-->

domingo, 28 de diciembre de 2025

Presentación



Fotografía de Rosario de Acuña en la Sierra de la Estrella
A finales de los sesenta del pasado siglo pocos eran los que podían decir cosa alguna de Rosario de Acuña y Villanueva. Apenas habían pasado cuatro décadas desde su muerte y su memoria parecía haberse desvanecido. Hubo quien, no obstante, atraído por el eco lejano de su nombre, se adentró voluntarioso entre la neblina para intentar encontrar algún rastro de esta mujer cuyo nombre permanecía incrustado en los acantilados gijoneses. Patricio Adúriz, uno de los entusiastas investigadores de entonces, lo contaba así en la primera de las cinco entregas publicadas por el diario El Comercio en febrero de 1969 (⇑):


Hace muchos años que nos veníamos preguntando ¿quién era Rosario Acuña? Esa ignorancia nuestra, compartida por el común de los gijoneses, vino a ser como una obsesión lacerante. Y es el caso que es una realidad que teníamos ahí, al alcance de la mano. Frases como ésta: estuve por Rosario Acuña, o, fui a dar un paseo hasta Rosario Acuña, se repiten, al cabo del año, miles de veces. A muchos, no obstante, este que vino a ser topónimo con carta de naturaleza entre nosotros, no les espoleaba la curiosidad. A otros, sin embargo, sí. Y éramos muchos los curiosos por lo que pude apreciar andando el tiempo.

Un día, entrado este invierno fui hasta el cementerio de Ceares. Quise localizar la tumba de esa mujer cuyo recuerdo, sin decirnos nada, nos atraía no sé por qué. La tarde, lluviosa y gris, daba la impresión de envolverlo todo en un aire de misterio. Los zapatos al hollar el verde césped embebido en agua, chapoteaban sordamente. Hubo vacilación porque, al pronto, no dimos con su tumba. Luego, con más parsimonia, dimos con ella. Casi a ras de tierra. Casi adosada contra el muro. Casi sin nada que la hiciese reconocible a no ser una escueta y menuda lápida con esta inscripción: en tres renglones: Rosario Acuña. Escritora ilustre. 1851-1923. Nada más. Así, a secas.


Han pasado cuarenta años desde entonces, y a lo largo de este tiempo las cosas han mejorado bastante. Gracias a las aportaciones del señor Adúriz y de cuantos le sucedieron en el empeño,(Javier Ramos, Amaro del Rosal, Mauro Muñiz, Sara Suárez Solís, Luciano Castañón, José Bolado, Pedro Álvarez Lázaro, José Ramón Saíz Viadero, Matilde Camús, Daniel Palacio, María del Carmen Simón Palmer, Elvira María Pérez-Manso, María Teresa Álvarez, María de los Ángeles Ayala, María José Lacalzada, Íñigo Sánchez Lama, Christine Arkinstall, Luis Roda, Aquilino González Neira, Marta Fernández Morales, Esther Zaplana o Macrino F. Riera, autor de estas líneas y de Rosario de Acuña en Asturias (⇑) y Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato (⇑), ahora conocemos mucho mejor quién fue esta ilustre librepensadora y qué papel desempeñó en la soterrada, o no tanto, batalla ideológica que se vivió en España durante el Periodo Interrepublicano (1875-1931). Puesto que entre todos, cada uno con sus aportaciones, hemos conseguido reconstruir los hitos más importantes de su biografía y recuperar buena parte de su obra, (quienes estén interesados pueden econtrarla en: Rosario de Acuña. VIDA y OBRA (⇑), una página con pretensiones de actualización continua) creo llegado el momento de pasar al análisis de cuanto conocemos. Os invito a ello.

domingo, 17 de diciembre de 2017

166. De la probable incautación de un retrato


El 27 de noviembre de 1937 la Comisión Gestora del Ayuntamiento de Gijón, presidida por el alcalde Paulino Vigón, acuerda elevar solicitud a la Junta Provincial de Incautaciones para que se procediera al derribo del edificio que ocupaba el Ateneo Obrero; se solicita también la cesión de su biblioteca al instituto de Jovellanos, «una vez hecha la depuración de la misma». De forma violenta, con armada contundencia, se pone fin a una larga y fructífera actividad que el Ateneo había desarrollado durante casi cinco décadas con el afán de mejorar la instrucción de la clase obrera.

Fue en 1881 cuando inicia su actividad el Ateneo Obrero con el objetivo de convertirse en instrumento de promoción de la clase obrera, con la creación de una cátedra de instrucción primaria y el de todas aquellas asignaturas que fueran de inmediata utilidad para sus asociados completando su labor instructiva con la aportación de los numerosos conferenciantes que acudirán a su llamada, «de ideas políticas tan opuestas como don Alejandro Pidal y doña Rosario de Acuña, y, alternando con la labor cotidiana de los intelectuales locales, fueron desfilando por su tribuna las figuras más prestigiosas de la ciencia, de la cultura y de la literatura», según podemos leer en la Memoria del curso de 1921, donde se cita a Labra, Unamuno, Moret, Fermín Canella, González Blanco, Torner «y tantos otros que pregonan con el prestigio de sus nombres la importancia y la imparcialidad de nuestro Centro».

