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domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella
A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):


Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño,(Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias (⇑) y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

jueves, 22 de junio de 2017

162. Galdós, Acuña y el crimen


Portada del libro
«Anoche, a la una próximamente, un fuerte olor a quemado advirtió a los guardias de seguridad y al sereno de la calle de Fuencarral que se había iniciado un incendio en una de las casas de la citada calle, convenciéndose al cabo de poco tiempo que el incendio ocurría en el piso segundo izquierda de la casa núm. 109, habitada por Dª Luciana Ponciano, Marquesa de Montesacro, viuda de Varela, de cuarenta y ocho años próximamente, la cual vivía sola con su criada, Higinia Balaguer, de veintisiete años, natural de Zaragoza, que estaba a su servicio desde el día 26 del mes pasado.

[…] Una vez forzada la puerta, un fuerte olor a carne quemada les hizo presentir una desgracia; pero llegados a la habitación que ocupaba la dueña de la casa advirtieron con horror que se encontraban en presencia de un crimen.»

En efecto,  aquel era el escenario de un crimen. Doña Luciana, cuyo verdadero apellido era Borcino, no falleció por el fuego o por el humo del incendio. Había muerto a consecuencia de varias cuchilladas, todas graves de necesidad, según se pudo comprobar posteriormente. Además, tenía el cuerpo horriblemente mutilado, pues el autor o autores del crimen, le habían prendido fuego rociándolo con petróleo.

El crimen de la calle de Fuencarral tuvo lugar la madrugada del dos de julio de 1888 y conmocionó tanto a los madrileños como al resto de españoles. La opinión pública se mantuvo expectante durante los doce meses que duró todo el proceso judicial. Con la sentencia, que no satisfizo a casi nadie, no se acallaron los ecos de aquel crimen, que aún llegan hasta nosotros. El cine, la televisión, la prensa escrita y, también, los estudiosos de la jurisprudencia regresan una y otra vez a aquel verano de 1888 para recrear lo sucedido entonces. Tres son las razones que, a mi juicio, pueden explicar no solo la pasión suscitada por entonces, sino también el hecho de que el crimen de Fuencarral se incorporara a la memoria colectiva y su eco llegara hasta nosotros. La primera tiene que ver con los protagonistas, su naturaleza y los escenarios en los que se desenvuelven: un ambiente muy novelesco, muy galdosiano al decir de algunos. La segunda está relacionada con las repercusiones políticas que van surgiendo a medida que avanza la investigación policial, razón esta que confiere singularidad al suceso, aviva la llama del inicial relato novelesco y eleva el número de expectantes seguidores del proceso, ampliando de esta forma los círculos interesados en el mismo: a las calles se unen los cafés y, ¡a qué desaprovechar la ocasión!, las tribunas públicas. Por último, y no menos importante, el papel amplificador que en aquel suceso juega la prensa, una prensa que vive por entonces un periodo de transformación empresarial y que se afana en aumentar el número de lectores, no dudando para ello en tomar parte activa en la investigación o constituirse en acusación particular.

Dada la expectación despertada en la opinión pública no debe de extrañarnos que aquel crimen concitara la atención de algunos destacados publicistas. Tal es el caso de Benito Pérez Galdós y Rosario de Acuña y Villanueva.

Don Benito, por entonces un cuarentón que cuenta ya con una larga trayectoria periodística y con varias novelas publicadas, dedicó a los pormenores del crimen varios artículos que publicó el diario La Prensa de Buenos Aires. Quedaron inéditos en España  hasta que en 1924 Alberto Ghiraldo los publicó en el octavo volumen de las Obras inéditas.

Rosario de Acuña y Villanueva, por su parte,  publicó ese mismo año de 1888 un folleto titulado El crimen de la calle de Fuencarral. Odia el delito y compadece al delincuente. Ya en el mes de septiembre se encontraba a la venta en las principales librerías y el editor parece que no repara en gastos para dar a conocer la obra, contratando la inserción de anuncios en los principales diarios. A tenor de este esfuerzo publicitario, de la avidez con la cual los lectores seguían las noticias referidas al crimen y de la notoriedad que había adquirido doña Rosario, nos inclinamos a pensar que no fueron pocos los ejemplares que se editaron. Sin embargo en la actualidad resulta harto difícil encontrarlos, tanto que no fue posible incluir este texto en las Obras reunidas, que vieron la luz entre los años 2007 y 2009.

