domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella


A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969:





«Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.»


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño,(Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA, una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

sábado, 27 de agosto de 2016

126. Su amigo Joaquín Dicenta



Fotografía de Joaquín Dicenta (Crónica, 3-5-1931)Joaquín Dicenta Benedicto (Calatayud, Zaragoza, 1863-Alicante, 1917), fue un prolífico escritor que, pese a haber publicado varias novelas, poemas y cuentos, adquiere prestigio como autor dramático con títulos de fuerte contenido social como Aurora (1902) o Juan José (1895), su obra más emblemática, la cual figurará durante mucho tiempo en el repertorio de representación casi obligada en los centros culturales obreros.

Aunque no resulte fácil establecer el momento en el que inicia su amistad con Rosario de Acuña, sí que sabemos que ya a finales de los ochenta ambos compartieron  inquietudes y sensibilidades en las páginas de los diarios y revistas más combativos del país. También que figuraron el grupo autodenominado Gente nueva,  caracterizado por el radicalismo de sus ideas y su anticlericalismo. Algunos de sus integrantes estuvieron presentes en las revueltas universitarias de 1884; también en el homenaje a Giordano Bruno que tuvo lugar por entonces. Luis París y Zejín, protagonista en los dos sucesos, puso nombre a esa Gente nueva en un libro publicado con ese título en 1888, en el cual caracteriza a sus integrantes: junto a Acuña y Dicenta se encontraban Bonafoux, Nakens, Mariano de Cavía, los hermanos Sawa, Zahonero, Altamira, Manuel Paso y otros más.

De lo que sí tenemos constancia es de alguno de sus encuentros, como el que tuvo lugar en marzo de 1907, cuando Rosario de Acuña se traslada de Santander a Madrid para acudir al estreno del drama Daniel. La librepensadora asiste a la representación, publica una carta abierta alabando el contenido de la obra («Bravo, Dicenta; la noche del estreno mis manos se llenaron de vejigas de tanto aplaudir...»)  e invita a comer al autor, quien, por su parte,  nos ha dejado  constancia de algunas de sus impresiones de este almuerzo:

«Rosario de Acuña, la autora de Rienzi y El padre Juan, admirable por su talento y más admirable porque, siendo mujer y española, ha logrado sobreponerse, con la sinceridad de su espíritu y la rectitud de su conciencia, a las hipocresías y prejuicios despotizadores de mujeres... y de hombres en esta patria de los frailes, me invitó a almorzar en el Inglés.
Almuerzo fue íntimo, fraternal. Cuatro o cinco viejos amigos asistimos a él para conmemorar épocas juveniles, años en que nuestras cabelleras eran negras o rubias, nuestras caras tersas y nuestros corazones mozos.
Ahora, el pelo está cano, los rostros falsilleados por arrugas. Los corazones siguen siendo mozos. Aún sueñan porvenires de justicia, que acompañarán sus latidos; aún, al evocarlos, acude a ellos presurosa la sangre;  aún no los encalló el egoísmo, ni los pudrió la envidia, ni los encanalló el ambiente. Aún vibran, en su golpear contra el pecho, nobles virginidades.
Almuerzo encantador, durante el cual se disecó el doloroso presente humano para abocetar el risueño futuro...»

Sabemos también que dos años más tarde volverán a coincidir en las calles de Madrid con ocasión de la multitudinaria manifestación que tiene lugar contra el gobierno de Maura. Y que en el verano de 1911 Rosario de Acuña recibe en su casa gijonesa de El Cervigón a Joaquín Dicenta, con quien realizará una excursión a Santander. Quizás fuera durante esta visita cuando el señor Dicenta le hable del interés de su hijo Fernando por el mar y, a resultas de la conversación, se comentara la posibilidad de que realizara los estudios de Náutica en Gijón, en el instituto de Jovellanos.

