domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella


A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969:





«Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.»


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño,(Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA, una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

sábado, 18 de febrero de 2017

151. De armas tomar



Fragmento de una litografía del año 1910Dejó el campo y se fue joven a Madrid. Apenas tenía  quince años cuando llegó a la capital para estudiar: fueron tres cursos en un colegio preparatorio para lograr en 1846 el grado de bachiller en Filosofía, título que le abre las puertas de la Facultad de Jurisprudencia. Quince años tan solo tenía cuando salió de Arjonilla, una villa situada al este de la provincia de Jaén. Felipe de Acuña y Solís abandonó pronto los campos jiennenses, pero regresaba una y otra vez a aquellos territorios, a disfrutar de aquel espléndido escenario que conforma la parte más oriental de Sierra Morena, de aquellas serranías que  se elevan al norte de Arjona, Arjonilla o Andújar, las tierras de sus antepasados.

Madrileño de adopción, funcionario de Fomento, casado y con una hija, abandonaba con cierta frecuencia el urbano escenario para reencontrarse con umbrías y solanas, con collados y vaguadas, con valles y montañas: se convirtió en entusiasta cazador, en montero asiduo de partidas varias. Observador atento del natural escenario, de los vientos y las nubes, sus compañeros de montería tenían muy en consideración sus saberes metereológicos.

Algo de todo esto, del disfrute en el campo abierto y de los empíricos saberes, debió de transmitir a su hija Rosario quien, desde muy temprana edad aprendió a disfrutar de los aires salutíferos que le brindaban las dos vertientes de la  Sierra Morena jiennense. Sus enfermizos ojos se familiarizaron pronto con los escenarios de las sierras de Andújar y Madrona, con los llanos de Navalahiguera, con las cumbres del Tamaral, con las mesetas de la Solana.   Allí, en aquellos territorios tan unidos al señorío de los Acuña, observó con atención la sucesión de las estaciones, el comportamiento de los animales, las costumbres de los serranos, las de los señores y la servidumbre. Nada le era ajeno en aquellas tierras; tampoco las cacerías, los disparos, las armas de fuego. Testimonios tenemos acerca del uso que hizo de alguna de ellas. He aquí alguno de ellos.

El primero tiene por escenario la villa de Pinto, donde decidió constrtuir una quinta campestre. Pues bien, así que se concluyó la casa empezaron a romper los cristales de las ventanas de la vivienda que estaban más próximas al camino vecinal. Una y otra vez: cristales nuevos, cristales que se rompían a pedradas. Para poner remedio a tan mal comienzo, la nueva vecina, enterada de que su nuevo pueblo lleva tiempo intentando conseguir, sin éxito, autorización para organizar una feria de ganados, se pone manos a la obra. Valiéndose de sus amistades y de la ayuda de su padre, a la sazón un alto cargo del Ministerio de Fomento y miembro de la Junta Central de Exposiciones Agrícolas,  consigue la ansiada autorización y una dotación de tres mil pesetas para premios. Con el permiso en una mano y con un arma de fuego en la otra, se presenta ante el alcalde dejando bien a las claras su firme voluntad de resolver el asunto:
Por mi mano tiene el pueblo de Pinto la feria que con tanto afán pretendía, y por mi mano y esta fiel amiga, que manejo con regular acierto, va a tener el primer vecino de Pinto que apedree los cristales de mi casa una perdigonada en sitio donde no pueda matarlo, pero donde le deje recuerdo para toda su vida. Vea usted de qué modo libra a sus vecinos de una desgracia.
El segundo sucede varios años después, en el año 1900. Nuestra protagonista vive por entonces en la localidad cántabra de Cueto, en una casa de campo en la que tiene instalada una afamada granja avícola. Después de una larga jornada, de esas que en el mes de marzo anuncian ya la primavera,  el silencio de la noche se interrumpe de pronto por el tronar de unos disparos. La prensa del lugar se hace eco de aquel suceso: «Anteanoche se intentó cometer un robo en el pueblo de Cueto, en la casa-quinta que habita Rosario de Acuña. Esta señora notó que dos hombres habían penetrado en la huerta de la casa y forcejeaban para romper la verja, que separa dicha huerta de la portalada. Inmediatamente la dueña de la casa, dando muestras de gran presencia de ánimo, disparó dos tiros que hicieron huir a los ladrones. Después se vio que había desaparecido una pequeña cantidad de leña, que se cree llevaron los ladrones». Queda dicho: una fiel amiga que doña Rosario maneja con regular acierto.

