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sábado, 15 de abril de 2017

157. «Colofón», por Julio Noguera



Fragmento del texto incluido en el libro Rosario de Acuña en la escuelaHacer un libro para niños espigando en la gran obra literaria, social y educadora de doña Rosario de Acuña es fácil. Cien libros pudieran hacerse y todos ellos interesantes.

Porque eso fue aquella ilustra dama, una educadora, una verdadera maestra, en su vida y en su obra, con su palabra y con su ejemplo. Maestra de grandes que su genio le hico ver muy chicos, maestra de chicos que al pretender libraros de prejuicios, su esperanza en el porvenir le hacía verlos grandes.

Sincera y honrada decía siempre la verdad, o que a ella parecía razonable y verdadero.Transigente y liberal respetaba a los que tenían su fe en cosas que le parecían erróneas. Discutía por aprender y rectificar su criterio, pero no quiso aparentar nunca sentir lo que no sentía, ni creer aquello que no estaba de acuerdo con su razonar de mujer pensadora.

Amedrentado e idiotizado el pueblo por siglos de inquisición afrentosa, vio en doña Rosario de Acuña una mujer bastante rara. ¡Y tanto!, como que no se parecía en su modo de pensar y hablar a ninguna señora de su tiempo.

Ella había sido educada por monjas en sus primeros años de escolaridad, pero –esto si que es grande–, el quedar ciega fue lo que le dio la vista1, lo que hizo que recobrara la facultad de pensar, que la cancamurria y el canturreo de la escuela monjil, de la escuela presidida por el crucifijo y el retrato de los reyes, se esforzaba en apagar y destruir en los muchachos.

Horrible escuela de los palotes y de las lecciones de memoria; la escuela en que el niño aprendía a leer en un solo libro visado y revisado por una autoridad que no era la del pedagogo, la del hombre que educa libremente, y, para que en libertad, cada uno se haga las ideas a su modo, y como pueda o quiera.

Cuando recobró la vista de los ojos, se encontró con que tenía doble vista: la vista interna, o del pensamiento libre, que para serlo no necesita más que cavilar, y la vista del exterior, que a ella la empujó hacia el mundo, para no caer entre los mil tropiezos que en el mundo hay.

Porque decía y escribía cosas que otros no entendían, o no se atrevían a decir, fue perseguida, encarcelada, apedreada, y, hasta calumniada. Pero ella firme, serena, feliz, en medio de las tribulaciones, pudo siempre encontrarse a sí misma, concentrándose en el santuario de su conciencia recta, donde ardía perenne la candelilla encendida de su libre pensamiento.

Los que se decían discípulos y representantes de aquel que en Galilea predicara el amor y la paz entre los hombres, la odieron y le hicieron la guerra, pero ella se sobrepuso a todos con su aire de mujer pacífica que amaba con todo su corazón, y encontraba preferencias arrobadoras en la debilidad de los niños, en el inquieto aletear de los pájaros, y en la fragilidad de las flores en un solo día capullo, rosa que el sol besa a la mañana, y pétalos como copos de nieve que blanquean y perfuman la tierra al atardecer, esa bendita tierra que los egoístas acotan que es suya, cuando es de todos.

Pan a los niños, con besos, para que se crien fuertes; granitos de trigo a los pájaros, para que libres vuelen, enseñando a los niños a volar libremente, y agua a la tierra para que dé flores, alegrando y embelleciendo la vida de todos, pedía en su ancianidad la buena doña Rosario de Acuña, mientras los señoritos que se decían enseñantes, y tenían monopolizada para ellos la Universidad, pedían a gritos la guerra con Cuba y los Estados Unidos, apedreando la casa de la escritora ilustre porque les amonestara por su inedecuación y falta de respecto a las mujeres2.

El tiempo ha pasado, el régimen en que aquellos «señoritos» pudieron darse tono de personas ha pasado; doña Rosario de Acuña murió, y todo ha ido cambiando. Ya tenemos la República; ahora le toca gobernar y regir sus propios destinos al pueblo.

Mientras la monarquía mediatizaba la escuela, fue delito el proclamar que el pensamiento es libre, y que el laicismo es respeto que nos debemos. Los parques y los jardines fueron entonces convertidos en algo parecido a un cementerio, con bustos y estatuas de «vivos», y muertos, desconocidos para el pueblo ignorante.

Ahora para recordar vidas como la de doña Rosario de Acuña, se levanta como instrumento vivo una escuela alegre y llena de sol, para que los niños jueguen y se instruyan3. En esa escuela el busto de Rosario vive en su medio adecuado4, sobre una fuente, en la que los muchachillos –y los pájaros– beben, y en la que apoya sus ramas un rosal. Esta es la República.

Ya no es delito el que desde cerca o desde lejos, en Madrid o en provincias, podáis, con el deseo o con las manos, poner al pie del busto de la pensadora una flor ofrenda de gratitud a la mujer que, en plena tiranía, luchó por la libertad.

A mí, pobre maestro que la conocí y admiré cuando ella declinaba en su vida y yo florecía en plena juventud5, permitidme que antes de cerrar este libro, con lágrimas en los ojos al recordarla como maestra, vaya delante de todos los que la habéis leído a dejar ante su busto un pensamiento, emblema de la liberación que a su pluma, a su palabra y a su ejemplo debemos.


Noguera, Julio: «Colofón» en Regina de Lamo (ed.): Rosario de Acuña en la escuela. Madrid: Ferreira Impresor, 1933, pp. 250-252.



(1) A propósito de la enfermedad ocular que Rosario de Acuña padeció desde los cuatro a los treinta y cinco años, véase el comentario 111. El doctor Albitos y la luz recuperada (⇑).

(2) En referencia al espisodio ocurrido en la Universidad Central que dio origen al artículo «La jarca de la universidad (⇑)».

(3) El grupo escolar Rosario de Acuña fue inaugurado el 11 de febrero de 1933 por el presidente de la República (véase  147. Un patronato para el colegio ⇑). 

(4) El autor del mismo  fue el escultor José María Palma, tal y como se cuenta en el comentario 23. Un busto para el colegio Rosario de Acuña (⇑).

(5) Julio Noguera López (Granada, 1886 - Barcelona, 1971) conoció a Rosario de Acuña a finales de la primera década del siglo XX cuando desempeñaba su labor como maestro en una escuela en Gijón, tal y como se cuenta en el comentario 154. Alpargatas para todos (⇑).


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