Al final, esa será la opción tomada y a finales de febrero del siguiente año llega Fernando Dicenta Alonso al puerto de Gijón en compañía de su padre y a bordo del vapor Dolores.  Motivos de fuerza mayor impiden a doña Rosario de Acuña acudir a recibirles, pues lleva unas semanas en tierras portuguesas, huida del proceso que contra ella ha iniciado un juzgado barcelonés tras las tumultuosas manifestaciones de los estudiantes contra su artículo «La jarca de la universidad».

Sí que los recibirá de nuevo cuando, tras el indulto, retorne a la casa del acantilado. Y no escasearán las ocasiones para ello,  ahora que Fernando se ha convertido en un gijonés más y su padre visita la ciudad con cierta frecuencia, hasta el punto de convertirse en «un apasionado de Gijón», donde tenía muchísimos amigos, a decir de Antonio L. Oliveros, director del diario El Noroeste que compartía amistad con Rosario de Acuña y Joaquín Dicenta. De su pluma sabemos que «su famosa novela Los bárbaros la escribió a bordo de los vapores gijoneses Felisa y Dolores» y que a bordo de este último buque, «amarrado a los muelles de Fomento, nos concedió a unos cuantos gijoneses las primicias de uno de los más recios capítulos de la revolucionaria obra». Probablemente entre los asistentes se encontraría doña Rosario. También resulta bastante probable que, de haber retornado ya del exilio portugués, la librepensadora no se perdería el estreno del drama de Dicenta Sobrevivirse, que tiene lugar en el teatro Jovellanos en el mes de julio de 1913.

Varias fueron, a buen seguro, las visitas que Joaquín realizó a la casa del Cervigón, hasta el punto que en alguna ocasión dibujó a su contertulia en el escenario que desde allí se contempla, recordando la figura de la escritora  «puesta en píe, frente a las olas del Cantábrico que a nuestros píes rompían». Tras la muerte del padre, ocurrida en febrero de 1917, su hijo Fernando continuará visitando a doña Rosario: aprovechará cualquier ocasión para pasar por El Cervigón a charlar sin prisa con su vieja conocida, como bien nos ha relatado en algún escrito publicado en la prensa gijonesa, en el cual hace referencia a la vieja amistad de los autores de Juan José y El padre Juan

Niño aún conocí a Rosario de Acuña. Fue entonces, cuando su voz preñada de infinitas dulzuras hubo de salir de sus labios, entonando las estrofas viriles, pletóricas de fe, de uno de sus versos:

Ya se escucha en las orillas
el rumor de la marea:
Traen sus olas turbulentas
 vendavales de dolores.
Son lamentos y sollozos
de incontables muchedumbres,
que murieron asfixiadas
bajo el yugo de la fuerza.
¡Bien henchida de agonía!
¡Ya se acerca!


sábado, 20 de agosto de 2016

125. La pesada losa de Rienzi



Tan sólo tenía veinticinco años y el éxito de Rienzi la había situado en el centro del escenario; los ojos de cuantos tenían algo que decir en el mundo del teatro nacional estaban puestos sobre ella. Todos esperaban el estreno de una nueva obra para poder confirmar que aquella joven había llegado para quedarse; que de su fecunda y ardorosa inspiración podían surgir primorosos dramas; que Rosario de Acuña y Villanueva podía convertirse en la sucesora de la Avellaneda.

