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domingo, 4 de febrero de 2018

169. En una caja de cerillas

A medida que avanzamos en la investigación, a medida que conocemos con mayor detalle la trayectoria vital de Rosario de Acuña y Villanueva, mayor es el asombro y la perplejidad que nos ocasiona la relectura de testimonios que evidencian la avidez del tiempo pasado para quedarse con su memoria y sepultarla en lo más recóndito del olvido.

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces.

Tal y como atestigua Patricio Adúriz (⇑), a finales de los sesenta del pasado siglo, apenas cuatro décadas después de su muerte, pocos eran los que sabían decir algo acerca de doña Rosario, de esa «Rosario Acuña» que daba nombre a un lugar situado en los acantilados gijoneses.  ¡Y eso pasaba en la ciudad en la cual había pasado los últimos quince años de su vida!

 Evidentemente tal olvido no se explica solo por el tiempo transcurrido. Su nombre estaba íntimamente unido a la masonería, a la libertad de pensamiento, a la reivindicación de los derechos de la mujer, al anticlericalismo más combativo, a la defensa de los más desfavorecidos... Parece evidente que el nuevo Estado instaurado en España tras el golpe militar de 1936 procedió en consecuencia y, a la vista de los resultados, bien podemos decir que logró su objetivo.

Algunas de las fototipias que integran la serie dedicada a escritoras
A pesar de alguna que otra omisión, tenemos que admitir que el borrado al que fue sometida la memoria colectiva resultó eficaz en grado sumo, habida cuenta del grado de notoriedad que alcanzó en la España de su época doña Rosario de Acuña y Villanueva. No debemos de olvidar que dio a la imprenta, al menos, veinticuatro obras (⇑) de diferente contenido (dramas, artículos, conferencias, poemarios...) y extensión variable, de algunas de las cuales se hicieron varias ediciones. Que sus escritos fueron publicados en los principales periódicos del país y que luego fueron copiados en otros muchos, hasta superar en varias decenas el centenar de publicaciones que hasta el momento tenemos catalogadas.  Que algunas de sus obras ( Un certamen de insectos (⇑), La casa de muñecas ⇑...)  fueron autorizadas para servir de texto en la primera enseñanza. Que hubo un tiempo en el cual la Administración adquiría sus obras para destinarlas a las diferentes bibliotecas (tal sucedió, por ejemplo,  con su poemario Ecos del alma (⇑), del cual el Ministerio de Ultramar adquirió un lote de ejemplares el mismo año en que fue publicado).  Que  durante, al menos, dieciocho años alguno de sus sonetos abría el Almanaque (⇑) que el impresor Regino Velasco enviaba  a las redacciones de los periódicos, a los anunciantes y a sus muchos clientes.  Que fue tal escándalo que se produjo con la publicación de su artículo La jarca de la universidad (⇑) que bien se puede afirmar que no hubo periódico en España que no se hiciera eco de las protestas de los estudiantes contra su autora. Que no sólo eran conocidas sus obras, sino también su aspecto físico, pues su retrato ecuestre (⇑), en el que aparecía tal y como había realizado su viaje por León, Asturias y Galicia (⇑), fue puesto a la venta por los responsables de El Porvenir Editorial.

Fototipia nº 41 de la serie número 27, dedicada  a «célebres poetisas y grandes escritoras»
Por si todo lo anterior no fuera suficiente, la popularidad de nuestra protagonista hubo de aumentar de forma considerable cuando su rostro ilustró las cajas de cerillas.

Fue a principios del siglo XX cuando la Compañía de Cerrillas y Fósforos, arrendataria del monopolio, decidió poner en circulación una nueva serie de fototipias, la número 27, dedicada en esta ocasión a «célebres poetisas y grandes escritoras», que venía a dar continuidad a otras anteriores que tuvieron por protagonistas a guerreros, escritores, reinas y princesas o toreros.

Diseñada para su colección en un álbum, estaba ordenada cronológicamente e integrada por autoras de diversas nacionalidades. La galería de escritoras, integrada por setenta y cinco láminas se inicia con Aspasia de Mileto y termina con Bertha Kinsky, baronesa de Suttner. Entre las españolas, además de doña Rosario, figuran Beatriz Galindo, santa Teresa de Jesús, sor Ágreda de Jesús, Juan Inés de la Cruz, Isidra Quintana, Cecilia Bohl de Faber, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Concepción Arenal, Pilar Sinués, Concepción Gimeno o Patrocinio de Biedma.

La fototipia de Rosario de Acuña, que ocupa el número 41, mantiene el programa iconográfico que caracteriza la serie: el retrato, realizado a partir del grabado de Camacho de 1876 (⇑) que se publicó en el poemario Ecos del alma (⇑),  se sitúa sobre un fondo en el cual aparece a la derecha la musa Clío ante un templo. En la parte superior se muestra el país de la autora entre el número de serie y el de la fototipia. Por lo que respecta a la cartela situada bajo el retrato, podríamos aventurar que no sería muy del gusto de nuestra protagonista pues ni acertaron con el año de su nacimiento (que nació en 1850 como ella ha dejado escrito y, por si no bastara, confirma su partida de bautismo ⇑), ni tampoco con el término que utilizan, pues si dejó claro que no le gustaba el de «poetisa» (Si han de ponerme nombre tan feo,/ todos mis versos he de romper... ⇑), no creo que se sintiera muy a gusto con el de «literata», habida cuenta de la connotación negativa que tal palabra tuvo en determinados círculos durante la época isabelina.

«Literata» y con el año de nacimiento erróneo... Vale. Lo cierto es que su nombre se popularizó todavía más con aquellas cajas de cerillas en las iba su retrato. Dado que por entonces las cerillas eran un producto de gran consumo –de ahí el establecimiento del monopolio, fuente segura de ingresos para el erario–, es dado suponer que  aquellas cajas que llevaban en su interior la fototipia de «célebres poetisas y grandes escritoras» se vendieran con profusión, a pesar de que hubiera otras más baratas. Parece que la idea fue todo un éxito ya que según fuentes del sector, las ventas de las cajas que llevaban una fototipia en el interior aumentaron un cincuenta por ciento.

¿De cuántas cajas de cerillas estamos hablando? En un reportaje publicado en 1903 en las páginas de un semanario madrileño, «entre las cerillas que encendemos, las que nos apaga el aire y las que fallan»,  los españoles consumirían al año un total de veinticinco mil millones de cerillas. Si todas fueran en las cajas con mayor cantidad, las que llevan noventa, el resultado final se aproximaría a los doscientos ochenta millones. Existen otras estimaciones que sitúan el consumo en cifras más modestas, pero las cantidades siempre son de varios millones para los diferentes tipos de cajas de cerillas vendidas cada año.

Millón arriba, millón abajo, fueron muchas. Demasiadas para que no resulte sorprendente que, tan solo unas décadas después, hubiera tal desconocimiento sobre aquella mujer. Tanto que a finales de los sesenta del pasado siglo, alguien hiciera público manifiesto el desasosiego que le producía la magnitud del olvido que habían apilado sobre su memoria.

Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante.

 

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