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domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella



A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):






Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño,(Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias (⇑) y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

sábado, 15 de abril de 2017

157. «Colofón», por Julio Noguera



Fragmento del texto incluido en el libro Rosario de Acuña en la escuelaHacer un libro para niños espigando en la gran obra literaria, social y educadora de doña Rosario de Acuña es fácil. Cien libros pudieran hacerse y todos ellos interesantes.

Porque eso fue aquella ilustra dama, una educadora, una verdadera maestra, en su vida y en su obra, con su palabra y con su ejemplo. Maestra de grandes que su genio le hico ver muy chicos, maestra de chicos que al pretender libraros de prejuicios, su esperanza en el porvenir le hacía verlos grandes.

Sincera y honrada decía siempre la verdad, o que a ella parecía razonable y verdadero.Transigente y liberal respetaba a los que tenían su fe en cosas que le parecían erróneas. Discutía por aprender y rectificar su criterio, pero no quiso aparentar nunca sentir lo que no sentía, ni creer aquello que no estaba de acuerdo con su razonar de mujer pensadora.

Amedrentado e idiotizado el pueblo por siglos de inquisición afrentosa, vio en doña Rosario de Acuña una mujer bastante rara. ¡Y tanto!, como que no se parecía en su modo de pensar y hablar a ninguna señora de su tiempo.

Ella había sido educada por monjas en sus primeros años de escolaridad, pero –esto si que es grande–, el quedar ciega fue lo que le dio la vista1, lo que hizo que recobrara la facultad de pensar, que la cancamurria y el canturreo de la escuela monjil, de la escuela presidida por el crucifijo y el retrato de los reyes, se esforzaba en apagar y destruir en los muchachos.

Horrible escuela de los palotes y de las lecciones de memoria; la escuela en que el niño aprendía a leer en un solo libro visado y revisado por una autoridad que no era la del pedagogo, la del hombre que educa libremente, y, para que en libertad, cada uno se haga las ideas a su modo, y como pueda o quiera.

Cuando recobró la vista de los ojos, se encontró con que tenía doble vista: la vista interna, o del pensamiento libre, que para serlo no necesita más que cavilar, y la vista del exterior, que a ella la empujó hacia el mundo, para no caer entre los mil tropiezos que en el mundo hay.

Porque decía y escribía cosas que otros no entendían, o no se atrevían a decir, fue perseguida, encarcelada, apedreada, y, hasta calumniada. Pero ella firme, serena, feliz, en medio de las tribulaciones, pudo siempre encontrarse a sí misma, concentrándose en el santuario de su conciencia recta, donde ardía perenne la candelilla encendida de su libre pensamiento.

Los que se decían discípulos y representantes de aquel que en Galilea predicara el amor y la paz entre los hombres, la odieron y le hicieron la guerra, pero ella se sobrepuso a todos con su aire de mujer pacífica que amaba con todo su corazón, y encontraba preferencias arrobadoras en la debilidad de los niños, en el inquieto aletear de los pájaros, y en la fragilidad de las flores en un solo día capullo, rosa que el sol besa a la mañana, y pétalos como copos de nieve que blanquean y perfuman la tierra al atardecer, esa bendita tierra que los egoístas acotan que es suya, cuando es de todos.

Pan a los niños, con besos, para que se crien fuertes; granitos de trigo a los pájaros, para que libres vuelen, enseñando a los niños a volar libremente, y agua a la tierra para que dé flores, alegrando y embelleciendo la vida de todos, pedía en su ancianidad la buena doña Rosario de Acuña, mientras los señoritos que se decían enseñantes, y tenían monopolizada para ellos la Universidad, pedían a gritos la guerra con Cuba y los Estados Unidos, apedreando la casa de la escritora ilustre porque les amonestara por su inedecuación y falta de respecto a las mujeres2.

El tiempo ha pasado, el régimen en que aquellos «señoritos» pudieron darse tono de personas ha pasado; doña Rosario de Acuña murió, y todo ha ido cambiando. Ya tenemos la República; ahora le toca gobernar y regir sus propios destinos al pueblo.

