domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella



A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969:





Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.

Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño,(Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA, una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

sábado, 18 de marzo de 2017

155. Querida Julia



Grabnado de Julia de Asensi publicado en 1897 en su libro de cuentos Brisas de primavera
Así, con esa fórmula de cortesía y afecto, solían empezar los artículos que nuestra protagonista envía a Julia de Asensi y que son publicados en La Mesa Revuelta, revista que dirige el hermano de la destinataria, Tomás. El primer número de la publicación aparece el siete de abril de 1875 y a lo largo de ese año son varios los escritos que llevan la firma de la joven Rosario: Correspondencia de Andalucía, Una corona marchita, Una peseta, El mejor recuerdo, Una ramilletera en Venecia.

Julia era hija del diplomático Tomás de Asensi  Lugar y de Rosario de Laiglesia  Laiglesia, apellidos que, de seguro, resultarán bien conocidos a quienes siguen lo que en este espacio se va contando. En efecto, esta Rosario, madre de Tomás y de Julia, era hermana de Augusto, el padre de Dolores, Francisco, María del Consuelo y Rafael de Laiglesia  Auset. Julia de Asensi y de Laiglesia era, por tanto,  prima carnal de quien no tardando se habría de convertir en marido de Rosario de Acuña y Villanueva.

Para aquella jovencita aficionada a la poesía debió de resultar muy estimulante: la novia de su primo Rafael era algo mayor que ella y podía ser un buen espejo en el que mirarse,  pues había adquirido cierta soltura en el asunto de la versificación.  A Julia, ciertamente,  le gusta escribir poemas y en 1873, el año en el que cumplía los catorce, ya consigue ver alguno publicado. Al año siguiente, siguiendo una costumbre bien extendida entre las jovencitas de la buena sociedad de la época,  abre las páginas de su  Álbum para que amigos y conocidos escriban sus poesías a ella dedicadas.

Fragmento del poema que Rosario de Acuña escribió en el álbum de Julia de AsensiAl pie de los versos allí escritos encontramos alguna que otra firma conocida. Están las de Gaspar Núñez de Arce, Juan Eugenio Hartzenbusch o Ramón de Campoamor, frecuentes en estos menesteres; también la de Joaquín Dicenta al pie de un soneto. La mayoría es obra de hombres más o menos duchos en el arte de la rima; dos son los poemas  escritos por mujer: el uno es obra de la sevillana Mercedes de Velilla y Rodríguez; el otro de Rosario de Acuña y Villanueva. Precedida de la pertinente dedicatoria y convenientemente firmada, rubricada y datada (noviembre de 1874) en la página veintinueve encontramos «Una gota de rocío», tres quintillas en el álbum manuscritas y que dos años después serán incluidas en Ecos del alma, el primer poemario publicado por su autora.

A Julia le gustaba escribir y a la escritura  se dedicó durante buena parte de su vida. Poesía, pero también alguna que otra obra dramática, artículos y, sobre todo, narraciones infantiles.
En los primeros años coincide con Rosario, la mujer de su primo, en algunas publicaciones. En las dos firmas aparece el apellido «de Laiglesia», el de su padre en el caso de la primera, el de su marido, en el de la segunda.  Así sucede en el Álbum calderoniano. Homenaje que rinden los escritores portugueses y españoles al esclarecido poeta don Pedro Calderón de la Barca... que ve la luz en 1881.

(Julia)
Cual poeta asombraste al mundo entero
y unir supiste a tan brillante dote
la de ser bravo y singular guerrero
y esclarecido y recto sacerdote
...

(Rosario)
Pasan los siglos, pasan las edades
a hundirse entre las sombras del olvido;
polvo queda no más de lo que han sido
populosas y espléndidas ciudades.
...

También en la obra colectiva Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas, en la cual Julia participa con tres escritos (La aristócrata devota, La trapera y La pupilera), mientras que Rosario lo hace con uno (La cordobesa).

A partir de la segunda mitad de la década de los ochenta sus trayectorias se distancian. La separación de Rafael, primero, y su adhesión al librepensamiento, después, terminarán por alejarlas definitivamente. La escritura, que anteriormente tanto las había unido, reflejará bien a las claras la distancia que se va abriendo en sus vidas. Julia de Asensi parece sentirse cómoda transmitiendo a jóvenes y adultos las bondades de la tradición; Rosario se dedica a combatir con afán las supersticiones y el fanatismo.

