sábado, 11 de febrero de 2017

150. Una viejecita muy aseñorada



«Doña Rosario de Acuña»
Roberto Castrovido


No debemos olvidarla. No la olvido. La conocí personalmente en 1917. Vino a Madrid para formar en la manifestación por la amnistía de los que constituían el comité de huelga (de la de agosto de aquel año), Julián Besteiro, Largo Caballero, Anguiano y Saborit, y los considerados cómplices y encubridores: Ortega, Torrens y otro apellidado también Anguiano, pero que no es pariente del exdiputado socialista y comunista desde que volvió de Rusia.

Fotografía de Roberto Castrovido (Nuevo Mundo, 22-5-1931)
Era una viejecita muy aseñorada y simpática doña Rosario. Menudita, de ojos inteligentes, amena en su conversación, sencilla en su porte, firme en sus ideas, que expresaba con persuasión y dulzura. No era, como creen todavía sus detractores, que después de muerta la persiguen con su odio, un virago fanático, un energúmeno hembra, una diablesa, digna de la caperuza, el sambenito y la soga por collar. No era tampoco, ni lo fue nunca, una marisabidilla, una preciosa ridícula, una presuntusosa propagandista del librepensamiento. Ambos extremistas la caricaturizan. Doña Rosario de Acuña era una poetisa, una escritora y una pensadora que armonizaba sus ideas con sus actos, su filosofía con su vida. Defendía lo que sentía. No era hipócrita. No transigía con el error ni con el mal. Bajo un exterior débil y modesto, se encerraba un alma de bien templado acero.

¡Lo que ha sufrido esa mujer! Lo que la han hecho padecer, sin respeto al sexo, ni a la ancianidad, ni a la virtud, ni a la pobreza sufrida con decoro. Reveses de fortuna, disgustos familiares, denuncias de artículos, la suspensión de las representaciones del drama El padre Juan, destierros, registros domiciliarios, procesos, la burla de los necios, el menosprecio estúpido de los semisabios de la escuela liberal, que por tolerancia, como ellos decían, y, en verdad, por ignorancia de los méritos de la víctima, la abandonaban y la ignoraban, pedreas de los chicos utilizadas por los frailes, calumnias de las mujeres, señuda odiosidad de los que, al fin, odiándola, reconocían su valer. La cruz la hacían las mojigatas; en la cruz la clavaron sus adversarios y, ¡ay!, muchos, muchos de los que debieran ser sus amigos.

Doña Rosario fue halagada al nacer para el arte con su drama en verso Rienzi el tribuno. Era bella, era rica, se apellidaba Acuña. Gozó del aura literaria y sufrió la nube de incienso de la adulación. Tiene –decían algunos de sus panegiristas– ideas atrevidas; pero ya se le pasará. Y no se le pasó. De vieja fue todavía más radical que de joven. Y los que en teoría ensalzan, como una virtud, la firmeza de covicciones, la consecuencia en las ideas, abominaron de la señora Acuña porque no transigió, porque no se amoldó al medio, porque no simuló sentimientos ajenos a su conciencia. Si hubiese ido a misa, aun sin creer en la religión, la habrían adulado sus injuriadores y se habrían vanagloriado con su trato los que la rehuían y rechazaban por creer de mal gusto que una mujer pensara y sintiera y no fuera, como esos espíritus nuevos, acomodaticia, logrera, histrionisa.

Doña Rosario de Acuña escribió con Chíes y Lozano, Salvador Sellés y Francos Rodríguez, don José Ferrándiz y García Vao, de Buen (don Odón) y Dorado, en Las Dominicales del Libre Pensamiento. Escribió en prosa y en verso, y de todo adroctrinó, moralizó, criticó, expuso y pintó.

Se recluyó en una casa de campo de la villa de Pinto, el pueblo famoso por la torre, que todavía se conserva, donde estuvo encerrada la princesa de Eboli, bella tuerta, infiel a su esposo y amante de Felipe II, de Antonio Pérez y, acaso, de Escobedo.

De su estancia en Pinto y de los vítores que, cual flores, le arrojaron al paso del tren Nakens y los que con él iban a Valencia, escribió doña Rosario un precioso artículo para el extraordinario de El Motín de enero de 1923.

En Cajo [probablemente se refiera a Cueto], cerca de Santander, vivió muchos años a la orilla del mar, que esta madrileña amaba, y estando allí escribió en El Cantábrico una serie de artículos notabilísimos sobre agricultura, ganadería, economía doméstica e higiene rural, encaminados a sacudir de las aldeas montañesas la peste de la tuberculosis [Véase la serie de artículos titulada Conversaciones femeninas y el texto de la conferencia La higiene de la familia obrera]. Luego se estableció en un promontorio cerca de Gijón, donde murió. De ahí creo que salió para Portugal. Ahí escribió mucho, soñó, hizo el bien, sufrió y murió.

En este periódico, en El Noroeste, que siempre fue respetuoso con la mujer y admirador de la poetisa, encontré y comenté en El Pueblo de Valencia, la noticia de la repugnante persecución de los enemigos de doña Rosario de Acuña.

El Noroeste, Gijón, 26-3-1924

 

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