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domingo, 27 de diciembre de 2015

92. Rosario de Acuña y la naturaleza humana: El crimen de la calle de Fuencarral



 [Texto de la conferencia pronunciada el jueves 2 de mayo de 2013 en el Club de Prensa La Nueva España al cumplirse el XC Aniversario del fallecimiento de Rosario de Acuña y Villanueva]

Buenas tardes.

El próximo domingo se cumplen noventa años del fallecimiento de doña Rosario de Acuña y Villanueva, circunstancia ésta que no ha pillado desprevenido a Luis Miguel Piñera, director del Club La Nueva España y perspicaz observador de todo cuanto sucede en esta ciudad. Hace unos meses me propuso que preparara una charla para este lugar y este día… Y aquí estamos. Empecemos, pues.

Aquel 5 de mayo, Gijón se despertó con el cielo teñido de gris plomizo y con escasas novedades informativas, a tenor de lo que cuentan los periódicos locales del día: nada nuevo sobre las responsabilidades militares derivadas del Desastre de Annual; alguna referencia a los acostumbrados rifirrafes entre los miembros del Gobierno de concentración liberal presidido por García Prieto; la crónica de la visita del Jefe del Estado a Bélgica. En cuanto a la actualidad regional y local, también lo habitual: huelgas que se inician y otras que se acaban; desahucios; la crónica de algún mitin; unos cuantos hechos vergonzosos; el tráfico portuario; vapores que anuncian su próxima partida hacia América; los habituales anuncios de Hipofosfitos Salud, de Polvos antisépticos Calber, del purgante Yer o del Depurativo Richelet…

Ninguna novedad. Nada hacia presagiar que ese día iba a tener lugar el fatal desenlace. O quizás sí… a juzgar por las palabras que Carlos de Lamo dejó escritas tres años después. Al referirse a la repentina muerte de quien fuera su compañera de vida durante varias décadas, hace hincapié en dos hechos que para él adquirieron relevancia tras aquel fatal desenlace. El primero se refiere a las semanas precedentes, en las que —según cuenta— «casi todas las noches me recomendaba el cuidado cariñoso de nuestra leal e inteligentísima perrita si ella desaparecía»; el segundo, a las vísperas de aquel primer sábado del mes de mayo. Dice así:

«El anterior, el 4, me entretuve yo largamente, y en tonto, en el pueblo. Vivíamos siempre en el campo, en los alrededores de las villas. Al volver a casa me riñó con toda justicia, y terminó suplicándome: ¡Mañana, no vayas al pueblo!»

¿Presentía doña Rosario de Acuña, como insinúa Carlos, lo que iba a suceder al día siguiente? ¿Quién lo sabe? Lo cierto es que aquel sábado plomizo, el primero de los del mes de mayo del año 1923, una de sus arterias cerebrales se obstruye, dejándola al borde de la muerte cuando al parecer, trajinaba por la cocina, preparando algún cocido o guiso, quizás esas sardinas rellenas de las que nos ha dejado cumplida receta (⇑).

Presentida o no, la muerte la halló trabajando en la casa, cosa nada extraña pues dadas las penurias económicas que soportó en la etapa final de su vida, a pesar de la edad y de los achaques, ella era la que se ocupaba de todas las tareas domésticas. Presentida o no, el médico que acude a socorrerla no puede hacer más que acompañarla en sus últimas agónicas horas y certificar que el fallecimiento se produjo a las dieciocho horas, a causa de una embolia cerebral.

Antonio L. Oliveros, director de El Noroestepor entonces, había acudido a la casa del acantilado nada más conocer el estado de gravedad en el que se encontraba su amiga. Tras el fallecimiento, su primera intención fue dar cuenta inmediata de la triste noticia, pero Carlos de Lamo le ruega que no lo haga, que respete las disposiciones testamentarias de la finada. Y es que en su testamento lo había dejado muy claro: «Prohíbo terminantemente todo entierro social, toda invitación, todo anuncio, aviso o noticia ni pública ni privada, ni impresa, ni de palabra, que ponga en conocimiento de la sociedad mi fallecimiento…».

A pesar de que así se hizo, a pesar de que el domingo los periódicos no hicieron ninguna mención al respecto, la noticia de la muerte de la escritora corrió como un reguero de pólvora por la ciudad, razón por la cual fueron muchas las personas que se acercaron hasta El Cervigón para rendirle su último homenaje.