Están en orillas diferentes. Son militantes de dos bandos antagónicos,  como bien se demostrará con ocasión de los violentos sucesos que en 1909 tuvieron lugar en Barcelona, la Semana Trágica. La orden del Gobierno ordenando el envío de miles de reservistas –la mayoría padres de familias obreras– a Marruecos desencadena movilizaciones, protestas, huelgas contra la guerra y una dura represíón posterior. Ni Julia de Asensi ni Rosario de Acuña se mantienen calladas ante aquella situación. Ambas toman partido y lo hacen en trincheras diferentes.

Julia, escandalizada por los ecos que le llegan de Barcelona,  no duda en formar parte de la comisión constituida por las damas del Centro de la Defensa Social de Madrid  al objeto de recabar firmas en toda España no solo contra los revolucionarios, sino también contra el  «crimen de lesa patria y de alta traición que tales atropellos significan ejecutados cuando España tenía que defender en el Rif el honor nacional». A su lado se encuentran dos docenas de mujeres que, a tenor de los títulos que exhiben, bien pudieran ser consideradas genuinas representantes de la sociedad de orden, patriota, bienpensante... que no iba a la guerra. El escrito promovido por aquellas damas decía entre otras cosas lo que sigue:

Los vandálicos sucesos que sembraron de luto las calles de Barcelona y de otras poblaciones de Cataluña, no pueden pasar sin la más enérgica protesta de las personas honradas. Los templos y conventos  incendiados, los sacrilegios y profanaciones de cosas y personas sagradas, los robos y asesinatos y los delitos de alta traición y de lesa patria que los revolucionarios cometieron en los últimos días del mes de julio con escándalo del mundo civilizado, están pidiendo a gritos, no sólo un castigo ejemplar, sino una manifestación unánime y vigorosa de toda España para reprobar con indignación tan criminales atentados y para pedir a los poderes públicos, la adopción de medidas gubernativas que libren a la nación de tan siniestras desdichas...

Rosario, escandalizada por la desolación provocada por aquella leva forzosa que obligaba a miles de padres, a miles de obreros, a abandonar a su suerte a sus familias, decidió poner en escena La voz de la patria. Una obra estrenada en Madrid en 1893, «con ocasión de la otra guerra de Melilla»,  que refleja una situación similar a la que vivirían entonces muchas familias españolas. Trata de las disputas familiares que se originan ante la próxima partida de Pedro, quien, como reservista que es, ha sido llamado para combatir a las tropas marroquíes que llevan tiempo hostigando la ciudad de Melilla. La madre, que no entiende aquella guerra («¡Maldita guerra, maldita!»), quiere que su hijo huya por los montes hacia Francia; el padre no quiere ni oír hablar del asunto de la huida, pues es el honor el que está en juego («una guerra que es por honra/ no la maldicen las madres»). Por si fuera poco, Pedro tiene una novia que en la víspera le va a anunciar que va a ser padre... ¡Maldita guerra, maldita! Rosario de Acuña y Villanueva, recién instalada en Gijón ciudad en la que ha decidido pasar los últimos años de su vida, no tiene otra forma de luchar contra aquella guerra que con sus palabras. Recupera La voz de la patria, dirige los ensayos y la presenta a sus nuevos vecinos en el gijonés teatro Jovellanos.

Rosario, escandalizada por la ejecución de Francisco Ferrer Guardia, a quien un consejo de guerra había condenado a muerte acusado de ser el máximo responsable de la Semana Trágica, alaba públicamente a Melquíades Álvarez por la defensa que realiza en el parlamento español del pedagogo y librepensador:  «Me enorgullece ser conciudadana de quien ha sabido de un modo maravilloso defender la majestad de la Justicia y la supremacía de la Razón», escribe con ocasión del discurso que aquél pronuncia durante el debate que se sigue en el Congreso acerca del llamado Proceso Ferrer.

Julia de Asensi y Rosario de Acuña se escandalizan por cosas bien diferentes. La poesía las unió en otro tiempo, la vida vivida las situó en orillas diferentes, por momentos enfrentadas.


sábado, 11 de marzo de 2017

154. Alpargatas para todos



Noviembre de 1900: ¡España camina hacia el abismo! «Hambre, ignorancia, piojos, salvajismo». Aquella era la imagen que por entonces dibujaba de su querida patria:

Muchas plazas de toros donde chilla
muchedumbre de brutos sanguinarios,
juventud de maricas o sectarios;
infancia que en pedreas acribilla.