Anuncio de la venta al público del folleto titulado El crimen de la calle de Fuencarral

Durante años las búsquedas en archivos y bibliotecas resultaron negativas, por más que alguna de las pistas resultara fiable (véase, por ejemplo, lo que a este respecto se cuenta en el comentario 14. Tras la pista inglesa ⇑ ). Al final, la fortuna se alió con el esfuerzo y... aquí está el resultado.

El volumen que ahora sale a la luz,  publicado por la editorial madrileña Ediciones 19, consta de tres partes. La primera, a modo de planteamiento,  procura poner al lector en antecedentes: se presenta a los protagonistas, se analiza el singular papel que juega la prensa en el proceso, así como las connotaciones políticas  que tiene el caso. En la parte fundamental aparecen los textos de doña Rosario y don Benito, en los que, cada uno a su manera y según su perspectiva, analizan los comportamientos de unos y de otros.  Y solo al final, en el epílogo, se conoce el desenlace, dando cuenta de lo que les sucede a los distintos personajes una vez que se hizo pública la sentencia.

miércoles, 14 de junio de 2017

161. Découvrez la France


Dibujo de la torre Eiffel publicado en La Ilustración Española y Americana en 1886
A finales de noviembre del año 1911 las noticias que llegaban a El Cervigón resultaban inquietantes. Un día sí y otro también los periódicos daban cuenta de las protestas protagonizadas por los universitarios de toda España. Se consideraban gravemente insultados por Rosario de Acuña y Villanueva, autora del escrito titulado La jarca de la universidad (⇑), publicado inicialmente en El Internacional, periódico parisino que dirige por entonces su amigo Luis Bonafoux (⇑), y reproducido más tarde por el periódico barcelonés El Progreso.

Tal es el revuelo, tal la reacción de los estudiantes, tal la indignación de la mayor parte de la prensa que a la fiscalía no le queda otra que presentar una demanda contra ella, a consecuencia de la cual la Audiencia de Barcelona dicta una orden instando a su busca y captura. Cuando en los primeros días del mes de diciembre del año 1911 la Guardia Civil se presenta en su casa gijonesa, se encontró con la finca desierta. La prensa dice que, probablemente, salió en dirección a Francia.

Lo cierto es que tomó la dirección contraria; se dirigió a Galicia y cruzó la frontera portuguesa. Pero, ciertamente, había motivos para pensar que su destino bien podría haber sido el territorio francés, pues nunca ocultó la admiración y respeto que sentía por aquel país, que visitó en, al menos, cuatro ocasiones. 

1. París: una ventana al universo. La primera vez que visitó Francia era una jovencita que aún no había cumplido los diecisiete y lo hizo en compañía de su padre y de su madre. Fue en septiembre del año 1867,  unas semanas antes de que fuera clausurada la Exposición Universal  que se celebraba en la capital francesa.

Como consecuencia de la enfermedad ocular que padecía, su familia decidió hacerse cargo de su educación. A lo largo de su infancia y juventud la conjuntivitis escrofulosa martirizó sus ojos  con periodos en los cuales su visión se reducía hasta el punto de verse obligada a valerse de sus manos para reconocer los objetos. El colegio de monjas que, al parecer, habían elegido para la formación de la pequeña fue sustituido por una educación personalizada impartida en el entorno familiar.  Su madre le enseñó a leer y a escribir, su padre a conocer la historia y sus abuelos a descubrir las leyes de la naturaleza. Las enseñanzas de los libros se completaban con frecuentes estancias en el campo y con las enseñanzas obtenidas en los viajes que realizó con los suyos. París era un buen lugar para mejorar la educación de la jovencita, y la  Exposición que allí se celebraba convertía aquel otoño del año sesenta y siete en un buen momento para visitar la capital francesa.

