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domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella
A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):


Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño,(Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias (⇑) y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

domingo, 21 de enero de 2018

168. El amigo de Gustavo Adolfo



Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer pintado por su hermano Valeriano en 1854Al principio, cómo no, la poesía. Parece ser que nuestra protagonista comenzó muy pronto a utilizar los versos para expresar sus emociones. Tanto es así que, aún en la plena juventud,  nos cuenta que ya lleva mucho tiempo haciendo versos, «muchos y desiguales renglones que con lápiz, carbón o tinta iba escribiendo en ratos tan perdidos, que ni de ellos me daba cuenta».

La época lo favorece. Dado que desde el campo liberal no puede haber, al menos abiertamente, ninguna objeción a que cualquier persona haga uso de su derecho a expresarse libremente, y puesto que el espíritu romántico dominante impulsa la libertad creativa, las mujeres no encuentran en estos momentos obstáculos para dar rienda suelta a su subjetividad. La mayoría de ellas elige la poesía como el vehículo más apropiado para comunicar sus sentimientos, en razón de las escasas exigencias previas que tal medio de expresión les planteaba, amparadas como estaban por la ausencia de normas que defendía el Romanticismo.

¡Oh, qué pléyade inmensa de fantasmas
dejó tu pensamiento entre nosotros!
¡Qué ilusiones sin nombre, qué deseos
indefinibles unos, mientras otros
cuán bien sentidos!, ¡qué bien expresados!
¡Cuánta idea bullendo innovadora,
con luz hermosa entre la sombra oscura!

Es bastante probable que, de no haberlo hecho antes en algún periódico o revista, la joven poeta se entusiasmara con los fantasmas, las ilusiones, las luces, las sombras, las ideas, las pasiones, «la tristeza noble y resignada» del poeta en  aquellas Obras de Gustavo Adolfo Bécquer publicadas en 1871, gracias a la iniciativa que unos cuantos amigos tomaron el mismo día de su entierro.

¡Qué riqueza de luz cuando fue extinto
en las sombras eternas de la nada!
¡Qué pasión, qué dulzura, qué armonía
vivió en él encerrada,
y qué tristeza noble y resignada!

Tampoco debería de extrañarnos que hubiera puesto toda su atención cuando, en su círculo más cercano, oyera contar a un testigo presencial las circunstancias en la cuales Bécquer escribió Las hojas secas:

El gerente de la casa Gaspar y Roig, que asistía a la tertulia del Suizo y que le conocía mucho, le dijo: «Gustavo, ¿tendría usted algo para el almanaque voy a publicar? Pero poca cosa, una cuartilla, porque solo puedo dar por ella sesenta reales». «Aceptado –dijo Bécquer– porque acaban de presentarme una cuenta de esa suma». Al día siguiente, después de almorzar conmigo, cogió varios pliegos de papel con mi cifra y, «para pagar su deuda», según me dijo, escribió Las hojas secas, sin una corrección, sin una enmienda. Al leérmelas y oír mis elogios me añadió: «No tiene nada de extraño la rapidez y la forma de redacción, porque pensé anoche el artículo tal y como está aquí y la mano no ha hecho más que trazar lo que ya estaba en mi imaginación escrito»

El narrador de esta historia es Francisco de Laiglesia y Auset, el hermano mayor de su novio Rafael, que había conocido a Gustavo Adolfo pocos años antes de que la tuberculosis acabara prematuramente con su vida. Parece ser que fue el último –y el más joven– de sus amigos más íntimos y a Rosario de Acuña no le faltarían ocasiones para escuchar las anécdotas que se contarían en aquella casa, pues todos habrían tenido ocasión de conocer al poeta en alguna de sus visitas, al decir del escritor y académico Emilio Gutierréz-Gamero, el marido de Dolores, una de las hermanas de Francisco y Rafael:

Mi cuñado, Laiglesia, adoraba a Gustavo, a quien conoció en casa de González Bravo, y desde entonces a ambos les unió una estrechísima amistad, pues eran coincidentes en ideas y en aficiones literarias. Mis visitas casi a diario, juntamente con mi mujer, al domicilio de los suyos, me pusieron en contacto con el excelso poeta, y así pude conocerle de cerca y holgarme con su amable y afectuoso trato, como me holgaba leyendo cuanto salía de su privilegiada inteligencia

Resulta verosímil pensar que en una de estas tertulias familiares, los presentes pidieran a Francisco que les mostrara alguna de las cartas del fallecido poeta. Bien pudiera ser que, vencidos sus pudores por poner de manifiesto las estrecheces que por entonces atravesaban los hermanos Bécquer, les mostrara aquella fechada en Toledo el 18 de julio de 1869: 

Mi querido amigo: Me volvía de ésa con el cuidado de los chicos y en efecto parecía anunciármelo, apenas llegué cayó en cama el más pequeño. Esto se prolonga más de lo que pensamos y he escrito a Gaspar y Valera que sólo pagó la mitad del importe del cuadro. Gaspar he sabido que salió ayer para Aguas Buenas y tardará en recibir mi carta; Valera espero enviará ese pico, pero suele gastar una calma desesperante; en este apuro recurro una vez más a usted y aun que me duele abusar tanto de su amistad, le ruego que si es posible me envíe tres o cuatro duros para esperar el envío de dinero que aguardamos, el cual es seguro, pero no sabemos qué día vendrá y tenemos al médico en casa y atenciones que no esperan un momento. Adiós. Estoy aburrido de ver que esto nunca cesa. Adiós, mande usted a su amigo que le quiere,
Gustavo Bécquer 


Damos por supuesto el interés de Rosario de Acuña por cuanto podría contar al respecto quien, no tardando, habría de convertirse en su cuñado. Su boda con Rafael les convertía en familiares; la común admiración por Gustavo aventuraba cierta complicidad entre ambos, potenciada, supuestamente, cuando en enero de 1882 la joven esposa firmó la poesía ¡Bécquer!... (⇑)

Ya eres polvo; ya nada de lo que era
calor o movimiento
queda de ti sobre la humana esfera;
sólo tu pensamiento
se ve lucir radiando en ancha llama,
y cuanto más se aleja
del mundo de los vivos más se inflama.
[...]

