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domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella
A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):


Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño,(Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias (⇑) y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

jueves, 31 de agosto de 2017

164. De la presentación de El crimen de la calle de Fuencarral


Buenas tardes.

De todos los crímenes cometidos a lo largo de la historia, algunos hay que se instalan en la memoria colectiva y su recuerdo perdura a lo largo del tiempo. Tal es el caso del ocurrido en la madrileña calle de Fuencarral a finales del siglo XIX. Han transcurrido ciento veintinueve años desde entonces y sus ecos aún llegan hasta nosotros, como si fueran réplicas de la gran conmoción que el suceso provocó en la sociedad de la época. El cine, la televisión y la prensa escrita, que de tiempo en tiempo regresan a aquel verano para recrear lo sucedido entonces, se han encargado de que así fuera. Las primeras noticias del caso tienen lugar en la madrugada del segundo día del mes de julio de 1888, cuando la policía, que había acudido alertada por los vecinos temerosos del humo que salía del edificio, irrumpe en una vivienda del número 109 de la calle de Fuencarral. En el interior hallan el cuerpo sin vida de doña Luciana Borcino. Los presentes no tardan en darse cuenta de que aquella viuda rica, que vivía en la sola compañía de una joven criada y de un buldog, no había fallecido por el fuego o por el humo del incendio. Su cuerpo tenía varias cuchilladas, todas graves de necesidad, y estaba horriblemente mutilado por la acción de las llamas, tras haber sido rociado con petróleo.

Invitación al acto de presentación en Gijón de El crimen de la calle de Fuencarral

 En una habitación contigua encontraron a una mujer acompañada por un perro, que ni ladró, ni se movió. Ella era Higinia Balaguer, una joven que había entrado a servir en aquella casa poco tiempo antes. No había nadie más en la vivienda; tampoco señales que hicieran pensar que se hubiera forzado la puerta de entrada y nada indicaba que el móvil del crimen fuera el robo. En aquella vivienda del segundo izquierda del número 109 de la calle de Fuencarral, solo había dos mujeres y una de ellas estaba muerta.

Desde los primeros momentos todo señalaba a la criada como autora del atroz crimen. Y ahí se hubiera acabado esta historia de no haber sido por la actuación de una parte de la prensa que, alertada por diversas informaciones recogidas por sus reporteros, fijó su atención en José Vázquez-Varela, el único hijo de la víctima. Se decía que no era trigo limpio, que frecuentaba los bajos fondos y que el dinero que le asignaba su madre no alcanzaba para mantener su tren de vida. De ahí los gritos y las discusiones que, según contaban sus vecinos, mantenían con cierta frecuencia. Se contó que en una de éstas, ante la negativa de su madre a suministrarle nuevos fondos para comprar un caballo, el Valerita le clavó un cuchillo en el muslo. El asunto no llegó más lejos porque la señora Borcino terminó declarando en el juzgado que todo había sido un accidente. Pero ahora, a la vista de lo ocurrido, la sombra de la duda se agrandaba por momentos. Para algunos periódicos existían indicios más que sobrados para convertirlo en el principal sospechoso de aquel crimen. Y el hecho de que por entonces se encontrara en la Cárcel Modelo cumpliendo una condena por un robo, no era razón suficiente para dejarlo a un lado, pues había testigos que, contra toda lógica, afirmaban haberlo visto por aquellos días en cafés y saraos, incluso en los toros.

A la luz de estas nuevas informaciones la investigación se vuelve más compleja, pues a nadie se le escapa que un preso no puede entrar y salir de la cárcel si no es con la connivencia de quien tiene el deber de custodiarlo. Las miradas se dirigen entonces al director de la Modelo, José Millán Astray. Así las cosas y en el transcurso de las investigaciones, tras interrogatorios y careos, van ingresando en prisión la criada, el hijo de la víctima y el director de la cárcel, así como dos de las amigas de Higinia y alguno de los compañeros de aventuras del Valerita.

La prisión de Millán Astray activa la dimensión política del asunto pues, según se dice, el funcionario es un protegido de Montero Ríos, por entonces presidente del Tribunal Supremo. La oposición no desaprovecha la ocasión que se le presenta y es el mismísimo Francisco Silvela, uno de los políticos conservadores más próximos a Cánovas, quien se sube a la tribuna para poner en duda la moralidad de quien ocupa tan alta magistratura. La andanada surtió sus efectos y tan solo unos días después, el aludido, por más que niegue cualquier vinculación con el asunto, presenta su dimisión.