Imagen de la portada de Rienzi el tribuno
Ella sabía de la sorpresa y admiración que aquel estreno había causado. Conocía las alabanzas de Manuel de la Revilla, de Peregrín García Cadena, de Ramón de Navarrete, Asmodeo. Sabía que Rienzi le brindaba la  oportunidad de consagrarse como poeta dramático, de alcanzar la gloria literaria, de agradecer los desvelos que su padre había realizado para ilustrar a su hija semiciega, de colmar de orgullo y satisfacción a los suyos... Lo sabía bien. Y fue pronto consciente de ello, pues pocas semanas después del estreno escribe en el prólogo de su poemario Ecos del alma lo que sigue:
  «…él me sirvió de carta de naturaleza entre los aspirantes a la entrada del Parnaso, y aunque en el número de orden sé que estoy de los últimos, no por eso dejo de vanagloriarme de haber logrado siquiera la aproximación a los umbrales de tan hermoso reino…»
 En efecto, sabía de los parabienes que su primer drama había cosechado, pero también de los defectos que los críticos habían encontrado en Rienzi, achacables –según opinión compartida– a la inexperiencia de la autora. García Cadena habla de elementos desordenados y señala que «el conjunto está desprovisto de cohesión y de sólida contextura». Manuel de la Revilla, por su parte,  afirma que es un drama «mejor sentido y escrito que pensado, lleno de inexperiencia», por más que también diga  que la obra rebosa inspiración, que los personajes están «vigorosamente acentuados», que la autora utiliza recursos atrevidos, versificación robusta, bellas imágenes y hermosos pensamientos.

Era consciente de que se encontraba a la puerta que daba acceso al Parnaso; también de que  franquearla o no dependía en gran medida de lo que hiciera a continuación, de su segundo drama. ¿Sería capaz? ¿Podría conseguirlo? Las dudas acechan; la responsabilidad cobra entonces mayor presencia que cuando escribiera Rienzi; la inseguridad se va abriendo camino... Por si fuera poco, se encontraba lejos de todo, lejos de los suyos, lejos de los amigos que bien pudieran aconsejarla...

Bien. De la necesidad se hace virtud: está en Zaragoza, pues Zaragoza será el escenario. Su segundo drama  estará ambientado en la heroica defensa de la capital zaragozana durante la Guerra de la Independencia. Se llamará Amor a la patria... Una vez tomada la decisión, no queda más que coger la pluma y aplicarse a la labor, por más que las dudas surjan una y otra vez. La presión no aminora cuando la obra está concluida. ¿Será buena?, ¿estará a la altura de lo que de mí se espera? ¿Estrenarla en Madrid o mejor en Zaragoza? ¿Qué dirá la crítica?... Dudas y vacilaciones que seguían acechando, hasta tal punto de que a ellas bien pudiera deberse el hecho de que usara un seudónimo –por primera y única vez– cuando a finales de noviembre de 1877 se estrenara la obra en la capital aragonesa.

Y con el estreno de su segundo drama no se aquietó su ánimo, por más que fuera aclamado por el público, por más que fuera alabado y aplaudido por José Ortega y Munilla. No, las dudas persistían, los temores seguían al acecho. Así que, apenas unas semanas después del segundo estreno, cuando las fiestas navideñas la retornan a Madrid, llama a algunos de sus amigos escritores para pedirles auxilio y consejo. A su llamada acuden, al menos,  José Echegaray, Francisco Pérez Echevarría, Gaspar Núñez de Arce y Ramón Rodríguez Correa. La velada tuvo por protagonista el teatro: se leyó el único acto de la obra recién estrenada  y se trataron los problemas que se encontraba su autora para estrenarla en Madrid; también se habló de un nuevo proyecto en el cual la joven poeta estaba trabajando... Y todos se dieron cuenta del estado en que se encontraba su anfitriona. Rodríguez Correa nos lo cuenta:

...al ver el decaimiento de la autora para escribir más dramas, en vista de las dificultades que se experimentan para ponerlo en escena, dificultades que si forman una carrera de obstáculos para un hombre, son casi insuperables para una dama, todos los que allí estábamos, dejando aparte la galantería, exigimos y obtuvimos la promesa de ver pronto en el mundo un hermano de Rienzi, comprometiéndonos todos a que si el niño nacía viable correríamos con los afanes y cuidados de sacarle de pila.
Pocos meses después, los asistentes a aquella velada son convocados de nuevo para asistir en el teatro Español de Madrid a la lectura de Tribunales de venganza, un drama en tres actos inspirado en las Germanías valencianas. De nuevo es Rodríguez Correa quien nos cuenta las impresiones de los presentes tras aquella lectura:
...causó el entusiasmo de cuantos le oíamos, en lo que se refiere a la forma bellísima literaria y a la admirable sujeción a la verdad histórica de su asunto y personajes.Todos opinamos que el drama tenía un flaco y era el segundo acto en el que, además de parecer más premiosa la inspiración de la autora, se acumulaban recursos que podían comprometer el éxito de la obra. En cambio, la nitidez de la exposición en el primer acto y las maravillas de versificación, de majestad y de grandeza que formaban el tercero, reducido a una protesta elocuente y en acción contra la pena de muerte por delitos políticos, constituía un asunto que debía ser simpático en la época moderna, y en cuya representación no había peligro si se llegaban a salvar los inconvenientes que a nuestro juicio ofrecía la representación del segundo acto.
Después de algunas dificultades y más de un retraso, el martes 6 de abril del año 80 se estrena el drama en el escenario del teatro Español. Su autora no utiliza en esta ocasión un seudónimo, pero su nombre no es conocido por el público. Parece que las dudas continúan. Están presentes hasta tal punto que, según cuentan las crónicas, Rosario de Acuña no asistió al estreno, y ello a pesar de haberse trasladado de Zaragoza a Madrid con esa intención. Dicen que, a última hora, decidió no acudir y pasar la noche en Aranjuez.  Allí se entera de que, finalizado el primer acto,  los presentes aplauden y llaman al autor al escenario, pero se mantiene la incógnita.  Entre aplausos se escucha el segundo, volviendo a pedirse al final el nombre del autor, que continúa sin saberse. Se aplauden varios trozos del tercer acto, pero al caer el telón y ser llamado nuevamente el autor, se establece una división entre el público.

Dicen que alguien de su entorno que se encontraba en el teatro, comunica por telegrama el resultado. Al conocer el inconsistente veredicto del público, Rosario de Acuña toma una drástica decisión: aquella sería la primera y también la última representación del drama, no habría más. Las dudas que albergaba desde que Rienzi la hubiera llevado hasta las puertas de la gloria, no se disipaban. Sus amigos escritores le habían aconsejado que modificara el segundo acto, y el público lo aplaudió;  alabaron el tercero («maravillas de versificación, de majestad y de grandeza»), y al público no le convenció...

Cuatro años atrás, cuando el estreno de Rienzi, público y crítica habían coincidido en las alabanzas. Amor a la patria, que cosechó el aplauso de sus nuevos vecinos zaragozanos, seguía siendo desconocido por la crítica madrileña. Y ahora que, ilusionada por el aliento de los próximos,  había conseguido volver a estrenar en Madrid: para Tribunales de venganza, la tibieza, la división de opiniones. El éxito cosechado por Rienzi constituía una pesada losa. Los dos dramas que había escrito después no habían conseguido brillar a la misma altura. Rienzi era la medida. El cronista lo resume perfectamente: «Tribunales de Venganza contiene grandes bellezas líricas; como drama vale mucho menos que Rienzi,primera y afortunada tentativa teatral de su aventajada autora».

La pesada losa de Rienzi estará siempre presente; hasta el final; hasta el estreno de su último drama.  A finales de 1893 estrena La voz de la patria, con el cual retorna en buena medida al ámbito más literario,  tras el paréntisis militante que supuso El padre Juan.  Aquella obra supone su último intento de superar la alargada sombra de Rienzi:
Al llevar al tribunal de la pública opinión este drama, no es factor insustituible mi presencia en el teatro: no es obra de lucha, de controversia; es el eco de una realidad del presente; no se trata en él de sellar, con la vida si fuera preciso, la libertad de conciencia, de pensamiento; anexo a él no va más que el hecho escueto de la aprobación, o repulsa, hacia un talento literario: ¡Triunfo o derrota baladí, porque es personalísimo, esencial a mí, sin trascendencia para la ejemplaridad, para el apostolado del progreso!...