Mientras la monarquía mediatizaba la escuela, fue delito el proclamar que el pensamiento es libre, y que el laicismo es respeto que nos debemos. Los parques y los jardines fueron entonces convertidos en algo parecido a un cementerio, con bustos y estatuas de «vivos», y muertos, desconocidos para el pueblo ignorante.

Ahora para recordar vidas como la de doña Rosario de Acuña, se levanta como instrumento vivo una escuela alegre y llena de sol, para que los niños jueguen y se instruyan3. En esa escuela el busto de Rosario vive en su medio adecuado4, sobre una fuente, en la que los muchachillos –y los pájaros– beben, y en la que apoya sus ramas un rosal. Esta es la República.

Ya no es delito el que desde cerca o desde lejos, en Madrid o en provincias, podáis, con el deseo o con las manos, poner al pie del busto de la pensadora una flor ofrenda de gratitud a la mujer que, en plena tiranía, luchó por la libertad.

A mí, pobre maestro que la conocí y admiré cuando ella declinaba en su vida y yo florecía en plena juventud5, permitidme que antes de cerrar este libro, con lágrimas en los ojos al recordarla como maestra, vaya delante de todos los que la habéis leído a dejar ante su busto un pensamiento, emblema de la liberación que a su pluma, a su palabra y a su ejemplo debemos.


Noguera, Julio: «Colofón» en Regina de Lamo (ed.): Rosario de Acuña en la escuela. Madrid: Ferreira Impresor, 1933, pp. 250-252.



(1) A propósito de la enfermedad ocular que Rosario de Acuña padeció desde los cuatro a los treinta y cinco años, véase el comentario 111. El doctor Albitos y la luz recuperada (⇑).

(2) En referencia al espisodio ocurrido en la Universidad Central que dio origen al artículo «La jarca de la universidad (⇑)».

(3) El grupo escolar Rosario de Acuña fue inaugurado el 11 de febrero de 1933 por el presidente de la República (véase  147. Un patronato para el colegio ⇑). 

(4) El autor del mismo  fue el escultor José María Palma, tal y como se cuenta en el comentario 23. Un busto para el colegio Rosario de Acuña (⇑).

(5) Julio Noguera López (Granada, 1886 - Barcelona, 1971) conoció a Rosario de Acuña a finales de la primera década del siglo XX cuando desempeñaba su labor como maestro en una escuela en Gijón, tal y como se cuenta en el comentario 154. Alpargatas para todos (⇑).


sábado, 1 de abril de 2017

156. Acerca de un supuesto título de condesa



Portada de Historia genealógica y heráldica, de Fernández de Bethencourt
Localizar las fuentes, contrastarlas adecuadamente, elaborar hipótesis razonadas, hacerlas públicas para que puedan ser convenientemente debatidas: un proceso  habitual en cualquier trabajo de investigación riguroso.  Sin embargo, no siempre sucede así. Hay ocasiones en las cuales se da por cierta una fuente y se incorpora al trabajo sin haberla contrastado convenientemente.

Ha pasado con el lugar y el año de nacimiento de Rosario de Acuña y Villanueva, como bien saben quienes siguen estos comentarios. Durante años, cuantos escribían algo acerca de ella admitían como probado que había nacido en 1851 sin ninguna sombra de duda, y ello a pesar de la existencia de algunos indicios –también de textos de la propia interesada– que debieran de haber sido motivo suficiente para intentar contrastar convenientemente ese dato. Menor unanimidad existía en cuanto al lugar de nacimiento: en Cuba nació para José Martí (⇑); en Cantabria para Julio Cejador y Frauca, que en su Historia de la Literatura la hace nacer en Bezana, lugar que también defiende alguna publicación extranjera, como la Enciclopedia Italiana di Scienze, Lettere ed Arti (Roma, 1949); Pinto es, sin embargo, el lugar en el que más veces la han hecho nacer a lo largo de las últimas décadas, tanto es así que publicaciones muy recientes siguen insistiendo en que su nacimiento tuvo lugar en esta localidad madrileña.