La representación de aquel acto debía de atenerse fielmente al guión que la dramaturga había escrito casi dos décadas antes. La escena debía estar acorde con la austeridad de la muerte: su cuerpo habría de ser depositado «en la caja más humilde y barata que haya» y conducido en el coche más pobre, «en el que no haya ningún signo religioso ni adornos o gualdrapas, de ninguna clase». Lo que ella no había previsto es que ni siquiera el humilde coche que esperaba en las proximidades de la casa resultara necesario, pues el féretro fue «sacado a hombros de obreros, que se disputaban ese honroso tributo». A decir del cronista, el modesto ataúd, que fue portado a hombros durante el largo trayecto, era seguido bajo una lluvia incesante por un numeroso cortejo fúnebre en el que destacaba la presencia de «caracterizados elementos obreros y otras representaciones del proletariado», además de dirigentes del Círculo Melquiadista, de las logias Jovellanos y Riego, del Ateneo Obrero y otras sociedades gijonesas. Una vez en el cementerio civil, tras escuchar con atención las últimas palabras que se pronunciaron en el acto, la comitiva despidió por última vez a quien había sido su ilustre vecina. Allí, en el otro extremo de la ciudad, en una sepultura en la que no habría de haber «más que un ladrillo con un número o inicial», reposarían para siempre los restos de esta mujer ejemplar.

Primera página de El Noroeste del martes 9 de mayo de 1923No fue hasta transcurridos dos días desde el entierro, cuatro desde su muerte, cuando la prensa diera cumplida cuenta de la noticia. El Noroeste lo hizo sin escatimar espacio. «Ha muerto doña Rosario de Acuña»: titulaba en su portada y a toda página. Debajo, un extenso panegírico en el cual se esbozan algunos datos biográficos de la finada, a quien se califica de «ilustre escritora» y «notable poetisa»; también de «propagandista del librepensamiento».

Noventa años después sabemos que en aquel texto había algunos errores, que nuestra protagonista nació en 1850 y no un año después como allí se decía (y luego se repitió vez tras otra hasta hace bien poco); que Carlos de Lamo no era su sobrino, sino su compañero de vida, su inseparable compañero… Ahora también sabemos que la trayectoria vital de doña Rosario no se puede reducir a su producción literaria; a sus poemas, sus dramas o sus artículos. Su personalidad fue mucho más rica de lo que en aquella laudatoria página se sugiere, como bien pueden constatar quienes hayan tenido ocasión de leer mi último libro a ella dedicado. Ya en el prólogo esbozo algunos de sus rasgos menos conocidos, a modo de aviso para los lectores más desprevenidos:

«Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de su época, la España del Concordato,en virtud del protagonismo que va a asumir en esta larga confrontación como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, regeneracionista, librepensadora, avicultora, articulista, exiliada, iberista, puritana, filo-socialista, autodidacta, deísta, republicana, melómana… en suma, un portento de mujer que a nadie dejaba indiferente…».

Ciertamente fue mucho más que una escritora y, una vez que han quedado fijados los grandes rasgos de su biografía, es momento de profundizar en las distintas facetas que configuran su rica personalidad y su fecunda trayectoria. Y algo se empieza a realizar en ese sentido. A los estudios sobre su producción literaria, se suman los que tienen por objeto su pensamiento feminista o los relacionados con su pertenencia a la masonería (sirva como ejemplo la conferencia pronunciada hace unos días en esta misma tribuna por Víctor Guerra, acerca de las complejas relaciones que doña Rosario de Acuña mantuvo con sus hermanos masones). Además de estos aspectos, más evidentes o conocidos, hay otros que también empiezan a despertar el interés de los investigadores. Tal es el caso de su pasión por la montaña, de la cual, siguiendo el rastro de las investigaciones realizadas por Daniel Palacio, di cuenta en un artículo (⇑) publicado tiempo atrás en La Nueva España, en el cual la situaba entre los pioneros del montañismo en Asturias.

En esta ocasión me propongo empezar a tirar de un nuevo fleco, explorar una nueva faceta del vasto testimonio que nos ha legado, la que tiene que ver con su interés por conocer lo más íntimo de la naturaleza humana, por analizar los mecanismos que llevan a nuestra especie a los terrenos de la perversión, el mal o la locura.

Su interés por la observación le viene de lejos, de su niñez. Por entonces, según nos ha contado en alguno de sus escritos (⇑),se asomaba con admiración a la lente del microscopio para admirar el «tenue embrión de un huevo de hormiga» o se emocionaba contemplando en el observatorio astronómico de París la imagen aumentada del planeta Venus, «con sus polos brillantes y su ecuador ceñido de plateadas nubes». En la mayoría de sus escritos de juventud encontramos detalladas descripciones, teñidas de pasión poética, de todo cuanto sus doloridos ojos contemplaban.