Ilustración con distintos motivos del jardín de horticultura habilitado en la isla de Billancourt

Muchas eran las lecciones que aguardaban a los lacerados ojos de Rosario en aquel recinto expositivo que había inaugurado el emperador Napoleón III unos meses antes. Junto a los exóticos pabellones de China y Japón, el dedicado a las obras del canal de Suez, el palacio del virrey de Egipto o  la réplica de las catacumbas construida a iniciativa del Vaticano, se mostraban los últimos avances tecnológicos. En la isla de Billancourt se había habilitado un gran espacio dedicado a la agricultura,  con exhibiciones de los últimos avances en maquinaria (trituradora de aceitunas, estrujadora de uvas, rastro para agavillar,  roturadora, segadora de hierba...) y demostración de las más eficientes técnicas ganaderas  o de elaboración de productos  (como el queso roquefort).

Aquella visita a París le brindó, ciertamente,  una fuente de conocimientos que no hubiera encontrado en las aulas de cualquier colegio de la España de entonces. Si la Exposición le abrió una ventana al mundo, en otros lugares de la capital encontró otras ventanas abiertas. Así,  y tal como ella nos cuenta («El ateísmo en las escuelas neutras» ⇑), en el observatorio parisino sus ojos se asomaron por primera vez a la inmensidad del universo:

Yo, por mí, sé deciros que, cuando en los linderos de mi niñez, asomé mis ojos a un anteojo en el observatorio astronómico de París y vi pasar ante mi vista el planeta Venus en su plenilunio, con sus polos brillantes, y su ecuador ceñido de plateadas nubes, fue tal mi emoción de amor al creador de tan hermoso astro, que mis pupilas se anegaron de lágrimas y se grabó en mi mente la firme creencia en su existir y su poder. El ateísmo en las escuelas neutras


2. La Gascuña. Años después volverá al país vecino y allí permanecerá durante una temporada, en un tiempo en el que en su país se vivían momentos de turbulencias sociales y políticas. Sus padres debieron pensar que, durante aquellos agitados años del Sexenio, resultaba conveniente que la jovencita se alejase del solar patrio hasta que la situación se tranquilizara un tanto; al fin y al cabo, aquel era buen momento para que Rosario, ya en edad de merecer, completase su educación con ese toque de distinción que aportaba el idioma y la cultura del país vecino. No tenemos noticia cierta acerca de quién acompañó a Rosario durante el tiempo que estuvo en Francia, lo que sí conocemos es que fijó su residencia en Bayona o que, al menos,  allí pasó una gran parte del tiempo que estuvo fuera de España, pues en aquel lugar conoció a una joven viuda que se habría de convertir, andando el tiempo, en un referente de gran importancia en el porvenir de nuestra protagonista. La señora en cuestión, al hallarse sin marido y con tres hijos a su cargo tomó la decisión de poner en marcha una granja avícola en las inmediaciones de aquella localidad francesa y, por lo que sabemos, la iniciativa resultó tan satisfactoria que, años después, la propia Rosario habría de emularla. De esta etapa francesa nos han llegado, además, dos obras que, por haber sido escritas en 1873, han de incluirse entre las primeras de nuestra escritora. Se trata de la poesía titulada «A una golondrina» (⇑) , fechada en Bayona a 25 de julio de 1873 e incluida en Ecos del Alma  y de Un ramo de violetas (⇑), una «obrita», según sus propias palabras, de siete páginas dirigidas a la reina Isabel II, quien por entonces vive en su exilio parisino, y que fue editada en la imprenta Lamaignère de aquella ciudad francesa. Además de escribir y de conocer gentes y costumbres diferentes, aprovecha la proximidad a la gran cordillera que une los dos países para practicar la que durante toda su vida será  una de sus aficiones más queridas: el montañismo.

