-->

domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella
A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):


Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño,(Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias (⇑) y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

sábado, 27 de mayo de 2017

160. Convertida en crítica literaria (y de otras artes)


Aunque en ocasiones presume de ser mujer hacendosa (⇑), sus ocupaciones habituales trascienden el ámbito doméstico. Sabemos de su amor por la naturaleza y de su afición por la montaña (⇑), conocemos su actividad como avicultora (⇑), tenemos noticias de sus viajes a caballo (⇑) recorriendo durante meses la geografía hispana... Y, claro es, también de su actividad como escritora, campo en el cual tampoco puede decirse que lo ejerciera con limitaciones de tema o de género, pues si alcanzó notoriedad como dramaturga o poeta, no menor fue su fama como luchadora tenaz frente a la discriminación de la mujer o como propagandista del librepensamiento. Menos conocida es, sin embargo, su incursión en el ámbito de la crítica artística.

 Boceto de La invasión de los bárbaros  que se conserva en el museo Ulpiano García (Colmenar de Oreja, Madrid)

A pesar de que en «El amigo Manso» (⇑), artículo escrito en el año 1882 a propósito de la publicación de la novela de Galdós así titulada, encontramos algunos elementos que pudieran permitirnos calificar el texto como una crítica literaria, al menos en lo que atañe a su componente divulgativo (dar a conocer una obra, manifestar públicamente su «admiración hacia lo bello»), no será hasta algunos años más tarde cuando nuestra autora confiese su propósito de realizar la crítica de una obra, de ejercer «el improvisado oficio» que tiene por objeto el enjuiciamiento crítico de libros ajenos.
 
Tal sucedió con «La valija rota» (⇑), donde doña Rosario da cumplida satisfacción a la promesa realizada a Eduardo Gómez Sigura, autor de la obra del mismo título. Y lo hace no sin lamentarse del ofrecimiento, de  la palabra dada, «pues a saber yo el mucho trabajo que me había de costar meterme a crítica, le juro que no se la hubiera dado...»

No obstante las lamentaciones, al año siguiente volverá a tomar la pluma para comentar las virtudes de la obra Fray Giordano Bruno y su tiempo (⇑), de su amigo Luis París y Zejín. La amistad con el autor,  la significación que para los librepensadores tiene el protagonista del libro y la asunción de su nuevo papel de publicista y propagadora de la libertad, la llevan a firmar este escrito con claro objetivo divulgador.

Similares planteamientos, combativos y proselitistas, encontramos en su artículo «Trata de blancos» (⇑), dedicado a cantar las excelencias del drama del mismo nombre, en el cual Leopoldo Cano, su autor, «ha llevado a los esplendores del arte ese fondo de crítica sangrienta, redentora y precisa en toda sociedad decadente como la que nos rodea».

No fue solo en el terreno literario, pues se adentró también en el ámbito de otras artes.  A los fieles lectores que siguen con atención sus artículos, les transmitió sus impresiones, sus emociones estéticas,  acerca de pinturas y de esculturas, acerca de músicos e instrumentos musicales. En lo referente al «arte de las musas» ya he dejado alguna constancia en el comentario 32. Música, música: de la copla a la ópera (⇑), donde se habla del entusiasmo que en ella despiertan  violinistas, guitarristas, barítonos o tenores.

Si la música fue asunto que salpicó sus escritos a lo largo de toda su vida, pues de ella se ocupa tanto en su etapa juvenil como en la vejez, no sucedió lo mismo con el resto de las artes: las críticas que conocemos sobre obras literarias, pictóricas o escultóricas están escritas en los años ochenta, y éstas últimas con ocasión de la Exposición de Bellas Artes del año 1887. Acudió a la misma y como resultado de la visita escribió dos artículos, fechados ambos en el mes de mayo de ese año: «Invasión de los bárbaros» (⇑), cuadro de grandes dimensiones pintado por Ulpiano Checa, y «La tradición» (⇑), grupo escultórico de Agustín Querol.