El interés que despiertan las investigaciones en la opinión pública anima a los principales periódicos a ocuparse por extenso del asunto, jugando un papel activo en las investigaciones. El proceso está en la calle y los espectadores se encuentran divididos: los hay que no dudan de la culpabilidad de Higinia; otros creen que el culpable es Varela, el hijo; no faltan, los que piensan que ambos estaban compinchados, que en la trama había más gente. Lo mismo sucede con periódicos y revistas. Una parte de la prensa, tildada de oficialista, da por buena la actuación del juez instructor. Hay otra, en cambio, que se muestra muy crítica con todo el proceso, pues no está conforme ni con las actuaciones, ni con las decisiones, ni con el contenido del sumario. Tanto es así que varios directores de diarios y revistas se unen para ejercer la acción popular en aquel caso.

Fotografía de la presentación de El crimen de la calle de Fuencarral  en la librería gijonesa La buena letra

 Durante varios meses el crimen de la calle de Fuencarral se constituyó en uno de los centros de atención del país. En el transcurso de la instrucción del sumario, primero, y a lo largo de la vista pública, después, los periódicos de la capital, y también los de provincias, consiguieron mantener vivo el interés de la opinión pública. Muchos eran los españoles que conocían a los implicados y los entresijos de aquel asunto, unos por lo que leían, los más por lo que escuchaban. Todos ellos tuvieron que esperar varios meses, hasta el final de la primavera siguiente, para conocer el contenido de una sentencia que, por cierto, no terminó de convencer a buena parte de la opinión pública.

Como pueden suponer, no voy a desvelar cuál fue el desenlace de esta historia que encandiló a la opinión pública española a finales del diecinueve. Lo podrán conocer en las últimas páginas del libro que aquí presentamos. Eso sí, la espera será mucho más corta y más placentera, pues los textos que aquí se recogen son obra de dos ilustres publicistas de experimentada y afamada pluma. En efecto, las firmas de Benito Pérez Galdós y de Rosario de Acuña y Villanueva estaban suficientemente contrastadas pues llevan años siendo habituales en periódicos y revistas; ambos han publicado obras que obtuvieron el aplauso de público y crítica. En 1888, cuando tiene lugar el crimen del que hoy nos ocupamos, se encuentran en su plena madurez como escritores.

Con diferentes estilos y objetivos también diferentes, nos trazan su particular perspectiva de los protagonistas de un crimen, el de la calle de Fuencarral, que conmocionó a la sociedad de la época, la cual también queda bosquejada en los escritos de Galdós y de Acuña. Creo que la adición de ambos textos los enriquece, pues aunque cada uno de ellos resulta de gran interés por separado, juntos se complementan, haciendo bueno aquello de que el total es más que la suma de las partes. Les invito a comprobarlo.

Espero que disfruten de su lectura.

Muchas gracias.



Texto de mi intervención en  la librería gijonesa La buena letra, en el transcurso de la presentación de dos nuevos libros:  España (1875-1993). La sociedad de la transición a la democracia, obra de mi compañero Jesús Jerónimo Rodríguez González y El crimen de la calle de Fuencarral (⇑). En el acto estuvimos acompañados de Ángeles Barrio Alonso, Manuel Suárez Cortina y Germán Rueda Hernanz, catedráticos de Historia Contemporánea de la Universidad de Cantabria.


martes, 18 de julio de 2017

163. Por la canal del Embudo


Necesitábamos pernoctar en Espinama,  aldea donde debían estar esperando nuestras yeguas, y el día iba ya algo vencido; nos esperaban dos leguas de bajada, y para mayor quebranto, el guía, hábil hasta entonces, dio muestras de hallarse algo desorientado; el lance era serio; teníamos que atravesar un bosque inmenso, secular, inextricable, guarida predilecta de los osos; no era conveniente pasarlo de noche, pues aunque armados con buenos revólveres, no bastaban para defendernos de tan corpulentas fieras.

Año a año recorría durante meses la geografía hispana. Primero acompañada de Gabriel, su fiel criado; más tarde de Carlos de Lamo, su joven y valeroso amigo. Muchas leguas a caballo, muchos lugares, muchas historias. El lance al que se refiere en esta ocasión tiene por escenario el macizo oriental de los Picos de Europa,  y sabemos de él porque la protagonista se lo cuenta al escritor Antonio Zozaya en carta (⇑) que le envía para agradecerle el elogioso artículo que el jurista y publicista publicó en el periódico La Justicia tras el estreno de El padre Juan (⇑), el drama prohibido por la autoridad gubernativa la noche misma de su  estreno.
 
