domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella


A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969:





«Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.»


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño,(Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA, una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

sábado, 24 de septiembre de 2016

130. De un viaje a caballo por Léon, Asturias y Galicia



Su vida ha sufrido una gran transformación desde que en los primeros meses del año 1881 se instalara en Pinto. Se muere su padre, se separa de su marido, proclama su adhesión al librepensamiento, se convierte en masona... Han cambiado muchas cosas en su vida, pero al menos hay una que no ha variado: el gusto por los viajes. Y cada año, cuando el sol de mayo comienza a calentar las tierras, parte a lomos de un dócil caballo, con escaso equipaje en la grupa y acompañada en las primeras expediciones por su viejo criado Gabriel,  y más tarde por «un amigo abnegado y también respetuoso». Durante varios meses cabalgan por  las tierras de su vieja España en largas jornadas en las que recorren de seis a ocho leguas diarias (lo que, en medida actual, supone varias decenas de kilómetros, entre 33 y 44), y que finalizaban con un merecido descanso, bien en una pensión, bien al resguardo de una tienda de campaña.

Así lo hizo durante once años. De esas once expediciones contamos con alguna referencia escrita, pero de la que realiza en 1887 tenemos una información más detallada, lo cual nos permite conocer no sólo los detalles del viaje, sino también las reacciones que la llegada de una librepensadora y masona provoca en los distintos lugares que recorre. Aquel viaje que tuvo por escenario las tierras del Norte es diferente, pues tiene pensado escribir un libro «sacando a la luz a los hijos del pueblo de las montañas y las costas», razón por la cual toma notas de todas sus andanzas. Del contenido de las mismas tan sólo conocemos las que se refieren a una de las etapas de su viaje, pues, por razones que desconozco, no cumplió su propósito más de una vez anunciado de publicar aquel libro. A pesar de ello, disponemos de alguna información al respecto, pues cada cierto tiempo enviaba a  Las Dominicales del Libre Pensamiento unas cartas en las cuales narraba alguna de las peripecias de aquel viaje.

Mapa en el que se señala el itinerario del viaje que realiza Rosario de Acuña en el verano de 1887

La expedición comienza en León, lugar en el cual ya se encontraban a principios de junio. Lo más probable es que Gabriel, Rosario de Acuña y su yegua Chiquita se hubieran desplazado hasta allí en ferrocarril. Se alojaron en una pensión y permanecieron en la capital leonesa los días necesarios para comprar vituallas y una yegua leonesa para Gabriel. Con el lamento de no haber podido visitar la catedral por encontrarse en obras, parte nuestra protagonista hacia Pola de Gordón donde permanecerán dos noches. La siguiente parada de la cual tenemos noticia es ya en tierras asturianas, en Trubia. De los cinco días con sus cinco noches que pasó en este rincón de Asturias »donde la mohosa, inhábil y torpe máquina del Estado tiene sentado uno de sus reales», dejó cumplida noticia en el artículo titulado «Restos del feudalismo», en el cual hace hincapié en el férreo control al que están sometidos los obreros de la fábrica de armas: «Bajo la planta de esta aristocracia, encarnada en el ejército bajo el nombre de artillería, como la crisálida en el interior de su capullo, gime Trubia, con su población numerosa que no puede moverse, ni hablar, ni sentir, ¡ni siquiera pensar! sin el permiso tácito de sus señores...»

La siguiente etapa concluye en Luarca, donde ya se encuentra a finales de julio. Como quiera que su llegada a la capital valdesana sea conocida con antelación, sus vecinos han preparado un recibimiento a la altura de su ilustre visitante, tanto quienes se consideran sus correligionarios, como los que la tienen por una atea y enemiga de la religión católica. Los primeros organizan una velada en el casino, cuyos salones resultan insuficientes para dar cabida a las numerosas personas que acuden a escuchar a su ilustre visitante.  Los segundos le envían anónimos amenazantes, pues según cuenta Las Dominicales del Libre Pensamiento, a las manos de doña Rosario llegó un escrito firmado por  «Los centinelas valdesanos» en el cual la amenazan de muerte «si no cesa en su propaganda de hereje». Aunque la destinataria no le dio importancia, los integrantes de Las Dominicales sí que lo hicieron, pues aún tenían presente al compañero García Vao, librepensador, masón y colaborador del semanario,  que había sido asesinado unos meses antes al salir del instituto madrileño donde impartía clases de Francés.