En Rosario de Acuña en Asturias (⇑), publicado en la primavera del año 2005, han quedado expuestos los argumentos que me llevaron a avanzar la hipótesis de que, a pesar de lo que machaconamente se había venido afirmando, Rosario de Acuña y Villanueva «ve la luz el primer día de noviembre del año 1850, en las cercanías de la será años más tarde la Gran Vía madrileña». Poco tiempo después llegaba la documentación que había solicitado tiempo atrás, en la que figuraba la partida de bautismo (⇑) de la escritora donde, en efecto, se confirma lo que ya había quedado escrito en el libro.

En el presente comentario quiero analizar otra de las afirmaciones que con más insistencia se ha venido realizando acerca de nuestra protagonista: su condición de condesa. Veamos algunos ejemplos:


Rosario de Acuña nace en Madrid en el año 1851 en una familia de la aristocracia de la que heredará el título de condesa de Acuña, que no usará nunca

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Aunque Rosario de Acuña y Villanueva vivió su vejez en Gijón no era asturiana, nació en Madrid, en el año 1851. Su padre, de ascendencia cántabra, pertenecía a la nobleza, razón por la cual Rosario sería condesa de Acuña, título que jamás empleó


Estas citas son de hace unos años, de publicaciones de la década de los ochenta del pasado siglo, de ahí que en ellas todavía no aparezca el año correcto de su nacimiento. Más sorprendentes resultan las que a continuación se recogen, no tanto por ser más recientes, cuanto por la docta formación de sus autoras y por su  proximidad al testimonio vital de nuestra protagonista.


Rosario de Acuña nació en Madrid, 1 de noviembre de 1850, en el seno de una distinguida familia y de la que heredará un título nobiliario, duquesa de Acuña, que nunca utilizará.

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Rosario de Acuña, una mujer que nació vizcondesa y se metió a anarquista, y se dedica a escribir los panfletos más terribles contra el capital y la aristocracia.


La fuente originaria de tales afirmaciones parece que se encuentra en la obra Rosario de Acuña en la escuela, que vio la luz en el año 1933 por iniciativa de Regina de Lamo. En las últimas páginas del libro hay un apartado dedicado a su biografía, que se inicia con un escrito del doctor Victoriano Garrido firmado en julio de 1888, en el cual realiza una breve descripción de los hechos más significativos de su biografía hasta aquel momento. Tras este texto se añaden otros con la manifestada intención de cubrir la etapa de su vida que no fue tratada por el señor Garrido. De algunos se cita la fuente, de otros no. Tal es el caso del que nos ocupa, el cual comienza con el siguiente tenor: «En su alma varonil, creada para las recias batallas de la pluma...», para afirmar más adelante lo que tantos otros han venido repitiendo desde entonces: «Doña Rosario era condesa de Acuña, título que no usó jamás». Aquí está, ciertamente, en la página 239 del libro anteriormente citado. No aparece cita, referencia o testimonio alguno que sustente tal afirmación. A nosotros nos toca ahora contrastarla. Veamos.

Primero. Parece lógico pensar que, incluido en el supuesto título el apellido Acuña, doña Rosario lo hubiera heredado de su padre. Esto es, que don Felipe de Acuña y Solís hubiera sido conde antes que su hija condesa, lo cual, de haberse dado el caso, concuerda mal con su trayectoria profesional. No parece verosímil, mucho menos a mediados del diecinueve, que la trayectoria profesional de este supuesto conde se limitara a los diferentes destinos que como funcionario del Ministerio de Fomento se recogen en su hoja de servicios, que se inicia en el año 1847 como escribiente de la clase de terceros  y que culmina en el momento de su muerte, cuando ocupaba el puesto de jefe de administración de cuarta clase y oficial de la de terceros.