3. París, 1878. Han pasado once años desde su primera visita y muchas cosas han cambiado en su vida desde entonces.  Su actividad como escritora parece consolidarse tras el exitoso estreno de su primer drama: Rienzi el tribuno (⇑). Apenas sin tiempo para digerir el caluroso aplauso dispensado por el  público y  los parabienes recibidos de la crítica, la joven dramaturga se casa con Rafael de Laiglesia, un joven teniente de Infantería. Poco después de la boda traslada su residencia a Zaragoza, ciudad a la cual ha sido destinado su marido. Muchas cosas han cambiado desde que visitara París con sus padres en 1867, pero la capital francesa sigue siendo una excelente ventana desde la que mirar al mundo y más ahora cuando el Campo de Marte vuelve a ser el escenario de una nueva Exposición Universal.

Imagen de los alrededores de una de las puertas de acceso al recinto de la exposición

Gracias a una información publicada en Le Figaro sabemos que a mediados de octubre se encontraba en París. No parece muy arriesgado suponer que  la visita a la Exposición fuera uno de los propósitos de aquel viaje.

París possede en ce moment dans ses murs l'illustre auteur de «Rienzi». On nous annonce, en effect, que Mme Rosario de Acuna de la Iglesia, la célèbre poète espanol, est arrivée dans la capitale.

Aunque, por sus pocos años de entonces,  su primera Exposición debió de resultarle impactante, esta no debió de causarle menor impresión, no solo por el tamaño (mayor extensión, más pabellones, muchos más visitantes), el majestuoso palacio del Trocadero –construido para la ocasión–, o la Estatua de la Libertad –cuya cabeza se mostraba en un jardín próximo–, sino también por los avances tecnológicos y los inventos que se presentaban al público.  Allí pudo conocer el teléfono de Alexander Graham Bell o el megáfono de Thomas Edison. A qué dudar de su sorpresa y admiración al pasear de noche por la avenida de la Ópera iluminada por primera vez con bombillas que lucen gracias a la electricidad. 

4. 1881. En la otra vertiente de los Pirineos. Las cosas no van bien en su matrimonio y la pareja decide dar un cambio a su vida. De Zaragoza se trasladan a Pinto, un pequeño pueblo situado al sur de Madrid, donde se hacen construir una quinta campestre. El contacto con la naturaleza parece ser la pócima elegida para intentar atajar el mal que padecen. Los viajes también pueden ayudar y quizás esa fuese la razón  por la cual deciden emprender uno bien largo. En el otoño Rafael obtiene una licencia para realizar un periplo por diversos lugares de España y Francia, del cual, aparte de la reseña del mismo que consta en la hoja de servicios del militar, apenas nos ha quedado alguna noticia en el artículo  «De Pau a Panticosa» (⇑) que Rosario escribió en la población francesa.

Imagen de la catedral de Pau

¿Se acercaron hasta París en aquella ocasión? Es probable, pues años después nuestra protagonista comenta en el  artículo «Ni instinto ni entendimiento» (⇑) que su última visita estuvo precedida por otras, en plural («anteriores veces»). Hemos hecho referencia a  dos y nos faltaría, al menos, otra más. Bien podría ser esta del año 1881.

 Hace muchos años, la última vez que estuve en París, fui, como en las anteriores veces, a extasiarme en el Jardín de Aclimatación. No hubo nunca para mi en aquella urbe monumental, ni cuando la visité de soltera ni de casada, sitios ni espectáculos que lograran cautivar mi atención de manera tan sugestiva y honda. Días enteros pasaba de parque en parque, de instalación en instalación, de acuario en acuario, y cuando, andando los tiempos, en medio de la Naturaleza bravía de las montañas o en la soledad anonadora de las estepas, me encontré con la fauna libre y salvaje que en el Jardín pude contemplar cautiva y amable, siempre la imagen de París se me apareció, no como el núcleo de sensualidad y del placer, sino como la matrona austera y consciente que enseña a los seres humanos lo que es la Tierra y lo que son sus moradores. 