Llevaba años clamando por la regeneración; llevaba años batallando contra la superstición y la ignorancia. La España del fin de siglo: «hambre, ignorancia, piojos, salvajismo». Si desolador era el panorama a finales del XIX, el futuro no pintaba mejor: «Infancia que en pedreas acribilla». Con una niñez abandonada a su suerte, el porvenir no resultaba nada alentador para aquella España que se hundía en el abismo. La salvación seguía estando en la educación, en la formación de las nuevas generaciones.  Pero no en aquella escuela libresca, monótona, aburrida, dominada por el catecismo, alejada de la realidad.

Es preciso que la niñez aprenda a conocer motu proprio cuanto a la naturaleza y a la agricultura se refiere y que lo aprenda sintiendo el acicate de la curiosidad; que estudie la zoología y la botánica sin bostezar de hastío e insuficiencia al verlas en el indigesto libro; que le sean asimilables estas ciencias al encontrarlas sin la terminología pedantesca[...] Que vaya a buscar, sobre las ásperas escolleras, la atmósfera saturada de sodio y el yodo del mar, y salte, sobre las rocas descubiertas al bajar la marea, hasta encontrar los charcos de agua recogida en las grietas y cavidades de los peñascos, esmaltados con las incrustaciones de los erizos, orlados por los diáfanos flecos de las anémonas. Que allí, extasiado ante aquellos océanos en miniatura, estudie el hábil y diminuto ermitaño, de formidable cabeza y blando cuerpo, buscando al caracol confiado, para sacarlo con sus pinzas de la concha, metiendo en ella la parte débil de su organismo... 

Así pensando, no debe de resultarnos extraño que a poco de instalarse en Gijón, aquella escena le llamara poderosamente la atención: un grupo de niños reunidos en torno a un joven maestro en el Campo Valdés.

Gijón, Campo Valdés con la iglesia de San Lorenzo al fondo, fotografía publicada en 1930

A poco que el tiempo acompañara, allí se congregaban, en aquella explanada situada ante la iglesia. Los podía ver desde su nueva casa, aquella que se había hecho construir sobre un acantilado, en El Cervigón, al otro lado de la bahía. Estaban en la escuela. Al aire libre. Frente al mar.

La curiosidad la llevó un día hasta aquel lugar. Se acercó al grupo, se presentó y preguntó al joven maestro, que apenas tendría veinticuatro o veinticinco años. Supo que se llamaba Julio, que era andaluz, de Granada. Le contó que había llegado a Asturias unos años antes, lo hizo  para hacerse cargo de la escuela que en Lugones había fundado la Unión Española de Explosivos para los hijos de sus trabajadores. Con entusiasmo le habló de los métodos activos, de la importancia pedagógica de atender las necesidades del niño. La suya era una escuela nueva, basada en  una enseñanza que pretendía ser agradable, intuitiva, progresiva y eminentemente práctica. De ahí que cuando el tiempo lo permitía prefiriera impartir sus clases al aire libre, en contacto directo con la Naturaleza.

Su interlocutora escuchaba con atención. Le agradaba aquello que oía. Tanto que se ofreció a colaborar con el joven maestro. Tenía cosas que contar a aquellos niños. Les leería algunas de sus poesías, algunos de sus cuentos... Al fin y al cabo Misterios de un granero, La casa de muñecas o Certamen de insectos eran relatos para niños y contaban con la aprobación del Ministerio, pues eran obras que en el pasado habían obtenido la declaración de «útil para texto en la primera enseñanza» por el  Consejo de Instrucción Pública.

Ahí la tenemos, en el Campo Valdés, rodeada de niños que atentamente escuchan  los cuentos que les contaba, las poesías que les recitaba. Interrumpida de tanto en tanto por la ruidosa presencia de alguna gaviota y acompañada por el rítmico vaivén del rompiente mar, su melodiosa voz conseguía mantener la expectación de aquellos infantes, hijos en su mayoría del barrio alto gijonés, de Cimavilla.