La prensa amiga (no sólo en las páginas de Las Dominicales se criticó con dureza aquel amenazante escrito amenazante, también lo hicieron  La Crónica de LuarcaLa Verdad, de Oviedo) mostró su preocupación y manifestó su más enérgica protesta ante aquella amenaza de muerte. La destinataria de la misma se limitó a entregar el anónimo a sus amigos de la localidad «en demostración del desprecio que esas cosas le merecen»; tal parece que para ella aquel suceso no era sino un lance más de la lucha. Cuando tomó la decisión de proclamar su adhesión al bando de los luchadores por la libertad ya contaba con el hecho de que estas cosas habrían de pasar. Cuando, tras varios días de estancia, abandona aquella villa asturiana reafirma en un escrito titulado «¡Luarca!...» su voluntad de seguir luchando:

Atendedme, amigos míos, vosotros los que temisteis, tal vez por conocerme poco, que el encuentro de algunos reptiles detuviera mi marcha: como el ave de vuestros mares que se cierne sobre el desierto escollo, solitaria, porque el huracán destrozó su nido, así camina mi alma sobre los escollos de la existencia, llena de recuerdos y vacía de esperanzas; las olas embravecidas del mar de las pasiones no pueden llegar ni aun a salpicar con sus espumas mi cansada planta, que habiéndose hundido todos los bienes de mi vida en el abismo sin fondo de la desesperación, mi paso, aligerado por la falta de cargamento, me hizo subir a una altura donde nunca llegan las turbulencias de este océano: como la cariátide impasible que ostentan las momias egipcias, así mi voluntad inconmovible en su quietud de muerte, defiende de las inclemencias sociales los secos restos de mi corazón; a medida que pasan los días siento con más vehemencia la necesidad de subir, y aunque allá arriba no espero otra cosa que la paz de un descanso eterno, todas mis energías parece que tienden a la ascensión; en mi ruta he dejado atrás, primero a los ambiciosos, después a los ilusos, más tarde a los vanos; mi afán es encontrarme con los convencidos… y subo, ¡subo sin cesar!...
Fotografía de Rosario de Acuña ante una tienda de campaña; al lado aparece su criado Gabriel (El Comercio, 9-3-1969)

La siguiente escala de la que tenemos noticias tendrá por escenario La Coruña, en donde la encontramos en los primeros días de septiembre.  En la capital gallega residirá unos quince días, tiempo que aprovechará para recorrer las villas y pueblos de los alrededores, algunos de los cuales celebran por entonces sus fiestas patronales. Tal es el caso de Arteijo (Arteixo) donde el 16 de septiembre tiene lugar la romería de Santa Eufemia, abogada de las enfermedades nerviosas. Allí presencia un ritual mediante el cual las almas piadosas conducen a varios «endemoniados» ante la imagen de la santa  y una vez allí los conjuran para que arrojen el enemigo que llevan dentro: 
...y entonces, como si su sistema nervioso no hubiera esperado más que aquellas palabras estridentes para dejar de estar en expectativa, salta bravío, comprimiendo las arterias con sus sacudidas y contrayendo las vías respiratorias, comienza su batalla, transformando las blandas y demacradas carnes en trozos de acero rígidos y vibrantes. La espuma acude a los labios cuando ya el pulmón cesó en sus esfuerzos por expeler el aire que recibe, y los apretados dientes, rechinando como goznes mohosos que no pudiera abrir el grito del dolor, se niegan a dejar paso a una pócima horrible, a un brebaje asqueroso, que los parientes y amigos del endemoniado pretenden introducirle en la garganta apelando a una navaja que, como palanca, meten en la boca del desgraciado. El brebaje es un vaso de agua bendita tomado de la pila de la entrada del templo, donde se mojan las manos de cien y cien romeros y cuyo color de infusión de café anuncia la pureza que la distingue.
No puede más; sólo es capaz de aguantar el ritual practicada con dos de los siete «endemoniados» que en aquella ocasión participan en la ceremonia. Está asombrada, no tanto por lo que ha presenciado, sino por saber que tales actos son consentidos, al considerarlos cosa sin importancia,  por toda clase de autoridades. «¿A quién hay que suplicar? ¿A quién hay que acudir, si es preciso con la rodilla en tierra y las manos cruzadas, para que cesen espectáculos como el de Arteijo...?» Horrorizada por aquel nefasto espectáculo realizado en nombre de la fe, llama a la lucha contra la superstición a cuantos racionalistas quieran unirse a la lucha contra aquel mal nefando: «¡llamaros como queráis!, o "cristianos", o "espiritistas", o "ateos", pero reconoceos por "hombres racionales" y luchad».

No lejos de aquel lugar se encuentra el santuario de Santa María de Pastoriza en donde la viajera obtiene una visión bien diferente de la religiosidad imperante: «Arteijo es el catolicismo bárbaro del siglo X; Pastoriza el catolicismo ilustrado del siglo XIX». Aquel es el «santuario bonito» de Galicia, al que cada año acuden miles de campesinos que –deslumbrados por los sahumerios, el lustre y los dorados– salen de allí suponiendo que «han estado en la mismísima presencia de Dios y de su santísima madre». Ellos integran  la larga nómina de donantes que mantiene en pie la eficiente estructura mercantilista de la religión del Estado.