Quizás en su ánimo no estuviera realizar una valoración de la obra con la vista puesta en la Historia del arte, en comparar estilos, escuelas o técnicas. Quizás el resultado sea más divulgativo o, si se quiere,  pedagógico que estrictamente crítico. Ciertamente, tras la lectura de alguno de los párrafos, podemos deducir que su pretensión es la de transmitir las sensaciones y emociones que ella ha sentido al contemplar las obras; que pretende resaltar las potencialidades formativas, de enriquecimiento personal, que brinda la atenta contemplación  de las obras comentadas. Conviene recordar que por entonces los escritos de doña Rosario son seguidos por muchas mujeres (librepensadoras, no lo olvidemos) y que ella ha asumido un activo papel de propagandista, de guía de sus compañeras: « yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre».

La escultura o la pintura son motivos tan útiles como otros para transmitir a sus lectoras sus inquietudes y sus certidumbres, tanto como las  ruinas de un castillo feudal (⇑) o la contemplación de los tesoros de la Naturaleza.

La invasión de los bárbaros, según un dibujo de P. y Valor (La Ilustración Ibérica, 25-6-1887)

Cuando un observador de mediano sentido racional se para delante de este soberbio lienzo, una corriente inexplicable atraviesa por el pensamiento bañándolo en luces que fulguran con esplendores de incendio, y en crepúsculos que irradian con sombras de melancolía; cuando el choque de la impresión se atenúa y sus últimas ondulaciones dejan en los ilimitados horizontes del entendimiento la diáfana serenidad, generatriz de todo raciocinio, entonces comienza la idea a levantarse poderosa ente esta obra hermosísima que palpita con todas las excelsitudes de la vida que es toda luz, movimiento, esperanza y grandeza: la imaginación se apodera de la realidad, la encarna, la subyuga, y mediante la emoción estética que produce esta obra pictórica, condensa, sintetiza y abarca la complejidad de la historia, de la raza y de la humanidad; y cuando ya ha medido, de un solo golpe, el maravilloso conjunto, se vuelve hacia el presente y rinde tributo de admiración al genio que, de tal modo acertó a interpretar sobre la tosca trama de un lienzo uno de los más grandes poemas humanos. En efecto «Invasión de los bárbaros» es más que un trabajo artístico, es más que un cuadro histórico, es más que un alarde de atrevimiento, es un inmenso poema cantado sobre el lienzo con las tonalidades de la pintura; todo en él habla y conmueve, todo en él hace pensar.


miércoles, 10 de mayo de 2017

159. En la Biblioteca Nacional


Bien. Esto marcha. Primero fue su inclusión en el Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), iniciativa puesta en marcha en 1997 por José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico en el Departamento de Lenguas Románicas en la Universidad de Georgia, con el objetivo de difundir la cultura hispánica. Desde 2010 comparte espacio con destacados pensadores de la talla de Ortega y Gasset, Octavio Paz, José Martí, Simón Bolivar o Emilio Castelar. Tres años después, en febrero de 2013, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑) inauguró un portal a ella dedicado, ocupando desde entonces con otras significadas escritoras  del diecinueve como Concepción Arenal, Fernán Caballero, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán o Gertrudis Gómez de Avellaneda. Ahora le toca el turno a la Biblioteca Nacional.

Página dedicada a Rosario de Acuña en el portal Escritores en la BNE


El pasado mes de marzo la Biblioteca Nacional abrió un nuevo portal  dedicado a los autores cuyas obras están digitalizadas y accesibles en la Biblioteca Digital Hispánica. Tal y como señalan los responsables de la biblioteca en la introducción que presenta el proyecto Escritores en la BNE «La finalidad última es facilitar el acceso y dar visibilidad a una parte de las obras digitalizadas que ofrece la Biblioteca.»

En una primera etapa el portal incorpora la semblanza de cuarenta y dos escritores, así como una primera agrupación o temática (a la que seguirán otras) que recoge a los escritores fallecidos en 1936, entre los que se encuentran Federico García Lorca, Ramón del Valle-Inclán, Ramiro de Maeztu, Pedro Muñoz Seca y Miguel de Unamuno. Otros escritores incluidos en el portal son Ramiro Ledesma, Blas Infante, Torres Quevedo, Ciges Aparicio, Emilio Cotarelo, José Antonio Primo de Rivera, Miguel Ramos Carrión, Honorio Maura, Ramón Acín o Fernando Mora.