Visita a visita, escuchó a aquel maestro hablar de las bondades del proyecto pedagógico de Andrés Manjón,  de la escuela que había fundado para los hijos de las familias pobres en su Granada natal en el año 1889. De cómo el proyecto inicial fue creciendo: al primer carmen sucedieron otros, a la primera escuela siguieron otras más; del Sacromonte al Valle del Paraíso, frente a la Alhambra; de la cueva a la colonia escolar; de Granada al resto de Andalucía; de Andalucía al resto de España.

Ahora sabemos que, tras su paso por Gijón, aquel maestro granadino se hizo cargo en 1913 de la escuela del Ave María de Arnao, fundada por la Real Compañía Asturiana de Minas e inaugurada en el verano de ese año con la presencia del padre Manjón. Que años después aprobó las oposiciones pertinentes, convirtiéndose en «maestro nacional» y que obtuvo destino en Madrid. Que durante varios años se desplazó a Asturias con un grupo de alumnos madrileños para pasar parte del verano en la colonia escolar de La Isla (Colunga). Que se había casado en la localidad asturiana de Arnao y que mantuvo una prolongada amistad con el también maestro Luis Huerta, uno de los habituales contertulios de doña Rosario. Que fue director del grupo escolar Joaquín Sorolla y miembro activo del ateneo madrileño.

Será precisamente en su condición de representante de la Sección de Literatura del Ateneo  y en el transcurso de un homenaje que se le dedica a Rosario de Acuña en el año 1933, al cumplirse el décimo aniversario de su muerte, cuando Julio Noguera López rememore los tiempos en que, en el gijonés Campo Valdés una librepensadora colaboró con él en aquella escuela del Ave María:

Julio Noguera siguió, en representación de la Sección de Literatura del Ateneo, haciendo un bellísimo discurso, esmaltado de recuerdos y anécdotas imperecederas para su alma de maestro ejemplar. Con palabra serena y emocionada cautivó al auditorio, pendiente de sus labios, viendo resurgir escenas de doña Rosario entre sus muchachos, allá en el Campo Valdés de Gijón –escuela al aire libre en que se complacía Noguera, dando sus clases frente al mar–, siendo ayudado por ella en su labor pedagógica ultramoderna, con cuentecillos ensoñadores y versos escritos expresamente para aquellos niños. Y no paraban aquí las aportaciones de la gran española; a veces aparecía con obsequios para los chiquillos –nos decía Noguera. Uno de ellos consistió en alpargatas para todos. Eran niños de pescadores paupérrimos, criados y cobijados bajo las barcas del cerro de Santa Catalina. Ella misma fue calzándolos a todos, y al llegar a uno de ellos, a quien en otra ocasión había reñido por sorprenderlo tirando piedras a unos pajaritos, y habiendo observado que, desde entonces, el niño estaba siempre ante ella cohibido y temeroso, al terminar de ponerle las alpargatas le dio un beso en una de sus piernecitas.


sábado, 4 de marzo de 2017

153. La iniciación de Salvador Sellés



Fotografía de Salvador Sellés (El Publicador, 1928)
 Resonaron valientes
versos clamando:
—¡Libertad y justicia!
¡No más tiranos!—
y al incendio sublime
del entusiasmo,
clamoroso, frenético,
resonó un «!Bravo!»


Que en las trágicas tablas
mártir augusto,
reluchaba muriendo
Rienzi el tribuno.
—¡El autor!—en inmensa
voz dice el público;
y el autor sobre flores
avanza en triunfo.


 Aquella poesía fue su carta de presentación en Las Dominicales del Libre Pensamiento. «Acompañada de una sencillísima carta de remisión, que respiraba admirable modestia, llegó a nuestras manos la pasada semana la hermosa y sentida composición poética...»


Mas ¡oh, colmo de asombros
y de sorpresas!
el autor no es sombrío
rudo poeta;
es bellísima joven
viva y risueña,
en diamantes y rosas
y luz envuelta.

Nadie ve, pero todos
piensan que guarda,
bajo el nítido brazo
lira dorada;
y en los golfos de lumbre
que en torno lanza,
si no ven, todos sienten
bullir sus alas

Ni Chíes ni Lozano  lo conocían. El autor, «persona para nosotros totalmente desconocida, se nos revelaba como un poeta dulce y apasionado, y, movidos de ese secreto impulso que siempre nos llevó a amparar los nobles anhelos de la juventud ilustrada, insertamos gustosísimos y agradecidos, sin más recomendación que la del mérito de la obra...»