Perseverando en sus principios fundacionales, en 1904 los dirigentes de la sociedad decidieron crear una Biblioteca Circulante, de manera tal que los socios pudieran tomar en préstamo alguno de los libros para leerlos en su domicilio «en medio del mayor sosiego». La iniciativa contó una buena aceptación a tenor de los datos referidos al primer año de funcionamiento, en el transcurso del cual crecieron tanto el número de socios que abonaban la pequeña cantidad mensual estipulada para su sostenimiento (pasó de cincuenta a ciento diez), como el número de volúmenes puestos a su disposición (de los doscientos iniciales, a los seiscientos existentes a finales de año).

Fragmento de la carta que Rosario de Acuña envía en 1921 al presidente del Ateneo Obrero de Gijón

Rosario de Acuña y Villanueva colaboró con el Ateneo Obrero, tanto en un ámbito como en el otro, y lo hizo durante un largo periodo de tiempo; primero desde la lejanía madrileña, cuando residía en Pinto; y más tarde en la proximidad que le confiere su condición de ciudadana gijonesa. Veamos algunos ejemplos. La conferencia (⇑) a la que se refiere la memoria arriba mencionada, escrita en 1888 a petición de los responsables del Ateneo, fue leída en una velada que tuvo lugar el 15 de septiembre de ese año. Sus palabras van dirigidas a los obreros y a sus mujeres, advirtiéndoles de los nefastos efectos del alcoholismo, la amenaza más peligrosa que les acecha en la larga marcha para lograr la regeneración social que están llamados a protagonizar. No fue esa la única vez que se dirige a los ateneístas. Años después, y a petición en este caso del presidente de la sucursal que el Ateneo mantiene abierta en el barrio de La Calzada, les envía unas cuartillas para ser leídas (⇑) en la inauguración de un nuevo curso: les insta a redoblar sus esfuerzos para mejorar su instrucción, pues, según afirma, la liberación de los trabajadores ha de ser obra de ellos mismos. Su pluma y su palabra están disponibles para ayudar, como lo hizo cuando el Ateneo Obrero organizó una gran velada necrológica en honor de Jovellanos: entre los trabajos literarios enviados por ilustres personajes como Cristóbal de Castro, Melquíades Álvarez, Faustino Rodríguez Sampedro o Julio Somoza, también se encuentra uno de Rosario de Acuña, la única firma de mujer entre todos los escritos presentados. Presta a colaborar con el Ateneo Obrero, también tendrá ocasión de hacerlo con la Biblioteca Circulante. Lo hizo cuando sus responsables organizaron un acto para celebrar una significada cota: haber llegado a los mil volúmenes. En este caso su contribución no se limitó a enviar unas palabras de adhesión entusiasta a la celebración, su nombre también estaba entre las donantes que habían colaborado a que se alcanzase ese número de ejemplares. Años después, en un Catálogo de obras de la biblioteca que bien pudiera haberse impreso en el año 1917 son varias las obras de doña Rosario que allí aparecen relacionadas: Rienzi el tribuno (⇑), Amor a la patria (⇑), Morirse a tiempo (⇑), Tribunales de venganza (⇑), Influencia de la vida del campo [en la familia] (⇑), La siesta (⇑), Sentir y pensar (⇑), El padre Juan (⇑), La voz de la patria (⇑) y La higiene en la familia obrera (⇑). No estaba nada mal aquel lote, suponía una buena muestra de su obra.

El rastro de cuanto hasta aquí se ha apuntado empezó a borrarse el 21 de octubre de 1937, cuando los integrantes de las Brigadas Navarras entraron en Gijón. El 6 de noviembre se celebraron los primeros «consejos de guerra sumarísimos de urgencia»; el día 8 tomó posesión la Comisión Gestora del Ayuntamiento; el 27 del mismo mes se solicita la incautación de la Biblioteca Circulante y el derribo del edificio que ocupaba del Ateneo Obrero…

Han transcurrido ochenta años desde entonces y los responsables de la sociedad, refundada en 1981 al cumplirse un siglo de su primera andadura, han querido recordar tan lamentable suceso. Nada más recibir un correo con información acerca de la instalación de un monolito en recuerdo de aquel expolio, me puse a repasar algunas notas acerca de la relación que con esta sociedad cultural mantuvo Rosario de Acuña. En estas estaba cuando localizo una referencia, un tanto vaga y difusa, acerca de una carta que la ilustre librepensadora habría enviado al presidente del Ateneo y que, supuestamente, se encontraba depositada en la gijonesa biblioteca Jovellanos. No queda otra que comprobar aquel dato y con la lógica expectación allá me dirijo. Horas después, gracias a la diligencia y habitual buen hacer de sus trabajadores (en este caso Manuel González y Fernando García, director de la biblioteca) tengo en mis manos una copia de la carta manuscrita de doña Rosario (⇑), escrita en mayo de 1921.

Agradecida por habérsele concedido permiso para leer los libros de la Biblioteca Circulante les adjunta dos presentes: una revista y un retrato suyo. Por lo que respecta a la publicación, de la cual se atreve a asegurar que hay poquísimos ejemplares y que constituye «una verdadera recopilación de escogidas firmas de los más conocidos escritores del siglo XIX de España, Portugal, Italia y Francia», es probable que fuera Anathema, una revista cuyo único número fue publicado por iniciativa de dos estudiantes de la universidad de Coimbra en mayo de 1890, cuyos destinatarios eran los estudantes portuguezes y cuya recaudación se destinaría a favor de la «Grande Suscriçao Nacional» organizada para adquirir navíos de guerra. Junto a «El continente latino (⇑)», artículo escrito por Rosario de Acuña, aparecen textos de escritores ruma-nos, franceses, italianos (Enrico Ferri, Mario Rapisardi o Edmondo de Amicis), portugueses (Anthero de Quental, Henrique de Barros Gomes o Fialho de Almeida) y españoles (Rafael María de Labra, Pi y Margall, Francisco Giner de los Ríos o Miguel Morayta). En cuanto al retrato, dice que es una fotografía iluminada al óleo hecha en 1874, «que si vale poco por ser la mera efigie de mi insignificante personalidad, puede representar, por las circunstancias que lo acompañan, un afectuoso recuerdo». Además, el presente tiene un valor añadido, al menos para ella, pues «durante muchos años, hasta el día de su muerte, tuvo este retrato de su hija a la cabecera de su lecho».