Seguíamos explorando la cordillera de «Las Peñas de Europa», y digo explorando, porque los tres que formábamos la expedición (el guía, mi valeroso compañero y yo) hollábamos con nuestras plantas sitios en que jamás otras plantas se habían posado; al menos no había memoria de ello.

Tiene razón. La aventura que nos está contando tiene lugar a finales de la década de los ochenta y no será hasta algunos años más tarde cuando las crónicas den cuenta de las primeras ascensiones conocidas a algunas de las cumbres de esos Picos de Europa protagonizadas por Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, conde de Saint-Saud: Morra de Lechugales, Peña Vieja (1890), Pica del Jierro (1891), Torrecerredo (1892)...

 Torrecerredo y Peña Vieja en un mapa topografíco del Instituto Geográfico Nacional

... se hacía, pues, precisa la bajada, y la bajada pronta, rápida; los tres hicimos consejo, y el guía se confesó inexperto en aquellos terrenos; por un momento los tres enmudecimos, y algunas gotas de frío sudor se desprendieron de nuestras sienes; de quedarnos a pasar la noche en la abrupta cumbre de Torrecerredo (2343 metros sobre el nivel del mar), 

Delante de nosotros se extendía el vacío aterrador, inmenso: a unos dos kilómetros atmosféricos se hallaba el más inmediato relieve donde podían fijarse nuestros ojos, y este relieve era el monstruo de la cordillera Peña Vieja, que, arrancando como titán de piedra del valle de Fuente Dé sube escalonada entre abismos, torrentes, neveras, bosques y cresterías de bloques truncados, a ostentar su mural corona de rocas a 2685 metros sobre el nivel del mar:  entre Peña Vieja y nosotros no había más que el vacío inmenso, relleno de una neblina vaporosa que allá, en las honduras, nos tapaba con sus crestones los hermosísimos valles de La Liébana…

Un momento. Volvamos a leer: «... quedarnos a pasar la noche en la abrupta cumbre de Torrecerredo» ¿Estaban en la cima del pico Torrecerredo? ¿Rosario de Acuña y Villanueva y sus dos acompañantes habían ascendido a la cima más alta de los Picos de Europa y lo habían hecho dos o tres años antes que el conde de Saint-Saud?

Montañeros, estudiosos del montañismo, especialistas en el tema... ¡tranquilidad! Entiendo que cueste aceptar que se venga a poner en duda algo que se ha venido dando por cierto durante tanto tiempo... Vayamos por partes.

Dejemos por ahora el Torrecerredo y vayamos a otro de los picos que doña Rosario afirmó haber ascendido por entonces: El Evangelista. La mención por la escritora de su ascenso a esta cima topó con el escepticismo de más de uno. Y es que no había constancia de pico tal en la orografía asturiana; no había rastro de topónimo semejante. Aquello parecía suficiente para poner en duda sus supuestas ascensiones, tal vez un recurso literario de una escritora decimonónica. Aquella conclusión no satisfizo a todos, pues doña Rosario no era dada a artificios de aquel tipo. Tal fue el caso de Daniel Palacio (⇑) que investigó con afán el asunto, hasta el punto de aclararlo. En las páginas de  «Rosario de Acuña. Homenaje», publicado por el Ateneo Obrero gijonés en 1992,  nos cuenta que el pico que actualmente conocemos como Pica del Jierro aparecía citado en algunos mapas de finales del XIX con la denominación «pico El Evangelista». O sea que sí existía y  que, al parecer,  tenía que ver con  la existencia de una mina de hierro que había sido propiedad de un tal Juan Evangelista.

Por tanto, gracias a las investigaciones de Daniel Palacio, sabemos ahora que –a pesar de las dudas suscitadas por el desconocimiento y, tal vez, los prejuicios–   el pico El Evangelista sí existía y, por tanto, no hay razón alguna para dudar que Rosario de Acuña hubiera ascendido a su cumbre, situada a 2425 metros de altura, durante una expedición que efectuó por los Picos de Europa a finales de la década de los ochenta. Juan María Hipólito Aymar d´Arlot, conde de Saint–Saud asciende en 1891 a la Pica del Jierro, esto es, al pico El Evangelista; por tanto, Rosario de Acuña le habría precedido en la cumbre, pues a principios de ese año se publica El padre Juan, y en la dedicatoria de esa obra ya da cuenta la escritora de su ascenso en compañía de su fiel compañero.