sábado, 13 de agosto de 2016

124. «Un discurso de Rosario de Acuña», en La Unión Católica



«Ahora entremos con resolución en el camino de la Verdad, estrecho y orlado de precipicios. Al verme en él tiemblo, sin vacilar. Las alimañas más estrambóticas van a surgir a sus orillas; unas, como los dogos de la fábula de Cano, comenzarán a ladrar; otras se harán las mortecinas, a ver si tropiezo con ellas inadvertidamente; muchas, con la propiedad que tiene la cobardía de ensañarse contra los que imagina indefensos, entablarán un concierto de aullidos. ¡Qué afortunada sería si, creyendo usar la mejor arma, guardasen un profundo silencio!...»
Cuando, a finales del ochenta y cuatro, envió a Ramón Chíes aquella carta en la que manifiesta su adhesión a la causa del librepensamiento, ya suponía lo que le habría de esperar desde entonces, por más que, puestos a suponer, albergara la esperanza de pasar inadvertida, la esperanza de que guardaran silencio quienes desde entonces iban a ser sus oponentes.

Esperanza vana. No callaron, no. 

 Mucho antes de que en 1911 la mayoría de periódicos del país descargaran toda su artillería contra la autora de «La jarca de la universidad»; mucho antes de que el  Diario de Galicia afirmara rotundo que Rosario de Acuña no era mujer, o mejor dicho, no lo era más que fisiológicamente.
 ¡Parece increíble que el cerebro donde tales ideas se elaboran, esté regado por un corazón de mujer y sean vertidas en la tierra clásica de la hidalguía...! Si bien la Acuña, ni es mujer más que fisiológicamente, ni española, porque no desperdicia ocasión de escarnecer la patria generosa en que nació.
Mucho antes de todo eso, a raíz de que Rosario de Acuña pronunciara en el Fomento de las Artes la conferencia titulada Consecuencias de la degeneración femenina, el «diario religioso, político y literario» La Unión Católica se despachaba a gusto, tanto en lo referente al contenido como –en mayor medida– a la conferenciante:

¡Qué difícil y qué triste es tener que ocuparse en los delirios y en las producciones patológicas de una mujer!

La mujer, por razón de su sexo, por la grandeza latente que lleva en su alma y por la nobleza genuina de los sentimientos de su corazón, merece el mayor respeto. Dios mismo la llevó a la cima de la gloria en la persona adorable de la Virgen Maria. El espíritu cristiano la redimió convirtiéndola de cosa en persona, de instrumento de placer en compañera del hombre. La Religión la santifica y la eleva con las alas blancas de la fe y de la vocación religiosa a aquellas alturas donde solo se oyen los cánticos de los ángeles y de los serafines.

Fragmento del artículo «Un discurso de Rosario de Acuña», publicado en el diario La Unión Católica

La tradición constante del Catolicismo y de la Iglesia ha sido de rendir un tributo de consideración a la dignidad de la mujer, deprimida, rebajada y escarnecida en el mundo pagano. El teatro cristiano, la pintura cristiana, la literatura cristiana, la predicación cristiana, son una verdadera apología de la mujer. Todas las costumbres de la Edad Media, durante la cual el Catolicismo floreció con vigor y brilló con esplendor soberano, revelan los sentimientos caballerescos que hacia la mujer brotan del gran ideal espiritualista y cristiano. Y es que la rehabilitación de la mujer surgió, enfrente del sensualismo y del racionalismo paganos, de la sombra redentora de la Cruz y de la nueva teología que propagaron los Apóstoles.

Ahora bien; si todo esto es verdad, según lo acredita la historia, según lo muestran suficientemente la civilización cristiana y toda la organización de la sociedad cristiana y de la familia cristiana, por fuerza han de causar pena y dolor en el ánimo el verse en la precisión de fijarse en las excepciones y accidentes que se apartan de la regla general. Corruptio optimi pesaima.