Carácter más festivo tuvieron los disparos que realizó en el verano de 1911 en  El Cervigón, lugar situado a las afueras de Gijón donde poco tiempo antes había construido la que habría de ser su última vivienda.  Los de entonces tenían como objetivo anunciar la llegada de un gran buque a la bahía:  «Doña Rosario de Acuña se ha ofrecido a atalayar, desde su pintoresca posesión del altozano de La Providencia, la llegada del trasatlántico La Navarra al cabo de Peñas, o sea, una hora antes de su entrada en el Musel. Al efecto, y como aviso, se izará allí una bandera, lanzando, a la vez, seis chupinazos. La delegación del Centro Asturiano se muestra agradecida a la atención y entusiasta deseo de la señora de Acuña.».

Desde muy pequeña observó con atención la sucesión de las estaciones, el comportamiento de los animales... Nada le era ajeno en aquellas tierras; tampoco las cacerías, los disparos, las armas de fuego...



sábado, 11 de febrero de 2017

150. Una viejecita muy aseñorada



«Doña Rosario de Acuña»
Roberto Castrovido


No debemos olvidarla. No la olvido. La conocí personalmente en 1917. Vino a Madrid para formar en la manifestación por la amnistía de los que constituían el comité de huelga (de la de agosto de aquel año), Julián Besteiro, Largo Caballero, Anguiano y Saborit, y los considerados cómplices y encubridores: Ortega, Torrens y otro apellidado también Anguiano, pero que no es pariente del exdiputado socialista y comunista desde que volvió de Rusia.

Fotografía de Roberto Castrovido (Nuevo Mundo, 22-5-1931)
Era una viejecita muy aseñorada y simpática doña Rosario. Menudita, de ojos inteligentes, amena en su conversación, sencilla en su porte, firme en sus ideas, que expresaba con persuasión y dulzura. No era, como creen todavía sus detractores, que después de muerta la persiguen con su odio, un virago fanático, un energúmeno hembra, una diablesa, digna de la caperuza, el sambenito y la soga por collar. No era tampoco, ni lo fue nunca, una marisabidilla, una preciosa ridícula, una presuntusosa propagandista del librepensamiento. Ambos extremistas la caricaturizan. Doña Rosario de Acuña era una poetisa, una escritora y una pensadora que armonizaba sus ideas con sus actos, su filosofía con su vida. Defendía lo que sentía. No era hipócrita. No transigía con el error ni con el mal. Bajo un exterior débil y modesto, se encerraba un alma de bien templado acero.

¡Lo que ha sufrido esa mujer! Lo que la han hecho padecer, sin respeto al sexo, ni a la ancianidad, ni a la virtud, ni a la pobreza sufrida con decoro. Reveses de fortuna, disgustos familiares, denuncias de artículos, la suspensión de las representaciones del drama El padre Juan, destierros, registros domiciliarios, procesos, la burla de los necios, el menosprecio estúpido de los semisabios de la escuela liberal, que por tolerancia, como ellos decían, y, en verdad, por ignorancia de los méritos de la víctima, la abandonaban y la ignoraban, pedreas de los chicos utilizadas por los frailes, calumnias de las mujeres, señuda odiosidad de los que, al fin, odiándola, reconocían su valer. La cruz la hacían las mojigatas; en la cruz la clavaron sus adversarios y, ¡ay!, muchos, muchos de los que debieran ser sus amigos.