Catolicismo complaciente, galante, de ancha manga, que asiste con mitra a los banquetes palatinos, sin escandalizarse con las desnudas carnes de las cortesanas, siempre que le den para sus santuarios alguna de las piedras preciosas de los deslumbrantes aderezos. Catolicismo que vende, compra y cambia, reliquias, indulgencias, bendiciones, prerrogativas y títulos sin cuidarse de a dónde van a parar si el negocio le sale redondo. Catolicismo de templos llenos de santos y santas, artísticos, sonrosados, expresivos, con el arte de lo concupiscente, con el arte de las formas plásticas: santos de madera, representando solo carne, sin almas, ni inteligencias, ni virtudes, colocados en altares pulcros, siempre recién dorados, donde el blanco campea para hacer resaltar con tonos más risueños los jarrones elegantes de china o cristal con flores y plantas, estudiadamente colocadas.
Por El Correo Gallego sabemos que  el diecisiete de septiembre, el mismo día en que está fechado el escrito que con el título «Los endemoniados de Arteijo y el santuario de Pastoriza» se publicará días después en Las Dominicales, Rosario de Acuña abandona La Coruña. Se la espera en Vigo, donde los librepensadores del lugar, encabezados por Fernando Lozano, que veranea en la cercana villa de Baezas,   le preparan un gran recibimiento. A finales de mes cuentan con ella en Ribadavia, pero de camino hacia la localidad orensana paran en Villasobroso, en el concejo de Mondariz, donde visitan el castillo que allí se encuentra, en ruinas por entonces. La contemplación de aquellas piedras mohosas, le proporciona una nueva ocasión para reflexionar, con ojos anhelantes de regeneración, acerca de la situación que vive su querida España:
 El aspecto general de estas ruinas es la imagen del general aspecto de las clases privilegiadas en la época presente: por fuera aún están derechitas; desde lejos parecen algo [...]Pero así que se mira adentro, están como los torreones de sus castillos, llenas de maleza y de escombros; sin derechos más que para el aparato, sin distingos más que entre los vanidosos, esconden debajo de los rimbombantes escudos el moho de cien y cien generaciones hundidas, por las garras de todos los vicios, en las bajezas de lo inútil y de los despreciable.
Han pasado algunas semanas ya desde que describiera con crudeza las dos caras del catolicismo español, desde que denunciara el mercantilismo de la Iglesia y la alimentada superstición en que se apoya. Tiempo suficiente para que su escrito fuera publicado en Las Dominicales, para que fuera alabado por cuantos la consideraban su correligionaria y, también,  para que fuera criticado por sus ya acérrimos enemigos. Ese crítico artículo sobre los «endemoniados» y sobre Pastoriza debió de provocar tal irritación en las estructuras caciquiles de la tierra, que cuesta trabajo no compartir la sospecha de Rosario de Acuña que ahí se encuentra el origen de la persecución que padeció en tierras orensanas.

A la salida de Orense y en el camino que conducía a Tribes, Rosario de Acuña y su criado Gabriel se percataron de que eran seguidos por un jinete. Al llegar a la posada más próxima el desconocido interrogó hábilmente al criado. A la mañana siguiente se unió a la expedición mostrándose como un conversador amable y cortés. Antes de llegar a Castro Caldelas se despidió. Intrigada por aquel extraño suceso, la viajera preguntó por el individuo a lo largo del camino, dando las señas más precisas. Algunos le dicen que lo han visto y que no es de la zona. Pensando que la presencia de aquel hombre bien pudiera formar parte de una trama contra ella, se dirige al puesto de la Guardia Civil de Tribes. Un amable oficial decidió que al día siguiente una pareja de guardias escoltaría a los dos viajeros. Por ciertas frases y la excesiva amabilidad del comandante del puesto, Rosario de Acuña tuvo la sospecha de que aquellos guardias que habrían de acompañarles lo harían más para custodiarlos que para protegerlos. Una vez que llegaron a Barco de Valdeorras se confirmaron todas las sospechas. Al cabo de una hora se presenta en la habitación de la fonda donde se había hospedado el juez de primera instancia acompañado de un escribano. Vienen a interrogarla, pues hay una denuncia contra ella. A medida que va dando respuesta a las preguntas, aumenta la confusión de sus interlocutores pues no es aquella la mujer a la que venían poco menos que a prender; no es aquella la temible conspiradora que les habían dicho, la repartidora de proclamas revolucionarias, la instigadora de tenebrosos planes de levantamientos sociales...
La verdad, la hermosa y nunca bastante amada verdad, triunfó, como triunfa siempre, de las bajas calumnias, de las ruines villanías, de los manejos hipócritas. Por mi boca; por esta boca que sería despedazada por mis propias manos antes de servir de paso a la mentira, aunque con ella se me asegurase toda una vida de felicidades, iba surgiendo en frases rotundas y vibrantes la verdad: quién era; lo que había ido a hacer a Asturias y Galicia; mi posición social; hasta mis pensamientos; todo, todo surgió allí, ante aquella autoridad sorprendida por el torrente manso pero caudaloso y potente que brotaba de mis labios...
Tal fue la consistencia de sus palabras, tal la disposición a aclarar cuantas dudas le fuesen planteadas, que el juez, «una persona decente», se despojó de su autoridad y le pidió disculpas. Había sido mal informado, se habían equivocado. Le dijo que en su jurisdicción no tendría nada que temer; no obstante, no respondía de lo que pudiera ocurrirle en otros partidos judiciales.