Segundo. De haberse dado el caso, de haber sido don Felipe conde de Acuña, resulta un tanto extraño que su hija, habida cuenta de la admiración que sentía por él,  no hiciera mención alguna a tal condición. Al fin y al cabo, una cosa es que ella hubiera renunciado a ese supuesto condado y otra, muy distinta, que decidiera borrarlo de la historia familiar, de la cual estaba muy orgullosa. No resulta tampoco verosímil que cuando creyó oportuno hacer ostentación de su vieja raigambre decidiera omitir ese título. Me estoy refiriendo, por ejemplo,  al telegrama que envió en el verano de 1910 al diputado Benito Pérez Galdós,  adhiriéndose a la manifestación en favor de la llamada Ley del Candado, a la que se oponían tantas ilustres damas de la nobleza hispana:  

Como dama española, pues cuento en mi ascendencia de cuatrocientos años, a reinas, obispos, conquistadores y santos, me adhiero a la manifestación del domingo y pido, además de lo que ustedes pidan, que cese la persecución infame, solapada, feroz, inicua y cruenta que sufrimos, indefensos, hace treinta años los que hace treinta años dimos el primer grito pidiendo la libertad de conciencia. Rosario de Acuña y Villanueva, de Solis y Elices, Cuadros y Juanes, Jiménez de Vargas y Román: - Hipatía :.gr:.32.

Ciertamente, creo que en esta ocasión sí que hubiera utilizado su condición de condesa de Acuña, de haber podido hacerlo.

Tercero. No he encontrado hasta el momento ninguna referencia,  no ya a su condición de condesa de Acuña, sino, lo que resulta aún más extraño, a la propia existencia del citado condado  y ello a pesar de haber consultado diversas obras sobre Genealogía y Heráldica, algunas tan reputadas como la Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía Española, a la que me referiré seguidamente, o la renombrada Elenco de Grandezas y Títulos Nobiliarios Españoles, recopilada y redactada por Alonso de Cadenas, de cuyo prestigio dan buena cuenta las veinticinco ediciones con que ya contaba en el año 1992.

Cuarto. Sí que las hay acerca del linaje de los Acuña, que tiene su origen en algunos de los miembros de la familia lusitana de los «da Cunha» que se instalaron a finales del siglo XIV en la corte del rey castellano Enrique III.  Estos portugueses recién llegados, convertidos desde entonces en «de Acuña», se van a ver agraciados con el favor real, que les otorgará diversas dignidades y señoríos que engrandecerán las diferentes ramas en que quedará dividida la estirpe primigenia: Martín de Acuña llegó a ser un importante ricohombre fundador de las ramas de Alcalá de la Alameda, de Bedmar, Escalona, Montijo, Osuna, Puebla del Maestre, de la Puebla de Montalbán, de Requena, de la Torre de Sirgadas, de Ureña, de Valencia de Don Juan, Villanueva del Fresno y Villena. Los descendientes de Lope de Acuña, por su parte, darán origen a cuatro ramas: Pinto, Falces, Huete y Buendía, del que derivará la rama de los Acuña de Baeza. A estos últimos  dedica Antonio Fernández de Bethencourt un capítulo en el tomo III de su  Historia Genealógica y Heráldica de la Monarquía Española. Casa Real. Grandes de España. Allí se dice que los tales Acuña de Jaén, tras separarse de la Casa Condal de Buendía, se subdividieron en dos ramas principales: la de los Alféreces Mayores de la Ciudad de Baeza y la de los Señores de la Torre de Valenzuela, a la cual pertenece Felipe de Acuña y Solís y, por consiguiente, Rosario de Acuña y Villanueva. Los dos aparecen reseñados en la pormenorizada relación de Bethencourt.

Gracias al documentado trabajo de don Antonio sabemos que  todos cuantos ostentaron el título de Señor de la Torre de Valenzuela, desde principios del siglo XVI hasta el año 1828,   fueron antepasados de doña Rosario. El último fue su bisabuelo Juan Plácido de Acuña y Ortiz de Largacha (Arjonilla, Jaén, 1759-1828). A su muerte,  será el primogénito, el hermano mayor de su abuelo Felipe de Acuña y Quadros, quien estará al frente de la casa familiar. 

De todo lo antedicho parece que se derivan las siguientes conclusiones:

Primero. No contamos con  fuentes lo suficientemente contrastadas que nos permitan afirmar que Rosario de Acuña heredó el título de condesa de Acuña.

