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sábado, 18 de febrero de 2017

151. De armas tomar



Fragmento de una litografía del año 1910Dejó el campo y se fue joven a Madrid. Apenas tenía  quince años cuando llegó a la capital para estudiar: fueron tres cursos en un colegio preparatorio para lograr en 1846 el grado de bachiller en Filosofía, título que le abre las puertas de la Facultad de Jurisprudencia. Quince años tan solo tenía cuando salió de Arjonilla, una villa situada al este de la provincia de Jaén. Felipe de Acuña y Solís abandonó pronto los campos jiennenses, pero regresaba una y otra vez a aquellos territorios, a disfrutar de aquel espléndido escenario que conforma la parte más oriental de Sierra Morena, de aquellas serranías que  se elevan al norte de Arjona, Arjonilla o Andújar, las tierras de sus antepasados.

Madrileño de adopción, funcionario de Fomento, casado y con una hija, abandonaba con cierta frecuencia el urbano escenario para reencontrarse con umbrías y solanas, con collados y vaguadas, con valles y montañas: se convirtió en entusiasta cazador, en montero asiduo de partidas varias. Observador atento del natural escenario, de los vientos y las nubes, sus compañeros de montería tenían muy en consideración sus saberes metereológicos.

Algo de todo esto, del disfrute en el campo abierto y de los empíricos saberes, debió de transmitir a su hija Rosario quien, desde muy temprana edad aprendió a disfrutar de los aires salutíferos que le brindaban las dos vertientes de la  Sierra Morena jiennense. Sus enfermizos ojos se familiarizaron pronto con los escenarios de las sierras de Andújar y Madrona, con los llanos de Navalahiguera, con las cumbres del Tamaral, con las mesetas de la Solana.   Allí, en aquellos territorios tan unidos al señorío de los Acuña, observó con atención la sucesión de las estaciones, el comportamiento de los animales, las costumbres de los serranos, las de los señores y la servidumbre. Nada le era ajeno en aquellas tierras; tampoco las cacerías, los disparos, las armas de fuego. Testimonios tenemos acerca del uso que hizo de alguna de ellas. He aquí alguno de ellos.

El primero tiene por escenario la villa de Pinto, donde decidió constrtuir una quinta campestre. Pues bien, así que se concluyó la casa empezaron a romper los cristales de las ventanas de la vivienda que estaban más próximas al camino vecinal. Una y otra vez: cristales nuevos, cristales que se rompían a pedradas. Para poner remedio a tan mal comienzo, la nueva vecina, enterada de que su nuevo pueblo lleva tiempo intentando conseguir, sin éxito, autorización para organizar una feria de ganados, se pone manos a la obra. Valiéndose de sus amistades y de la ayuda de su padre, a la sazón un alto cargo del Ministerio de Fomento y miembro de la Junta Central de Exposiciones Agrícolas,  consigue la ansiada autorización y una dotación de tres mil pesetas para premios. Con el permiso en una mano y con un arma de fuego en la otra, se presenta ante el alcalde dejando bien a las claras su firme voluntad de resolver el asunto:

Por mi mano tiene el pueblo de Pinto la feria que con tanto afán pretendía, y por mi mano y esta fiel amiga, que manejo con regular acierto, va a tener el primer vecino de Pinto que apedree los cristales de mi casa una perdigonada en sitio donde no pueda matarlo, pero donde le deje recuerdo para toda su vida. Vea usted de qué modo libra a sus vecinos de una desgracia.

El segundo sucede varios años después, en el año 1900. Nuestra protagonista vive por entonces en la localidad cántabra de Cueto, en una casa de campo en la que tiene instalada una afamada granja avícola. Después de una larga jornada, de esas que en el mes de marzo anuncian ya la primavera,  el silencio de la noche se interrumpe de pronto por el tronar de unos disparos. La prensa del lugar se hace eco de aquel suceso: «Anteanoche se intentó cometer un robo en el pueblo de Cueto, en la casa-quinta que habita Rosario de Acuña. Esta señora notó que dos hombres habían penetrado en la huerta de la casa y forcejeaban para romper la verja, que separa dicha huerta de la portalada. Inmediatamente la dueña de la casa, dando muestras de gran presencia de ánimo, disparó dos tiros que hicieron huir a los ladrones. Después se vio que había desaparecido una pequeña cantidad de leña, que se cree llevaron los ladrones». Queda dicho: una fiel amiga que doña Rosario maneja con regular acierto.

Carácter más festivo tuvieron los disparos que realizó en el verano de 1911 en  El Cervigón, lugar situado a las afueras de Gijón donde poco tiempo antes había construido la que habría de ser su última vivienda.  Los de entonces tenían como objetivo anunciar la llegada de un gran buque a la bahía:  «Doña Rosario de Acuña se ha ofrecido a atalayar, desde su pintoresca posesión del altozano de La Providencia, la llegada del trasatlántico La Navarra al cabo de Peñas, o sea, una hora antes de su entrada en el Musel. Al efecto, y como aviso, se izará allí una bandera, lanzando, a la vez, seis chupinazos. La delegación del Centro Asturiano se muestra agradecida a la atención y entusiasta deseo de la señora de Acuña.».

Desde muy pequeña observó con atención la sucesión de las estaciones, el comportamiento de los animales... Nada le era ajeno en aquellas tierras; tampoco las cacerías, los disparos, las armas de fuego...



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