Doña Rosario fue halagada al nacer para el arte con su drama en verso Rienzi el tribuno. Era bella, era rica, se apellidaba Acuña. Gozó del aura literaria y sufrió la nube de incienso de la adulación. Tiene –decían algunos de sus panegiristas– ideas atrevidas; pero ya se le pasará. Y no se le pasó. De vieja fue todavía más radical que de joven. Y los que en teoría ensalzan, como una virtud, la firmeza de covicciones, la consecuencia en las ideas, abominaron de la señora Acuña porque no transigió, porque no se amoldó al medio, porque no simuló sentimientos ajenos a su conciencia. Si hubiese ido a misa, aun sin creer en la religión, la habrían adulado sus injuriadores y se habrían vanagloriado con su trato los que la rehuían y rechazaban por creer de mal gusto que una mujer pensara y sintiera y no fuera, como esos espíritus nuevos, acomodaticia, logrera, histrionisa.

Doña Rosario de Acuña escribió con Chíes y Lozano, Salvador Sellés y Francos Rodríguez, don José Ferrándiz y García Vao, de Buen (don Odón) y Dorado, en Las Dominicales del Libre Pensamiento. Escribió en prosa y en verso, y de todo adroctrinó, moralizó, criticó, expuso y pintó.

Se recluyó en una casa de campo de la villa de Pinto, el pueblo famoso por la torre, que todavía se conserva, donde estuvo encerrada la princesa de Eboli, bella tuerta, infiel a su esposo y amante de Felipe II, de Antonio Pérez y, acaso, de Escobedo.

De su estancia en Pinto y de los vítores que, cual flores, le arrojaron al paso del tren Nakens y los que con él iban a Valencia, escribió doña Rosario un precioso artículo para el extraordinario de El Motín de enero de 1923.

En Cajo [probablemente se refiera a Cueto], cerca de Santander, vivió muchos años a la orilla del mar, que esta madrileña amaba, y estando allí escribió en El Cantábrico una serie de artículos notabilísimos sobre agricultura, ganadería, economía doméstica e higiene rural, encaminados a sacudir de las aldeas montañesas la peste de la tuberculosis [Véase la serie de artículos titulada Conversaciones femeninas y el texto de la conferencia La higiene de la familia obrera]. Luego se estableció en un promontorio cerca de Gijón, donde murió. De ahí creo que salió para Portugal. Ahí escribió mucho, soñó, hizo el bien, sufrió y murió.

En este periódico, en El Noroeste, que siempre fue respetuoso con la mujer y admirador de la poetisa, encontré y comenté en El Pueblo de Valencia, la noticia de la repugnante persecución de los enemigos de doña Rosario de Acuña.

El Noroeste, Gijón, 26-3-1924

 

sábado, 4 de febrero de 2017

149. Caricatura

Caricatura de Rosario de Acuña publicada en Madrid Cromo en 1885


Cuando me topé con Rosario de Acuña, de esto hace ya unos veinte años, hasta mí solo llegaban algunos retazos aislados, etiquetas sueltas,  que apenas alcanzaban para bosquejar débilmente su figura: masona, escritora, librepensadora... Profundizar un poco más, conocerla un poco mejor, no resultaba  sencillo por entonces,  la mayoría de sus escritos permanecían inaccesibles, sepultados por el olvido.  Hubo que buscar y rebuscar. Luego su palabra fue tomando forma poco a poco: primero el discurso pronunciado en la ceremonia de inauguración de la Escuela Neutra de Gijón, más tarde Rienzi y El padre Juan, su testamento...

En cuanto a su fisonomía, poca cosa. Durante bastante tiempo su nombre estuvo unido a aquella imagen de la blusa negra, del pañuelo blanco ceñido al cuello por obra y gracia de un prendedor floreado, de la mirada un tanto perdida en algún ignorado lugar a la izquierda del espectador, del cuidadoso peinado que había conseguido poner en orden sus ensortijados cabellos, aunque para ello hubiera que dejar algunos sueltos, caracoleando sobre su frente.  El grabado de Camacho, que había sido publicado en las páginas de La Ilustración Española y Americana en 1876, fue utilizado –en su versión original o con alguna ligera modificación– por quienes por entonces tenían algo que contar sobre nuestra protagonista. Aparece en el reportaje que con el título «Masones de Cantabria» publica José Ramón Saiz Viadero en el diario Alerta de Santander a finales de 1988; en la edición que María del Carmen Simón Palmer realiza en 1990 de  Rienzi el tribuno y El padre Juan; en la portada del folleto «Rosario de Acuña. Homenaje», editado por el Ateneo Obrero de Gijón en 1992...