El espacio dedicado a Rosario de Acuña (⇑) ofrece una reseña biográfica –breve pero ajustada a los datos conocidos–,  un apartado donde figuran otros recursos donde poder ampliar la información y los enlaces a sus obras digitalizadas por la Biblioteca Nacional: Rienzi el tribuno (1876), Amor a la patria (1877), La siesta (1882), Sentir y pensar (1884), La casa de muñecas (1888), Un certamen de insectos (1888), El padre Juan (1891). La relación se completa con el manuscrito de Amor a la patria (⇑), drama trágico en un acto y en verso que fue estrenado en Zaragoza en 1877, el único, por cierto, que presentó firmado con seudónimo. 

Fragmento de Amor a la patria, manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional

Con esta iniciativa no sólo se da un paso más en el proceso de recuperación de la figura de Rosario de Acuña y Villanueva, sino que se facilita el acceso a un nuevo manuscrito, que se une a otros ya conocidos, como Tribunales de venganza, que se encuentra en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid, su testamento ológrafo o una carta a Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑).

 Bien. Ciertamente parece que esto marcha.

miércoles, 26 de abril de 2017

158. ¿Quién fue Rosario de Acuña? (Nuevo libro)


Recientemente se ha publicado ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑), el último libro que he escrito sobre nuestra protagonista.

* * *

Portada del nuevo libro
Corría el año 1997 cuando me topé de frente con la figura de Rosario de Acuña: me habían destinado al instituto gijonés que lleva su nombre.  Poco era lo que por entonces sabía de ella, apenas unas cuantas generalidades que hablaban de su condición de masona y mujer batalladora.

Curiosamente fue otro trabajo de investigación el que me empujó a interesarme por su vida y por su obra. En pleno proceso de documentación acerca del funcionamiento de la Escuela Neutra de Gijón me encontré con  «El ateísmo en las escuelas neutras» (⇑), el discurso que pronunció en la ceremonia inaugural de la escuela. En aquel contexto sus palabras dejaban traslucir una personalidad más rica que la que había intuido al leer sus dos dramas más conocidos. Fue entonces cuando quise conocer más acerca de esta mujer y me puse manos a la obra. Seguí su rastro por archivos y bibliotecas con el auxilio de la información que  María del Carmen Simón Palmer (⇑)  había publicado en  Escritoras españolas del siglo XIX. Manual bio-bibliográfico, una valiosa obra que nunca agradeceré bastante: allí encontré cerca de cien detallas referencias que pusieron a mi alcance artículos, poesías, conferencias...

Tras aquel impulso inicial, las copias de las obras de Rosario de Acuña fueron llenando carpetas y carpetas. De cada nuevo libro conseguido deposité una en la biblioteca del instituto, sumándose así a las publicaciones que acerca de nuestra protagonista iban apareciendo por entonces.

Conocedor como era de mis investigaciones en 2004 Francisco Alonso Llano, por entonces director del instituto, me habló de su proyecto de publicar un libro sobre Rosario de Acuña que se habría de entregar a los alumnos al finalizar sus estudios de Bachillerato. Me preguntó si estaba dispuesto. Tal y como ya he contado, tuve mis dudas pues me asaltaba el temor de que este encargo, esta primera entrega de mi investigación, representara una dificultad insalvable de cara a la futura publicación del trabajo que llevaba ya un tiempo preparando. Suponía todo un reto hacer posible este primer e inesperado trabajo sin debilitar ni trastocar la estructura del segundo.

El resultado final fue Rosario de Acuña en Asturias (⇑): una parte de su biografía, la que más interés podía tener, ciertamente, para los alumnos del instituto que lleva su nombre, y un enfoque diferente a aquel con el que estaba elaborando Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), concluido en 2007 aunque, por aquello de la crisis y el consecuente retraimiento editorial,  no vio la luz hasta dos años más tarde. 