En León, ya de vuelta, se pregunta una y otra vez ¿de dónde podría haber partido aquella delación calumniosa? El origen debía de estar en aquel artículo en el que, indignada, contaba a sus lectores todo lo que vio en Arteixo. Aquel escrito habría generado inquina y odio en los corazones huecos y apolillados. Es posible –se respondía– que, valiéndose del caciquismo, este odio haya extendido una red de calumnias intentando sorprender la buena fe de una justicia dependiente de los poderes políticos de las localidades.

Fragmento del número extraordinario que Las Dominicales publica para denunciar la persecución

La reacción de la prensa amiga no se hizo esperar. Las Dominicales publica el 26 de octubre un número extraordinario, en cuya portada incluye una dura crítica a la persecución a la que fue sometida doña Rosario de Acuña, así como la carta donde la escritora da cuenta de todo lo acontecido. Por aquella vez se había librado, pero la lucha no está más que en sus comienzos.  Habrá otras ocasiones en las que tendrá que padecer los embates de quienes no toleran a quienes honestamente buscan la Verdad. Tal y como ella suponía, el camino que ha emprendido es estrecho y está orlado de precipicios. Tal y como aventuraba en su carta de adhesión al librepensamiento, el enemigo es poderoso:
el monstruo de las sombras, el verdadero monstruo apocalíptico, representación terrible de todas las ignorancias, las rutinas, las supersticiones, los egoísmos, las vanidades, las envidias, las sensualidades y las soberbias;  esa esfinge de cien cabezas que afianza sus garras de tigre en las huestes de esclavos que alzaron las pirámides del Egipto, y sujeta con los anillos escamosos de su cola de serpiente, a los siervos de la Edad Media y a los proletarios de las sociedades contemporáneas, no se dejará vencer ni rendir sin revolverse con toda su furia de monstruo, con toda la poderosa fuerza que le presta una desesperada agonía

sábado, 17 de septiembre de 2016

129. «Rosario de Acuña», por Ramón de la Huerta Posada



Grabado del autor publicado en el semanario El Álbum Ibero Americano, 22-1-1896
Ramón de la Huerta Posada (Llanes, 1833- Madrid 1908), tras estudiar la carrera de Leyes en la Universidad de Oviedo, se trasladó a Madrid donde desempeñó una larga carrera en la administración pública, por cuyos «extraordinarios servicios» le fueron concedidos en 1892 los honores de Jefe Superior de Administración civil, con motivo de su jubilación.
Compaginó esta dedicación a los asuntos públicos con su actividad literaria de la cual, dejando aparte alguna obra editada, han quedado numerosas colaboraciones en diversos periódicos y revistas como La Ilustración Española y Americana, El Oriente de Asturias o El Álbum Ibero Americano. Fue precisamente en este semanario donde publicó la serie La Mujer. Semana a semana, siguiendo un riguroso orden cronológico,  Ramón de la Huerta fue trazando los principales rasgos biográficos de algunas de las mujeres que, en su opinión,  más se habían significado en la sociedad, ya fuera por su ascendencia o por su trayectoria. En el mes de agosto de 1896 le llega el turno a nuestra protagonista. He aquí el texto a ella dedicado:

Rosario de Acuña y Villanueva de Laiglesia, nacida en Madrid en 1851 [véase la transcripción de la Partida de bautismo, donde se señala que su nacimiento tuvo lugar el 1-11-1850] no pudo recibir esmerada educación a causa de una grave enfermedad en la vista, que la tuvo casi ciega hasta la edad de dieciséis años. No obstante, su afición a toda clase de estudios, y con especialidad a los literarios, le hacía quebrantar los preceptos facultativos, que la prohibían toda clase de lectura, y más de una vez la sorprendió su familia llenando cuartillas de papel con renglones desiguales, que su padre, don Felipe, leía a hurtadillas, para no aumentar el entusiasmo que sentía su hija por el cultivo de la gaya ciencia.