Esa era, como queda dicho, la imagen habitual, la  que por entonces se asociaba de forma casi automática a su nombre. Con menor frecuencia aparecía aquella otra, la de los tirabuzones. Un grabado, obra también de Camacho, que ilustró su poemario Ecos del alma. Lo incluyó Elvira María Pérez-Manso en el capítulo dedicado a nuestra protagonista en su trabajo  Escritoras asturianas del siglo XX. Entre el compromiso y la tradición. Y fue la ilustración que elegí para la portada de Rosario de Acuña en Asturias.

Tiempo después encontré un nuevo grabado suyo en la portada de La Ilustración de la Mujer del ocho de junio de 1884. Imagen diferente a las dos anteriores,  con mantilla y la mirada hacia la derecha. Era una novedad y la utilicé en la portada de un nuevo libro: Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato. No fue en el único sitio donde apareció, pues fue la ilustración elegida en los espacios a ella dedicados en la Wikipedia y en Proyecto Ensayo Hispánico.

Entre los papeles de Aquilina Rodríguez Arbesú aparecieron algunas fotografías suyas: el retrato ecuestre que había editado Matarredona cuando publicó El crimen de la calle de Fuencarral, los posados ante la tienda de campaña, la fotografía de la cofia, capturada cinco días antes de su fallecimiento, con ocasión de la celebración del Primero de Mayo del año 1923... Las guardaba Aquilina como oro en paño, las publicó El Comercio en 1969 ilustrando las cinco entregas que Patricio Adúriz dedicó a nuestra protagonista,  pasaron luego a manos de Amaro del Rosal y ahora, integrados en su archivo personal (AADR), se conservan en la Fundación Pablo Iglesias.

No era mucho, pero se iba ampliando su galería iconográfica. Y aún habría de hacerlo más. En un ejemplar del Heraldo de París de fines del diecinueve encontramos una nueva fotografía suya: un retrato robado en el cual aparece con un aspecto algo diferente. Para que nada faltara, he aquí una caricatura. Fue publicada en el semanario Madrid Cromo, en el número correspondiente al 22 de marzo de 1885. Este periódico literario, festivo e ilustrado, que había salido a la calle en los últimos días del año anterior, abría con una caricatura en su portada: José Echegaray, Mariano Benlliure, Julián Romea, Ramón Chíes... En el número doce aparece la primera dedicada a una mujer, a una escritora, a Rosario de Acuña. Por entonces su nombre empieza a asociarse al bando heterodoxo, pues tan solo unos meses atrás había proclamado a los cuatro vientos que se convertía en propagandista del librepensamiento y la quintilla que acompaña el dibujo se hace eco de este hecho:
Vena fecunda y copiosa
tiene su claro talento;
es discreta y es hermosa...
y pide en verso y en prosa
¡libertad de pensamiento!
Su galería iconográfica ya contaba con una caricatura. Andando el tiempo la lista se ampliaría con  las fotografías relacionadas con  La jarca: aquella en la que aparecía sentada en su casa de El Cervigón rodeada de patos y gallinas, como si no se hubiera enterado de los tumultos estudiantiles, y la de la sierra de La Estrella, en el tiempo del exilio portugués.

Solo me queda añadir que todas las imágenes a las cuales se ha hecho referencia en este comentario pueden verse con tan solo pulsar  aquí.


sábado, 28 de enero de 2017

148. Poeta de calendario



Estaba decidida. ¡Se acabó! Ninguna duda al respecto. Si alguna vez se había encontrado a las puertas del Parnaso nacional, desde ese mismo momento renunciaba a intentar dar ese paso definitivo que podría conducirla a los pies de la gloria. Abandonaba cualquier afán por conseguirla. Finales de 1884: ponía fin a su carrera literaria. Renunciaba a todo, incluso a lograr que la aureola del éxito inundara el recuerdo del ausente padre; a que, tras los homenajes del triunfo, la voz paterna, «con el ritmo conmovedor de la emoción, vibre húmeda con tus lágrimas, interrumpida por tus besos diciéndome: "¡Gracias, hija mía!"». Renunciaba a todo. 

