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sábado, 28 de enero de 2017

148. Poeta de calendario



Estaba decidida. ¡Se acabó! Ninguna duda al respecto. Si alguna vez se había encontrado a las puertas del Parnaso nacional (⇑), desde ese mismo momento renunciaba a intentar dar ese paso definitivo que podría conducirla a los pies de la gloria. Abandonaba cualquier afán por conseguirla. Finales de 1884: ponía fin a su carrera literaria. Renunciaba a todo, incluso a lograr que la aureola del éxito inundara el recuerdo del ausente padre; a que, tras los homenajes del triunfo, la voz paterna, «con el ritmo conmovedor de la emoción, vibre húmeda con tus lágrimas, interrumpida por tus besos diciéndome: "¡Gracias, hija mía!"». Renunciaba a todo. 

Finales de 1884:  firmemente decidida a cruzar a la otra orilla, su pluma se ponía al servicio del librepensamiento y, con ello, a la edad de treinta y cuatro años recién cumplidos daba por concluida su carrera literaria.

Lo que antes escribiese, lo rechazo, como nacido en una edad nebulosa, que tenía reminiscencias del candor y recuerdos (emocionales para la mujer) de la propia mística.

Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas en aquella lucha requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

Portada del Almanaque para 1908, Madrid: Regino Velasco ImpresorNo obstante, aunque arrinconada en la intimidad, no abandona la poesía. De tanto en tanto, escribe algunos versos, canta alguna de sus improvisadas coplas. De tanto en tanto la sensación, la idea, el sentimiento, toman vida en forma de soneto, la composición poética que más utiliza, la que construye con mayor soltura, aquella con  la que más cómoda parece sentirse. Escribió sonetos siendo muy joven, cuando de su rubia melena colgaban tirabuzones; no mucho después, hizo recitar a Rienzi aquél, tantas veces reproducido, que así se iniciaba:  ¡Oh!, libertad, fantasma de la vida (⇑). Con un soneto despidió a su querido padre (⇑); con otro anunció el reencuentro con su madre (⇑) , uniendo para siempre sus destinos. Decenas y decenas de sonetos, algunos de los cuales permanecieron inéditos hasta después de su muerte. Hubo otros que habrían seguido la misma suerte de no haber sido por un avispado impresor, que intuyó cómo funcionaba el asunto del marqueting mucho antes de que se generalizara tanto su uso, que los guardianes del idioma se vieran obligados a recomendar el uso de alternativas: bien su adaptación («márquetin») o su sustitución por «mercadeo» o «mercadotecnia».

Lo cierto es que el tal Regino Velasco, que así es como se llamaba este entusiasta de la publicidad, consiguió convertir su Almanaque en una codiciada publicación que, año tras año y durante más de tres décadas, esperaban sus cada vez más numerosos seguidores. La primera vez que vio la luz tan afamado almanaque debió de suceder en los primeros años noventa –de no haberlo hecho antes– pues a finales de 1892 La España Artística anuncia que don Regino, en cuyo taller se imprime la citada publicación,  repartirá muy en breve entre sus numerosos favorecedores, el bonito y elegante almanaque de bolsillo con que acostumbra a obsequiarlos cuando ya se dan vuelta las últimas páginas del anterior. Y así año tras año hasta los primeros veinte cuando se bruscamente se interrumpió tan feliz iniciativa, pues el señor Velasco falleció a primeros de septiembre de 1921, tras ser empitonado en la plaza madrileña por un toro que logró saltar al tendido.