Promoción tras promoción, quienes terminaban sus estudios de Bachillerato en el instituto recibieron un ejemplar del libro Rosario de Acuña en Asturias. Y así fue hasta que se acabaron.  Hace un año, poco más o menos, se repitió la historia. Un nuevo equipo directivo del instituto, encabezado ahora por Isabel Puente Costales, me pide ahora una biografía de Rosario de Acuña, pues, como queda dicho,  se agotan los ejemplares de los libros antes mencionados que fueron editados ya hace unos años. De hecho, de Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato no quedan disponibles más ejemplares que los que se encuentren en las bibliotecas, la edición está agotada y no hay indicios de que se vuelva a reeditar. Me dicen que sea menos ambiciosa, que procure que resulte más biográfica que la última. Creo que con lo primero me están sugiriendo que reduzca su volumen, pues sus casi quinientas páginas deben parecerles excesivas para la tarea de divulgación que persiguen.

Un año después ha visto la luz ¿Quién fue Rosario de Acuña? (⇑) una versión más «biográfica» y actualizada que alberga  la pretensión  de satisfacer tanto a quienes hayan leído mis anteriores libros a ella dedicados, como a cuantos se acerquen por primera vez a la figura de nuestra protagonista. Los primeros sabrán apreciar las novedades que aquí encontrarán; los segundos tendrán cumplida respuesta a la pregunta que encabeza esta obra. Unos y otros disfrutarán, sin duda, con la selección de escritos de doña Rosario que figuran al final del volumen.

Para finalizar, creo necesario advertir que el libro no se encuentra a la venta en las librerías,  tan sólo se puede adquirir a través de Amazon, tanto en papel como en edición electrónica, como se explica en el siguiente enlace (⇑), donde las personas interesadas también podrán  leer la Introducción (⇑) de la obra. 


sábado, 15 de abril de 2017

157. «Colofón», por Julio Noguera


Fragmento del texto incluido en el libro Rosario de Acuña en la escuelaHacer un libro para niños espigando en la gran obra literaria, social y educadora de doña Rosario de Acuña es fácil. Cien libros pudieran hacerse y todos ellos interesantes.

Porque eso fue aquella ilustra dama, una educadora, una verdadera maestra, en su vida y en su obra, con su palabra y con su ejemplo. Maestra de grandes que su genio le hico ver muy chicos, maestra de chicos que al pretender libraros de prejuicios, su esperanza en el porvenir le hacía verlos grandes.

Sincera y honrada decía siempre la verdad, o que a ella parecía razonable y verdadero.Transigente y liberal respetaba a los que tenían su fe en cosas que le parecían erróneas. Discutía por aprender y rectificar su criterio, pero no quiso aparentar nunca sentir lo que no sentía, ni creer aquello que no estaba de acuerdo con su razonar de mujer pensadora.

Amedrentado e idiotizado el pueblo por siglos de inquisición afrentosa, vio en doña Rosario de Acuña una mujer bastante rara. ¡Y tanto!, como que no se parecía en su modo de pensar y hablar a ninguna señora de su tiempo.

Ella había sido educada por monjas en sus primeros años de escolaridad, pero –esto si que es grande–, el quedar ciega fue lo que le dio la vista1, lo que hizo que recobrara la facultad de pensar, que la cancamurria y el canturreo de la escuela monjil, de la escuela presidida por el crucifijo y el retrato de los reyes, se esforzaba en apagar y destruir en los muchachos.

Horrible escuela de los palotes y de las lecciones de memoria; la escuela en que el niño aprendía a leer en un solo libro visado y revisado por una autoridad que no era la del pedagogo, la del hombre que educa libremente, y, para que en libertad, cada uno se haga las ideas a su modo, y como pueda o quiera.

Cuando recobró la vista de los ojos, se encontró con que tenía doble vista: la vista interna, o del pensamiento libre, que para serlo no necesita más que cavilar, y la vista del exterior, que a ella la empujó hacia el mundo, para no caer entre los mil tropiezos que en el mundo hay.

