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sábado, 5 de mayo de 2018

172. De médicos y enfermedades


Supo pronto de la existencia de los médicos: no en vano tenía uno por abuelo. Era el padre de su madre, de nombre Juan Villanueva Juanes. Tuvo tiempo de conocerlo, de disfrutar de su compañía, de sus aficiones y enseñanzas, pues murió en 1882 cuando Rosario de Acuña ya había iniciado la treintena. De él cuenta su única nieta que había estudiado medicina en Alemania, que era un afamado horticultor,  y que a su lado adquirió  «conocimientos fisiológicos y naturalistas en edad en que apenas la mujer tiene otra pasión que las muñecas».

Reproducción de la pintura titulada ¿Será difteria? de Marcelino Santamaría Sedano (La Ilustración Española y Americana, 30-6-1894)

Una enfermedad ocular

Y fue precisamente en esa edad de juegos infantiles cuando la nieta del señor Villanueva se ve obligada a ampliar la lista de conocidos que usan la misma bata blanca que su abuelo. En esa primera infancia  empezó a padecer los dañinos efectos de una enfermedad ocular que la sumía en una dolorosa oscuridad. Después de varias consultas, hubo acuerdo en el diagnóstico: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas. Nada mejor que sus propias palabras para aproximarnos a lo que pudiera ser aquel sufrimiento:
 
Desde mis cuatro años empezaron a poblarse mis ojos de úlceras perforantes de la córnea, el cauterio local, los revulsivos, las fuentes cáusticas… todo el arsenal endemoniado de la alopatía sanguinaria y cruel empezó a ejercitarse sobre mis ojos y sobre mi cuerpo; y si las quemaduras con nitrato de plata roían los cristales de mis pupilas, y las cantáridas en la nuca y detrás de las orejas llegaban a veces a descubrir el hueso; era sólo para darme algunas semanas de respiro; un constipado, un granito de arena, un exceso de golosina infantil volvía a entronizar el proceso ulceroso, y mis ojos tornaban a la ceguera; y el quejido del atenazante dolor helaba la risa en mis labios de niña, y mis manos, ávidas de ver, comenzaban de nuevo a tantear objetos y muebles, siendo mi usual conocimiento de las cosas más por el tacto y el presentimiento que por la realidad de la forma y el color.

Francisco Delgado Jugo. Grabado publicado en 1875 con ocasión de su muerte
Contando probablemente con la información de primera mano que acerca de la profesión médica dispondría su abuelo materno (y quizás también con la de Pablo León y Luque, el médico que la ayudó a nacer y antiguo amigo de la familia), inició entonces un peregrinaje en búsqueda de la curación por las consultas de los más reputados especialistas, ya fueran operadores y oculistas prácticos, profesores universitarios, cirujanos o titulados en oftalmología por la universidad de París. Bien conocidos le resultarán los nombres de Antonio Ortega, Anselmo Sabatier,  Rafael Cervera Royo, Antonio Alcaide de la Peña o Francisco Delgado Jugo. A este último –un venezolano especializado en París y que en Madrid desarrolló una intensa actividad clínica, primero en una de las casas de socorro y después en el Instituto Oftálmico– le dedicó la joven Rosario una poesía (⇑) al enterarse de su fallecimiento en 1875.

Diez años después, será uno de los discípulos de Delgado Jugo quien ponga fin a las penalidades padecidas durante treinta años. Gracias a la reconocida habilidad y sabiduría del doctor Santiago Albitos Fernández, Rosario de Acuña recuperará la certeza de la luz (⇑) tras una exitosa intervención quirúrgica que tiene lugar en el Hospital Asilo de Santa Lucía, sito en la madrileña calle de la Ruda. 