Curada de aquella enfermedad, pudo entregarse de lleno a su pasión favorita, y pronto se la conoció por sus composiciones líricas en la república de las letras. Pero, sin detenerse en las nebulosas regiones del subjetivismo, vago y sentimental, de las primeras ilusiones, se levantó osadamente en alas de su poderosa intuición, sintiéndose con bríos para mover los resortes de las pasiones humanas y sorprender las lachas de la vida y, no contentándose con pulsar la quejumbrosa lira de las Saphos de nuestro siglo, porque sentía que una fuerza superior a su sexo y a su edad la impelía a calzar el coturno trágico, la representación, verificada en la noche del 12 de febrero de 1876 por la compañía que dirigió el inolvidable Rafael Calvo, en el teatro del Circo de esta corte, de su drama Rienzi el tribuno, en que dio una evidente señal de su abundante vena poética y de su feliz inspiración dramática; en que resuenan los acentos del patriotismo; en que lanzan sus gritos ardientes y desgarradores el entusiasmo o la nostalgia de la libertad; en que el contraste de la pasión amorosa abraza los extremos del bien y del mal, estudiada en sus móviles más puros y adivinada en sus resortes más maravillosos; en que todos los elementos, que intervienen en la acción son de tal naturaleza, que requieren la fuerza creadora de un espíritu viril; en que abundan las imágenes valientes, los rasgos grandemente humanos, las situaciones con brillantez sentidas e imaginadas, y la sublimes bellezas, que no desdeñaría un verdadero dramaturgo, poseedor de los secretos del arte y acostumbrado a los laureles escénicos; en que el genio centellea en medio del caos, porque la poetisa madrileña, sin que le espantase el peso que sobre sí echaba, supo hallar, en su talento, esfuerzo suficiente para expresar las pasiones, los entusiasmos, loa siniestros rugidos de la perversidad, y no le han faltado acentos elocuentes con que darles admirable expresión de verdad... Fue un triunfo tan espontáneo y ruidoso, cual se cuentan pocos en los anales del teatro español. No había terminado aún el primer acto, cuando el público, seducido por los pensamientos que abrillantaban versos rotundos, galanos y armoniosos, quiso conocer el nombre del autor, y su sorpresa, al saberle, así que terminó aquél, fue tan grande, que los aplausos, al ver presentarse en la escena una joven, que aún no contaba veinticinco años, fueron unánimes, calurosos, ensordecedores, y la prensa confirmó entonces, bajo la firma de los más eminentes críticos, el juicio que había merecido a los espectadores.

A Rienzi el tribuno siguieron los dramas Tribunales de venganza, Amor a la patria, El padre Juan y el cuadro dramático La voz de la patria, que confirmaron el dictado de hija de Melpóneme, con que había sido ya bautizada esta artista de la palabra.

Su colección de poesías Ecos del alma, en que sobresalen los sonetos A D. Pedro Calderón de la Barca, A la muerte, A una flor, Al siglo XIX, Casualidad, El dolor, Europa, La eternidad, La fraternidad, Los celos,  Mi canto;  las odas A el amor, A García Tassara, A la gloria, A la Virgen. Ante una tumba, La felicidad, La vida, La última esperanza, Una rosa en un sepulcro; y las cartas, en verso, Al señor D. Agustín Felipe Peró y Al señor D. Daniel Carballo; sus poemas En las orillas del mar, Morirse a tiempo y Sentir y pensar; su cuento Melchor, Gaspar y Baltasar; sus apuntes Algo sobre la mujer; sus bocetos Intermediarios; sus Memorias de un canario: el primer día de libertad; sus obras La casa de muñecas, La siesta y Tiempo perdido; sus artículos El arte, El estudio, La casa, La costura, La familia, La huerta y La velada, publicadas bajo el título El trabajo; sus Lecciones instructivas para los niños: páginas de la naturaleza; y tantas otras producciones como han brotado de su pluma, la colocan en el número de nuestras mejores poetisas y de nuestras más fecundas escritoras, así como en la conferencia, que dio en el Fomento de las Artes, el 21 de Abril de 1888, sobre las Consecuencias de la degeneración femenina, probó que posee la facultad de persuadir al oyente y conmover el ánimo por medio de la palabra.

Ha colaborado en las obras Escritoras españolas contemporáneas y Álbum de la Mujer, y en varias publicaciones periódicas, entre ellas La Ilustración Española y Americana y El Correo de la Moda, de Madrid, y El Oriente de Asturias, de Llanes.