Bien. Admitamos lo de El Evangelista; también la ascensión al resto de picos que se citan en  «Rosario de Acuña y Villanueva, pionera del montañismo asturiano» (⇑) (La Nueva España, 6-2-2006),  pero lo del pico Torrecerredo es, ciertamente, otra historia. La posibilidad de que hubiera ascendido a esa cima resultaba más difícil de admitir, no tanto por tratarse del techo de los Picos de Europa, sino porque su descripción no se corresponde con aquel escenario:

El cauce del torrente se estrechó, y de pronto quedó cortado en línea recta para hundirse en un ventisquero, cuya diáfana blancura, rielante como plata bruñida, aumentaba con su reverberación lo espantable de tan espantable vacío. Para mayor dificultad habíamos entrado ya en la región del heno alpino, y nuestras plantas resbalaban sobre aquella hierba finísima, lustrosa como seda, amarilla como el oro (era agosto), y que se escurría bajo nuestros pies con una suavidad desesperante. 

Aquello no terminaba de encajar. Lo del heno alpino y la hierba finísima resultaba bien extraño. No obstante, había que seguir investigando sobre el asunto. A ello me comprometí en aquel artículo escrito hace once años. Pregunté a montañeros conocedores de la zona y todos me decían lo mismo: lo que allí se describía no era el Torrecerredo.

Hace unos meses di con un comentario que sí podría explicar aquel asunto. La clave estaba en una parte de la descripción:

El guía recordó entonces dónde nos hallábamos: aquel repliegue abruptísimo del flanco de Torrecerredo se llamaba «La olla de los embudos» ¡el nombre decía algo!; era una sucesión de embudos, cinco o seis, de diámetros disformes y distintos, de menor a mayor, engarzados los unos en los otros, por cuya parte central se despeñaba el torrente, y cuyos bordes de roca lamida por el vaso de las avalanchas y en pendiente, casi vertical en muchos sitios, no ofrecía otro punto de apoyo que afiladas guijas, o manchones de tierra revestida de aquel heno traicionero tan perfumado como escurridizo. 

«La olla de los embudos». Tanto el nombre como la descripción bien podrían coincidir con la zona conocida como canal del Embudo, un serpenteante sendero en la zona de Liordes con cerca de novecientos metros de desnivel. 

La Canal del Embudo en un mapa del Instituto Geográfico Nacional

Con estos datos en la mano el investigador Ramón Sordo Sotres, gran conocedor de los Picos, nos ofrece una hipótesis que resulta ciertamente verosímil y que fue publicada en Foropicos (⇑), un espacio dedicado a la montaña especializado en Picos de Europa. Según su versión de los hechos, doña Rosario de Acuña y sus acompañantes bien podrían estar situados frente «al monstruo de la cordillera Peña Vieja», como ella relata, pero la contemplarían desde un punto de vista bien diferente, pues no se encontrarían en la cima de Torrecerredo, tal y como creían, sino en lo alto de Peña Remoña.

La Torre Cerredu, por lo menos en su ubicación actual, está lejos de La Canal del Embudu y nuestra autora puede haber llamado Torre Cerredo –cima a la que otorga unos 322 metros menos que a Peña Vieja– a La Peña Remoña, y entonces al bajar de esta hacia Juentedé [Fuente Dé], haya llegado por malos vericuetos a La Canal del Embudu sin dar con el camino de Los Tornos de Llordes. 

Lo dicho. Teniendo a la vista el mapa del Instituto Geográfico Nacional, la hipótesis parece que da una respuesta satisfactoria a las dudas planteadas, razón por la cual  parece razonable que aquí quede recogido. Dando por buena la versión del señor Sordo Sotres (de la cual tuve noticias hace apenas unos meses, por más que fuera publicada a finales del mes de mayo del año 2008), bien podríamos concluir que doña Rosario de Acuña y Villanueva realizó una expedición por los Picos de Europa, en el transcurso de la cual ascendió, al menos, a las cimas del pico El Evangelista (o Pica del Jierro) y a Peña Remoña.

Si a estas ascensiones unimos aquellas otras de las que ella ha dejado constancia escrita, tanto por el Sistema Central como por Sierra Morena,  tanto por las tierras asturianas como por las cántabras (véase, por ejemplo,  el comentario que realiza sobre la ascensión al pico Cordel (⇑), el dosmil más oriental de la Cordillera), bien podremos concluir que, habida cuenta de que la mayoría tuvieron lugar con anterioridad a la última década del siglo XIX, doña Rosario de Acuña fue una verdadera pionera del montañismo en España.


jueves, 22 de junio de 2017

162. Galdós, Acuña y el crimen


Portada del libro
«Anoche, a la una próximamente, un fuerte olor a quemado advirtió a los guardias de seguridad y al sereno de la calle de Fuencarral que se había iniciado un incendio en una de las casas de la citada calle, convenciéndose al cabo de poco tiempo que el incendio ocurría en el piso segundo izquierda de la casa núm. 109, habitada por Dª Luciana Ponciano, Marquesa de Montesacro, viuda de Varela, de cuarenta y ocho años próximamente, la cual vivía sola con su criada, Higinia Balaguer, de veintisiete años, natural de Zaragoza, que estaba a su servicio desde el día 26 del mes pasado.