El origen de la locura

Resueltos de manera definitiva sus problemas de visión, serán otras las oscuridades que le preocupen a partir de entonces: la negritud del mal. Paradojas de la vida. Cuando en los años de infancia y de juventud había días en que amanecía libre de la dolorosa ceguera intermitente, sus ojos, ávidos de luz, se deleitaban con las bellezas que salían a su encuentro, con las brisas mediterráneas, con las olas del embravecido mar Cantábrico, con el sonoro volar de las gaviotas, con las melodiosas coplas de la paterna tierra andaluza, con el abrazo del viento serrano. Ahora que sus ojos pueden observar con atención sin temor a la sobrevenida oscuridad lacerante, su mirada se encuentra con algunas zonas de sombra que entenebrecen el escenario: la hipocresía, la ignorancia, la maldad... la locura. ¿De dónde viene la maldad; de dónde, la locura? Lleva un tiempo dándole vueltas al asunto. Primero se interesa por las lecturas de los teóricos de la frenopatía que ponen el acento en la herencia, en la relación existente entre la forma del cráneo y las cualidades morales; también por las de quienes, como Concepción Arenal, creen que los delincuentes son producto de la sociedad. Ahora, mediados los ochenta, por las informaciones de los llamativos crímenes que ocupan las primeras páginas de la prensa y también por los informes que acerca de los acusados realizan los médicos forenses. Le preocupa el tema; le da vueltas y más vueltas a la pregunta, al persistente dilema: ¿Es la herencia o es la sociedad la que convierte al hombre en criminal?

El ocho de octubre de 1882, tres días después de haberse producido el fallecimiento de Pablo León y Luque (el médico que la ayudó a nacer, antiguo amigo de su padre y, con el tiempo, también suyo), escribe una carta al presidente del cuerpo de médicos forenses haciéndole saber su voluntad de rendirle público homenaje:

...deseando honrar la memoria del que tuvo en vida elevada inteligencia, vasta instrucción y ejemplarísimo amor al trabajo y a la ciencia [...] destinaba la cantidad de mil pesetas para otorgar un premio, mediante invitación a concurso público entre los doctores o licenciados en medicina, al mejor trabajo escrito sobre medicina legal que se presente ante un jurado compuesto de eminencias médicas.

José María Esquerdo Zaragoza. Grabado publicado en 1895
Aceptado el encargo y siguiendo fielmente sus instrucciones,  el comité organizador (entre cuyos miembros se encuentran los doctores Pedro Carnicero Cardiel y Andrés del Busto López, marqués del Busto) hacen públicas las bases que habrán de regir el certamen eligiendo un tema de larguísimo título que habla de conocimientos frenopáticos, de libre albedrío, de moral, de razón y de locura: temas de su mayor interés. No sería extraño que acerca de todo ello hubiera inquirido al señor Pablo León en más de una ocasión. Ahora que él se ha muerto, no duda en visitar el sanatorio mental que el doctor José María Esquerdo Zaragoza dirige en Carabanchel para intentar encontrar allí las respuestas que anda buscando. Por lo que cuenta en el artículo «Un redentor de locos» (⇑), bien podemos concluir que quedó encantada con la visita; también que se va decantando por una de las opciones del dilema: «El loco es un efecto cuya causa son los cuerdos».

No habrá de pasar mucho tiempo para tener una nueva ocasión de contrastar todo lo que lleva meditando sobre el asunto. El 18 de abril de 1886 Narciso Martínez, primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá, caía herido de muerte a las puertas de la iglesia-catedral de San Isidro, tras recibir por la espalda tres disparos efectuados por el cura Cayetano Galeote. Se planteaba un nuevo dilema: el sacerdote era un asesino y debería de ser juzgado como tal o se trataba de un demente que no era dueño de sus actos y habría que tratarlo como un enfermo. Será en la vista oral donde los especialistas argumentarán sus razones y hasta la sala de justicia acudirá Rosario día tras día para aprender de cuanto allí se diga. A alguno de los peritos que acuden hasta la sede judicial ya los conoce. Tal es el caso de José María Escuder, un discípulo del doctor Esquerdo que fue quien resultó ganador del certamen por ella promovido para homenajear a su amigo Pablo León.

De todo lo que ha aprendido durante el juicio, de las lecciones impartidas en aquella causa por los seis doctores que han actuado de peritos, sacará sus propias conclusiones. De parte de ellas dará cuenta en  El crimen de la calle de Fuencarral (⇑), un folleto publicado en 1888  a propósito de este nuevo suceso, que volverá a captar la atención de la España letrada a lo largo de los varios meses que los periódicos se ocupan de la la larga instrucción del sumario y de la posterior vista oral. 