Aquella relación poética-familiar que tanto prometía se acabó diluyendo. Tan solo un año después (⇑) de que los versos dedicados a Gustavo Adolfo fueran publicados en las páginas de El Correo de la Moda, Rosario y Rafael separaron sus vidas para siempre: ella se quedó en la casa campestre de Pinto; él se trasladó a Badajoz para iniciar una nueva etapa laboral, esta vez en el ámbito bancario. Desde entonces las relaciones de Rosario de Acuña con la familia de su marido quedaron rotas. Tanto es así que, cuando su suegro fallece en junio de 1888, su nombre ya no figura en la esquela. Sí que lo hace su otra hija política Amelia Romea de Laiglesia, casada con Francisco.

Una de las esquelas aparecidas en la prensa comunicando el fallecimiento de Augusto de Laiglesia

Dando por hecho que la relación con su cuñado Francisco ha quedado interrumpida, es de suponer que Rosario de Acuña no estuviera al tanto del apoyo que en el otoño de 1910 prestó a la iniciativa de los hermanos Álvarez Quintero para erigir un monumento al, ya insigne, poeta en Sevilla. Tampoco que el señor de Laiglesia, gobernador por entonces del Banco Hipotecario de España, eligiera para su nueva residencia un edificio situado, ¿casualmente?, en el número ocho de la céntrica calle Bécquer. Menos aún que le hubiera comunicado la adquisición de un cuadro de Gustavo,  pintado por su hermano Valeriano en el año 1854 y cuya imagen ilustra este comentario. Rota la relación con el poderoso Francisco de Laiglesia y Auset, no parece verosímil suponer que fuera él quien informara a su cuñada, aunque solo fuera por el mutuo interés que ambos mostraron en el pasado por la figura de Gustavo Adolfo, de la publicación del folleto Bécquer. Sus retratos, obra de su autoría que vio la luz en el año 1922.

¡Oh, poeta! ¡Tu gloria conquistada
en medio de dolores tan profundos,
fue de tu corazón arrebatada
para llenar de luz entrambos mundos!

La prometedora relación poética-familiar quedó bruscamente truncada. Ni siquiera Bécquer. Ni siquiera la poesía. Aquella joven poeta de cabellos dorados que escribía versos imitando a Espronceda (⇑) y alabando las bondades de actrices (⇑), actores (⇑), dramaturgos (⇑), tenores (⇑) e inigualables escritores (⇑), se había convertido en una activa publicista, defensora de la libertad de pensamiento. La poesía –que no abandonó hasta su muerte– quedó para sí, par su entorno más próximo, para su disfrute personal. Su pluma se convirtió en incansable ariete que lucha  sin descanso contra la superstición y el oscurantismo.

Todo cuanto se siente; todo aquello
que llena el corazón y lo conmueve;
todo lo que es al alma bueno o bello,
y al pensamiento hacia lo justo mueve,
halla un eco dulcísimo y extraño
en los giros que diste a tus cantares;


viernes, 29 de diciembre de 2017

167. ¡Se acabó!


Suances. Ilustración publicada en los años ochenta en la que aparece la torre situada a la entrada de la ría
Durante la noche del dos al tres de abril del año 1905 se comete un robo en una finca de la localidad cántabra de Santa Cruz de Bezana. El suceso tiene su importancia, pues no solo se han llevado un buen lote de gallos y gallinas, sino también el esfuerzo de un año de trabajo y, sobre todo, la ilusión y el entusiasmo de quien mantenía abierta aquella granja avícola. No era la primera vez, pero todo parece indicar que esta fue la última.

Su incursión en el campo de la avicultura  había comenzado seis o siete años antes, animada por la experiencia de una viuda normanda que conoció tiempo atrás en los alrededores de la Bayona francesa. Supo entonces que aquella actividad era rentable, con unas ganancias que superaban la cantidad que su propietaria recibía como pensión. Así fue como, con este ejemplo en su mente y convencida de las bondades que la tierra cántabra reunía para la avicultura, decidió probar fortuna y ponerse manos a la obra.

Impulsada por el afán (creo que a todas luces digno y noble) de conservar la holgura de mi hogar y defenderlo de la miseria [...] recogí los restos de mis economías y me lancé, llena de fe y valor, a instalar en mi vivienda campesina el núcleo, el principio, el origen de una modesta industria avícola

Para empezar con buen pie nada mejor que acudir a quien pasaba por ser la principal autoridad en la materia: Salvador Castelló y Carreras, quien –tras realizar estudios de zootecnia en Bélgica– se había convertido en un verdadero pionero de la enseñanza avícola en España al haber fundado en el año 1896 una escuela de avicultura en Areyns de Mar, ubicada en las instalaciones de la granja modelo que con el nombre Granja Paraíso había abierto dos años antes. De sus manuales, de los cursos publicados por el señor Castelló,  obtuvo Rosario de Acuña buena parte de los contenidos teóricos sobre avicultura práctica, industrial y científica (planes, instalaciones, presupuestos, condiciones de las distintas razas...). Ahora bien, para la puesta en marcha de todo lo aprendido necesitaba contar con el moderno material que se precisaba y con una buena materia prima.