Es de suponer que ambos presentes, de gran estima para la remitente, pasarían a integrar el patrimonio del Ateneo Obrero de Gijón y que, en razón de lo supuesto, figurarían en la relación de bienes que le fueron incautados hace ahora ochenta años. Conociendo como conocemos la opinión que de doña Rosario, de su vida y de su obra, tenían las nuevas autoridades no es difícil aventurar cuál sería el destino del retrato, de la revista y de buena parte de sus obras depositadas en la Biblioteca Circulante. Los dirigentes del nuevo Estado se dedicarán con afán a borrar todo atisbo de duda sobre la posición hegemónica que la Iglesia desempeñará en España desde el primero de abril de 1939. La neblina fue cubriendo poco a poco el recuerdo de cuantos, como Rosario de Acuña, se habían caracterizado por combatir aquella visión del mundo que desde entonces se convirtió en hegemónica. Desaparecieron sus libros, sus retratos y el busto que en bronce realizó el escultor José María Palma (⇑); su nombre se cayó de las calles en las que había figurado, del colegio que en Madrid lo ostentaba (⇑), de las páginas de los periódicos, de los comentarios… de la memoria colectiva.

Décadas después, cuando el desarrollismo hizo inevitable que entrara luz por las rendijas, poco a poco se fueron iluminando algunos rincones que habían permanecido en completa oscuridad durante tanto tiempo. La memoria colectiva de los gijoneses fue recuperando una parte de lo que violentamente se le había sustraído. Gracias al ingente trabajo de algunos investigadores, entre los que es preciso destacar a Marcelino Laruelo Roa que rescató los datos y condenas de los encausados, se fueron conociendo los detalles de los «consejos de guerra sumarísimos de urgencia» que dieron comienzo aquel 6 de noviembre del año treinta y siete. En 1981, un siglo después de su fundación, algunos de los antiguos socios consiguieron que un refundado Ateneo Obrero volviera a abrir sus puertas, brutalmente cerradas por la fuerza de las armas ochenta años atrás. Algunos otros hemos ido disipando la densa borrina que cubría la memoria de doña Rosario de Acuña y Villanueva, una madrileña que quiso vivir y morir en Gijón. Gracias a este trabajo colectivo llevado a cabo durante los últimos años, cualquier persona interesada puede conocer el testimonio vital de esta ilustre librepensadora leyendo alguna de las obras que sobre ella se han escrito o, si se prefiere, entrando en la página Rosario de Acuña. Vida y obra (⇑).

lunes, 27 de noviembre de 2017

165. Jóvenes y... jóvenes

Unos salieron airados a las calles de España para protestar contra lo que había escrito, obligándola a partir hacia el exilio para evitar ser encarcelada; otros, calmos y discretos, la animaron a salir de su voluntaria reclusión, reclamándole su estímulo y magisterio.

Los primeros eran jóvenes universitarios ataviados con sombrero y corbata que se sintieron gravemente ofendidos por las palabras, duras palabras, que utilizó en aquel artículo (⇑) escrito para condenar la agresión a que fueron sometidas unas universitarias (⇑), por el mero hecho de serlo, por atreverse a compartir el culto lugar con tan sesudos caballeros. Los segundos, jóvenes que vivían de su salario, militantes socialistas o republicanos, que porfiaban por mantener viva la luz que aún irradiaba desde aquella casita situada en los acantilados de El Cervigón.

Asamblea de universitarios en Barcelona (Mundo Gráfico, 13-12-1911)

Por centenares, por millares, salieron a las calles los estudiantes de las diez universidades que por entonces existían en España. Primero fueron los de Barcelona; a ellos se unieron los de Madrid, Granada, Oviedo, Salamanca, Santiago, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza. Reconcomidos por aquellas afirmaciones que ponían en duda su virilidad («Nuestra juventud masculina no tiene nada de macho» «Tienen, en su organismo, tales partes de feminidad, pero de feminidad al natural, de hembra bestia, que sienten los mismos celos de las perras, las monas, las burras y las cerdas...»), clamaban venganza. En las calles y los claustros pedían la cabeza de la autora de aquel escrito que consideraban denigrante y difamatorio; al mismo tiempo, utilizaban la prensa para despacharse a gusto contra su autora, llamándola histérica, proxeneta roja, engendro sáfico, buscona de estercolero social (⇑), alcohólica, degenerada, harpía laica y otras lindezas similares (⇑).