¡Ay! no vueles al cielo,
Musa divina;
mi corazón extático
te lo suplica,
y en rincón ignorado
tiembla y palpita...
¡No, no vuelvas al cielo,
Musa divina!

Desde entonces admiro
tu luz excelsa;
en silencio y en sombra
sigo tus huellas,
alta la frente y alta
también la idea...
¿no es así como amamos
a las estrellas?

Tenía por entonces treinta y siete años, pues había nacido en 1848. Se llamaba Salvador Sellés Gosálvez, un alicantino dotado de una inteligencia superior a lo normal y con gran pasión por la literatura,  al decir de sus biógrafos. También por las artes plásticas, según propia confesión:  «He sido siempre muy aficionado al dibujo y a la pintura. A los trece años era el discípulo más aventajado de la clase en la academia de Bellas Artes».

Y en el tiempo en que llanto,
filial llorabas,
en la fúnebre losa
bebí tus lágrimas;
recogí tus suspiros
cuando eras alma,
y tus rotas cadenas
hoy que eres águila

Hoy que los ojos fúlgidos
ardidos tienes,
de beber en los soles
la luz del éter;
hoy que entrar en la noche
perpetua quieres,
—¡yo cegaré —prorrumpo–
más tú... no ciegues!

Aquella poesía publicada en el mes de mayo del año ochenta y cinco fue su carta de presentación, su iniciación en Las Dominicales. Sus directores no lo conocían, pero su firma llevaba años, desde los primeros setenta,  apareciendo en diversas publicaciones espiritistas, en ocasiones  compartiendo espacio con Amalia Domínguez Soler.

Torna rápida al cénit;
y al sol clarísimo,
a la santa y hermosa
verdad del siglo,
contemplándola dile:
—¡rayo divino,
funde supersticiones
y fanatismos!

Ven después, y a tu dulce
cándido sexo;
a tus pobres hermanas
de cautiverio,
diles, emancipándolas:
—¡triunfad del miedo;
sobre el cielo católico
giran mil cielos!

Por entonces ya había publicado algunas obras: la comedia Los faranduleros, el poemario titulado Hacia lo infinito o El temblor de tierra, poema también, espiritista. Sus poesías veían la luz en  La Ilustración Popular de Alicante o en  La Ilustración Ibérica de Barcelona. 

De las penas eternas
os han hablado;
pues decid que es impío
dogma tan trágico;
que muriendo entre fieras
y perdonando,
Jesucristo lo ha dicho
desde el Calvario!

No temáis al hallaros
fuera del dogma,
de la luz y del aire
quedar remotas;
Dios está donde quiera
que una alma adora;
¡Dios está en todas partes...
menos en Roma!

Habiendo contraído matrimonio en el año 1875, se trasladó a vivir a Madrid en un tiempo en el cual la joven Rosario de Acuña empezaba a alcanzar cierta notoriedad. Conoció el éxito de Rienzi, supo de la muerte de su padre («Y en el tiempo en que llanto, filial llorabas, en la fúnebre losa, bebí tus lágrimas») y, alborozado, aplaudió su adhesión al librepensamiento. Desde entonces ambos coincidirían en aquellas páginas, avanzadilla en la lucha contra el oscurantismo.

Habla así: así destruye;
luego edifica;
ven a nuestras canteras
y a nuestras minas,
do piquetas melódicas
labran activas,
caridad, virtud, ciencia:
piedras magníficas.

Caridad, virtud, ciencia,
fúlgidas gradas;
para alzarnos al éter
ellas nos bastan;
en su cumbre contemplan
nuestras miradas,
el abrazo inefable
de Dios y el alma!

Aunque los redactores de Las Dominicales no fueran espiritistas, los poemas de Sellés siempre fueron bien acogidos, apreciados como testimonio de un coaligado:  «Tenemos a los espiritistas por hombres sinceros y abnegados, fervorosos creyentes en un ideal sublime de redención humana, dispuestos siempre al sacrificio por la noble aspiración que constituye su lema: A Dios por la virtud y la ciencia. Conocedores de su amor al progreso, los hemos considerado hermanos en el libre pensamiento y como tales los hemos siempre amado y respetado; porque los hemos visto muchas veces y en ocasiones bien difíciles luchar sin tregua contra todo linaje de despotismo, así político como teocrático, dando ejemplos insignes de su apartamiento de los dogmatismos católicos.»