Vivía en Cueto, en aquel tiempo una localidad situada a las afueras de Santander, y hasta allí irán llegando los diversos artilugios. Adquirió  un bebedero mecánico y varios comederos; una incubadora y una secadora. Y,  para que no faltara de nada, compró una hidromadre, esto es y en sus propias palabras, la «maquinaria completa para la cría artificial». Con las instalaciones ya preparadas, solo había que esperar a la llegada de los primeros animales: lotes de  puras negras, de andaluzas azules, de brama-pootra armiñadas, procedentes de las granjas de Castelló; andaluzas puras negras de la granja de Algete, propiedad del duque de Sexto, y de la granja Chilín, de Vilanova; patos Rouen procedentes de Francia...

...tracé una línea teórica que sirviera de norte al proyecto, y esta línea era crear una casta, o variedad, de gallinas rústicas, ponedoras excelentes (de huevos gordos), fuertes, resistentes a las crudezas atmosféricas, de polladas sanas y fáciles de criar, de carnes aceptadas en el mercado general, sin suculencias exóticas, ni dificultades de venta, y para lo cual me sirviesen los elementos que tenía. Atenta a este propósito teórico, empecé a trabajar.

El medio para lograr su objetivo es el mestizaje, el cruce de razas. Su opción era diametralmente opuesta a la que sustentaban los expertos en la materia, defensores del aislamiento de las diferentes razas para depurarlas y mantener su pureza. Dos interpretaciones diferentes de El origen de las especies; dos miradas distintas:

...abría yo las obras de Darwin (que antes de traducirse a ningún idioma ya me las había explicado en castellano mi abuelo materno), tan admirablemente presentidas en una de sus tesis más fundamentales por nuestro Cervantes en el Quijote, que dice, poco más o menos, que todo linaje que pretende conservarse puro suele acabar en punta; axioma comprobado por las leyes darvinianas de la variabilidad...

Si los peritos titulados ponían el énfasis en la selección; la nieta del darwinista Juan Villanueva lo hacía en el mestizaje: «La selección, sí, pero antes la variabilidad. Sigamos humildemente a la Naturaleza, que para seleccionar mezcla antes siempre». A pesar de las reticencias,  del despreció o la «sonrisa de conmiseración ultrajadora» que recibió de los doctos señores a los que fue a pedir asesoramiento y consejo, todo parece indicar que su opción resultó satisfactoria,  pues, además de obtener el segundo premio (Medalla de plata) en la Exposición Internacional de Avicultura que se celebró en Madrid en el mes de mayo de 1902,  consiguió que los productos de su granja tuvieran una buena acogida.

Uno de los anuncios publicados en El Cantábrico ofertando los productos de la granja

Parece satisfecha. Su plan está en marcha. Se dedica casi por completo a los animales de su granja, como bien describe Pablo Lastra y Eterna en La avicultura en la Montaña (⇑).  De manera habitual El Cantábrico publica un anuncio con la oferta de sus productos: huevos para incubar (de gallina y de pata), gallos y gallinas (mestizos, de razas muy ponedoras), patos Rouen... Atiende los pedidos de huevos para incubar que recibe del resto de España (⇑) y del extranjero; y las tardes de los jueves y de los domingos despacha sus productos al público que se acerca hasta la finca en la que vive y trabaja. Sus méritos están siendo reconocidos y la Asociación de Avicultores Montañeses solicita su concurso para participar en las labores de preparación de la exposición provincial que pretende poner en marcha. 

Estaba, sin duda, satisfecha con su obra y, deseosa de que pudiera ser imitada por otros agricultores de la Montaña, decide reimprimir, en forma de pequeño libro (⇑), los artículos que sobre avicultura había publicado en  El Cantábrico. Estaba satisfecha de su trabajo y da cuenta pública de sus logros: «…mandé ejemplares de aves y huevos a Méjico, a la Argentina y a casi todas las provincias de España; en un solo año vendí catorce mil huevos para incubación». Todo parecía ir por el buen camino... hasta que tropezó de nuevo con el gran mal que asolaba la patria: la perniciosa influencia que el clero ejercía en sus semejantes. 

Mi granja avícola, donde durante cuatro años vertí sin economía el sudor de mi frente y los ahorros de toda mi vida, tuvo que desaparecer porque la dueña de la finca donde la tenía instalada, señora feligresa muy amada de un canónigo de la catedral de Santander, sintió terrores de conciencia por tener alquilada su finca a una hereje, y me arrojó de ella (por cierto sin darme más que quince días de término para desalojarla), sin duda para tener más seguro el paraíso, y sin que me valieran las tres mil pesetas que había gastado en gallineros, cobertizos, etcétera y aún tuve que derribarlo todo para dejarlo a gusto de ella… y del canónigo.

Anuncio de venta de huevos para incubar

De nuevo el clericalismo se cruza en su camino. De nuevo el gran mal que asola la patria se lleva por delante los esfuerzos de la técnica y la razón. Cuando sus anhelos y esfuerzos estaban dando sus primeros frutos se vio obligada a desmantelar las instalaciones. El proyecto quedó bruscamente truncado, pero no se dio por vencida. Había que buscar un nuevo emplazamiento para la granja, había que volver a intentarlo.