Una mujer extraviada, que tiene la desgracia de haber renegado de las oraciones que le enseñó su madre en el regazo del amor, y de haber aprendido a recitar y a escribir en público las blasfemias más atroces de la impiedad y del librcrpensamiento, ha leído la otra noche una conferencia acerca «de las consecuencias de la degeneración femenina», y que hoy trascribe el periódico de la secta Las Dominicales.

Como todos los errores y todos los horrores de la conferencia susodicha han sido propagados en un centro público, ante un auditorio del cual formaba parte bastante número de mujeres, y como además se ven ahora reproducidos públicamente en el periódico más impío de España, deber nuestro es el de examinar o, mejor dicho, el de poner en evidencia y de manifiesto, los disparates con que tratan de agitar las pasiones de las mujeres, las mujeres del libre-pensamiento, las mujeres que en vez de estar en el hogar santo de la familia prestando culto a las virtudes domésticas, se salen a la plaza pública a vocear lo que llaman la emancipación de la mujer, esto es, no la redención cristiana y grandiosa de la mujer, sino la corrupción de la mujer, la mujer libertina, la mujer sin pudor, la mujer esclava de las pasiones políticas y de las pasiones de la carne, la mujer atropellando y profanando todas las grandezas y virtudes y aureolas y laureles de su sexo, la mujer que abandona la casa y deja huérfanos a sus hijos, y arrincona todos sus cuidados para ir a buscar los placeres de la calle, o las violencias políticas de los partidos.

No crean, pues, nuestros lectores, que vamos a discutir la conferencia a que nos referimos, pues que los delitos o los casos de Psicatria [sic] no se discuten, sino que se sentencian, o para la galera o para el manicomio. Vamos solo a declarar muy alto que el buen sentido, la honradez, la conciencia, la razón y el gran espíritu moral y religioso de la mujer española, de la inmensa mayoría de las damas españolas, rechaza con energía, en la teoría y en la práctica, esa propaganda revolucionaria de la peor especie, bautizada con el enfático titulo de «emancipación de la mujer.»

¿Qué señora española escuchará esas voces, pronunciado en público, de que la mujer educada en el seno de la familia y de los sentimientos cristianos, nace, vive y se desarrolla deformemente, de que la mujer debe emanciparse de la Religión, de la fe, de la oración, de la caridad, de la tranquilidad del hogar, de la autoridad patriarcal de su marido y de la ley, y ponerse el mandil del librepensamiento e ir a las logias a tomar parte en aquellos espectáculos repugnantes de que en el capítulo sobre las hermanas masonas nos habla León Taxil?

En la conferencia que, por desgracia nuestra, nos ocupamos, hay una parte pornográfica respecto a embriología y tocología, parte pornográfica que no se atrevería a explicar siquiera en su cátedra o en su clínica un catedrático de Medicina, por exigentes y forzosas que sean las necesidades de la enseñanza. Esto muestra que todas las libertades que proclama el racionalismo libre-pensador, es con el único objeto de restaurar el naturalismo pagano, el sensualismo tentador, la práctica de las máximas de Jouvier y Saint-Simon, acerca de la santificación de las pasiones y de la rehabilitación de la carne.

Por lo demás, la claridad, la corrección, la sintaxis, la sindéresis y la literatura de la desastrosa y abigarrada conferencia a que nos referimos, corren parejas con su pornografía. Para que no se crea que exageramos, perdónennos nuestros lectores que trascribamos uno de los pasajes, el más claro y limpio quizás, de la citada conferencia? «Si, por cierto, decía la oradora, que el eterno femenino, en su misión de sintetizar la vida, cuando acciona en el mundo intelectual, tampoco inicia la creación, sino que condensa, recoge, acumula, conforma, reúne, armoniza y abarca, hasta dejar un Todo cumplido, capaz de trasmitir con su riqueza de cohesiones los rasgos de la perfectibilidad.» Basta y sobra con poner de manifiesto esa jerga, para comprender el estado intelectual y moral de la conferencia femenina. Por lo demás, ese eterno femenino de la oradora es peliagudo y oscuro como boca de lobo.