Hacer bien; dar magnánimos
del pan que falte,
(¡trigo o luz!) entre besos
de astro y arcángel;
sucumbir por los mismos
que nos infamen...
¡qué religión más santa
para salvarse!

Ven; tu voz prestigiosa
mágica sea,
quien le diga al dormido
mundo:—¡Despierta;
que en torrentes de soles
y de planetas,
el inmenso Infinito
llama tus puertas!

Sellés combatía a su manera, desde la atalaya espiritista y pertrechado de su florida versificación. «El 8 de septiembre de 1888 le fue expedido en Roma el título de socio de la Academia Internacional para el estudio del espiritismo y del magnetismo, y en 10 de mayo de 1891 fue nombrado, en la proyectada Masonería Espiritista, grado 7º (último de aquel ritual) con el seudónimo de Torcuato Tasso»

¡El inmenso Infinito,
vivo hormigueo
de creaciones innúmeras
y de Universos;
el inmenso Infinito,
único templo
digno de Dios, del mundo,
del siglo nuestro!—

y después de decirles:
—Esa es el ara,—
di, Rosario, a los hombres:
—Ved la plegaria.
Y ante Dios desbordándose
de amores tu alma,
di solemne en los cielos
estas palabras:

Dicen que en Madrid conoció a Rosario, que mantuvo con ella amistad. Librepensadores, republicanos, combatientes... tendrían mucho de que hablar. Pasó el tiempo y los dos abandonaron la capital para buscar la brisa, la sal del mar. Ella al Cantábrico, al de Cueto primero, al de El Cervigón después; a su tierra originaria, a la ribera de Alicante, al Mediterráneo, marchó él.

—Por la esfera y el átomo;
por lo que vemos
infinito en lo grande
y en lo pequeño;
por el ser más sublime
y el más abyecto,
de las razas que invaden
tierras y cielos;

Por los genios, los mártires,
los redentores;
por los Newton que pesan
mundos y soles;
por aquellos que roban
fuego a los dioses,
para dar generosos
alma a los hombres;

La Revelación, revista espiritista alicantina; El Luchador, diario republicano... en Alicante siguió escribiendo. En 1918 se convirtió en el primer presidente del Círculo de Bellas Artes. Siete años después  el Ayuntamiento de su ciudad le concedió el título de Hijo Predilecto. Las Juventudes de Izquierda Republicana solicitaron para él la  banda de la Orden de la República que se le concedió por el Gobierno, siéndole comunicada tal distinción personalmente por el ministro de Instrucción Pública. 

Por Colón arrancando
del mar sombrío
continentes de perlas
y paraísos;
por Jordanos y Sócrates,
Budhas y Cristos,
que a estos horas espiran
en los abismos;

Por los monstruos que incendian,
tañendo, Romas;
por las razas esclavas;
por las que azotan;
por los cepos infames;
por las coronas...
¡por verdugos y víctimas!
¡¡misericordia!!-

Falleció el 9 de febrero de 1938 cuando contaba 89 años: «Escribí versos contra la esclavitud, contra el cadalso, contra la guerra, contra la reacción, contra el convento, contra el Vaticano, contra el Palacio de los reyes. Y en favor de la paz, de la luz, de la libertad y del progreso. Hice poesías para Chíes, para Lozano, para Nakens, para Rosario de Acuña; no hice ninguna para princesas tristes con los labios de fresa ni otras frutas.»

Se acabaron los versos de su larga poesía y aún no he escrito el título: «A doña Rosario de Acuña»

sábado, 25 de febrero de 2017

152. El Evangelista



A nuestras plantas se extendía un océano de montañas, cuyas crestas, como olas petrificadas, se levantaban en escalas monstruosas a 1000 y 1500 metros sobre el nivel del mar. Al sur, las dilatadas estepas de Castilla, con sus desolados horizontes de desierto, iban perdiéndose en límites de sesenta leguas, entre un cielo caliginoso, henchido de limbos de oro y destellos de incendio. Al norte, un inmenso telón límpido, azul, como tapiz compacto tejido con amontonados zafiros, se destacaba, lleno de magnificencias, intentando con la grandeza de su extensión subir hasta las alturas: era el mar. A mi lado había un ser valeroso, cuya respetuosa amistad, llena de abnegaciones y de fidelidades, había querido compartir conmigo los peligros y vicisitudes de cinco meses de expedición a caballo y a pie por lo más abrupto del Pirineo Cantábrico. Estábamos sobre la misma cumbre, en el remate mismo de la crestería de piedra con que se yergue, como atleta no vencido, El Evangelista, uno de los colosos de la cordillera Las Peñas de Europa, coloso que levanta sus pedrizas enormes, sus abismos inmedibles, sus ventisqueros henchidos de cientos de toneladas de nieve a 2600 metros sobre el nivel del mar.