Si, como queda escrito más arriba,  es cierto que los cimientos de su educación se levantaron en el entorno familiar, no lo es menos que el estudio, la reflexión y los viajes contribuyeron a conformar su pensamiento. Largas jornadas a caballo recorriendo España durante meses, año tras año, le sirvieron para conocer a sus gentes ( «¿Sabré lo que es mi Patria? ¿La habré estudiado y entendido, durmiendo en sus mesones, en sus casas rurales de aldeas, míseras o en sus fondas de tono de sus villas?  ¿Conoceré bien a mis compatriotas de todas clases y cataduras...»). Sus estancias en Francia le permitieron conocer otras gentes, otra cultura... Andando el tiempo, cuando decidió empeñar todos sus afanes en la defensa de la libertad de pensamiento, encontró en el país vecino los mejores argumentos para proseguir la lucha.

Dada su admiración por el pueblo francés, por su histórica lucha en defensa de la libertad, no debería de resultarnos extraño que durante la guerra mundial apoyara abierta y activamente al bando aliado en el que se integraban las tropas del país vecino (y unos cuantos jóvenes voluntarios españoles, a alguno de los cuales amadrinó nuestra protagonista ⇑ ). Tampoco que cuando en la primavera del año dieciséis un grupo de profesores franceses en viaje de agradecimiento y fraternidad  recala en Asturias, doña Rosario tomara  la pluma para saludar efusivamente a los recién llegados y para realizar una pública alabanza de las mujeres francesas:

 ¡Llevadles el afecto de nuestro corazón, la esperanza de nuestra inteligencia, nuestro fervoroso saludo! ¡Decidles que las seguimos paso a paso en sus etapas de resurgimiento; que las vemos cultas, inteligentes y austeras, como Minerva, tiernas sin sensiblerías de insanidad; dulces sin melosidades felinas; fuertes, flexibles, activas en útiles y santos menesteres, con todas las gracias y benevolencias de una espiritualidad racional y fecunda! ¡Decidles que en ellas, las futuras madres de la Francia nueva que va a surgir, sobre las grandes necrópolis de las trincheras, vemos, nosotras, las mujeres emancipadas del espíritu atávico y regresivo de la España tradicional a las almas femeninas capaces de fundar sobre todos los solares de Europa los bastiones de una nueva civilización! 

¡Salud, hijos de Francia! Que vuestra misión de cultura y fraternidad, continuando la labor de aquellos días gloriosos de la Revolución francesa en que borrasteis de todos los Estados del mundo los últimos vestigios de la Edad Media, sea rocío fecundo para esta tierra, casi ya reseca por todo género de cadencias! ¡Llevad de esta Asturias florida, vergel suavísimo de templanzas y hermosuras un recuerdo grato, y que os acompañe hasta vuestros lares el saludo de las mujeres liberales de esta región; diciendo hasta veros partir…!

¡Viva Francia!

sábado, 27 de mayo de 2017

160. Convertida en crítica literaria (y de otras artes)


Aunque en ocasiones presume de ser mujer hacendosa (⇑), sus ocupaciones habituales trascienden el ámbito doméstico. Sabemos de su amor por la naturaleza y de su afición por la montaña (⇑), conocemos su actividad como avicultora (⇑), tenemos noticias de sus viajes a caballo (⇑) recorriendo durante meses la geografía hispana... Y, claro es, también de su actividad como escritora, campo en el cual tampoco puede decirse que lo ejerciera con limitaciones de tema o de género, pues si alcanzó notoriedad como dramaturga o poeta, no menor fue su fama como luchadora tenaz frente a la discriminación de la mujer o como propagandista del librepensamiento. Menos conocida es, sin embargo, su incursión en el ámbito de la crítica artística.

 Boceto de La invasión de los bárbaros  que se conserva en el museo Ulpiano García (Colmenar de Oreja, Madrid)

A pesar de que en «El amigo Manso» (⇑), artículo escrito en el año 1882 a propósito de la publicación de la novela de Galdós así titulada, encontramos algunos elementos que pudieran permitirnos calificar el texto como una crítica literaria, al menos en lo que atañe a su componente divulgativo (dar a conocer una obra, manifestar públicamente su «admiración hacia lo bello»), no será hasta algunos años más tarde cuando nuestra autora confiese su propósito de realizar la crítica de una obra, de ejercer «el improvisado oficio» que tiene por objeto el enjuiciamiento crítico de libros ajenos.
 