Finales de 1884:  firmemente decidida a cruzar a la otra orilla, su pluma se ponía al servicio del librepensamiento y, con ello, a la edad de treinta y cuatro años recién cumplidos daba por concluida su carrera literaria.
Lo que antes escribiese, lo rechazo, como nacido en una edad nebulosa, que tenía reminiscencias del candor y recuerdos (emocionales para la mujer) de la propia mística.
Desde entonces, aplaudida por los suyos y vituperada por los otros, su pluma abandona los cómodos renglones que ha surcado hasta entonces para convertirse en eficaz instrumento de la buena nueva: la pictórica poeta y viril dramaturga se transforma en afanosa publicista. Militante convencida de la causa del librepensamiento, colaborará en cuantas publicaciones comprometidas en aquella lucha requirieran sus palabras, enviando todo tipo de escritos a cuantas asociaciones estuvieran empeñadas en romper el monopolio de la verdad institucionalizada, participando en cuantos actos se organicen para reclamar la entrada de luz, más luz, y aire renovado en el solar patrio.

Portada del Almanaque para 1908, Madrid: Regino Velasco ImpresorNo obstante, aunque arrinconada en la intimidad, no abandona la poesía. De tanto en tanto, escribe algunos versos, canta alguna de sus improvisadas coplas. De tanto en tanto la sensación, la idea, el sentimiento, toman vida en forma de soneto, la composición poética que más utiliza, la que construye con mayor soltura, aquella con  la que más cómoda parece sentirse. Escribió sonetos siendo muy joven, cuando de su rubia melena colgaban tirabuzones; no mucho después, hizo recitar a Rienzi aquél, tantas veces reproducido, que así se iniciaba:  ¡Oh!, libertad, fantasma de la vida. Con un soneto despidió a su querido padre; con otro anunció el reencuentro con su madre, uniendo para siempre sus destinos. Decenas y decenas de sonetos, algunos de los cuales permanecieron inéditos hasta después de su muerte. Hubo otros que habrían seguido la misma suerte de no haber sido por un avispado impresor, que intuyó cómo funcionaba el asunto del marqueting mucho antes de que se generalizara tanto su uso, que los guardianes del idioma se vieran obligados a recomendar el uso de alternativas: bien su adaptación («márquetin») o su sustitución por «mercadeo» o «mercadotecnia».

Lo cierto es que el tal Regino Velasco, que así es como se llamaba este entusiasta de la publicidad, consiguió convertir su Almanaque en una codiciada publicación que, año tras año y durante más de tres décadas, esperaban sus cada vez más numerosos seguidores. La primera vez que vio la luz tan afamado almanaque debió de suceder en los primeros años noventa –de no haberlo hecho antes– pues a finales de 1892 La España Artística anuncia que don Regino, en cuyo taller se imprime la citada publicación,  repartirá muy en breve entre sus numerosos favorecedores, el bonito y elegante almanaque de bolsillo con que acostumbra a obsequiarlos cuando ya se dan vuelta las últimas páginas del anterior. Y así año tras año hasta los primeros veinte cuando se bruscamente se interrumpió tan feliz iniciativa, pues el señor Velasco falleció a primeros de septiembre de 1921, tras ser empitonado en la plaza madrileña por un toro que logró saltar al tendido.

