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lunes, 27 de noviembre de 2017

165. Jóvenes y... jóvenes

Unos salieron airados a las calles de España para protestar contra lo que había escrito, obligándola a partir hacia el exilio para evitar ser encarcelada; otros, calmos y discretos, la animaron a salir de su voluntaria reclusión, reclamándole su estímulo y magisterio.

Los primeros eran jóvenes universitarios ataviados con sombrero y corbata que se sintieron gravemente ofendidos por las palabras, duras palabras, que utilizó en aquel artículo (⇑) escrito para condenar la agresión a que fueron sometidas unas universitarias (⇑), por el mero hecho de serlo, por atreverse a compartir el culto lugar con tan sesudos caballeros. Los segundos, jóvenes que vivían de su salario, militantes socialistas o republicanos, que porfiaban por mantener viva la luz que aún irradiaba desde aquella casita situada en los acantilados de El Cervigón.

Asamblea de universitarios en Barcelona (Mundo Gráfico, 13-12-1911)

Por centenares, por millares, salieron a las calles los estudiantes de las diez universidades que por entonces existían en España. Primero fueron los de Barcelona; a ellos se unieron los de Madrid, Granada, Oviedo, Salamanca, Santiago, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza. Reconcomidos por aquellas afirmaciones que ponían en duda su virilidad («Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho» «Tienen, en su organismo, tales partes de feminidad, pero de feminidad al natural, de hembra bestia, que sienten los mismos celos de las perras, las monas, las burras y las cerdas...»), clamaban venganza. En las calles y los claustros pedían la cabeza de la autora de aquel escrito que consideraban denigrante y difamatorio; al mismo tiempo, utilizaban la prensa para despacharse a gusto contra su autora, llamándola histérica, proxeneta roja, engendro sáfico, buscona de estercolero social (⇑), alcohólica, degenerada, harpía laica y otras lindezas similares (⇑).

Se armó una buena. Fue tal el escándalo que no hubo periódico que no se hiciese eco del enfado de los estudiantes y del clamor –amplificado por la prensa– contra la autora de aquella terrible ofensa. El ministro de Instrucción se puso al habla con el fiscal y casi de inmediato se interpone una denuncia. El juzgado ordena el secuestro de los ejemplares de El Progreso al considerar que el escrito en cuestión es «constitutivo de delito penado en el artículo 456 del Código penal por ofender el pudor y las buenas costumbres, con grave escándalo público». Doña Rosario, a la vista de cómo se estaban poniendo las cosas, toma la decisión de poner tierra de por medio. Se marchó poco antes de que la Guardia Civil se presentara en su casa con el consiguiente exhorto judicial para proceder a su detención.  Se libró por poco. Al día siguiente la prensa comunica a sus lectores que «hace días que había marchado a París».

No fue a la capital francesa adonde dirigieron sus pasos Rosario y Carlos, su fiel acompañante, sino a Portugal.  Lo más probable es que atravesara la frontera por Tuy, pues sabemos que una vez en tierra lusa decidió instalarse en la vecina localidad de Valença do Minho, en el hotel O Valenciano. Allí permaneció con la esperanza de un pronto retorno. Pero no hubo tal. Las gestiones que realizaban sus valedores ante el Gobierno tardaron en dar sus frutos, razón por la cual se vio obligada a permanecer en Portugal alrededor de dos años, hasta que tuvo la seguridad de que ella era una de las beneficiadas por el indulto concedido en el mes de enero de 1913 (Véase el comentario 134. Proceso, exilio e indulto ⇑ ).

Una vez retornada, instalada de nuevo en su casa del acantilado, reconfortada por el inmenso mar, por las aguas que contornean la punta del cabo de San Lorenzo sobrevoladas por las grandes gaviotas blancas y grandes cuervos negros que «matizan el horizonte con rasgos de luz y sombra», pasa los días en compañía de su inseparable Carlos relamiéndose las heridas que ha dejado en su cuerpo aquel exilio obligado. Ha regresado más vieja, más desengañada y bastante más pobre. Mermado su capital en más de la mitad, se encuentra en el umbral de la miseria, lo cual la va a obligar con sesenta y tres años ya cumplidos «a fatigosos y rudos trabajos domésticos para no deber nada a nadie y comer lo preciso». Escarmentada por el comportamiento de quienes con ocasión de la publicación de aquel artículo sólo buscaron satisfacer sus intereses, está firmemente decidida a alejarse de la palestra pública: nada de escritos, nada de conferencias, nada de actos públicos.

Sin embargo, hubo quien intentó que aquella luz no se extinguiera. En las semanas previas a la celebración del Primero de Mayo, unos jóvenes pusieron sus ojos en aquella mujer que había empeñado su pluma al servicio de la libertad, el progreso y la defensa de los más desfavorecidos. Eran miembros de la Juventud Socialista Gijonesa y acordaron que su contribución a aquella fiesta consistiría en la celebración de un té fraternal en compañía de tan ilustre vecina. Lo intentaron por todos los medios pero, según parece, doña Rosario no acudió a la cita. No se desanimaron y perseveraron en el proyecto de contar con su magisterio. Aquel Primero de Mayo tomaron una nueva iniciativa: si su ilustre invitada no podía acudir a la cita, ellos irían a su encuentro.