Se armó una buena. Fue tal el escándalo que no hubo periódico que no se hiciese eco del enfado de los estudiantes y del clamor –amplificado por la prensa– contra la autora de aquella terrible ofensa. El ministro de Instrucción se puso al habla con el fiscal y casi de inmediato se interpone una denuncia. El juzgado ordena el secuestro de los ejemplares de El Progreso al considerar que el escrito en cuestión es «constitutivo de delito penado en el artículo 456 del Código penal por ofender el pudor y las buenas costumbres, con grave escándalo público». Doña Rosario, a la vista de cómo se estaban poniendo las cosas, toma la decisión de poner tierra de por medio. Se marchó poco antes de que la Guardia Civil se presentara en su casa con el consiguiente exhorto judicial para proceder a su detención.  Se libró por poco. Al día siguiente la prensa comunica a sus lectores que «hace días que había marchado a París».

No fue a la capital francesa adonde dirigieron sus pasos Rosario y Carlos, su fiel acompañante, sino a Portugal.  Lo más probable es que atravesara la frontera por Tuy, pues sabemos que una vez en tierra lusa decidió instalarse en la vecina localidad de Valença do Minho, en el hotel O Valenciano. Allí permaneció con la esperanza de un pronto retorno. Pero no hubo tal. Las gestiones que realizaban sus valedores ante el Gobierno tardaron en dar sus frutos, razón por la cual se vio obligada a permanecer en Portugal alrededor de dos años, hasta que tuvo la seguridad de que ella era una de las beneficiadas por el indulto concedido en el mes de enero de 1913 (Véase el comentario 134. Proceso, exilio e indulto ⇑ ).

Una vez retornada, instalada de nuevo en su casa del acantilado, reconfortada por el inmenso mar, por las aguas que contornean la punta del cabo de San Lorenzo sobrevoladas por las grandes gaviotas blancas y grandes cuervos negros que «matizan el horizonte con rasgos de luz y sombra», pasa los días en compañía de su inseparable Carlos relamiéndose las heridas que ha dejado en su cuerpo aquel exilio obligado. Ha regresado más vieja, más desengañada y bastante más pobre. Mermado su capital en más de la mitad, se encuentra en el umbral de la miseria, lo cual la va a obligar con sesenta y tres años ya cumplidos «a fatigosos y rudos trabajos domésticos para no deber nada a nadie y comer lo preciso». Escarmentada por el comportamiento de quienes con ocasión de la publicación de aquel artículo sólo buscaron satisfacer sus intereses, está firmemente decidida a alejarse de la palestra pública: nada de escritos, nada de conferencias, nada de actos públicos.

Sin embargo, hubo quien intentó que aquella luz no se extinguiera. En las semanas previas a la celebración del Primero de Mayo, unos jóvenes pusieron sus ojos en aquella mujer que había empeñado su pluma al servicio de la libertad, el progreso y la defensa de los más desfavorecidos. Eran miembros de la Juventud Socialista Gijonesa y acordaron que su contribución a aquella fiesta consistiría en la celebración de un té fraternal en compañía de tan ilustre vecina. Lo intentaron por todos los medios pero, según parece, doña Rosario no acudió a la cita. No se desanimaron y perseveraron en el proyecto de contar con su magisterio. Aquel Primero de Mayo tomaron una nueva iniciativa: si su ilustre invitada no podía acudir a la cita, ellos irían a su encuentro.

Noticia del proyecto de la Juventud Socialista Gijonesa de realizar una visita a doña Rosario (El Noroeste, 17-5-1914)
Tal y como se puede leer en la reseña que acompaña estas líneas, los achaques de doña Rosario impidieron a los jóvenes socialistas visitar a la valiente y culta escritora. No pudo ser en aquella ocasión, pero sí en años posteriores a tenor de lo que nos cuenta Manuel Tejedor en 1923: «Para los socialistas de Gijón es tradicional ya hacer una visita, el día Primero de Mayo, a la solitaria de El Cervigón, la eximia, la viril escritora librepensadora doña Rosario de Acuña. Es un homenaje sencillo, de respeto y admiración, por parte de los trabajadores socialistas y simpatizantes hacia esa valiente dama...» ( 12. La solitaria de El Cervigón ⇑ ).  Por tanto, la iniciativa que tomaron aquellos jóvenes socialistas gijoneses en la primavera de 1914 terminó por hacerse realidad.

No fueron estos los únicos jóvenes que llamaron a su puerta. Debió de ser por estas fechas cuando tiene lugar la visita de la que nos habla en  ¡Asturias!... ¡Asturias! (⇑): «Queremos su firma con algo que se refiera a Asturias. Vamos a publicar una revista con ánimo de hacerla circular profusamente en Cuba...» Allí estaban, dos jóvenes que, a pesar de todo lo que se había dicho sobre ella, a pesar de estar «informados» por los «corazones de Jesús», llamaron a su puerta:

Estas eran sus noticias... Mas traían en ellos un resplandor del mañana y llamaron sin vacilar a mi puerta, porque todas las almas que avanzan sobre lo ruinoso, inútil y podrido tienen hilos que las llevan unas hacia otras. Sus jóvenes inteligencias, carentes de ligaduras petrificadas, vinieron hacia la mía, que no se encerró jamás en ningún molde, porque las almas no tienen tiempos ni vejeces, caminan unas despacio, otras aprisa, delanteras o zagueras, con valentía o con timidez, bajo peso de muertos o con fuerza alada para redimirlos, pero sin dejar de ser nunca caminantes. Y mi alma va en la escuadra de gastadores, rompiendo marcha... Estos dos muchachos, puestos en las rutas futuras, llamaron a mi puerta a pesar de las noticias...