Durante el mes de mayo del año 1904 los lectores de El Cantábrico se encuentran, día sí y día también, con un anuncio que les informa sobre el asunto: «La granja avícola que había en Cueto se ha trasladado a otro pueblo y se anunciará oportunamente». Se entiende que la apertura será inminente pues los clientes habituales de doña Rosario pueden seguir realizando los pedidos en la administración del periódico.

Será en Bezana donde reanude su actividad. Vuelta a empezar. Instalar cobertizos, poner en funcionamiento el comedero mecánico y la incubadora. Reanudar las anotaciones en los cuadernos de gastos e ingresos, de puesta, de alza y baja de pollos... Poco a poco las rutinas retornan a la granja de doña Rosario.

Oferta de gratificación a quien aporte informes sobre el robo sufridoSerá en Bezana donde, algunos meses después, su proyecto, su pequeña industria, reciba un nuevo mazazo. En el transcurso de la noche del dos al tres de abril de 1905 unos intrusos penetran en su granja y se llevan gallos y gallinas con un valor que, a precios de mercado, suponía el importe de un año de trabajo. ¡Lo que faltaba! Estaba reponiéndose del descalabro producido por el obligado desmantelamiento de su granja de Cueto y ahora ¡un robo!   Lo primero que se le ocurrió fue ofrecer una gratificación a quien facilitara información que permitiera la recuperación de lo robado. De entrada su oferta fue de cinco duros, luego la dobló: había mucho en juego y no era cuestión de escatimar nada en el envite. Aquel robo supone un duro mazazo a todos sus esfuerzos, pero también, y por ello resulta mucho más descorazonador, un duro golpe a la esperanza de quienes ansían contemplar que la patria, al fin,  consiga verse libre de sus atávicas costumbres. Tiene fundadas sospechas de que los ladrones residen en las proximidades («eran muy conocedores de todo lo que había en el gallinero») y la certidumbre de que los gallos y gallinas robados –como sucede en otros robos similares– se venden impunemente en el mercado de la capital. 

Y como yo, a mi vez, no robo ni echando agua a la leche que va al mercado, ni vendiendo huevos podridos, ni verduras pasadas, ni entrando sin pagar artículos de consumo, ni robando cabritos, ni cochinillos, ni conejos, ni palomas, ni gallinas, ni otros ciento y pico de modos y maneras que tienen de robar casi todos esos pobrecitos [...] resulta un desequilibrio enorme de justicia en perjuicio mío, que no robando a nadie soy robada. Por lo cual es completamente justo, equitativo, razonable y nobilísimo, que pongan en conmoción a todas las autoridades. Y solamente ante la imposibilidad de coger a los ladrones (pues no parece sino que cuentan en cada casa y cada mercado con un encubridor), es por lo que no los llevo a presidio, porque quien como yo trabaja honradamente y no roba a nadie y vive con una estrechez rayana en la miseria, si tiene dentro alma capaz de sentir la dignidad, la justicia y la razón, debe poner el grito en el cielo si le roban el fruto de su trabajo.

Está indignada; también desmoralizada y pesarosa. En un comunicado (⇑) que en aquellos días envía a El Cantábrico advierte a la Sociedad de Avicultores Cántabros que si no toman cartas en el asunto, que si no se pone remedio a los robos en las granjas, la incipiente industria avícola cántabra tendrá un futuro incierto,  pues «no hay afición avícola que resista la cría de aves para nutrir ladrones». En cuanto a ella, ya anuncia su voluntad de desmantelar, otra vez, su granja.

¡Se acabó! Sus intentos por recuperar las aves robadas fueron infructuosos, a pesar de que localizó, y compró, algunas de sus gallinas en el mercado de Santander. ¡Se acabó! Ya no lo volverá a intentar. Si la granja de Cueto estuvo funcionando varios años, la de Bezana apenas permaneció abierta unos meses. Tal como anunciaba en su comunicado, quedó desmantelada tiempo después. La confirmación del fin de su actividad como avicultora la tendremos al año siguiente.

Libre de las ataduras que imponía la atención a los animales del corral que le impiden  ausentarse de la localidad (con excepción de las escapadas que una vez a la semana realiza a la orilla del mar para tumbarse sobre las duras escolleras que bordean el Cantábrico), ya puede recorrer pausadamente el bello paisaje cántabro. Constancia tenemos de que a lo largo del verano del siguiente año reside durante unos días en Suances (tal como describe en el artículo (⇑) que con este título publica por entonces) y, días más tarde, en los alrededores de Santillana del Mar.

A finales de septiembre, coincidiendo con los días de feria, pasa unos días en Reinosa. Se hospeda en  el «Gran Hotel de la Salud», donde coincide con José Estrañi, director de El Cantábrico, quien nos ha dejado escrito que doña Rosario aprovechó su estancia para comprar un precioso potro, con vistas al inminente viaje que iba a realizar acompañada de su sobrino Carlos de Lamo. El escenario de sus andanzas, pues a pie se iban a trasladar con la ayuda del potro que a lomos llevaría sus pertenencias, eran las montañas de Reinosa con la intención de llegar hasta las tierras de Asturias. El viaje dio comienzo en Soto de Campoo, localidad donde su amigo el escritor Luis Bonafoux (la «víbora de Asnieres» ⇑ ) pasaba temporadas, pues allí regentaba una posada la familia de su mujer,  Ricarda Valenciaga.