[…] Una vez forzada la puerta, un fuerte olor a carne quemada les hizo presentir una desgracia; pero llegados a la habitación que ocupaba la dueña de la casa advirtieron con horror que se encontraban en presencia de un crimen.»

En efecto,  aquel era el escenario de un crimen. Doña Luciana, cuyo verdadero apellido era Borcino, no falleció por el fuego o por el humo del incendio. Había muerto a consecuencia de varias cuchilladas, todas graves de necesidad, según se pudo comprobar posteriormente. Además, tenía el cuerpo horriblemente mutilado, pues el autor o autores del crimen, le habían prendido fuego rociándolo con petróleo.

El crimen de la calle de Fuencarral tuvo lugar la madrugada del dos de julio de 1888 y conmocionó tanto a los madrileños como al resto de españoles. La opinión pública se mantuvo expectante durante los doce meses que duró todo el proceso judicial. Con la sentencia, que no satisfizo a casi nadie, no se acallaron los ecos de aquel crimen, que aún llegan hasta nosotros. El cine, la televisión, la prensa escrita y, también, los estudiosos de la jurisprudencia regresan una y otra vez a aquel verano de 1888 para recrear lo sucedido entonces. Tres son las razones que, a mi juicio, pueden explicar no solo la pasión suscitada por entonces, sino también el hecho de que el crimen de Fuencarral se incorporara a la memoria colectiva y su eco llegara hasta nosotros. La primera tiene que ver con los protagonistas, su naturaleza y los escenarios en los que se desenvuelven: un ambiente muy novelesco, muy galdosiano al decir de algunos. La segunda está relacionada con las repercusiones políticas que van surgiendo a medida que avanza la investigación policial, razón esta que confiere singularidad al suceso, aviva la llama del inicial relato novelesco y eleva el número de expectantes seguidores del proceso, ampliando de esta forma los círculos interesados en el mismo: a las calles se unen los cafés y, ¡a qué desaprovechar la ocasión!, las tribunas públicas. Por último, y no menos importante, el papel amplificador que en aquel suceso juega la prensa, una prensa que vive por entonces un periodo de transformación empresarial y que se afana en aumentar el número de lectores, no dudando para ello en tomar parte activa en la investigación o constituirse en acusación particular.

Dada la expectación despertada en la opinión pública no debe de extrañarnos que aquel crimen concitara la atención de algunos destacados publicistas. Tal es el caso de Benito Pérez Galdós y Rosario de Acuña y Villanueva.

Don Benito, por entonces un cuarentón que cuenta ya con una larga trayectoria periodística y con varias novelas publicadas, dedicó a los pormenores del crimen varios artículos que publicó el diario La Prensa de Buenos Aires. Quedaron inéditos en España  hasta que en 1924 Alberto Ghiraldo los publicó en el octavo volumen de las Obras inéditas.

Rosario de Acuña y Villanueva, por su parte,  publicó ese mismo año de 1888 un folleto titulado El crimen de la calle de Fuencarral. Odia el delito y compadece al delincuente. Ya en el mes de septiembre se encontraba a la venta en las principales librerías y el editor parece que no repara en gastos para dar a conocer la obra, contratando la inserción de anuncios en los principales diarios. A tenor de este esfuerzo publicitario, de la avidez con la cual los lectores seguían las noticias referidas al crimen y de la notoriedad que había adquirido doña Rosario, nos inclinamos a pensar que no fueron pocos los ejemplares que se editaron. Sin embargo en la actualidad resulta harto difícil encontrarlos, tanto que no fue posible incluir este texto en las Obras reunidas, que vieron la luz entre los años 2007 y 2009.

Anuncio de la venta al público del folleto titulado El crimen de la calle de Fuencarral

Durante años las búsquedas en archivos y bibliotecas resultaron negativas, por más que alguna de las pistas resultara fiable (véase, por ejemplo, lo que a este respecto se cuenta en el comentario 14. Tras la pista inglesa ⇑ ). Al final, la fortuna se alió con el esfuerzo y... aquí está el resultado.