Segundo. Su vinculación directa con la nobleza concluye con su bisabuelo Juan Plácido de Acuña y Ortiz de Largacha, IX Señor de la Torre de Valenzuela y de la Casa Solar de Largacha,  en el Señorío de Vizcaya.

Así pues y a falta de otra prueba en contrario, creo que esto es lo que podemos afirmar en relación con este tema. Con estos o parecidos términos lo dejé escrito en Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), publicado en el año 2009.


sábado, 18 de marzo de 2017

155. Querida Julia



Grabnado de Julia de Asensi publicado en 1897 en su libro de cuentos Brisas de primavera
Así, con esa fórmula de cortesía y afecto, solían empezar los artículos que nuestra protagonista envía a Julia de Asensi y que son publicados en La Mesa Revuelta, revista que dirige el hermano de la destinataria, Tomás. El primer número de la publicación aparece el siete de abril de 1875 y a lo largo de ese año son varios los escritos que llevan la firma de la joven Rosario: Correspondencia de Andalucía (⇑), Una corona marchita (⇑), Una peseta (⇑), El mejor recuerdo (⇑), Una ramilletera en Venecia (⇑).

Julia era hija del diplomático Tomás de Asensi  Lugar y de Rosario de Laiglesia  Laiglesia, apellidos que, de seguro, resultarán bien conocidos a quienes siguen lo que en este espacio se va contando. En efecto, esta Rosario, madre de Tomás y de Julia, era hermana de Augusto, el padre de Dolores, Francisco, María del Consuelo y Rafael de Laiglesia  Auset. Julia de Asensi y de Laiglesia era, por tanto,  prima carnal de quien no tardando se habría de convertir en marido de Rosario de Acuña y Villanueva.

Para aquella jovencita aficionada a la poesía debió de resultar muy estimulante: la novia de su primo Rafael era algo mayor que ella y podía ser un buen espejo en el que mirarse,  pues había adquirido cierta soltura en el asunto de la versificación.  A Julia, ciertamente,  le gusta escribir poemas y en 1873, el año en el que cumplía los catorce, ya consigue ver alguno publicado. Al año siguiente, siguiendo una costumbre bien extendida entre las jovencitas de la buena sociedad de la época,  abre las páginas de su  Álbum para que amigos y conocidos escriban sus poesías a ella dedicadas.

Fragmento del poema que Rosario de Acuña escribió en el álbum de Julia de AsensiAl pie de los versos allí escritos encontramos alguna que otra firma conocida. Están las de Gaspar Núñez de Arce, Juan Eugenio Hartzenbusch o Ramón de Campoamor, frecuentes en estos menesteres; también la de Joaquín Dicenta al pie de un soneto. La mayoría es obra de hombres más o menos duchos en el arte de la rima; dos son los poemas  escritos por mujer: el uno es obra de la sevillana Mercedes de Velilla y Rodríguez; el otro de Rosario de Acuña y Villanueva. Precedida de la pertinente dedicatoria y convenientemente firmada, rubricada y datada (noviembre de 1874) en la página veintinueve encontramos «Una gota de rocío (⇑)», tres quintillas en el álbum manuscritas y que dos años después serán incluidas en Ecos del alma, el primer poemario publicado por su autora.

A Julia le gustaba escribir y a la escritura  se dedicó durante buena parte de su vida. Poesía, pero también alguna que otra obra dramática, artículos y, sobre todo, narraciones infantiles.
En los primeros años coincide con Rosario, la mujer de su primo, en algunas publicaciones. En las dos firmas aparece el apellido «de Laiglesia», el de su padre en el caso de la primera, el de su marido, en el de la segunda.  Así sucede en el Álbum calderoniano. Homenaje que rinden los escritores portugueses y españoles al esclarecido poeta don Pedro Calderón de la Barca... que ve la luz en 1881.

(Julia)
Cual poeta asombraste al mundo entero
y unir supiste a tan brillante dote
la de ser bravo y singular guerrero
y esclarecido y recto sacerdote
...