Fotografía de José Monclús publicada en la portada de la revista literaria Los Quijotes (1917)
Los gijoneses no fueron los únicos jóvenes que llamaron a la puerta de doña Rosario. En el otoño de 1916  en El Cervigón se recibe una carta procedente de Tortosa. Está escrita por los integrantes de la redacción del  periódico El Ideal, un semanario que había iniciado su andadura el año anterior y que se anunciaba como «órgano de las Juventudes Republicanas Revolucionarias de los distritos de Tortosa y Roquetas».  Entre estos jóvenes destaca José Monclús Alemany, quien además de desempeñar el papel de redactor jefe es tipógrafo en la imprenta familiar donde ve la luz el periódico. A su lado Santiago Arias, José Sapiña y Francisco Sapanes, miembros activos de la Juventud Republicana y discípulos de Marcelino Domingo, maestro y diputado por el distrito de Tortosa.

Convencidos de la importancia que la prensa tiene en la divulgación de las ideas progresivas, contactaron con prestigiosos propagandistas para nutrir la lista de colaboradores.  Número a número van incorporando nuevas firmas: Ángel Samblancat –quien dedica uno de sus artículos a doña Rosario (⇑)–  Sardá y Ferrán,  Joaquín Dicenta... A finales de septiembre de 1916 publican un número extraordinario en el cual incluyen nuevos nombres; algunos firman escritos enviados para la ocasión, tal es el caso de José Nakens o Gabriel Alomar, otros ya habían sido publicados anteriormente, como sucede con los artículos de Ramón Chíes y Rosario de Acuña («Por la cultura» ⇑).

A pesar de que  aún no tienen consentimiento a la petición que le han enviado, es tal el deseo que tienen por contar con su apoyo, que han publicado uno de sus escritos. Son tantas las ganas de tenerla entre sus colaboradores que a finales de octubre ya dan por hecho que su respuesta será afirmativa y que, no tardando en las páginas de El Ideal aparecerán sus escritos, al lado de los de María Domínguez Ramón, María Marín y los de su amiga Ángeles López de Ayala (⇑) .

No será hasta mediados del mes de diciembre cuando dé contestación a la carta recibida. La redacción de El Ideal se apresura a publicar la misiva en primera página (⇑). A partir de entonces se suceden los escritos firmados por doña Rosario de Acuña. En enero el semanario inicia la publicación de algunos de sus escritos más recientes y lo hace en forma de folletín: Carta a un soldado español voluntario en el ejército francés (⇑), El paisaje y el hombre. Carta abierta (⇑), La gaita emigrante (⇑), ¡Yo en la Academia! (⇑). Una vez concluido el coleccionable de cincuenta y seis páginas, nuevos títulos verán la luz casi siempre en primera página: La hora suprema (⇑), La verdad inmanente de las religiones positivas (⇑)... Además de estos artículos, que en su mayoría habían sido publicados previamente en el diario gijonés El Noroeste, les envía otros textos inéditos con recomendaciones y consejos acerca de la labor que los jóvenes integrantes de la redacción de El Ideal vienen realizando.

El contenido de estas cartas nos revela que recibe el semanario, que lo lee con atención y que su contenido le satisface:  «Veo, a través de sus páginas unos corazones enérgicos, unas voluntades firmes, unas mentes luminosas» (carta publicada el 23-6-1917 ⇑). «El Ideal está muy bien, mis jóvenes amigos; sois valientes, parecéisme librepensadores de verdad» (carta publicada el 27-10-1917 ⇑).

Ciertamente para ella estos jóvenes no son aquellos otros a los que tiempo atrás vituperó. Más vieja, más cansada y bastante más pobre, ante sus ojos se abre un hilo de luz y de esperanza, pues parece cierto que hay otros jóvenes que intentan regenerar su querida patria.


jueves, 31 de agosto de 2017

164. De la presentación de El crimen de la calle de Fuencarral


Buenas tardes.

De todos los crímenes cometidos a lo largo de la historia, algunos hay que se instalan en la memoria colectiva y su recuerdo perdura a lo largo del tiempo. Tal es el caso del ocurrido en la madrileña calle de Fuencarral a finales del siglo XIX. Han transcurrido ciento veintinueve años desde entonces y sus ecos aún llegan hasta nosotros, como si fueran réplicas de la gran conmoción que el suceso provocó en la sociedad de la época. El cine, la televisión y la prensa escrita, que de tiempo en tiempo regresan a aquel verano para recrear lo sucedido entonces, se han encargado de que así fuera. Las primeras noticias del caso tienen lugar en la madrugada del segundo día del mes de julio de 1888, cuando la policía, que había acudido alertada por los vecinos temerosos del humo que salía del edificio, irrumpe en una vivienda del número 109 de la calle de Fuencarral. En el interior hallan el cuerpo sin vida de doña Luciana Borcino. Los presentes no tardan en darse cuenta de que aquella viuda rica, que vivía en la sola compañía de una joven criada y de un buldog, no había fallecido por el fuego o por el humo del incendio. Su cuerpo tenía varias cuchilladas, todas graves de necesidad, y estaba horriblemente mutilado por la acción de las llamas, tras haber sido rociado con petróleo.