Libre de las obligaciones que el cuidado de patos y gallinas impone día a día y hora a hora, Rosario de Acuña recupera su antigua pasión por los viajes.  La datación de algunos de los sonetos que escribe por entonces son buen ejemplo del cambio experimentado en su vida: El becerrillo doméstico, escrito en «Tejahierro (Montañas de Reinosa), 1906»; Las brañas, «Montes de Saja, (braña de Bustandrán), 1907»; El arroyuelo, «Montes Cántabros, 1908».

En los cántabros montes, espaciadas
entre las cumbres, níveas o rocosas, 
se extienden praderías amorosas
de cristalinas fuentes esmaltadas...
....

¡Se acabó!


martes, 19 de diciembre de 2017

166. De una carta manuscrita en la Biblioteca Jovellanos


El 27 de noviembre de 1937 la Comisión Gestora del Ayuntamiento de Gijón, presidida por el alcalde Paulino Vigón, acuerda elevar solicitud a la Junta Provincial de Incautaciones para que se procediera al derribo del edificio que ocupaba el Ateneo Obrero; se solicita también la cesión de su biblioteca al instituto de Jovellanos, «una vez hecha la depuración de la misma». De forma violenta, con armada contundencia, se pone fin a una larga y fructífera actividad que el Ateneo había desarrollado durante casi cinco décadas con el afán de mejorar la instrucción de la clase obrera.

Fue en 1881 cuando inicia su actividad el Ateneo Obrero con el objetivo de convertirse en instrumento de promoción de la clase obrera, con la creación de una cátedra de instrucción primaria y el de todas aquellas asignaturas que fueran de inmediata utilidad para sus asociados completando su labor instructiva con la aportación de los numerosos conferenciantes que acudirán a su llamada, «de ideas políticas tan opuestas como don Alejandro Pidal y doña Rosario de Acuña, y, alternando con la labor cotidiana de los intelectuales locales, fueron desfilando por su tribuna las figuras más prestigiosas de la ciencia, de la cultura y de la literatura», según podemos leer en la Memoria del curso de 1921, donde se cita a Labra, Unamuno, Moret, Fermín Canella, González Blanco, Torner «y tantos otros que pregonan con el prestigio de sus nombres la importancia y la imparcialidad de nuestro Centro».

Perseverando en sus principios fundacionales, en 1904 los dirigentes de la sociedad decidieron crear una Biblioteca Circulante, de manera tal que los socios pudieran tomar en préstamo alguno de los libros para leerlos en su domicilio «en medio del mayor sosiego». La iniciativa contó una buena aceptación a tenor de los datos referidos al primer año de funcionamiento, en el transcurso del cual crecieron tanto el número de socios que abonaban la pequeña cantidad mensual estipulada para su sostenimiento (pasó de cincuenta a ciento diez), como el número de volúmenes puestos a su disposición (de los doscientos iniciales, a los seiscientos existentes a finales de año).

Fragmento de la carta que Rosario de Acuña envía en 1921 al presidente del Ateneo Obrero de Gijón

Rosario de Acuña y Villanueva colaboró con el Ateneo Obrero, tanto en un ámbito como en el otro, y lo hizo durante un largo periodo de tiempo; primero desde la lejanía madrileña, cuando residía en Pinto; y más tarde en la proximidad que le confiere su condición de ciudadana gijonesa. Veamos algunos ejemplos. La conferencia (⇑) a la que se refiere la memoria arriba mencionada, escrita en 1888 a petición de los responsables del Ateneo, fue leída en una velada que tuvo lugar el 15 de septiembre de ese año. Sus palabras van dirigidas a los obreros y a sus mujeres, advirtiéndoles de los nefastos efectos del alcoholismo, la amenaza más peligrosa que les acecha en la larga marcha para lograr la regeneración social que están llamados a protagonizar. No fue esa la única vez que se dirige a los ateneístas. Años después, y a petición en este caso del presidente de la sucursal que el Ateneo mantiene abierta en el barrio de La Calzada, les envía unas cuartillas para ser leídas (⇑) en la inauguración de un nuevo curso: les insta a redoblar sus esfuerzos para mejorar su instrucción, pues, según afirma, la liberación de los trabajadores ha de ser obra de ellos mismos. Su pluma y su palabra están disponibles para ayudar, como lo hizo cuando el Ateneo Obrero organizó una gran velada necrológica en honor de Jovellanos: entre los trabajos literarios enviados por ilustres personajes como Cristóbal de Castro, Melquíades Álvarez, Faustino Rodríguez Sampedro o Julio Somoza, también se encuentra uno de Rosario de Acuña, la única firma de mujer entre todos los escritos presentados. Presta a colaborar con el Ateneo Obrero, también tendrá ocasión de hacerlo con la Biblioteca Circulante. Lo hizo cuando sus responsables organizaron un acto para celebrar una significada cota: haber llegado a los mil volúmenes. En este caso su contribución no se limitó a enviar unas palabras de adhesión entusiasta a la celebración, su nombre también estaba entre las donantes que habían colaborado a que se alcanzase ese número de ejemplares. Años después, en un Catálogo de obras de la biblioteca que bien pudiera haberse impreso en el año 1917 son varias las obras de doña Rosario que allí aparecen relacionadas: Rienzi el tribuno (⇑), Amor a la patria (⇑), Morirse a tiempo (⇑), Tribunales de venganza (⇑), Influencia de la vida del campo [en la familia] (⇑), La siesta (⇑), Sentir y pensar (⇑), El padre Juan (⇑), La voz de la patria (⇑) y La higiene en la familia obrera (⇑). No estaba nada mal aquel lote, suponía una buena muestra de su obra.