Paludismo

Estaba plenamente convencida de los beneficios de la vida en el campo, de los efectos salutíferos de la naturaleza, tanto que hubo ocasiones en las que estando enferma no dudó en acudir a la montaña para curarse. Ha dejado escrito que habiendo cogido un buen catarro, «de esos de mano armada, que son primos hermanos de la pulmonía», no se le ocurrió otra cosa que marchar desde Pinto a la sierra de Guadarrama, en compañía de su criado Gabriel y sus respectivas monturas. Cabalgó de Cercedilla al Alto del León «con fiebre bastante alta, con una respiración jadeante, con un escalofrío continuo, y con dolores aplastantes en todas las articulaciones». Detuvieron sus monturas al pie de un manantial de aguas cristalinas. En una cocinilla de campaña pusieron a calentar aquella agua pura endulzada con miel. Mientras tanto, la enferma se hizo un lecho de monte. Envuelta en los abrigos, en los impermeables, se tumbó con la cara hacia el viento del norte y, poco a poco, sorbo a sorbo, fue tomando aquella saludable bebida. Cuenta que aquel tratamiento no tardó en funcionar, que por la tarde, «con el pulso normal, sin fatiga, sin dolores, aspirando e inspirando como émbolo bien regido, ágil, alegre, fuerte y sana, montaba a caballo para pernoctar en El Espinar». Sin embargo, los resultados no siempre resultan tan satisfactorios.

En otra ocasión y en algún paraje de esta misma sierra sufrió la picadura de un mosquito que por entonces propagaba por España el paludismo, malaria o tercianas (una enfermedad endémica en nuestro país, que no se consideró erradicada de manera oficial hasta el año 1964). Un par de semanas después de aquella picadura aparecieron los primeros síntomas, que venían a confirmar que estaba infectada por el parásito Plasmodium. Al principio aquellas fiebres palúdicas no parecían graves («unas intermitentes leves, de esas que con alguna dosis de quinina y un cambio de aires suelen curarse»), pero se hicieron resistentes y perduraron en el tiempo. El cuadro clínico se complicó hasta el punto de alcanzar un estado de caquexia (pérdida de masa muscular, anemia, agrandamiento del bazo...) que la situó al borde de la muerte. Afortunadamente para ella fue tratada por Félix Aramendía y Bolea, quien consiguió ponerla a salvo de la amenaza que la acechaba. En 1892, una vez recuperada de tan terrible mal, dedicó a este médico y catedrático de la Universidad Central el cuento titulado La abeja desterrada (⇑):

Su ciencia y su bondad me devolvieron la salud cuando hacía meses que luchaba contra el veneno de extenuantes fiebres infecciosas; el destino le trajo a mi hogar a tiempo de sacarme de una horrible agonía, ya iniciada en larguísimas horas de caquexia palúdica. Salud y vida le debo, y es bien cierto que, de existir el milagro, fuera uno de ellos el que vos hicisteis...

Tan agradecida estaba a este joven doctor que, cuando apenas dos años después, en abril del noventa y cuatro, se entera de su repentino fallecimiento, no duda en desplazarse hasta Zaragoza para asistir a su funeral.

Tuberculosis

Una de las consecuencias de aquella prolongada enfermedad de tan perniciosos efectos fue su decisión de trasladarse a vivir a las orillas del mar Cantábrico. Aunque tuvo en cuenta diversas zonas de la costa norte, terminó optando por la Montaña, y en las proximidades de Santander fijó su residencia. Está decidida a pasar allí los últimos años de su vida. Parece el escenario perfecto:  «hermosísima tierra montañesa, de rico y fecundo suelo, de dulcísimo clima, de aguas cristalinas y puras». No obstante, al cabo de un tiempo descubre que no todo es tan maravilloso.

A poco que se ahonde en la vida y costumbres de este pueblo, veremos surgir, junto a cada llar de la Montaña, el prototipo fisiológico del hambriento de vida, del ser cuyos tejidos insuficientemente nutridos, albergan en sus células el plasma predispuesto a todas las infecciones. Aquí, en estos hogares montañeses, rodeados del medio ambiente más sano de España, aquí se han dado cita todos los genios malos del hombre, la escrófula, el alcoholismo, la sífilis, para encunar en sus funestos brazos el hijo amado de tan villanos padres: la tuberculosis. 