La Unión Católica, Madrid, 25-4-1888

sábado, 6 de agosto de 2016

123. La otra Rosario de Acuña



Tras su boda, Rosario de Acuña y Villanueva va a asumir un papel secundario en el matrimonio, como hacen la mayoría de las españolas. Una muestra pública de esa asunción de dependencia la constituye la pérdida voluntaria de su segundo apellido, el de su madre, que sustituye por el de su marido precedido de la preposición «de». Por obra y gracia de su matrimonio, aquella joven de apenas veinticinco años de edad deja de ser conocida como «Rosario de Acuña y Villanueva» para convertirse en «la esposa de», en «Rosario de Acuña de Laiglesia». Así firma las obras que publica a partir del año 1877: Amor a la patria, Morirse a tiempo, Tribunales de venganza, Tiempo perdido, La Siesta, Sentir y pensar, además de los artículos que publica por entonces en El Correo de la Moda y otros periódicos. La utilización del apellido del marido es habitual entre las escritoras que por entonces cuentan con mayor repercusión social, como es el caso de Ángela Grassi… de Cuenca, Faustina Sáez… de Melgar, María del Pilar Sinués… de Marco, Josefa Pujol... de Collado o Concepción Gimeno… de Flaquer. Hay quien dice que lo hacen para demostrar públicamente que en su labor de escritoras cuentan con el apoyo de sus maridos, casi siempre personajes respetables e influyentes. Pudiera ser. No hay por qué dudar de que así lo creyeran y así lo vivieran. Lo que parece quedar fuera de toda duda es que el abandono del segundo apellido de la mujer representa una clara pérdida de su identidad, lo cual, según los casos, podría llegar a tener cierta trascendencia. Nada mejor que un ejemplo referido a nuestra protagonista para comprender mejor el alcance de lo que queda dicho.

Imagen distorsionada de un grabado de Rosario de Acuña y Villanueva
Hace ya unos años cayó en mis manos un artículo cuyo título atrajo mi atención por razones que el lector entenderá como obvias: «Consideraciones en torno a una pieza dramática estrenada en Andújar en 1867: Un problema de autoría (Mira de Amescua-Monroy), una página poco conocida de la vida de Rosario de Acuña...», escrito por Aurelio Valladares. Pues bien, el texto nos da cuenta del hallazgo de una pequeña obra de teatro de largo título: La Institución del Rosario: loa religioso-fantástico  en un acto y en verso; tomada, casi literalmente, de las comedias antiguas: El rosario perseguido de un Ingenio de la corte; y Los celos de san José, de D. Cristóbal Monroy. Para el autor del artículo esta pieza teatral tenía interés por varias razones históricas y literarias; para mí, por una en especial: la hipótesis que allí se plantea sobre un posible matrimonio anterior de Rosario de Acuña. Una vez que me hice con una copia de la referida obra pude confirmar fehacientemente el dato aportado por el autor del artículo. Allí se decía que aquella loa fue estrenada en Andújar, «en el precioso teatro del señor Juez de Primera Instancia D. Enrique Lassús Font, en octubre de 1867», y que el papel de la Virgen del Rosario fue interpretado por doña Rosario de Acuña de Lassús.