El volumen que ahora sale a la luz,  publicado por la editorial madrileña Ediciones 19, consta de tres partes. La primera, a modo de planteamiento,  procura poner al lector en antecedentes: se presenta a los protagonistas, se analiza el singular papel que juega la prensa en el proceso, así como las connotaciones políticas  que tiene el caso. En la parte fundamental aparecen los textos de doña Rosario y don Benito, en los que, cada uno a su manera y según su perspectiva, analizan los comportamientos de unos y de otros.  Y solo al final, en el epílogo, se conoce el desenlace, dando cuenta de lo que les sucede a los distintos personajes una vez que se hizo pública la sentencia.

miércoles, 14 de junio de 2017

161. Découvrez la France


Dibujo de la torre Eiffel publicado en La Ilustración Española y Americana en 1886
A finales de noviembre del año 1911 las noticias que llegaban a El Cervigón resultaban inquietantes. Un día sí y otro también los periódicos daban cuenta de las protestas protagonizadas por los universitarios de toda España. Se consideraban gravemente insultados por Rosario de Acuña y Villanueva, autora del escrito titulado La jarca de la universidad (⇑), publicado inicialmente en El Internacional, periódico parisino que dirige por entonces su amigo Luis Bonafoux (⇑), y reproducido más tarde por el periódico barcelonés El Progreso.

Tal es el revuelo, tal la reacción de los estudiantes, tal la indignación de la mayor parte de la prensa que a la fiscalía no le queda otra que presentar una demanda contra ella, a consecuencia de la cual la Audiencia de Barcelona dicta una orden instando a su busca y captura. Cuando en los primeros días del mes de diciembre del año 1911 la Guardia Civil se presenta en su casa gijonesa, se encontró con la finca desierta. La prensa dice que, probablemente, salió en dirección a Francia.

Lo cierto es que tomó la dirección contraria; se dirigió a Galicia y cruzó la frontera portuguesa. Pero, ciertamente, había motivos para pensar que su destino bien podría haber sido el territorio francés, pues nunca ocultó la admiración y respeto que sentía por aquel país, que visitó en, al menos, cuatro ocasiones. 

1. París: una ventana al universo. La primera vez que visitó Francia era una jovencita que aún no había cumplido los diecisiete y lo hizo en compañía de su padre y de su madre. Fue en septiembre del año 1867,  unas semanas antes de que fuera clausurada la Exposición Universal  que se celebraba en la capital francesa.

Como consecuencia de la enfermedad ocular que padecía, su familia decidió hacerse cargo de su educación. A lo largo de su infancia y juventud la conjuntivitis escrofulosa martirizó sus ojos  con periodos en los cuales su visión se reducía hasta el punto de verse obligada a valerse de sus manos para reconocer los objetos. El colegio de monjas que, al parecer, habían elegido para la formación de la pequeña fue sustituido por una educación personalizada impartida en el entorno familiar.  Su madre le enseñó a leer y a escribir, su padre a conocer la historia y sus abuelos a descubrir las leyes de la naturaleza. Las enseñanzas de los libros se completaban con frecuentes estancias en el campo y con las enseñanzas obtenidas en los viajes que realizó con los suyos. París era un buen lugar para mejorar la educación de la jovencita, y la  Exposición que allí se celebraba convertía aquel otoño del año sesenta y siete en un buen momento para visitar la capital francesa.

Ilustración con distintos motivos del jardín de horticultura habilitado en la isla de Billancourt

Muchas eran las lecciones que aguardaban a los lacerados ojos de Rosario en aquel recinto expositivo que había inaugurado el emperador Napoleón III unos meses antes. Junto a los exóticos pabellones de China y Japón, el dedicado a las obras del canal de Suez, el palacio del virrey de Egipto o  la réplica de las catacumbas construida a iniciativa del Vaticano, se mostraban los últimos avances tecnológicos. En la isla de Billancourt se había habilitado un gran espacio dedicado a la agricultura,  con exhibiciones de los últimos avances en maquinaria (trituradora de aceitunas, estrujadora de uvas, rastro para agavillar,  roturadora, segadora de hierba...) y demostración de las más eficientes técnicas ganaderas  o de elaboración de productos  (como el queso roquefort).