Invitación al acto de presentación en Gijón de El crimen de la calle de Fuencarral

 En una habitación contigua encontraron a una mujer acompañada por un perro, que ni ladró, ni se movió. Ella era Higinia Balaguer, una joven que había entrado a servir en aquella casa poco tiempo antes. No había nadie más en la vivienda; tampoco señales que hicieran pensar que se hubiera forzado la puerta de entrada y nada indicaba que el móvil del crimen fuera el robo. En aquella vivienda del segundo izquierda del número 109 de la calle de Fuencarral, solo había dos mujeres y una de ellas estaba muerta.

Desde los primeros momentos todo señalaba a la criada como autora del atroz crimen. Y ahí se hubiera acabado esta historia de no haber sido por la actuación de una parte de la prensa que, alertada por diversas informaciones recogidas por sus reporteros, fijó su atención en José Vázquez-Varela, el único hijo de la víctima. Se decía que no era trigo limpio, que frecuentaba los bajos fondos y que el dinero que le asignaba su madre no alcanzaba para mantener su tren de vida. De ahí los gritos y las discusiones que, según contaban sus vecinos, mantenían con cierta frecuencia. Se contó que en una de éstas, ante la negativa de su madre a suministrarle nuevos fondos para comprar un caballo, el Valerita le clavó un cuchillo en el muslo. El asunto no llegó más lejos porque la señora Borcino terminó declarando en el juzgado que todo había sido un accidente. Pero ahora, a la vista de lo ocurrido, la sombra de la duda se agrandaba por momentos. Para algunos periódicos existían indicios más que sobrados para convertirlo en el principal sospechoso de aquel crimen. Y el hecho de que por entonces se encontrara en la Cárcel Modelo cumpliendo una condena por un robo, no era razón suficiente para dejarlo a un lado, pues había testigos que, contra toda lógica, afirmaban haberlo visto por aquellos días en cafés y saraos, incluso en los toros.

A la luz de estas nuevas informaciones la investigación se vuelve más compleja, pues a nadie se le escapa que un preso no puede entrar y salir de la cárcel si no es con la connivencia de quien tiene el deber de custodiarlo. Las miradas se dirigen entonces al director de la Modelo, José Millán Astray. Así las cosas y en el transcurso de las investigaciones, tras interrogatorios y careos, van ingresando en prisión la criada, el hijo de la víctima y el director de la cárcel, así como dos de las amigas de Higinia y alguno de los compañeros de aventuras del Valerita.

La prisión de Millán Astray activa la dimensión política del asunto pues, según se dice, el funcionario es un protegido de Montero Ríos, por entonces presidente del Tribunal Supremo. La oposición no desaprovecha la ocasión que se le presenta y es el mismísimo Francisco Silvela, uno de los políticos conservadores más próximos a Cánovas, quien se sube a la tribuna para poner en duda la moralidad de quien ocupa tan alta magistratura. La andanada surtió sus efectos y tan solo unos días después, el aludido, por más que niegue cualquier vinculación con el asunto, presenta su dimisión.

El interés que despiertan las investigaciones en la opinión pública anima a los principales periódicos a ocuparse por extenso del asunto, jugando un papel activo en las investigaciones. El proceso está en la calle y los espectadores se encuentran divididos: los hay que no dudan de la culpabilidad de Higinia; otros creen que el culpable es Varela, el hijo; no faltan, los que piensan que ambos estaban compinchados, que en la trama había más gente. Lo mismo sucede con periódicos y revistas. Una parte de la prensa, tildada de oficialista, da por buena la actuación del juez instructor. Hay otra, en cambio, que se muestra muy crítica con todo el proceso, pues no está conforme ni con las actuaciones, ni con las decisiones, ni con el contenido del sumario. Tanto es así que varios directores de diarios y revistas se unen para ejercer la acción popular en aquel caso.

Fotografía de la presentación de El crimen de la calle de Fuencarral  en la librería gijonesa La buena letra

 Durante varios meses el crimen de la calle de Fuencarral se constituyó en uno de los centros de atención del país. En el transcurso de la instrucción del sumario, primero, y a lo largo de la vista pública, después, los periódicos de la capital, y también los de provincias, consiguieron mantener vivo el interés de la opinión pública. Muchos eran los españoles que conocían a los implicados y los entresijos de aquel asunto, unos por lo que leían, los más por lo que escuchaban. Todos ellos tuvieron que esperar varios meses, hasta el final de la primavera siguiente, para conocer el contenido de una sentencia que, por cierto, no terminó de convencer a buena parte de la opinión pública.

Como pueden suponer, no voy a desvelar cuál fue el desenlace de esta historia que encandiló a la opinión pública española a finales del diecinueve. Lo podrán conocer en las últimas páginas del libro que aquí presentamos. Eso sí, la espera será mucho más corta y más placentera, pues los textos que aquí se recogen son obra de dos ilustres publicistas de experimentada y afamada pluma. En efecto, las firmas de Benito Pérez Galdós y de Rosario de Acuña y Villanueva estaban suficientemente contrastadas pues llevan años siendo habituales en periódicos y revistas; ambos han publicado obras que obtuvieron el aplauso de público y crítica. En 1888, cuando tiene lugar el crimen del que hoy nos ocupamos, se encuentran en su plena madurez como escritores.

Con diferentes estilos y objetivos también diferentes, nos trazan su particular perspectiva de los protagonistas de un crimen, el de la calle de Fuencarral, que conmocionó a la sociedad de la época, la cual también queda bosquejada en los escritos de Galdós y de Acuña. Creo que la adición de ambos textos los enriquece, pues aunque cada uno de ellos resulta de gran interés por separado, juntos se complementan, haciendo bueno aquello de que el total es más que la suma de las partes. Les invito a comprobarlo.