De la dedicatoria escrita en La institución del Rosario. Loa religioso… y del reparto de actores que interpretó esta obra78, parece probado que en Andújar, en octubre de 1867, habría un matrimonio formado por Enrique Lassús Font, Juez de Primera Instancia de aquella localidad, y Rosario de Acuña de Lassús. Asumir sin más ni más que esta mujer fuera la hija de Felipe de Acuña y Dolores Villanueva es cuestión bien diferente. De entrada, existen evidencias, algunas apuntadas por el propio Valladares en su estudio, que plantean serias dudas sobre la verosimilitud de ese matrimonio. Aunque pasemos por alto la cuestión de la excesiva juventud de la esposa (en aquella fecha Rosario de Acuña no habría cumplido los diecisiete); los testimonios de la propia interesada, quien siempre manifestó haber estado casada con Rafael de Laiglesia y nunca nos hizo mención alguna a otro matrimonio anterior; o el hecho de que nos conste que ese mismo otoño estuvo con su padre y su madre en la Exposición Universal de París. Aunque pudiéramos encontrar algún tipo de explicación razonable a todas estas cuestiones, al final nos encontraremos con un argumentomucho más difícil de solventar: la existencia del segundo matrimonio,el que tuvo como marido a Rafael de Laiglesia. En el contexto jurídico de la época, para que Rosario de Acuña se hubiera casado con el comandante en 1876, tendría que haber quedado viuda del juez con anterioridad, pues el divorcio recogido en la Ley del matrimonio civil no supone, en ningún caso, la disolución del vínculo matrimonial, sino una separación de los cónyuges.

Esquela de Enrique de Lassús (El Imparcial, 31-5-1901)Ahí parecía estar la clave. Si apareciesen evidencias de que el referido juez hubiese fallecido con anterioridad al año de su boda con Rafael, bien podría mantenerse abierta la posibilidad de una boda anterior con el referido Enrique Lassús. Ese era el camino y hacía ahí encaminé mis indagaciones. Buscando, buscando tuve la fortuna de dar con la Hoja de Servicios del juez, la cual nos aporta una serie de datos que considero clarificadores. Gracias a los datos allí reflejados sabemos que este juez, nacido en Granada en 1832, obtuvo el título de abogado en 1854;  que, en efecto, el 14 de abril de 1866 tomó posesión de la plaza de Andújar, donde permaneció hasta finales de octubre de 1868. De la relación de servicios incluidos en la Hoja obtenemos una evidencia concluyente: en 1876, cuando se celebra el matrimonio de Rosario de Acuña y Rafael de Laiglesia, el señor Lassús Font seguía vivo y, por tanto, la escritora no podría haberse casado nuevamente, razón por la cual podemos concluir que ella no era quien había representado aquella obra en Andújar, aquel día del otoño del año 1867.

La solución a este enigma la encontramos en Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española de Fernández de Bethencourt: detrás de la denominación Rosario de Acuña y de Lassús se esconde, en realidad, la personalidad de María del Rosario de Acuña y Espinosa de los Monteros, nacida en Andújar el 15 de abril de 1837, casada en la misma localidad el 3 de octubre de 1858 con Enrique Lassús y Font. Ocupaba el tercer lugar entre los hijos del XI Señor de la Torre de Valenzuela, Luis de Acuña Valenzuela y Calmaestra (1810-1861), y era nieta del X Señor, Pedro de Acuña Valenzuela y Cuadros, hermano del abuelo paterno de Rosario de Acuña y Villanueva. Esto es, ambas mujeres (las dos, Rosario; las dos, Acuña) tenían un bisabuelo común: Juan de Acuña Valenzuela y Ortiz de Largacha, IX Señor de la Torre Valenzuela, siendo sus padres primos carnales.

Pudo haber más de una confusión al respecto pues no era ésta la única prima con la que compartía nombre y primer apellido. Tenemos a Rosario de Acuña y Martínez de Pinillos, ocho años más joven que nuestra protagonista, que era hija de su tío Cristóbal María de Acuña y Solís. Y otra más, aquella a quien va dedicada su poesía «A mi prima R. de A. y R.», fechada en Madrid en marzo de 1874, iniciales que, con toda probabilidad, corresponden a Rosario de Acuña y Robles, la menor de las hijas de su tío Antonio María de Acuña y Solís, el que fuera gobernador en diferentes provincias.