Aquella visita a París le brindó, ciertamente,  una fuente de conocimientos que no hubiera encontrado en las aulas de cualquier colegio de la España de entonces. Si la Exposición le abrió una ventana al mundo, en otros lugares de la capital encontró otras ventanas abiertas. Así,  y tal como ella nos cuenta («El ateísmo en las escuelas neutras» ⇑), en el observatorio parisino sus ojos se asomaron por primera vez a la inmensidad del universo:

Yo, por mí, sé deciros que, cuando en los linderos de mi niñez, asomé mis ojos a un anteojo en el observatorio astronómico de París y vi pasar ante mi vista el planeta Venus en su plenilunio, con sus polos brillantes, y su ecuador ceñido de plateadas nubes, fue tal mi emoción de amor al creador de tan hermoso astro, que mis pupilas se anegaron de lágrimas y se grabó en mi mente la firme creencia en su existir y su poder. El ateísmo en las escuelas neutras


2. La Gascuña. Años después volverá al país vecino y allí permanecerá durante una temporada, en un tiempo en el que en su país se vivían momentos de turbulencias sociales y políticas. Sus padres debieron pensar que, durante aquellos agitados años del Sexenio, resultaba conveniente que la jovencita se alejase del solar patrio hasta que la situación se tranquilizara un tanto; al fin y al cabo, aquel era buen momento para que Rosario, ya en edad de merecer, completase su educación con ese toque de distinción que aportaba el idioma y la cultura del país vecino. No tenemos noticia cierta acerca de quién acompañó a Rosario durante el tiempo que estuvo en Francia, lo que sí conocemos es que fijó su residencia en Bayona o que, al menos,  allí pasó una gran parte del tiempo que estuvo fuera de España, pues en aquel lugar conoció a una joven viuda que se habría de convertir, andando el tiempo, en un referente de gran importancia en el porvenir de nuestra protagonista. La señora en cuestión, al hallarse sin marido y con tres hijos a su cargo tomó la decisión de poner en marcha una granja avícola en las inmediaciones de aquella localidad francesa y, por lo que sabemos, la iniciativa resultó tan satisfactoria que, años después, la propia Rosario habría de emularla. De esta etapa francesa nos han llegado, además, dos obras que, por haber sido escritas en 1873, han de incluirse entre las primeras de nuestra escritora. Se trata de la poesía titulada «A una golondrina» (⇑) , fechada en Bayona a 25 de julio de 1873 e incluida en Ecos del Alma  y de Un ramo de violetas (⇑), una «obrita», según sus propias palabras, de siete páginas dirigidas a la reina Isabel II, quien por entonces vive en su exilio parisino, y que fue editada en la imprenta Lamaignère de aquella ciudad francesa. Además de escribir y de conocer gentes y costumbres diferentes, aprovecha la proximidad a la gran cordillera que une los dos países para practicar la que durante toda su vida será  una de sus aficiones más queridas: el montañismo.

3. París, 1878. Han pasado once años desde su primera visita y muchas cosas han cambiado en su vida desde entonces.  Su actividad como escritora parece consolidarse tras el exitoso estreno de su primer drama: Rienzi el tribuno (⇑). Apenas sin tiempo para digerir el caluroso aplauso dispensado por el  público y  los parabienes recibidos de la crítica, la joven dramaturga se casa con Rafael de Laiglesia, un joven teniente de Infantería. Poco después de la boda traslada su residencia a Zaragoza, ciudad a la cual ha sido destinado su marido. Muchas cosas han cambiado desde que visitara París con sus padres en 1867, pero la capital francesa sigue siendo una excelente ventana desde la que mirar al mundo y más ahora cuando el Campo de Marte vuelve a ser el escenario de una nueva Exposición Universal.

Imagen de los alrededores de una de las puertas de acceso al recinto de la exposición

Gracias a una información publicada en Le Figaro sabemos que a mediados de octubre se encontraba en París. No parece muy arriesgado suponer que  la visita a la Exposición fuera uno de los propósitos de aquel viaje.

París possede en ce moment dans ses murs l'illustre auteur de «Rienzi». On nous annonce, en effect, que Mme Rosario de Acuna de la Iglesia, la célèbre poète espanol, est arrivée dans la capitale.

Aunque, por sus pocos años de entonces,  su primera Exposición debió de resultarle impactante, esta no debió de causarle menor impresión, no solo por el tamaño (mayor extensión, más pabellones, muchos más visitantes), el majestuoso palacio del Trocadero –construido para la ocasión–, o la Estatua de la Libertad –cuya cabeza se mostraba en un jardín próximo–, sino también por los avances tecnológicos y los inventos que se presentaban al público.  Allí pudo conocer el teléfono de Alexander Graham Bell o el megáfono de Thomas Edison. A qué dudar de su sorpresa y admiración al pasear de noche por la avenida de la Ópera iluminada por primera vez con bombillas que lucen gracias a la electricidad. 