Digamos, por redondear, que fueron treinta años. Treinta almanaques de tamaño reducido, de bolsillo o de cartera: alrededor de doscientas páginas de diez centímetros de largo por seis y medio de ancho, con un tipo de letra de pequeño tamaño, no compatible con la presbicia. Dos partes: la primera, el almanaque propiamente dicho, con una página por mes, en la cual figura el día de la semana, el santo del día y una columna para notas; la segunda, denominada «Álbum», aparece repleta de poesías escritas por un nutrido grupo de autores, «desde los poetas de más campanillas hasta los más modestos metrificadores». Ramón de Campoamor, Vital Aza, Ramos Carrión, Echegaray, los hermanos Álvarez Quintero, Emilia Pardo-Bazán, Muñoz Seca... Y entre las firmas asiduas de la publicación se encuentra Rosario de Acuña, cuyo esperado soneto ocupó, las más de las veces, lugar destacado. Desde los comienzos, pues consta que ya apareció en el de 1893, hasta el que vio la luz en 1912. El exilio debió de ser el motivo que interrumpió esa larga colaboración. 


Reproducción de las páginas del Almanaque para 1911 en las que aparece el soneto «A la memoria de mi perro Tom»

Con el pasar de los años fueron unos cuantos los sonetos escritos por doña Rosario que vieron la luz en el popular Almanaque, algunos posteriormente reproducidos en periódicos, revistas y antologías (El beato, Almanaque para 1896; ¡Triste destino!, 1905;  La muerte, 1909;  ¡Por saturación!..., 1910). De todos ellos hay uno, publicado en el Almanaque para 1911, que, en mi opinión, merece especial atención,  por plasmar los «íntimos afectos de su alma», por la honda ternura con que la autora añora la ausencia de un ser querido; también por el comentario que lo acompaña.


A la memoria de mi perro Tom

¡Leal amigo del alma! ¡Cuán hermoso
bajo el amparo de un hogar creciste!
En los trece años que, a mi lado, fuiste
¡cuán noble, fiel, valiente y cariñoso!

¡Jamás te olvidaré! ¡Siempre animoso
por montañas y costas me seguiste!
¡Cuántas veces de apoyo me serviste!
¡Cuántas fuiste guardián de mi reposo!

Sin hablar, nuestras almas se entendieron;
bastábanos cruzar una mirada
y, al mirarme llorar, también lloraste.

¡Cuando al morir tus ojos no me vieron,
presintiendo mi voz acongojada,


Nota. Este noble perro San Bernardo, soberbio ejemplar, fue una maravilla de inteligencia, valor y lealtad.
Toda la cordillera Cántabra, desde el puerto de La Sía (Santander) hasta Las Portillas (Zamora), de cumbre en cumbre; todas las costas, desde Cabo Mayor al Miño; toda Castilla la Vieja, León y una parte de Portugal, fueron recorridos por mí a caballo durante los cuatro meses de los veranos de once años seguidos y en todas estas expediciones me acompañó este portentoso animal cuyo valor, entendimiento, previsión –así como suena– y fortaleza fueron en varias ocasiones  la salvación de mi vida; y en las ascensiones a ventisqueras y picachos, algunos a dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar; en jornadas nocturnas por despeñaderos, entre el fragor de la tempestad, en pernoctaciones entre pastores, o en solitarias y abruptas costas, fue siempre una providencia para mi seguridad, la de mi acompañante y mis caballos. Se necesitaría un libro –¡cuánto sentiré no poderlo escribir!– para relatar las maravillosas acciones de este animal que, más de una vez, demostró estirpe superior a la humana. Séame permitido dejar en el Almanaque de Regino Velasco, libro destinado a gran perpetuidad, un homenaje a la memoria de mi llorado Tom. ¿Qué menos puedo hacer por el amigo que pasó su vida defendiéndome y acompañándome? ¿Y no es verdad que, a quien trabajó todo lo que pudo por el progreso de la humanidad, se le debe dispensar que, alguna vez, muestre los íntimos afectos de su alma, aunque éstos se dediquen a un perro?

¡Perdonen los maestros que firman en el Almanaque estas lágrimas de mujer ante la memoria de un pobre animalito!

De tanto en tanto, escribe algunos versos, canta alguna de sus improvisadas coplas. De tanto en tanto la sensación, la idea, el sentimiento, toman vida en forma de soneto... aunque para ello tenga que convertirse en una poeta de calendario.