(Rosario)
Pasan los siglos, pasan las edades
a hundirse entre las sombras del olvido;
polvo queda no más de lo que han sido
populosas y espléndidas ciudades.
...

También en la obra colectiva Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas, en la cual Julia participa con tres escritos (La aristócrata devota, La trapera y La pupilera), mientras que Rosario lo hace con uno (La cordobesa ).

A partir de la segunda mitad de la década de los ochenta sus trayectorias se distancian. La separación de Rafael, primero, y su adhesión al librepensamiento, después, terminarán por alejarlas definitivamente. La escritura, que anteriormente tanto las había unido, reflejará bien a las claras la distancia que se va abriendo en sus vidas. Julia de Asensi parece sentirse cómoda transmitiendo a jóvenes y adultos las bondades de la tradición; Rosario se dedica a combatir con afán las supersticiones y el fanatismo.

Están en orillas diferentes. Son militantes de dos bandos antagónicos,  como bien se demostrará con ocasión de los violentos sucesos que en 1909 tuvieron lugar en Barcelona, la Semana Trágica. La orden del Gobierno ordenando el envío de miles de reservistas –la mayoría padres de familias obreras– a Marruecos desencadena movilizaciones, protestas, huelgas contra la guerra y una dura represíón posterior. Ni Julia de Asensi ni Rosario de Acuña se mantienen calladas ante aquella situación. Ambas toman partido y lo hacen en trincheras diferentes.

Julia, escandalizada por los ecos que le llegan de Barcelona,  no duda en formar parte de la comisión constituida por las damas del Centro de la Defensa Social de Madrid  al objeto de recabar firmas en toda España no solo contra los revolucionarios, sino también contra el  «crimen de lesa patria y de alta traición que tales atropellos significan ejecutados cuando España tenía que defender en el Rif el honor nacional». A su lado se encuentran dos docenas de mujeres que, a tenor de los títulos que exhiben, bien pudieran ser consideradas genuinas representantes de la sociedad de orden, patriota, bienpensante... que no iba a la guerra. El escrito promovido por aquellas damas decía entre otras cosas lo que sigue:

Los vandálicos sucesos que sembraron de luto las calles de Barcelona y de otras poblaciones de Cataluña, no pueden pasar sin la más enérgica protesta de las personas honradas. Los templos y conventos  incendiados, los sacrilegios y profanaciones de cosas y personas sagradas, los robos y asesinatos y los delitos de alta traición y de lesa patria que los revolucionarios cometieron en los últimos días del mes de julio con escándalo del mundo civilizado, están pidiendo a gritos, no sólo un castigo ejemplar, sino una manifestación unánime y vigorosa de toda España para reprobar con indignación tan criminales atentados y para pedir a los poderes públicos, la adopción de medidas gubernativas que libren a la nación de tan siniestras desdichas...

Rosario, escandalizada por la desolación provocada por aquella leva forzosa que obligaba a miles de padres, a miles de obreros, a abandonar a su suerte a sus familias, decidió poner en escena La voz de la patria. Una obra estrenada en Madrid en 1893, «con ocasión de la otra guerra de Melilla»,  que refleja una situación similar a la que vivirían entonces muchas familias españolas. Trata de las disputas familiares que se originan ante la próxima partida de Pedro, quien, como reservista que es, ha sido llamado para combatir a las tropas marroquíes que llevan tiempo hostigando la ciudad de Melilla. La madre, que no entiende aquella guerra («¡Maldita guerra, maldita!»), quiere que su hijo huya por los montes hacia Francia; el padre no quiere ni oír hablar del asunto de la huida, pues es el honor el que está en juego («una guerra que es por honra/ no la maldicen las madres»). Por si fuera poco, Pedro tiene una novia que en la víspera le va a anunciar que va a ser padre... ¡Maldita guerra, maldita! Rosario de Acuña y Villanueva, recién instalada en Gijón ciudad en la que ha decidido pasar los últimos años de su vida, no tiene otra forma de luchar contra aquella guerra que con sus palabras. Recupera La voz de la patria, dirige los ensayos y la presenta a sus nuevos vecinos en el gijonés teatro Jovellanos.