Le preocupan los efectos nocivos de aquella terrible enfermedad que, poco a poco, va debilitando la vitalidad del pueblo cántabro. Para combatirla no se le ocurre otra cosa que echar mano de su pluma y contar a sus lectores cómo se puede hacer frente al bacilo invasor. Es probable que, para contrastar la información obtenida en los manuales de medicina, acudiera a algunos de sus amigos médicos, pues entre sus nuevas amistades cántabras se encuentran  los doctores Enrique Madrazo Azcona (fundador de un prestigioso sanatorio ubicado en la capital santanderina) y Eduardo Estrañi Campo (hijo del fundador y director de El Cantábrico).

Fragmento de la tercera entrega de su trabajo sobre la tuberculosis publicado en el verano de 1901

Su aportación a la lucha contra aquel mal lleva por título  La tuberculosis en el pueblo montañés (⇑). A lo largo de las cinco entregas publicadas en el verano de 1901 en las páginas de El Cantábrico se dedica a ahondar en las causas que la producen, a describir los efectos de la enfermedad y a proponer diversas medidas profilácticas para intentar reducir el impacto que su contagio produce. Satisfecha con lo que ha escrito y creyendo que algunas de las medidas que propone bien podrían ponerse en marcha, no duda en enviarle una copia al mismísimo director general de Sanidad. Lo era por entonces el doctor Ángel Pulido Fernández, a quien debía de conocer de tiempo atrás, pues, además de ser un madrileño de edad parecida a la suya, fue otro de los discípulos de José María Esquerdo y autor, entre otras muchas obras, de una que bien pudiera haber sido leída por nuestra protagonista cuando estaba empeñada en desentrañar  –también en matizar y combatir, en la medida de sus posibilidades– las teorías frenopáticas: Conflictos entre la frenopatía y el código.

La respuesta del doctor Pulido («Si suprime usted la firma, cualquiera persona podría creer sin violencia que los ha escrito un médico...»), debieron animarla a seguir con su personal batalla contra el bacilo. Unos meses después de haber escrito sobre la tuberculosis pronuncia una conferencia dirigida a las mujeres obreras que lleva por título La higiene en la familia obrera (⇑), en el transcurso de la cual no puede menos de insistir en lo que ella considera el principal instrumento preventivo: limpieza, limpieza y limpieza.

 Embolia cerebral

A pesar de que esa había inicialmente su intención, no fue en Cantabria donde pasaría los últimos años de su vida. A sus ojos aquel idílico escenario ya no lo es tanto, tal y como nos cuenta en «Los crímenes en la Montaña» (⇑). Decidida a cambiar de nuevo de residencia, en 1908 reside discretamente durante seis meses en Gijón, «sin que nadie notase mi presencia». Al año siguiente ya se encuentra en la villa gijonesa donde compra unos terrenos para construir la que será, ahora sí, su última morada.

Aunque en estos postreros años no padeció, que sepamos, enfermedades dignas de mención, no por ello resultaron todo lo plácidos y tranquilos que ella hubiera deseado. Las protestas contra aquel artículo que no pudo dejar de escribir (⇑) la condujeron al exilio portugués, y aquellos dos años de vivir errante en el vecino país consumieron la mayor parte de su capital, condenándola tras su regreso a una vida gobernada por penurias y estrecheces que nunca antes había conocido. Menos mal que su casa se encontraba al cuidado de la naturaleza y que la brisa del mar acariciaba sus encalados muros.

No murió atormentada por el dolor de aquellas vesículas que durante años abrasaron su córnea; no fue como consecuencia de los efectos del parásito que en la treintena le ocasionó la grave caquexia palúdica; tampoco fue responsable el bacilo de Koch que con tanto ahínco combatió utilizando su voz y su pluma. Mientras realizaba las cotidianas tareas domésticas, un coágulo desprendido de alguna vena y que circulaba por el torrente sanguíneo se detuvo en una de sus arterias cerebrales, taponándola. Fue una embolia cerebral la que en pocas horas puso fin a su vida cuando contaba con setenta y dos años de edad.

Todo se acabó entonces. Aquí concluye esta historia de médicos y enfermedades que dio comienzo el primer día del mes de noviembre de 1850, cuando el doctor Pablo León y Luque la ayudaba a nacer en el domicilio familiar situado en la madrileña calle de Fomento, y termina en el momento en que el doctor Alfredo Pico Díaz certifica su defunción a las seis de la tarde de aquel sábado cinco de mayo del año 1923, hace hoy noventa y cinco años.

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