Porque decía y escribía cosas que otros no entendían, o no se atrevían a decir, fue perseguida, encarcelada, apedreada, y, hasta calumniada. Pero ella firme, serena, feliz, en medio de las tribulaciones, pudo siempre encontrarse a sí misma, concentrándose en el santuario de su conciencia recta, donde ardía perenne la candelilla encendida de su libre pensamiento.

Los que se decían discípulos y representantes de aquel que en Galilea predicara el amor y la paz entre los hombres, la odieron y le hicieron la guerra, pero ella se sobrepuso a todos con su aire de mujer pacífica que amaba con todo su corazón, y encontraba preferencias arrobadoras en la debilidad de los niños, en el inquieto aletear de los pájaros, y en la fragilidad de las flores en un solo día capullo, rosa que el sol besa a la mañana, y pétalos como copos de nieve que blanquean y perfuman la tierra al atardecer, esa bendita tierra que los egoístas acotan que es suya, cuando es de todos.

Pan a los niños, con besos, para que se crien fuertes; granitos de trigo a los pájaros, para que libres vuelen, enseñando a los niños a volar libremente, y agua a la tierra para que dé flores, alegrando y embelleciendo la vida de todos, pedía en su ancianidad la buena doña Rosario de Acuña, mientras los señoritos que se decían enseñantes, y tenían monopolizada para ellos la Universidad, pedían a gritos la guerra con Cuba y los Estados Unidos, apedreando la casa de la escritora ilustre porque les amonestara por su inedecuación y falta de respecto a las mujeres2.

El tiempo ha pasado, el régimen en que aquellos «señoritos» pudieron darse tono de personas ha pasado; doña Rosario de Acuña murió, y todo ha ido cambiando. Ya tenemos la República; ahora le toca gobernar y regir sus propios destinos al pueblo.

Mientras la monarquía mediatizaba la escuela, fue delito el proclamar que el pensamiento es libre, y que el laicismo es respeto que nos debemos. Los parques y los jardines fueron entonces convertidos en algo parecido a un cementerio, con bustos y estatuas de «vivos», y muertos, desconocidos para el pueblo ignorante.

Ahora para recordar vidas como la de doña Rosario de Acuña, se levanta como instrumento vivo una escuela alegre y llena de sol, para que los niños jueguen y se instruyan3. En esa escuela el busto de Rosario vive en su medio adecuado4, sobre una fuente, en la que los muchachillos –y los pájaros– beben, y en la que apoya sus ramas un rosal. Esta es la República.

Ya no es delito el que desde cerca o desde lejos, en Madrid o en provincias, podáis, con el deseo o con las manos, poner al pie del busto de la pensadora una flor ofrenda de gratitud a la mujer que, en plena tiranía, luchó por la libertad.

A mí, pobre maestro que la conocí y admiré cuando ella declinaba en su vida y yo florecía en plena juventud5, permitidme que antes de cerrar este libro, con lágrimas en los ojos al recordarla como maestra, vaya delante de todos los que la habéis leído a dejar ante su busto un pensamiento, emblema de la liberación que a su pluma, a su palabra y a su ejemplo debemos.


Noguera, Julio: «Colofón» en Regina de Lamo (ed.): Rosario de Acuña en la escuela. Madrid: Ferreira Impresor, 1933, pp. 250-252.



(1) A propósito de la enfermedad ocular que Rosario de Acuña padeció desde los cuatro a los treinta y cinco años, véase el comentario 111. El doctor Albitos y la luz recuperada (⇑).

(2) En referencia al espisodio ocurrido en la Universidad Central que dio origen al artículo «La jarca de la universidad» (⇑).

(3) El grupo escolar Rosario de Acuña fue inaugurado el 11 de febrero de 1933 por el presidente de la República (véase  147. Un patronato para el colegio ⇑). 

(4) El autor del mismo  fue el escultor José María Palma, tal y como se cuenta en el comentario 23. Un busto para el colegio Rosario de Acuña (⇑).

(5) Julio Noguera López (Granada, 1886 - Barcelona, 1971) conoció a Rosario de Acuña a finales de la primera década del siglo XX cuando desempeñaba su labor como maestro en una escuela en Gijón, tal y como se cuenta en el comentario 154. Alpargatas para todos (⇑).