Esta literata, que tanto se había distinguido en la poesía lírica y en la dramática, ha cambiado de rumbo, dedicándose a los estudios filosóficos, y actualmente sustenta, con sus radicalismos, perniciosas doctrinas en materias religiosas, hasta el extremo de qne un notable crítico ha dicho que «es para los hombres una literata y para las mujeres una libre pensadora, y no inspira simpatías entre unos y otras.» De lamentar es ciertamente que profese y propale ideas contrarias a las creencias, que tan profundas raíces tienen en los corazones femeninos españoles; pero la experiencia y el tiempo, unidos a su talento y a su ilustración, le harán comprender dónde se halla la senda de la verdad, y por ella, así lo esperamos, iluminada por la luz del ingenio, volverá, para gloria suya al campo del catolicismo, donde le esperan las «simpatías de los hombres y de las mujeres.»

El Álbum Ibero Americano, Madrid, 14-8-1896

sábado, 10 de septiembre de 2016

128. El primo Pedro Manuel



Felipe de Acuña y Solís tenía un primo que contó con cierto protagonismo en su vida y también en la de su hija Rosario: se llamaba Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros. Bueno, en realidad don Felipe no era primo suyo, sino de su padre Pedro Antonio, pero por cuestiones de edad fue con el hijo con quien mantuvo una relación más estrecha.

Había nacido Pedro Manuel seis años más tarde que Felipe de Acuña. Los dos lo habían hecho en la provincia de Jaén; el uno en Andújar, el otro en Arjonilla. Ambos iniciaron la carrera de Leyes, por más que fuera bien diferente la suerte que corrió cada cual: Felipe los abandonó antes de concluir,  integrándose como escribiente en la plantilla del ministerio de Fomento después de haber contraído matrimonio; Pedro Manuel, en cambio, los finalizó con éxito, lo cual debió de facilitarle su carrera política: Gobernador civil de Jaén (1868), Toledo (1869), Sevilla (1871); diputado por Baeza (1871, 1872, 1881-84), Martos (1884-86), La Carolina (1896-98); Director General de Beneficencia, Sanidad y Establecimientos penales (1874).

No obstante, será su nombramiento como Director General de Agricultura, Industria y Comercio el que tendrá mayor trascendencia en la vida de don Felipe y de su hija Rosario. Y es que con la llegada al poder de Sagasta el sistema bipartidista ideado por Cánovas empieza a consolidarse: la alternancia de victorias electorales lleva aparejada una profunda renovación de los ministerios, cuyos puestos son ocupados por algunos de los miembros de las familias influyentes de cada turno. Tras la publicación del nombramiento en la Gaceta de Madrid del 16 de febrero del año 1881, Pedro Manuel, convertido en un alto cargo del nuevo gobierno, no tarda en situar a los suyos en el ministerio de Fomento: apenas unos días después de tomar posesión de su cargo, Cristóbal de Acuña y Solís es nombrado Comisario de Agricultura en la provincia de Jaén. No esperó tanto con Felipe, hermano del anterior, quien  es reincorporado a su puesto de Jefe de Administración de cuarta clase, Oficial de la de terceros en el ministerio. La decisión resulta un tanto sorprendente pues, por más que en la Gaceta de Madrid se dice que se encontraba cesante de este puesto, lo cierto es que la situación administrativa de don Felipe  era la de jubilado, tal y como señala el Real Decreto publicado el mismo diario oficial el 18 de mayo de 1878, en virtud del cual se le concede la jubilación que solicita «siendo notoria su imposibilidad física para continuar en el servicio activo del Estado, y reuniendo los años de servicio que las disposiciones vigentes exigen». En fin, cosas de familia y, es de suponer, del turno de partidos que por entonces se estaba poniendo en práctica.

Lo cierto es que aquella reincorporación debió de resultar muy estimulante para don Felipe de Acuña que ahora recobraba cierto protagonismo social, tras haber pasado por la cesantía a los cuarenta y seis años y  por la jubilación a los cincuenta. Y lo debió de ser no tanto por haber recuperado su puesto en el ministerio, sino porque, en la práctica, se convirtió en el hombre de confianza del Director General, participando junto a su primo en ceremonias y banquetes, al tiempo que hacía valer su influencia a la hora de conceder alguna petición (véase el comentario 19. El agradecimiento del pueblo de Pinto a Felipe de Acuña y Solís).

