general de consulta y curación, quedé asombrado viendo la enorme masa de enfermos que esperaban la llegada del maestro, conversando en voz baja, haciendo comentarios de su dolencia y ocultando muchos con las manos o pañuelos, pobres y deshilachados, los ojos, para defenderlos contra la dolorosa acción de la luz... 

Continúa el cronista describiendo, con todo lujo de detalles, las consultas y curaciones; también las respuestas del doctor a algunas de sus preguntas; no faltan algunos detalles del escenario: muebles, estanterías, instrumental, el cuarto de operaciones, el gabinete... ¡unos cuadros!

En un lujoso gabinete, varios cuadros ostentan preciosos sonetos dedicados por Rosario de Acuña al doctor Albitos, que supo salvarla de la ceguera. ¡Sombra! ¡Miedo! ¡Luz!, dicen los epígrafes, que bastan para pintar el estado de alma de la inspirada poetisa durante su temible enfermedad.

¡Allí están! ¡Son los sonetos!

Fragmento de uno de los cinco sonetos que Rosario de Acuña regaló al doctor Albitos

 Sí. Son los cinco sonetos que, como ya conté en el comentario 29. Manuscritos a precios de oro (⇑), alguien puso a la venta hace años. Piden por ellos cinco mil euros.


No hay comentarios:

Publicar un comentario