Espero que disfruten de su lectura.

Muchas gracias.



Texto de mi intervención en  la librería gijonesa La buena letra, en el transcurso de la presentación de dos nuevos libros:  España (1875-1993). La sociedad de la transición a la democracia, obra de mi compañero Jesús Jerónimo Rodríguez González y El crimen de la calle de Fuencarral (⇑). En el acto estuvimos acompañados de Ángeles Barrio Alonso, Manuel Suárez Cortina y Germán Rueda Hernanz, catedráticos de Historia Contemporánea de la Universidad de Cantabria.


martes, 18 de julio de 2017

163. Por la canal del Embudo


Necesitábamos pernoctar en Espinama,  aldea donde debían estar esperando nuestras yeguas, y el día iba ya algo vencido; nos esperaban dos leguas de bajada, y para mayor quebranto, el guía, hábil hasta entonces, dio muestras de hallarse algo desorientado; el lance era serio; teníamos que atravesar un bosque inmenso, secular, inextricable, guarida predilecta de los osos; no era conveniente pasarlo de noche, pues aunque armados con buenos revólveres, no bastaban para defendernos de tan corpulentas fieras.

Año a año recorría durante meses la geografía hispana. Primero acompañada de Gabriel, su fiel criado; más tarde de Carlos de Lamo, su joven y valeroso amigo. Muchas leguas a caballo, muchos lugares, muchas historias. El lance al que se refiere en esta ocasión tiene por escenario el macizo oriental de los Picos de Europa,  y sabemos de él porque la protagonista se lo cuenta al escritor Antonio Zozaya en carta (⇑) que le envía para agradecerle el elogioso artículo que el jurista y publicista publicó en el periódico La Justicia tras el estreno de El padre Juan (⇑), el drama prohibido por la autoridad gubernativa la noche misma de su  estreno.
 
Seguíamos explorando la cordillera de «Las Peñas de Europa», y digo explorando, porque los tres que formábamos la expedición (el guía, mi valeroso compañero y yo) hollábamos con nuestras plantas sitios en que jamás otras plantas se habían posado; al menos no había memoria de ello.

Tiene razón. La aventura que nos está contando tiene lugar a finales de la década de los ochenta y no será hasta algunos años más tarde cuando las crónicas den cuenta de las primeras ascensiones conocidas a algunas de las cumbres de esos Picos de Europa protagonizadas por Jean Marie Hippolyte Aymar d’Arlot, conde de Saint-Saud: Morra de Lechugales, Peña Vieja (1890), Pica del Jierro (1891), Torrecerredo (1892)...

 Torrecerredo y Peña Vieja en un mapa topografíco del Instituto Geográfico Nacional

... se hacía, pues, precisa la bajada, y la bajada pronta, rápida; los tres hicimos consejo, y el guía se confesó inexperto en aquellos terrenos; por un momento los tres enmudecimos, y algunas gotas de frío sudor se desprendieron de nuestras sienes; de quedarnos a pasar la noche en la abrupta cumbre de Torrecerredo (2343 metros sobre el nivel del mar), 

Delante de nosotros se extendía el vacío aterrador, inmenso: a unos dos kilómetros atmosféricos se hallaba el más inmediato relieve donde podían fijarse nuestros ojos, y este relieve era el monstruo de la cordillera Peña Vieja, que, arrancando como titán de piedra del valle de Fuente Dé sube escalonada entre abismos, torrentes, neveras, bosques y cresterías de bloques truncados, a ostentar su mural corona de rocas a 2685 metros sobre el nivel del mar:  entre Peña Vieja y nosotros no había más que el vacío inmenso, relleno de una neblina vaporosa que allá, en las honduras, nos tapaba con sus crestones los hermosísimos valles de La Liébana…

Un momento. Volvamos a leer: «... quedarnos a pasar la noche en la abrupta cumbre de Torrecerredo» ¿Estaban en la cima del pico Torrecerredo? ¿Rosario de Acuña y Villanueva y sus dos acompañantes habían ascendido a la cima más alta de los Picos de Europa y lo habían hecho dos o tres años antes que el conde de Saint-Saud?

Montañeros, estudiosos del montañismo, especialistas en el tema... ¡tranquilidad! Entiendo que cueste aceptar que se venga a poner en duda algo que se ha venido dando por cierto durante tanto tiempo... Vayamos por partes.

Dejemos por ahora el Torrecerredo y vayamos a otro de los picos que doña Rosario afirmó haber ascendido por entonces: El Evangelista. La mención por la escritora de su ascenso a esta cima topó con el escepticismo de más de uno. Y es que no había constancia de pico tal en la orografía asturiana; no había rastro de topónimo semejante. Aquello parecía suficiente para poner en duda sus supuestas ascensiones, tal vez un recurso literario de una escritora decimonónica. Aquella conclusión no satisfizo a todos, pues doña Rosario no era dada a artificios de aquel tipo. Tal fue el caso de Daniel Palacio (⇑) que investigó con afán el asunto, hasta el punto de aclararlo. En las páginas de  «Rosario de Acuña. Homenaje», publicado por el Ateneo Obrero gijonés en 1992,  nos cuenta que el pico que actualmente conocemos como Pica del Jierro aparecía citado en algunos mapas de finales del XIX con la denominación «pico El Evangelista». O sea que sí existía y  que, al parecer,  tenía que ver con  la existencia de una mina de hierro que había sido propiedad de un tal Juan Evangelista.