Rosario, escandalizada por la ejecución de Francisco Ferrer Guardia, a quien un consejo de guerra había condenado a muerte acusado de ser el máximo responsable de la Semana Trágica, alaba públicamente a Melquíades Álvarez por la defensa que realiza en el parlamento español del pedagogo y librepensador:  «Me enorgullece ser conciudadana de quien ha sabido de un modo maravilloso defender la majestad de la Justicia y la supremacía de la Razón», escribe con ocasión del discurso que aquél pronuncia durante el debate que se sigue en el Congreso acerca del llamado Proceso Ferrer.

Julia de Asensi y Rosario de Acuña se escandalizan por cosas bien diferentes. La poesía las unió en otro tiempo, la vida vivida las situó en orillas diferentes, por momentos enfrentadas.


sábado, 11 de marzo de 2017

154. Alpargatas para todos



Noviembre de 1900: ¡España camina hacia el abismo! «Hambre, ignorancia, piojos, salvajismo». Aquella era la imagen que por entonces dibujaba de su querida patria:

Muchas plazas de toros donde chilla
muchedumbre de brutos sanguinarios,
juventud de maricas o sectarios;
infancia que en pedreas acribilla.

Llevaba años clamando por la regeneración; llevaba años batallando contra la superstición y la ignorancia. La España del fin de siglo: «hambre, ignorancia, piojos, salvajismo». Si desolador era el panorama a finales del XIX, el futuro no pintaba mejor: «Infancia que en pedreas acribilla». Con una niñez abandonada a su suerte, el porvenir no resultaba nada alentador para aquella España que se hundía en el abismo. La salvación seguía estando en la educación, en la formación de las nuevas generaciones.  Pero no en aquella escuela libresca, monótona, aburrida, dominada por el catecismo, alejada de la realidad.

Es preciso que la niñez aprenda a conocer motu proprio cuanto a la naturaleza y a la agricultura se refiere y que lo aprenda sintiendo el acicate de la curiosidad; que estudie la zoología y la botánica sin bostezar de hastío e insuficiencia al verlas en el indigesto libro; que le sean asimilables estas ciencias al encontrarlas sin la terminología pedantesca[...] Que vaya a buscar, sobre las ásperas escolleras, la atmósfera saturada de sodio y el yodo del mar, y salte, sobre las rocas descubiertas al bajar la marea, hasta encontrar los charcos de agua recogida en las grietas y cavidades de los peñascos, esmaltados con las incrustaciones de los erizos, orlados por los diáfanos flecos de las anémonas. Que allí, extasiado ante aquellos océanos en miniatura, estudie el hábil y diminuto ermitaño, de formidable cabeza y blando cuerpo, buscando al caracol confiado, para sacarlo con sus pinzas de la concha, metiendo en ella la parte débil de su organismo... 

Así pensando, no debe de resultarnos extraño que a poco de instalarse en Gijón, aquella escena le llamara poderosamente la atención: un grupo de niños reunidos en torno a un joven maestro en el Campo Valdés.

Gijón, Campo Valdés con la iglesia de San Lorenzo al fondo, fotografía publicada en 1930

A poco que el tiempo acompañara, allí se congregaban, en aquella explanada situada ante la iglesia. Los podía ver desde su nueva casa, aquella que se había hecho construir sobre un acantilado, en El Cervigón, al otro lado de la bahía. Estaban en la escuela. Al aire libre. Frente al mar.

La curiosidad la llevó un día hasta aquel lugar. Se acercó al grupo, se presentó y preguntó al joven maestro, que apenas tendría veinticuatro o veinticinco años. Supo que se llamaba Julio, que era andaluz, de Granada. Le contó que había llegado a Asturias unos años antes, lo hizo  para hacerse cargo de la escuela que en Lugones había fundado la Unión Española de Explosivos para los hijos de sus trabajadores. Con entusiasmo le habló de los métodos activos, de la importancia pedagógica de atender las necesidades del niño. La suya era una escuela nueva, basada en  una enseñanza que pretendía ser agradable, intuitiva, progresiva y eminentemente práctica. De ahí que cuando el tiempo lo permitía prefiriera impartir sus clases al aire libre, en contacto directo con la Naturaleza.