El texto es un fragmento de la «Dedicatoria» que, a modo de introducción, aparece en las primeras páginas del drama El padre Juan, estrenado el  tres de abril de 1891 en el madrileño teatro Alhambra. Dos son los protagonistas: la autora y «un ser valeroso» que con ella está, muy probablemente Carlos de Lamo Jiménez, fiel compañero durante casi cuarenta años. El escenario: la cima de uno de los picos de las Peñas de Europa. Hasta ahí todo normal, pues sabemos de sus expediciones a caballo por diversos lugares de España, de su gusto por ascender a las montañas, de su místico amor por la Naturaleza... Es el nombre de la cumbre lo que parece que no acaba de cuadrar a quienes leen con entusiasmo esta  Dedicatoria  en un recuperado ejemplar de El padre Juan. Aquel topónimo no era habitual en la cartografía  de la zona, no era conocido por quienes la frecuentaban. ¿Era aquella una ascensión novelada, ficticia, contada para ambientar adecuadamente el prólogo de aquel drama? No era propio de ella ¿Se había equivocado la librepensadora con el nombre de aquella cima?

Daniel Palacio Fernández, farmacéutico y socio del Ateneo Obrero de Gijón, se puso a investigar el asunto: Picos de Europa... Nada en el macizo occidental o Cornión, nada en el central (Los Urrieles)... ¡Ah! Después de mucho buscar encontró alguna referencia en la zona oriental o de Ándara. Se citaba un lugar denominado «el hoyo del Evangelista». Ahí puede estar la clave. Se centra en esta pista y, tras nuevas consultas, da con la clave que nos desvela en «Rosario de Acuña pionera del "Tourismo"» que se publica en 1992, en un folleto editado por el Ateneo Obrero de Gijón que lleva por título Rosario de Acuña. Homenaje:

Esta denominación del hoyo del Evangelista es consecuencia de una explotación minera que existía en el lugar, propiedad que era de don Juan Evangelista. Al hoyo le rodea la cresta de los tres picos del Jierro: Morra de Lechugales (2441 m.), Silla Caballo Cimero (2420 m) y Pica del Jierro. Esta vecindad fue la responsable de que la Pica del Jierro fuese rebautizada como Pico del Evangelista (según Enríquez de Salamanca) así se alterna en los mapas.

El texto de Palacio va acompañado de varios planos y mapas, entre ellos el que se incluye en el presente comentario, obra de José Arias Corcho y publicado en 1965; también  alguno de los incluidos en la obra Por los Picos de Europa. De Ándara al Cornión, de Cayetano Enríquez de Salamanca a quien en el texto se atribuye la información que aclara el asunto del doble nombre del pico en cuestión. 

Fragmento del plano de los Picos de Europa realizado por José Arias Corcho

Gracias a la investigación de Daniel Palacio ahora sabemos que lo que nos había contado Rosario de Acuña en la «Dedicatoria» de El padre Juan  no era una ensoñación novelesca. Que en el año 1890 –quizás en 1889–  ascendió al pico El Evangelista o Pica del Jierro situada a 2426 metros de altura. Cierto es que yerra en la altitud, que no alcanza  los dos mil seiscientos que ella le atribuye, probablemente por un error en el documento que maneja. Pero, puestos a fijarnos en los números, hagámoslo en el que refiere el año en que esta ascensión tuvo lugar: 1890, si no fue en el anterior. Este dato sí que tiene importancia pues, como también cuenta Daniel Palacio en su escrito, por estas fechas Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, más conocido como «el conde de Saint-Saud», se encontraba por el lugar, explorando esta zona de los Picos de Europa. De hecho, se dice que fue él quien protagonizó la primera ascensión a la Morra de Lechugales (en el mapa «Tabla de Lechugales»), y que lo hizo el 7 de julio de 1890.

En el verano de 1890 el conde de Saint-Saud asciende a la Morra-tabla de Lechugales; en el verano de 1890 (quizás en el de 1889) Rosario de Acuña lo hace al pico de El Evangelista...