Para Rosario de Acuña no fue esta la única alegría que le supuso la llegada del primo Pedro Manuel a la Dirección de Agricultura. Apaciguados los ánimos de aquel venturoso 1876, el del éxito de Rienzi y su boda con Rafael, vivía ahora un momento de transición. Las dudas habían terminado por nublar su entusiasmo inicial y ansiaba dar un cambio radical a su vida. Regresaron a Madrid, tras los más de tres años pasados en Zaragoza,  y su marido busca una alternativa laboral a su carrera militar. El primo Pedro tiene la solución. Todo se precipita. El primer día de marzo de 1881 Rafael de Laiglesia  es nombrado Visitador de Agricultura, Industria y Comercio, con un sueldo anual de 9000 pesetas; unos días después la administración militar le concede el pase a la situación de supernumerario  por el término de tres años «a fin de dedicarse a asuntos de familia»; y por esas fechas Rafael y Rosario se instalan en una quinta campestre situada a las afueras de Pinto. Recibe el nombre de Villa Nueva y el matrimonio parece iniciar allí una nueva vida.

Gracias a la posición que por entonces ocupa Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros, Rafael de Laiglesia ha visto incrementarse notablemente sus ingresos, pues al sueldo que recibe como Visitador hay que añadir otras 3000 pesetas más que percibe como miembro del equipo responsable de la Gaceta Agrícola, revista editada por el Ministerio de Fomento.  De las 2250 pesetas anuales que percibía en el Ejército ha pasado a 12000, lo cual constituye un notable impulso a esa nueva etapa que el matrimonio está iniciando en Pinto. Además,  Rosario de Acuña tiene a su disposición las páginas de la revista para divulgar las bondades de la vida en el campo y allí publicará El lujo en los pueblos rurales y La educación agrícola de la mujer.

sábado, 3 de septiembre de 2016

127. ...la Naturaleza me lo devolvió



Nació en el centro de la ciudad más populosa de España, pero no tardó en descubrir los efectos salutíferos de los acantilados y de las montañas. Lo hizo muy pronto, cuando, niña aún, comenzó a padecer los dolorosos síntomas de la conjuntivitis escrofulosa. De tiempo en tiempo sus ojos se poblaban de úlceras que perforaban su córnea, reduciendo su visión de tal manera que no tenía más remedio que valerse de sus manos para reconocer los objetos. Para detener el avance del mal se sometía a todo un arsenal terapéutico, el cual, tras doloroso proceso, le deparaba unas semanas de respiro. Y así hasta la siguiente crisis. Nadie mejor que ella para transmitirnos los padecimientos de su enfermedad:
Desde mis cuatro años empezaron a poblarse mis ojos de úlceras perforantes de la córnea, el cauterio local, los revulsivos, las fuentes cáusticas… todo el arsenal endemoniado de la alopatía sanguinaria y cruel empezó a ejercitarse sobre mis ojos y sobre mi cuerpo; y si las quemaduras con nitrato de plata roían los cristales de mis pupilas, y las cantáridas en la nuca y detrás de las orejas llegaban a veces a descubrir el hueso; era sólo para darme algunas semanas de respiro; un constipado, un granito de arena, un exceso de golosina infantil volvía a entronizar el proceso ulceroso, y mis ojos tornaban a la ceguera; y el quejido del atenazante dolor helaba la risa en mis labios de niña, y mis manos, ávidas de ver, comenzaban de nuevo a tantear objetos y muebles, siendo mi usual conocimiento de las cosas más por el tacto y el presentimiento que por la realidad de la forma y el color
Fue entonces cuando descubrió que el remedio se encontraba en la Naturaleza, bien fuera en el campo andaluz o en las proximidades del mar. Cuando ni los grandes oculistas del momento ni los remedios farmacológicos por ellos recetados conseguían mitigar los dolores, llegaban casi al tiempo las prescripciones de sus abuelos; el uno desde Londres, Viena o cualquier otro lugar en que se encontrare: «¡Esa niña al campo!»; el otro, desde sus campos jienenses: «¡Venga esa niña al campo!». Y al campo se iba la niña acompañada de su joven padre, «…en el tren andaluz hacia las posesiones de mi abuelo en pos de las valles floridos, en pos de las selváticas cumbres de la sin par Sierra Morena». En otras ocasiones padre e hija tomaban el tren del norte que les acercaba al Cantábrico, para que sus ojos se llenaran de las salutíferas brisas marinas y se nutrieran de los beneficios terapéuticos de las aguas yodadas.

Y así ocurría una y otra vez  hasta que en el año 1885, contando con treinta y cuatro años, una exitosa operación quirúrgica realizada por el oftalmólogo Santiago Albitos, la liberó para siempre de las penalidades sufridas. Pero su fe en las propiedades salutíferas de la Naturaleza se mantuvo intacta. Mejor aún, se acrecentó si cabe al comprobar en sus propias carnes los beneficiosos efectos que le deparaba.