Su interlocutora escuchaba con atención. Le agradaba aquello que oía. Tanto que se ofreció a colaborar con el joven maestro. Tenía cosas que contar a aquellos niños. Les leería algunas de sus poesías, algunos de sus cuentos... Al fin y al cabo Misterios de un granero, La casa de muñecas o Certamen de insectos eran relatos para niños y contaban con la aprobación del Ministerio, pues eran obras que en el pasado habían obtenido la declaración de «útil para texto en la primera enseñanza» por el  Consejo de Instrucción Pública.

Ahí la tenemos, en el Campo Valdés, rodeada de niños que atentamente escuchan  los cuentos que les contaba, las poesías que les recitaba. Interrumpida de tanto en tanto por la ruidosa presencia de alguna gaviota y acompañada por el rítmico vaivén del rompiente mar, su melodiosa voz conseguía mantener la expectación de aquellos infantes, hijos en su mayoría del barrio alto gijonés, de Cimavilla.

Visita a visita, escuchó a aquel maestro hablar de las bondades del proyecto pedagógico de Andrés Manjón,  de la escuela que había fundado para los hijos de las familias pobres en su Granada natal en el año 1889. De cómo el proyecto inicial fue creciendo: al primer carmen sucedieron otros, a la primera escuela siguieron otras más; del Sacromonte al Valle del Paraíso, frente a la Alhambra; de la cueva a la colonia escolar; de Granada al resto de Andalucía; de Andalucía al resto de España.

Ahora sabemos que, tras su paso por Gijón, aquel maestro granadino se hizo cargo en 1913 de la escuela del Ave María de Arnao, fundada por la Real Compañía Asturiana de Minas e inaugurada en el verano de ese año con la presencia del padre Manjón. Que años después aprobó las oposiciones pertinentes, convirtiéndose en «maestro nacional» y que obtuvo destino en Madrid. Que durante varios años se desplazó a Asturias con un grupo de alumnos madrileños para pasar parte del verano en la colonia escolar de La Isla (Colunga). Que se había casado en la localidad asturiana de Arnao y que mantuvo una prolongada amistad con el también maestro Luis Huerta, uno de los habituales contertulios de doña Rosario. Que fue director del grupo escolar Joaquín Sorolla y miembro activo del ateneo madrileño.

Será precisamente en su condición de representante de la Sección de Literatura del Ateneo  y en el transcurso de un homenaje que se le dedica a Rosario de Acuña en el año 1933, al cumplirse el décimo aniversario de su muerte, cuando Julio Noguera López rememore los tiempos en que, en el gijonés Campo Valdés una librepensadora colaboró con él en aquella escuela del Ave María:

Julio Noguera siguió, en representación de la Sección de Literatura del Ateneo, haciendo un bellísimo discurso, esmaltado de recuerdos y anécdotas imperecederas para su alma de maestro ejemplar. Con palabra serena y emocionada cautivó al auditorio, pendiente de sus labios, viendo resurgir escenas de doña Rosario entre sus muchachos, allá en el Campo Valdés de Gijón –escuela al aire libre en que se complacía Noguera, dando sus clases frente al mar–, siendo ayudado por ella en su labor pedagógica ultramoderna, con cuentecillos ensoñadores y versos escritos expresamente para aquellos niños. Y no paraban aquí las aportaciones de la gran española; a veces aparecía con obsequios para los chiquillos –nos decía Noguera. Uno de ellos consistió en alpargatas para todos. Eran niños de pescadores paupérrimos, criados y cobijados bajo las barcas del cerro de Santa Catalina. Ella misma fue calzándolos a todos, y al llegar a uno de ellos, a quien en otra ocasión había reñido por sorprenderlo tirando piedras a unos pajaritos, y habiendo observado que, desde entonces, el niño estaba siempre ante ella cohibido y temeroso, al terminar de ponerle las alpargatas le dio un beso en una de sus piernecitas.