El rastro de cuanto hasta aquí se ha apuntado empezó a borrarse el 21 de octubre de 1937, cuando los integrantes de las Brigadas Navarras entraron en Gijón. El 6 de noviembre se celebraron los primeros «consejos de guerra sumarísimos de urgencia»; el día 8 tomó posesión la Comisión Gestora del Ayuntamiento; el 27 del mismo mes se solicita la incautación de la Biblioteca Circulante y el derribo del edificio que ocupaba del Ateneo Obrero…

Han transcurrido ochenta años desde entonces y los responsables de la sociedad, refundada en 1981 al cumplirse un siglo de su primera andadura, han querido recordar tan lamentable suceso. Nada más recibir un correo con información acerca de la instalación de un monolito en recuerdo de aquel expolio, me puse a repasar algunas notas acerca de la relación que con esta sociedad cultural mantuvo Rosario de Acuña. En estas estaba cuando localizo una referencia, un tanto vaga y difusa, acerca de una carta que la ilustre librepensadora habría enviado al presidente del Ateneo y que, supuestamente, se encontraba depositada en la gijonesa biblioteca Jovellanos. No queda otra que comprobar aquel dato y con la lógica expectación allá me dirijo. Horas después, gracias a la diligencia y habitual buen hacer de sus trabajadores (en este caso Manuel González y Fernando García, director de la biblioteca) tengo en mis manos una copia de la carta manuscrita de doña Rosario (⇑), escrita en mayo de 1921.

Agradecida por habérsele concedido permiso para leer los libros de la Biblioteca Circulante les adjunta dos presentes: una revista y un retrato suyo. Por lo que respecta a la publicación, de la cual se atreve a asegurar que hay poquísimos ejemplares y que constituye «una verdadera recopilación de escogidas firmas de los más conocidos escritores del siglo XIX de España, Portugal, Italia y Francia», es probable que fuera Anathema, una revista cuyo único número fue publicado por iniciativa de dos estudiantes de la universidad de Coimbra en mayo de 1890, cuyos destinatarios eran los estudantes portuguezes y cuya recaudación se destinaría a favor de la «Grande Suscriçao Nacional» organizada para adquirir navíos de guerra. Junto a «El continente latino (⇑)», artículo escrito por Rosario de Acuña, aparecen textos de escritores ruma-nos, franceses, italianos (Enrico Ferri, Mario Rapisardi o Edmondo de Amicis), portugueses (Anthero de Quental, Henrique de Barros Gomes o Fialho de Almeida) y españoles (Rafael María de Labra, Pi y Margall, Francisco Giner de los Ríos o Miguel Morayta). En cuanto al retrato, dice que es una fotografía iluminada al óleo hecha en 1874, «que si vale poco por ser la mera efigie de mi insignificante personalidad, puede representar, por las circunstancias que lo acompañan, un afectuoso recuerdo». Además, el presente tiene un valor añadido, al menos para ella, pues «durante muchos años, hasta el día de su muerte, tuvo este retrato de su hija a la cabecera de su lecho».

Es de suponer que ambos presentes, de gran estima para la remitente, pasarían a integrar el patrimonio del Ateneo Obrero de Gijón y que, en razón de lo supuesto, figurarían en la relación de bienes que le fueron incautados hace ahora ochenta años. Conociendo como conocemos la opinión que de doña Rosario, de su vida y de su obra, tenían las nuevas autoridades no es difícil aventurar cuál sería el destino del retrato, de la revista y de buena parte de sus obras depositadas en la Biblioteca Circulante. Los dirigentes del nuevo Estado se dedicarán con afán a borrar todo atisbo de duda sobre la posición hegemónica que la Iglesia desempeñará en España desde el primero de abril de 1939. La neblina fue cubriendo poco a poco el recuerdo de cuantos, como Rosario de Acuña, se habían caracterizado por combatir aquella visión del mundo que desde entonces se convirtió en hegemónica. Desaparecieron sus libros, sus retratos y el busto que en bronce realizó el escultor José María Palma (⇑); su nombre se cayó de las calles en las que había figurado, del colegio que en Madrid lo ostentaba (⇑), de las páginas de los periódicos, de los comentarios… de la memoria colectiva.

Décadas después, cuando el desarrollismo hizo inevitable que entrara luz por las rendijas, poco a poco se fueron iluminando algunos rincones que habían permanecido en completa oscuridad durante tanto tiempo. La memoria colectiva de los gijoneses fue recuperando una parte de lo que violentamente se le había sustraído. Gracias al ingente trabajo de algunos investigadores, entre los que es preciso destacar a Marcelino Laruelo Roa que rescató los datos y condenas de los encausados, se fueron conociendo los detalles de los «consejos de guerra sumarísimos de urgencia» que dieron comienzo aquel 6 de noviembre del año treinta y siete. En 1981, un siglo después de su fundación, algunos de los antiguos socios consiguieron que un refundado Ateneo Obrero volviera a abrir sus puertas, brutalmente cerradas por la fuerza de las armas ochenta años atrás. Algunos otros hemos ido disipando la densa borrina que cubría la memoria de doña Rosario de Acuña y Villanueva, una madrileña que quiso vivir y morir en Gijón. Gracias a este trabajo colectivo llevado a cabo durante los últimos años, cualquier persona interesada puede conocer el testimonio vital de esta ilustre librepensadora leyendo alguna de las obras que sobre ella se han escrito o, si se prefiere, entrando en la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑).

lunes, 27 de noviembre de 2017

165. Jóvenes y... jóvenes

Unos salieron airados a las calles de España para protestar contra lo que había escrito, obligándola a partir hacia el exilio para evitar ser encarcelada; otros, calmos y discretos, la animaron a salir de su voluntaria reclusión, reclamándole su estímulo y magisterio.