4. 1881. En la otra vertiente de los Pirineos. Las cosas no van bien en su matrimonio y la pareja decide dar un cambio a su vida. De Zaragoza se trasladan a Pinto, un pequeño pueblo situado al sur de Madrid, donde se hacen construir una quinta campestre. El contacto con la naturaleza parece ser la pócima elegida para intentar atajar el mal que padecen. Los viajes también pueden ayudar y quizás esa fuese la razón  por la cual deciden emprender uno bien largo. En el otoño Rafael obtiene una licencia para realizar un periplo por diversos lugares de España y Francia, del cual, aparte de la reseña del mismo que consta en la hoja de servicios del militar, apenas nos ha quedado alguna noticia en el artículo  «De Pau a Panticosa» (⇑) que Rosario escribió en la población francesa.

Imagen de la catedral de Pau

¿Se acercaron hasta París en aquella ocasión? Es probable, pues años después nuestra protagonista comenta en el  artículo «Ni instinto ni entendimiento» (⇑) que su última visita estuvo precedida por otras, en plural («anteriores veces»). Hemos hecho referencia a  dos y nos faltaría, al menos, otra más. Bien podría ser esta del año 1881.

 Hace muchos años, la última vez que estuve en París, fui, como en las anteriores veces, a extasiarme en el Jardín de Aclimatación. No hubo nunca para mi en aquella urbe monumental, ni cuando la visité de soltera ni de casada, sitios ni espectáculos que lograran cautivar mi atención de manera tan sugestiva y honda. Días enteros pasaba de parque en parque, de instalación en instalación, de acuario en acuario, y cuando, andando los tiempos, en medio de la Naturaleza bravía de las montañas o en la soledad anonadora de las estepas, me encontré con la fauna libre y salvaje que en el Jardín pude contemplar cautiva y amable, siempre la imagen de París se me apareció, no como el núcleo de sensualidad y del placer, sino como la matrona austera y consciente que enseña a los seres humanos lo que es la Tierra y lo que son sus moradores. 

Si, como queda escrito más arriba,  es cierto que los cimientos de su educación se levantaron en el entorno familiar, no lo es menos que el estudio, la reflexión y los viajes contribuyeron a conformar su pensamiento. Largas jornadas a caballo recorriendo España durante meses, año tras año, le sirvieron para conocer a sus gentes ( «¿Sabré lo que es mi Patria? ¿La habré estudiado y entendido, durmiendo en sus mesones, en sus casas rurales de aldeas, míseras o en sus fondas de tono de sus villas?  ¿Conoceré bien a mis compatriotas de todas clases y cataduras...»). Sus estancias en Francia le permitieron conocer otras gentes, otra cultura... Andando el tiempo, cuando decidió empeñar todos sus afanes en la defensa de la libertad de pensamiento, encontró en el país vecino los mejores argumentos para proseguir la lucha.

Dada su admiración por el pueblo francés, por su histórica lucha en defensa de la libertad, no debería de resultarnos extraño que durante la guerra mundial apoyara abierta y activamente al bando aliado en el que se integraban las tropas del país vecino (y unos cuantos jóvenes voluntarios españoles, a alguno de los cuales amadrinó nuestra protagonista ⇑ ). Tampoco que cuando en la primavera del año dieciséis un grupo de profesores franceses en viaje de agradecimiento y fraternidad  recala en Asturias, doña Rosario tomara  la pluma para saludar efusivamente a los recién llegados y para realizar una pública alabanza de las mujeres francesas:

 ¡Llevadles el afecto de nuestro corazón, la esperanza de nuestra inteligencia, nuestro fervoroso saludo! ¡Decidles que las seguimos paso a paso en sus etapas de resurgimiento; que las vemos cultas, inteligentes y austeras, como Minerva, tiernas sin sensiblerías de insanidad; dulces sin melosidades felinas; fuertes, flexibles, activas en útiles y santos menesteres, con todas las gracias y benevolencias de una espiritualidad racional y fecunda! ¡Decidles que en ellas, las futuras madres de la Francia nueva que va a surgir, sobre las grandes necrópolis de las trincheras, vemos, nosotras, las mujeres emancipadas del espíritu atávico y regresivo de la España tradicional a las almas femeninas capaces de fundar sobre todos los solares de Europa los bastiones de una nueva civilización! 

¡Salud, hijos de Francia! Que vuestra misión de cultura y fraternidad, continuando la labor de aquellos días gloriosos de la Revolución francesa en que borrasteis de todos los Estados del mundo los últimos vestigios de la Edad Media, sea rocío fecundo para esta tierra, casi ya reseca por todo género de cadencias! ¡Llevad de esta Asturias florida, vergel suavísimo de templanzas y hermosuras un recuerdo grato, y que os acompañe hasta vuestros lares el saludo de las mujeres liberales de esta región; diciendo hasta veros partir…!

¡Viva Francia!