Por tanto, gracias a las investigaciones de Daniel Palacio, sabemos ahora que –a pesar de las dudas suscitadas por el desconocimiento y, tal vez, los prejuicios–   el pico El Evangelista sí existía y, por tanto, no hay razón alguna para dudar que Rosario de Acuña hubiera ascendido a su cumbre, situada a 2425 metros de altura, durante una expedición que efectuó por los Picos de Europa a finales de la década de los ochenta. Juan María Hipólito Aymar d´Arlot, conde de Saint–Saud asciende en 1891 a la Pica del Jierro, esto es, al pico El Evangelista; por tanto, Rosario de Acuña le habría precedido en la cumbre, pues a principios de ese año se publica El padre Juan, y en la dedicatoria de esa obra ya da cuenta la escritora de su ascenso en compañía de su fiel compañero.

Bien. Admitamos lo de El Evangelista; también la ascensión al resto de picos que se citan en  «Rosario de Acuña y Villanueva, pionera del montañismo asturiano» (⇑) (La Nueva España, 6-2-2006),  pero lo del pico Torrecerredo es, ciertamente, otra historia. La posibilidad de que hubiera ascendido a esa cima resultaba más difícil de admitir, no tanto por tratarse del techo de los Picos de Europa, sino porque su descripción no se corresponde con aquel escenario:

El cauce del torrente se estrechó, y de pronto quedó cortado en línea recta para hundirse en un ventisquero, cuya diáfana blancura, rielante como plata bruñida, aumentaba con su reverberación lo espantable de tan espantable vacío. Para mayor dificultad habíamos entrado ya en la región del heno alpino, y nuestras plantas resbalaban sobre aquella hierba finísima, lustrosa como seda, amarilla como el oro (era agosto), y que se escurría bajo nuestros pies con una suavidad desesperante. 

Aquello no terminaba de encajar. Lo del heno alpino y la hierba finísima resultaba bien extraño. No obstante, había que seguir investigando sobre el asunto. A ello me comprometí en aquel artículo escrito hace once años. Pregunté a montañeros conocedores de la zona y todos me decían lo mismo: lo que allí se describía no era el Torrecerredo.

Hace unos meses di con un comentario que sí podría explicar aquel asunto. La clave estaba en una parte de la descripción:

El guía recordó entonces dónde nos hallábamos: aquel repliegue abruptísimo del flanco de Torrecerredo se llamaba «La olla de los embudos» ¡el nombre decía algo!; era una sucesión de embudos, cinco o seis, de diámetros disformes y distintos, de menor a mayor, engarzados los unos en los otros, por cuya parte central se despeñaba el torrente, y cuyos bordes de roca lamida por el vaso de las avalanchas y en pendiente, casi vertical en muchos sitios, no ofrecía otro punto de apoyo que afiladas guijas, o manchones de tierra revestida de aquel heno traicionero tan perfumado como escurridizo. 

«La olla de los embudos». Tanto el nombre como la descripción bien podrían coincidir con la zona conocida como canal del Embudo, un serpenteante sendero en la zona de Liordes con cerca de novecientos metros de desnivel. 

La Canal del Embudo en un mapa del Instituto Geográfico Nacional

Con estos datos en la mano el investigador Ramón Sordo Sotres, gran conocedor de los Picos, nos ofrece una hipótesis que resulta ciertamente verosímil y que fue publicada en Foropicos (⇑), un espacio dedicado a la montaña especializado en Picos de Europa. Según su versión de los hechos, doña Rosario de Acuña y sus acompañantes bien podrían estar situados frente «al monstruo de la cordillera Peña Vieja», como ella relata, pero la contemplarían desde un punto de vista bien diferente, pues no se encontrarían en la cima de Torrecerredo, tal y como creían, sino en lo alto de Peña Remoña.

La Torre Cerredu, por lo menos en su ubicación actual, está lejos de La Canal del Embudu y nuestra autora puede haber llamado Torre Cerredo –cima a la que otorga unos 322 metros menos que a Peña Vieja– a La Peña Remoña, y entonces al bajar de esta hacia Juentedé [Fuente Dé], haya llegado por malos vericuetos a La Canal del Embudu sin dar con el camino de Los Tornos de Llordes. 

Lo dicho. Teniendo a la vista el mapa del Instituto Geográfico Nacional, la hipótesis parece que da una respuesta satisfactoria a las dudas planteadas, razón por la cual  parece razonable que aquí quede recogido. Dando por buena la versión del señor Sordo Sotres (de la cual tuve noticias hace apenas unos meses, por más que fuera publicada a finales del mes de mayo del año 2008), bien podríamos concluir que doña Rosario de Acuña y Villanueva realizó una expedición por los Picos de Europa, en el transcurso de la cual ascendió, al menos, a las cimas del pico El Evangelista (o Pica del Jierro) y a Peña Remoña.

Si a estas ascensiones unimos aquellas otras de las que ella ha dejado constancia escrita, tanto por el Sistema Central como por Sierra Morena,  tanto por las tierras asturianas como por las cántabras (véase, por ejemplo,  el comentario que realiza sobre la ascensión al pico Cordel (⇑), el dosmil más oriental de la Cordillera), bien podremos concluir que, habida cuenta de que la mayoría tuvieron lugar con anterioridad a la última década del siglo XIX, doña Rosario de Acuña fue una verdadera pionera del montañismo en España.