Los primeros eran jóvenes universitarios ataviados con sombrero y corbata que se sintieron gravemente ofendidos por las palabras, duras palabras, que utilizó en aquel artículo (⇑) escrito para condenar la agresión a que fueron sometidas unas universitarias (⇑), por el mero hecho de serlo, por atreverse a compartir el culto lugar con tan sesudos caballeros. Los segundos, jóvenes que vivían de su salario, militantes socialistas o republicanos, que porfiaban por mantener viva la luz que aún irradiaba desde aquella casita situada en los acantilados de El Cervigón.

Asamblea de universitarios en Barcelona (Mundo Gráfico, 13-12-1911)

Por centenares, por millares, salieron a las calles los estudiantes de las diez universidades que por entonces existían en España. Primero fueron los de Barcelona; a ellos se unieron los de Madrid, Granada, Oviedo, Salamanca, Santiago, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza. Reconcomidos por aquellas afirmaciones que ponían en duda su virilidad («Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho» «Tienen, en su organismo, tales partes de feminidad, pero de feminidad al natural, de hembra bestia, que sienten los mismos celos de las perras, las monas, las burras y las cerdas...»), clamaban venganza. En las calles y los claustros pedían la cabeza de la autora de aquel escrito que consideraban denigrante y difamatorio; al mismo tiempo, utilizaban la prensa para despacharse a gusto contra su autora, llamándola histérica, proxeneta roja, engendro sáfico, buscona de estercolero social (⇑), alcohólica, degenerada, harpía laica y otras lindezas similares (⇑).

Se armó una buena. Fue tal el escándalo que no hubo periódico que no se hiciese eco del enfado de los estudiantes y del clamor –amplificado por la prensa– contra la autora de aquella terrible ofensa. El ministro de Instrucción se puso al habla con el fiscal y casi de inmediato se interpone una denuncia. El juzgado ordena el secuestro de los ejemplares de El Progreso al considerar que el escrito en cuestión es «constitutivo de delito penado en el artículo 456 del Código penal por ofender el pudor y las buenas costumbres, con grave escándalo público». Doña Rosario, a la vista de cómo se estaban poniendo las cosas, toma la decisión de poner tierra de por medio. Se marchó poco antes de que la Guardia Civil se presentara en su casa con el consiguiente exhorto judicial para proceder a su detención.  Se libró por poco. Al día siguiente la prensa comunica a sus lectores que «hace días que había marchado a París».

No fue a la capital francesa adonde dirigieron sus pasos Rosario y Carlos, su fiel acompañante, sino a Portugal.  Lo más probable es que atravesara la frontera por Tuy, pues sabemos que una vez en tierra lusa decidió instalarse en la vecina localidad de Valença do Minho, en el hotel O Valenciano. Allí permaneció con la esperanza de un pronto retorno. Pero no hubo tal. Las gestiones que realizaban sus valedores ante el Gobierno tardaron en dar sus frutos, razón por la cual se vio obligada a permanecer en Portugal alrededor de dos años, hasta que tuvo la seguridad de que ella era una de las beneficiadas por el indulto concedido en el mes de enero de 1913 (Véase el comentario 134. Proceso, exilio e indulto ⇑ ).

Una vez retornada, instalada de nuevo en su casa del acantilado, reconfortada por el inmenso mar, por las aguas que contornean la punta del cabo de San Lorenzo sobrevoladas por las grandes gaviotas blancas y grandes cuervos negros que «matizan el horizonte con rasgos de luz y sombra», pasa los días en compañía de su inseparable Carlos relamiéndose las heridas que ha dejado en su cuerpo aquel exilio obligado. Ha regresado más vieja, más desengañada y bastante más pobre. Mermado su capital en más de la mitad, se encuentra en el umbral de la miseria, lo cual la va a obligar con sesenta y tres años ya cumplidos «a fatigosos y rudos trabajos domésticos para no deber nada a nadie y comer lo preciso». Escarmentada por el comportamiento de quienes con ocasión de la publicación de aquel artículo sólo buscaron satisfacer sus intereses, está firmemente decidida a alejarse de la palestra pública: nada de escritos, nada de conferencias, nada de actos públicos.

Sin embargo, hubo quien intentó que aquella luz no se extinguiera. En las semanas previas a la celebración del Primero de Mayo, unos jóvenes pusieron sus ojos en aquella mujer que había empeñado su pluma al servicio de la libertad, el progreso y la defensa de los más desfavorecidos. Eran miembros de la Juventud Socialista Gijonesa y acordaron que su contribución a aquella fiesta consistiría en la celebración de un té fraternal en compañía de tan ilustre vecina. Lo intentaron por todos los medios pero, según parece, doña Rosario no acudió a la cita. No se desanimaron y perseveraron en el proyecto de contar con su magisterio. Aquel Primero de Mayo tomaron una nueva iniciativa: si su ilustre invitada no podía acudir a la cita, ellos irían a su encuentro.

Noticia del proyecto de la Juventud Socialista Gijonesa de realizar una visita a doña Rosario (El Noroeste, 17-5-1914)
Tal y como se puede leer en la reseña que acompaña estas líneas, los achaques de doña Rosario impidieron a los jóvenes socialistas visitar a la valiente y culta escritora. No pudo ser en aquella ocasión, pero sí en años posteriores a tenor de lo que nos cuenta Manuel Tejedor en 1923: «Para los socialistas de Gijón es tradicional ya hacer una visita, el día Primero de Mayo, a la solitaria de El Cervigón, la eximia, la viril escritora librepensadora doña Rosario de Acuña. Es un homenaje sencillo, de respeto y admiración, por parte de los trabajadores socialistas y simpatizantes hacia esa valiente dama...» ( 12. La solitaria de El Cervigón ⇑ ).  Por tanto, la iniciativa que tomaron aquellos jóvenes socialistas gijoneses en la primavera de 1914 terminó por hacerse realidad.

