-->

sábado, 25 de febrero de 2017

152. El Evangelista



A nuestras plantas se extendía un océano de montañas, cuyas crestas, como olas petrificadas, se levantaban en escalas monstruosas a 1000 y 1500 metros sobre el nivel del mar. Al sur, las dilatadas estepas de Castilla, con sus desolados horizontes de desierto, iban perdiéndose en límites de sesenta leguas, entre un cielo caliginoso, henchido de limbos de oro y destellos de incendio. Al norte, un inmenso telón límpido, azul, como tapiz compacto tejido con amontonados zafiros, se destacaba, lleno de magnificencias, intentando con la grandeza de su extensión subir hasta las alturas: era el mar. A mi lado había un ser valeroso, cuya respetuosa amistad, llena de abnegaciones y de fidelidades, había querido compartir conmigo los peligros y vicisitudes de cinco meses de expedición a caballo y a pie por lo más abrupto del Pirineo Cantábrico. Estábamos sobre la misma cumbre, en el remate mismo de la crestería de piedra con que se yergue, como atleta no vencido, El Evangelista, uno de los colosos de la cordillera Las Peñas de Europa, coloso que levanta sus pedrizas enormes, sus abismos inmedibles, sus ventisqueros henchidos de cientos de toneladas de nieve a 2600 metros sobre el nivel del mar.

El texto es un fragmento de la «Dedicatoria» que, a modo de introducción, aparece en las primeras páginas del drama El padre Juan, estrenado el  tres de abril de 1891 en el madrileño teatro Alhambra. Dos son los protagonistas: la autora y «un ser valeroso» que con ella está, muy probablemente Carlos de Lamo Jiménez, fiel compañero durante casi cuarenta años. El escenario: la cima de uno de los picos de las Peñas de Europa. Hasta ahí todo normal, pues sabemos de sus expediciones a caballo por diversos lugares de España, de su gusto por ascender a las montañas, de su místico amor por la Naturaleza... Es el nombre de la cumbre lo que parece que no acaba de cuadrar a quienes leen con entusiasmo esta  Dedicatoria  en un recuperado ejemplar de El padre Juan. Aquel topónimo no era habitual en la cartografía  de la zona, no era conocido por quienes la frecuentaban. ¿Era aquella una ascensión novelada, ficticia, contada para ambientar adecuadamente el prólogo de aquel drama? No era propio de ella ¿Se había equivocado la librepensadora con el nombre de aquella cima?

Daniel Palacio Fernández, farmacéutico y socio del Ateneo Obrero de Gijón, se puso a investigar el asunto: Picos de Europa... Nada en el macizo occidental o Cornión, nada en el central (Los Urrieles)... ¡Ah! Después de mucho buscar encontró alguna referencia en la zona oriental o de Ándara. Se citaba un lugar denominado «el hoyo del Evangelista». Ahí puede estar la clave. Se centra en esta pista y, tras nuevas consultas, da con la clave que nos desvela en «Rosario de Acuña pionera del "Tourismo"» que se publica en 1992, en un folleto editado por el Ateneo Obrero de Gijón que lleva por título Rosario de Acuña. Homenaje:

Esta denominación del hoyo del Evangelista es consecuencia de una explotación minera que existía en el lugar, propiedad que era de don Juan Evangelista. Al hoyo le rodea la cresta de los tres picos del Jierro: Morra de Lechugales (2441 m.), Silla Caballo Cimero (2420 m) y Pica del Jierro. Esta vecindad fue la responsable de que la Pica del Jierro fuese rebautizada como Pico del Evangelista (según Enríquez de Salamanca) así se alterna en los mapas.

El texto de Palacio va acompañado de varios planos y mapas, entre ellos el que se incluye en el presente comentario, obra de José Arias Corcho y publicado en 1965; también  alguno de los incluidos en la obra Por los Picos de Europa. De Ándara al Cornión, de Cayetano Enríquez de Salamanca a quien en el texto se atribuye la información que aclara el asunto del doble nombre del pico en cuestión. 

Fragmento del plano de los Picos de Europa realizado por José Arias Corcho

Gracias a la investigación de Daniel Palacio ahora sabemos que lo que nos había contado Rosario de Acuña en la «Dedicatoria» de El padre Juan  no era una ensoñación novelesca. Que en el año 1890 –quizás en 1889–  ascendió al pico El Evangelista o Pica del Jierro situada a 2426 metros de altura. Cierto es que yerra en la altitud, que no alcanza  los dos mil seiscientos que ella le atribuye, probablemente por un error en el documento que maneja. Pero, puestos a fijarnos en los números, hagámoslo en el que refiere el año en que esta ascensión tuvo lugar: 1890, si no fue en el anterior. Este dato sí que tiene importancia pues, como también cuenta Daniel Palacio en su escrito, por estas fechas Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, más conocido como «el conde de Saint-Saud», se encontraba por el lugar, explorando esta zona de los Picos de Europa. De hecho, se dice que fue él quien protagonizó la primera ascensión a la Morra de Lechugales (en el mapa «Tabla de Lechugales»), y que lo hizo el 7 de julio de 1890.

En el verano de 1890 el conde de Saint-Saud asciende a la Morra-tabla de Lechugales; en el verano de 1890 (quizás en el de 1889) Rosario de Acuña lo hace al pico de El Evangelista...


No hay comentarios:

Publicar un comentario