Paisaje montañoso del oriente de Asturias

Cuenta que en una ocasión, estando de paso en Madrid, cogió un catarro «de esos de mano armada, que son primos hermanos de la pulmonía por su carácter de rápida combustión». Tenía claro cuál era el remedio: acudir a la madre Naturaleza y ponerse en sus manos:

Corrí a mi casa quinta de Pinto; se aparejaron mis caballos, se metieron en el tren y antes de las 24 horas estábamos, mi viejo criado y yo, en Cercedilla, a pie de las cumbres del Guadarrama. Con fiebre bastante alta, con una respiración jadeante, con un escalofrío continuo, y con dolores aplastantes en todas las articulaciones, monté a caballo, y al paso castellano apretado me encaminé al puerto del León (Guadarrama) por trechos y veredas que desde Cercedilla llevan a la cúspide. [...] nos internamos en el frondoso pinar que desciende hasta el Espinar; así que hallé un manantial cristalino y corriente mandé hacer alto; se encendió la cocinilla de campaña; se llenó de aquella agua pura y limpia, previamente endulzada con miel, y, mientras se templaba el medicamento, me hice un lecho de monte. Envuelta en los abrigos, en los impermeables, en las mantas de los caballos, me tendí con la cara y la respiración hacia el viento reinante, que era un Norte vivo, saturado con el aliento de los ventisqueros de Siete Picos. Después empecé a beber, poco a poco, hasta apurar cuartillos, de aquella agua tibia y endulzada; mientras tanto el cuerpo estaba abrigado y en reposo, el corazón, a una altura barométrica de más de 1 527 metros, activaba la circulación de la sangre arrastrando deprisa las escorias de la fiebre. A las siete de la tarde, con el pulso normal, sin fatiga, sin dolores, aspirando e inspirando como émbolo bien regido, ágil, alegre, fuerte y sana, montaba a caballo para pernoctar en El Espinar y beberme tres cuartillos de leche de cabras vista ordeñar…

Claro es que no siempre todo resulta tan saludable. Hay ocasiones en las que la enfermedad también acecha en las estribaciones de las montañas, en los collados o en los acantilados. Tal sucedió en los primeros años noventa, cuando la ilustre viajera se infectó de paludismo «al pernoctar al raso en las sierras de Gredos». Aquellas fiebres infecciosas la tuvieron al borde de la muerte y, superados los momentos críticos con la inestimable ayuda del doctor Aramendia, aún tardó largo tiempo en recuperarse completamente. Nos lo cuenta en la dedicatoria del cuento La abeja desterrada, publicado en el Heraldo de Madrid el 27 de junio de 1892:
Su ciencia y su bondad me devolvieron la salud cuando hacía meses que luchaba contra el veneno de extenuantes fiebres infecciosas; el destino le trajo a mi hogar a tiempo de sacarme de una horrible agonía, ya iniciada en larguísimas horas de caquexia palúdica. Salud y vida le debo, y es bien cierto que, de existir el milagro, fuera uno de ellos el que vos hicisteis. Mi cerebro, luchando por secundar vuestra ciencia, no pudo, hasta hoy hacer otra cosa que reconcentrar energías contra el enemigo que le asediaba. 

El contagio de aquellas fiebres se produjo, según propio testimonio, en plena naturaleza, en la sierra de Gredos. Sin embargo, aquella no era razón suficiente para dudar del poder salutífero del viento, de la brisa, del agua pura, de la montaña, del mar... Antes al contrario: lo que la Naturaleza le había quitado, la Naturaleza se lo devolvería. Así es que nada más recibir el alta médica, decide marchar por largo tiempo a orillas del océano. Nada más tenerse en pie, sin atender a otro tipo de razones, movida tan solo por el deseo de marchar a los campos, a las costas gallegas, a los acantilados oceánicos que reciben las salutíferas corrientes del Mar de los Sargazos, «acribillándome yo misma a inyecciones de quinina para no decaer en mi resolución», corrió a Galicia con el firme convencimiento de que en aquellas tierras alejadas de los ponzoñosos vientos cortesanos, encontraría la curación para el cuerpo y la tranquilidad para el espíritu. Allí, en la tierra galaica, en algún lugar de la costa pontevedresa entre el cabo Silleiro y la desembocadura del Miño, recibirá, al fin, los bienes que la Naturaleza le tiene reservados.

Al pisar la primera aldea gallega de aquellas costas se me cortó la fiebre; al mes empecé a sentir la vida y la fuerza en mi agotado organismo, y a los tres meses me movía ágil, fuerte y sana por las rocas, devorando mariscos vivos que llevaban a mi sangre ríos de hierro y fósforo.
Lo que la Naturaleza le había quitado, la Naturaleza se lo devolvió.