No fueron estos los únicos jóvenes que llamaron a su puerta. Debió de ser por estas fechas cuando tiene lugar la visita de la que nos habla en  ¡Asturias!... ¡Asturias! (⇑): «Queremos su firma con algo que se refiera a Asturias. Vamos a publicar una revista con ánimo de hacerla circular profusamente en Cuba...» Allí estaban, dos jóvenes que, a pesar de todo lo que se había dicho sobre ella, a pesar de estar «informados» por los «corazones de Jesús», llamaron a su puerta:

Estas eran sus noticias... Mas traían en ellos un resplandor del mañana y llamaron sin vacilar a mi puerta, porque todas las almas que avanzan sobre lo ruinoso, inútil y podrido tienen hilos que las llevan unas hacia otras. Sus jóvenes inteligencias, carentes de ligaduras petrificadas, vinieron hacia la mía, que no se encerró jamás en ningún molde, porque las almas no tienen tiempos ni vejeces, caminan unas despacio, otras aprisa, delanteras o zagueras, con valentía o con timidez, bajo peso de muertos o con fuerza alada para redimirlos, pero sin dejar de ser nunca caminantes. Y mi alma va en la escuadra de gastadores, rompiendo marcha... Estos dos muchachos, puestos en las rutas futuras, llamaron a mi puerta a pesar de las noticias...

Fotografía de José Monclús publicada en la portada de la revista literaria Los Quijotes (1917)
Los gijoneses no fueron los únicos jóvenes que llamaron a la puerta de doña Rosario. En el otoño de 1916  en El Cervigón se recibe una carta procedente de Tortosa. Está escrita por los integrantes de la redacción del  periódico El Ideal, un semanario que había iniciado su andadura el año anterior y que se anunciaba como «órgano de las Juventudes Republicanas Revolucionarias de los distritos de Tortosa y Roquetas».  Entre estos jóvenes destaca José Monclús Alemany, quien además de desempeñar el papel de redactor jefe es tipógrafo en la imprenta familiar donde ve la luz el periódico. A su lado Santiago Arias, José Sapiña y Francisco Sapanes, miembros activos de la Juventud Republicana y discípulos de Marcelino Domingo, maestro y diputado por el distrito de Tortosa.

Convencidos de la importancia que la prensa tiene en la divulgación de las ideas progresivas, contactaron con prestigiosos propagandistas para nutrir la lista de colaboradores.  Número a número van incorporando nuevas firmas: Ángel Samblancat –quien dedica uno de sus artículos a doña Rosario (⇑)–  Sardá y Ferrán,  Joaquín Dicenta... A finales de septiembre de 1916 publican un número extraordinario en el cual incluyen nuevos nombres; algunos firman escritos enviados para la ocasión, tal es el caso de José Nakens o Gabriel Alomar, otros ya habían sido publicados anteriormente, como sucede con los artículos de Ramón Chíes y Rosario de Acuña («Por la cultura» ⇑).

A pesar de que  aún no tienen consentimiento a la petición que le han enviado, es tal el deseo que tienen por contar con su apoyo, que han publicado uno de sus escritos. Son tantas las ganas de tenerla entre sus colaboradores que a finales de octubre ya dan por hecho que su respuesta será afirmativa y que, no tardando en las páginas de El Ideal aparecerán sus escritos, al lado de los de María Domínguez Ramón, María Marín y los de su amiga Ángeles López de Ayala (⇑) .

No será hasta mediados del mes de diciembre cuando dé contestación a la carta recibida. La redacción de El Ideal se apresura a publicar la misiva en primera página (⇑). A partir de entonces se suceden los escritos firmados por doña Rosario de Acuña. En enero el semanario inicia la publicación de algunos de sus escritos más recientes y lo hace en forma de folletín: Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés (⇑), El paisaje y el hombre. Carta abierta (⇑), La gaita emigrante (⇑), ¡Yo en la Academia! (⇑). Una vez concluido el coleccionable de cincuenta y seis páginas, nuevos títulos verán la luz casi siempre en primera página: La hora suprema (⇑), La verdad inmanente de las religiones positivas (⇑)... Además de estos artículos, que en su mayoría habían sido publicados previamente en el diario gijonés El Noroeste, les envía otros textos inéditos con recomendaciones y consejos acerca de la labor que los jóvenes integrantes de la redacción de El Ideal vienen realizando.

El contenido de estas cartas nos revela que recibe el semanario, que lo lee con atención y que su contenido le satisface:  «Veo, a través de sus páginas unos corazones enérgicos, unas voluntades firmes, unas mentes luminosas» (carta publicada el 23-6-1917 ⇑). «El Ideal está muy bien, mis jóvenes amigos; sois valientes, parecéisme librepensadores de verdad» (carta publicada el 27-10-1917 ⇑).

Ciertamente para ella estos jóvenes no son aquellos otros a los que tiempo atrás vituperó. Más vieja, más cansada y bastante más pobre, ante sus ojos se abre un hilo de luz y de esperanza, pues parece cierto que hay otros jóvenes que intentan regenerar su querida patria.