Tal sucedió con «La valija rota» (⇑), donde doña Rosario da cumplida satisfacción a la promesa realizada a Eduardo Gómez Sigura, autor de la obra del mismo título. Y lo hace no sin lamentarse del ofrecimiento, de  la palabra dada, «pues a saber yo el mucho trabajo que me había de costar meterme a crítica, le juro que no se la hubiera dado...»

No obstante las lamentaciones, al año siguiente volverá a tomar la pluma para comentar las virtudes de la obra Fray Giordano Bruno y su tiempo (⇑), de su amigo Luis París y Zejín. La amistad con el autor,  la significación que para los librepensadores tiene el protagonista del libro y la asunción de su nuevo papel de publicista y propagadora de la libertad, la llevan a firmar este escrito con claro objetivo divulgador.

Similares planteamientos, combativos y proselitistas, encontramos en su artículo «Trata de blancos» (⇑), dedicado a cantar las excelencias del drama del mismo nombre, en el cual Leopoldo Cano, su autor, «ha llevado a los esplendores del arte ese fondo de crítica sangrienta, redentora y precisa en toda sociedad decadente como la que nos rodea».

No fue solo en el terreno literario, pues se adentró también en el ámbito de otras artes.  A los fieles lectores que siguen con atención sus artículos, les transmitió sus impresiones, sus emociones estéticas,  acerca de pinturas y de esculturas, acerca de músicos e instrumentos musicales. En lo referente al «arte de las musas» ya he dejado alguna constancia en el comentario 32. Música, música: de la copla a la ópera (⇑), donde se habla del entusiasmo que en ella despiertan  violinistas, guitarristas, barítonos o tenores.

Si la música fue asunto que salpicó sus escritos a lo largo de toda su vida, pues de ella se ocupa tanto en su etapa juvenil como en la vejez, no sucedió lo mismo con el resto de las artes: las críticas que conocemos sobre obras literarias, pictóricas o escultóricas están escritas en los años ochenta, y éstas últimas con ocasión de la Exposición de Bellas Artes del año 1887. Acudió a la misma y como resultado de la visita escribió dos artículos, fechados ambos en el mes de mayo de ese año: «Invasión de los bárbaros» (⇑), cuadro de grandes dimensiones pintado por Ulpiano Checa, y «La tradición» (⇑), grupo escultórico de Agustín Querol.

Quizás en su ánimo no estuviera realizar una valoración de la obra con la vista puesta en la Historia del arte, en comparar estilos, escuelas o técnicas. Quizás el resultado sea más divulgativo o, si se quiere,  pedagógico que estrictamente crítico. Ciertamente, tras la lectura de alguno de los párrafos, podemos deducir que su pretensión es la de transmitir las sensaciones y emociones que ella ha sentido al contemplar las obras; que pretende resaltar las potencialidades formativas, de enriquecimiento personal, que brinda la atenta contemplación  de las obras comentadas. Conviene recordar que por entonces los escritos de doña Rosario son seguidos por muchas mujeres (librepensadoras, no lo olvidemos) y que ella ha asumido un activo papel de propagandista, de guía de sus compañeras: « yo me contentaré con combatir a los enemigos, sean los que fueren, del hogar, de la virtud femenina, de la ilustración de la mujer, de la dignificación de la compañera del hombre».

La escultura o la pintura son motivos tan útiles como otros para transmitir a sus lectoras sus inquietudes y sus certidumbres, tanto como las  ruinas de un castillo feudal (⇑) o la contemplación de los tesoros de la Naturaleza.