Digamos, por redondear, que fueron treinta años. Treinta almanaques de tamaño reducido, de bolsillo o de cartera: alrededor de doscientas páginas de diez centímetros de largo por seis y medio de ancho, con un tipo de letra de pequeño tamaño, no compatible con la presbicia. Dos partes: la primera, el almanaque propiamente dicho, con una página por mes, en la cual figura el día de la semana, el santo del día y una columna para notas; la segunda, denominada «Álbum», aparece repleta de poesías escritas por un nutrido grupo de autores, «desde los poetas de más campanillas hasta los más modestos metrificadores». Ramón de Campoamor, Vital Aza, Ramos Carrión, Echegaray, los hermanos Álvarez Quintero, Emilia Pardo-Bazán, Muñoz Seca... Y entre las firmas asiduas de la publicación se encuentra Rosario de Acuña, cuyo esperado soneto ocupó, las más de las veces, lugar destacado. Desde los comienzos, pues consta que ya apareció en el de 1893, hasta el que vio la luz en 1912. El exilio debió de ser el motivo que interrumpió esa larga colaboración. 


Reproducción de las páginas del Almanaque para 1911 en las que aparece el soneto «A la memoria de mi perro Tom»

Con el pasar de los años fueron unos cuantos los sonetos escritos por doña Rosario que vieron la luz en el popular Almanaque, algunos posteriormente reproducidos en periódicos, revistas y antologías (El beato (⇑) , Almanaque para 1896; ¡Triste destino! (⇑), 1905;  La muerte (⇑), 1909;  ¡Por saturación!... (⇑), 1910). De todos ellos hay uno, publicado en el Almanaque para 1911, que, en mi opinión, merece especial atención,  por plasmar los «íntimos afectos de su alma», por la honda ternura con que la autora añora la ausencia de un ser querido; también por el comentario que lo acompaña.


A la memoria de mi perro Tom

¡Leal amigo del alma! ¡Cuán hermoso
bajo el amparo de un hogar creciste!
En los trece años que, a mi lado, fuiste
¡cuán noble, fiel, valiente y cariñoso!

¡Jamás te olvidaré! ¡Siempre animoso
por montañas y costas me seguiste!
¡Cuántas veces de apoyo me serviste!
¡Cuántas fuiste guardián de mi reposo!

Sin hablar, nuestras almas se entendieron;
bastábanos cruzar una mirada
y, al mirarme llorar, también lloraste.

¡Cuando al morir tus ojos no me vieron,
presintiendo mi voz acongojada,


Nota. Este noble perro San Bernardo, soberbio ejemplar, fue una maravilla de inteligencia, valor y lealtad.

Toda la cordillera Cántabra, desde el puerto de La Sía (Santander) hasta Las Portillas (Zamora), de cumbre en cumbre; todas las costas, desde Cabo Mayor al Miño; toda Castilla la Vieja, León y una parte de Portugal, fueron recorridos por mí a caballo durante los cuatro meses de los veranos de once años seguidos y en todas estas expediciones me acompañó este portentoso animal cuyo valor, entendimiento, previsión –así como suena– y fortaleza fueron en varias ocasiones  la salvación de mi vida; y en las ascensiones a ventisqueras y picachos, algunos a dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar; en jornadas nocturnas por despeñaderos, entre el fragor de la tempestad, en pernoctaciones entre pastores, o en solitarias y abruptas costas, fue siempre una providencia para mi seguridad, la de mi acompañante y mis caballos. Se necesitaría un libro –¡cuánto sentiré no poderlo escribir!– para relatar las maravillosas acciones de este animal que, más de una vez, demostró estirpe superior a la humana. Séame permitido dejar en el Almanaque de Regino Velasco, libro destinado a gran perpetuidad, un homenaje a la memoria de mi llorado Tom. ¿Qué menos puedo hacer por el amigo que pasó su vida defendiéndome y acompañándome? ¿Y no es verdad que, a quien trabajó todo lo que pudo por el progreso de la humanidad, se le debe dispensar que, alguna vez, muestre los íntimos afectos de su alma, aunque éstos se dediquen a un perro?

¡Perdonen los maestros que firman en el Almanaque estas lágrimas de mujer ante la memoria de un pobre animalito!

De tanto en tanto, escribe algunos versos, canta alguna de sus improvisadas coplas. De tanto en tanto la sensación, la idea, el sentimiento, toman vida en forma de soneto... aunque para ello tenga que convertirse en una poeta de calendario.



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