Noticia del proyecto de la Juventud Socialista Gijonesa de realizar una visita a doña Rosario (El Noroeste, 17-5-1914)
Tal y como se puede leer en la reseña que acompaña estas líneas, los achaques de doña Rosario impidieron a los jóvenes socialistas visitar a la valiente y culta escritora. No pudo ser en aquella ocasión, pero sí en años posteriores a tenor de lo que nos cuenta Manuel Tejedor en 1923: «Para los socialistas de Gijón es tradicional ya hacer una visita, el día Primero de Mayo, a la solitaria de El Cervigón, la eximia, la viril escritora librepensadora doña Rosario de Acuña. Es un homenaje sencillo, de respeto y admiración, por parte de los trabajadores socialistas y simpatizantes hacia esa valiente dama...» ( 12. La solitaria de El Cervigón ⇑ ).  Por tanto, la iniciativa que tomaron aquellos jóvenes socialistas gijoneses en la primavera de 1914 terminó por hacerse realidad.

No fueron estos los únicos jóvenes que llamaron a su puerta. Debió de ser por estas fechas cuando tiene lugar la visita de la que nos habla en  ¡Asturias!... ¡Asturias! (⇑): «Queremos su firma con algo que se refiera a Asturias. Vamos a publicar una revista con ánimo de hacerla circular profusamente en Cuba...» Allí estaban, dos jóvenes que, a pesar de todo lo que se había dicho sobre ella, a pesar de estar «informados» por los «corazones de Jesús», llamaron a su puerta:

Estas eran sus noticias... Mas traían en ellos un resplandor del mañana y llamaron sin vacilar a mi puerta, porque todas las almas que avanzan sobre lo ruinoso, inútil y podrido tienen hilos que las llevan unas hacia otras. Sus jóvenes inteligencias, carentes de ligaduras petrificadas, vinieron hacia la mía, que no se encerró jamás en ningún molde, porque las almas no tienen tiempos ni vejeces, caminan unas despacio, otras aprisa, delanteras o zagueras, con valentía o con timidez, bajo peso de muertos o con fuerza alada para redimirlos, pero sin dejar de ser nunca caminantes. Y mi alma va en la escuadra de gastadores, rompiendo marcha... Estos dos muchachos, puestos en las rutas futuras, llamaron a mi puerta a pesar de las noticias...

Fotografía de José Monclús publicada en la portada de la revista literaria Los Quijotes (1917)
Los gijoneses no fueron los únicos jóvenes que llamaron a la puerta de doña Rosario. En el otoño de 1916  en El Cervigón se recibe una carta procedente de Tortosa. Está escrita por los integrantes de la redacción del  periódico El Ideal, un semanario que había iniciado su andadura el año anterior y que se anunciaba como «órgano de las Juventudes Republicanas Revolucionarias de los distritos de Tortosa y Roquetas».  Entre estos jóvenes destaca José Monclús Alemany, quien además de desempeñar el papel de redactor jefe es tipógrafo en la imprenta familiar donde ve la luz el periódico. A su lado Santiago Arias, José Sapiña y Francisco Sapanes, miembros activos de la Juventud Republicana y discípulos de Marcelino Domingo, maestro y diputado por el distrito de Tortosa.

Convencidos de la importancia que la prensa tiene en la divulgación de las ideas progresivas, contactaron con prestigiosos propagandistas para nutrir la lista de colaboradores.  Número a número van incorporando nuevas firmas: Ángel Samblancat –quien dedica uno de sus artículos a doña Rosario (⇑)–  Sardá y Ferrán,  Joaquín Dicenta... A finales de septiembre de 1916 publican un número extraordinario en el cual incluyen nuevos nombres; algunos firman escritos enviados para la ocasión, tal es el caso de José Nakens o Gabriel Alomar, otros ya habían sido publicados anteriormente, como sucede con los artículos de Ramón Chíes y Rosario de Acuña («Por la cultura» ⇑).

A pesar de que  aún no tienen consentimiento a la petición que le han enviado, es tal el deseo que tienen por contar con su apoyo, que han publicado uno de sus escritos. Son tantas las ganas de tenerla entre sus colaboradores que a finales de octubre ya dan por hecho que su respuesta será afirmativa y que, no tardando en las páginas de El Ideal aparecerán sus escritos, al lado de los de María Domínguez Ramón, María Marín y los de su amiga Ángeles López de Ayala (⇑) .

No será hasta mediados del mes de diciembre cuando dé contestación a la carta recibida. La redacción de El Ideal se apresura a publicar la misiva en primera página (⇑). A partir de entonces se suceden los escritos firmados por doña Rosario de Acuña. En enero el semanario inicia la publicación de algunos de sus escritos más recientes y lo hace en forma de folletín: Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés (⇑), El paisaje y el hombre. Carta abierta (⇑), La gaita emigrante (⇑), ¡Yo en la Academia! (⇑). Una vez concluido el coleccionable de cincuenta y seis páginas, nuevos títulos verán la luz casi siempre en primera página: La hora suprema (⇑), La verdad inmanente de las religiones positivas (⇑)... Además de estos artículos, que en su mayoría habían sido publicados previamente en el diario gijonés El Noroeste, les envía otros textos inéditos con recomendaciones y consejos acerca de la labor que los jóvenes integrantes de la redacción de El Ideal vienen realizando.

El contenido de estas cartas nos revela que recibe el semanario, que lo lee con atención y que su contenido le satisface:  «Veo, a través de sus páginas unos corazones enérgicos, unas voluntades firmes, unas mentes luminosas» (carta publicada el 23-6-1917 ⇑). «El Ideal está muy bien, mis jóvenes amigos; sois valientes, parecéisme librepensadores de verdad» (carta publicada el 27-10-1917 ⇑).

Ciertamente para ella estos jóvenes no son aquellos otros a los que tiempo atrás vituperó. Más vieja, más cansada y bastante más pobre, ante sus ojos se abre un hilo de luz y de esperanza, pues parece cierto que hay otros jóvenes que intentan regenerar su querida patria.


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