La invasión de los bárbaros, según un dibujo de P. y Valor (La Ilustración Ibérica, 25-6-1887)

Cuando un observador de mediano sentido racional se para delante de este soberbio lienzo, una corriente inexplicable atraviesa por el pensamiento bañándolo en luces que fulguran con esplendores de incendio, y en crepúsculos que irradian con sombras de melancolía; cuando el choque de la impresión se atenúa y sus últimas ondulaciones dejan en los ilimitados horizontes del entendimiento la diáfana serenidad, generatriz de todo raciocinio, entonces comienza la idea a levantarse poderosa ente esta obra hermosísima que palpita con todas las excelsitudes de la vida que es toda luz, movimiento, esperanza y grandeza: la imaginación se apodera de la realidad, la encarna, la subyuga, y mediante la emoción estética que produce esta obra pictórica, condensa, sintetiza y abarca la complejidad de la historia, de la raza y de la humanidad; y cuando ya ha medido, de un solo golpe, el maravilloso conjunto, se vuelve hacia el presente y rinde tributo de admiración al genio que, de tal modo acertó a interpretar sobre la tosca trama de un lienzo uno de los más grandes poemas humanos. En efecto «Invasión de los bárbaros» es más que un trabajo artístico, es más que un cuadro histórico, es más que un alarde de atrevimiento, es un inmenso poema cantado sobre el lienzo con las tonalidades de la pintura; todo en él habla y conmueve, todo en él hace pensar.


miércoles, 10 de mayo de 2017

159. En la Biblioteca Nacional


Bien. Esto marcha. Primero fue su inclusión en el Proyecto Ensayo Hispánico (⇑), iniciativa puesta en marcha en 1997 por José Luis Gómez Martínez, profesor emérito de Ensayo Hispánico en el Departamento de Lenguas Románicas en la Universidad de Georgia, con el objetivo de difundir la cultura hispánica. Desde 2010 comparte espacio con destacados pensadores de la talla de Ortega y Gasset, Octavio Paz, José Martí, Simón Bolivar o Emilio Castelar. Tres años después, en febrero de 2013, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (⇑) inauguró un portal a ella dedicado, ocupando desde entonces con otras significadas escritoras  del diecinueve como Concepción Arenal, Fernán Caballero, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán o Gertrudis Gómez de Avellaneda. Ahora le toca el turno a la Biblioteca Nacional.

Página dedicada a Rosario de Acuña en el portal Escritores en la BNE


El pasado mes de marzo la Biblioteca Nacional abrió un nuevo portal  dedicado a los autores cuyas obras están digitalizadas y accesibles en la Biblioteca Digital Hispánica. Tal y como señalan los responsables de la biblioteca en la introducción que presenta el proyecto Escritores en la BNE «La finalidad última es facilitar el acceso y dar visibilidad a una parte de las obras digitalizadas que ofrece la Biblioteca.»

En una primera etapa el portal incorpora la semblanza de cuarenta y dos escritores, así como una primera agrupación o temática (a la que seguirán otras) que recoge a los escritores fallecidos en 1936, entre los que se encuentran Federico García Lorca, Ramón del Valle-Inclán, Ramiro de Maeztu, Pedro Muñoz Seca y Miguel de Unamuno. Otros escritores incluidos en el portal son Ramiro Ledesma, Blas Infante, Torres Quevedo, Ciges Aparicio, Emilio Cotarelo, José Antonio Primo de Rivera, Miguel Ramos Carrión, Honorio Maura, Ramón Acín o Fernando Mora.

El espacio dedicado a Rosario de Acuña (⇑) ofrece una reseña biográfica –breve pero ajustada a los datos conocidos–,  un apartado donde figuran otros recursos donde poder ampliar la información y los enlaces a sus obras digitalizadas por la Biblioteca Nacional: Rienzi el tribuno (1876), Amor a la patria (1877), La siesta (1882), Sentir y pensar (1884), La casa de muñecas (1888), Un certamen de insectos (1888), El padre Juan (1891). La relación se completa con el manuscrito de Amor a la patria (⇑), drama trágico en un acto y en verso que fue estrenado en Zaragoza en 1877, el único, por cierto, que presentó firmado con seudónimo. 

Fragmento de Amor a la patria, manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional

Con esta iniciativa no sólo se da un paso más en el proceso de recuperación de la figura de Rosario de Acuña y Villanueva, sino que se facilita el acceso a un nuevo manuscrito, que se une a otros ya conocidos, como Tribunales de venganza, que se encuentra en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid, su testamento ológrafo o una carta a Aquilina Rodríguez Arbesú (⇑).

 Bien. Ciertamente parece que esto marcha.