Lo de la observación sistemática de sus congéneres, de su comportamiento, parece que fue ocupación más tardía, pues no será hasta los primeros años ochenta cuando aparezcan los primeros escritos susceptibles de ser encuadrados en este ámbito de reflexión. Nuestra escritora, recién llegada a la treintena, parece haber decidido entonces que su pluma se ocupe más de los personajes que del escenario, más del comportamiento humano que del aleteo de las golondrinas. No lo hace por cuestión de estilo o de moda. Nada de eso. Es más, creo que lo que estas publicaciones traslucen es una nueva mirada, una nueva perspectiva con la cual Rosario comienza a contemplar el mundo. Lo cual no resulta nada extraño habida cuenta de los profundos cambios que acontecen en su vida por entonces. Veamos:

En 1876, al poco de haber contraído matrimonio con el teniente de infantería Rafael de Laiglesia y Auset, se traslada a Zaragoza adonde había sido destinado su marido. Poco más de tres años después el matrimonio vuelve a Madrid para residir en una quinta que han construido en Pinto. Según todos los indicios, es bastante probable que el retorno a la capital primero y la instalación en el campo después, supusieran un último intento de la pareja por salvar una relación que parece que está pasando por una profunda crisis motivada, al parecer, por la infidelidad de Rafael. De ahí el comentario que la escritora hizo tiempo después en el sentido de que no le importaba que «el hombre corriese al placer ciudadano» si era respetado su aislamiento campestre. En pleno proceso de readaptación a su nueva situación, Rosario recibe un nuevo mazazo: el 27 de enero de 1883 fallece su padre, joven aún, pues apenas cuenta con cincuenta y cuatro años de edad. Como si aquella calamidad hubiera sido el detonante, la prematura muerte de Felipe de Acuña parece precipitar la ruptura definitiva del matrimonio: Rafael de Laiglesia abandona definitivamente la quinta para instalarse en Badajoz donde desempeñará una nueva ocupación.

Huérfana y separada, en la ansiada soledad de su residencia pinteña, los meses que siguieron al nefasto enero del año ochenta y tres fueron para Rosario meses de agonía constante, de existenciales dudas, de profundas vacilaciones, de juveniles evocaciones, de repensadas vivencias; fueron meses de alejamiento, de analizar desde la distancia el comportamiento humano, de darle vueltas y más vueltas a todo aquello que no le gustaba de la sociedad en la que vivía: la fatuidad, la hipocresía, el sibaritismo, la vanidad…

Poco a poco su vida se va adaptando a la nueva situación, o como ella diría por entonces: «El tiempo ha pasado, la reorganización se va verificando lentamente en mi ser […] de no morir, he tenido que vivir… pues el que vive muriendo, es un parásito de la naturaleza». Así que con el paso del tiempo la cotidianidad va volviendo a su vida; los ciclos circadianos tan manifiestos en el campo, van regulando sus jornadas. No obstante, aquel proceso de cambio, o de reorganización como ella lo llama, siguió su curso y tuvo sus consecuencias. Algunas son más conocidas, como su pública adhesión a la causa del libre pensamiento (⇑) (finales del 84) o su posterior ingreso en la masonería (febrero del 86). Otras, lo son menos. Tal sucede con su interés por el estudio de la naturaleza humana, por conocer las razones últimas de su comportamiento, por indagar acerca de las alteraciones que pueden conducir a los hombres a la perversión y al crimen.

El inicio de tal inquietud habría que situarlo en los tiempos en que reside en Zaragoza, pues es a su regreso cuando su pluma se afana en cantar las virtudes que para la regeneración humana tiene el retorno a la naturaleza, abandonando las ciudades «donde se amontonan las pasiones bastardas, las ambiciones mezquinas, los pensamientos innobles». Ella que nació en el centro de Madrid, que se crió en las proximidades de la Puerta del Sol, tiene ahora una visión muy negativa de las ciudades, como bien podemos deducir de lo que cuenta en Influencia de la vida en el campo en la familia (⇑), publicado en 1882:

¿Qué se podrá decir de esos abismos hondos y negros, llamados calles, donde la luz opaca, vergonzosa, llena de ráfagas de sombra, penetra amarillenta al iluminar con esplendores difusos la vida del hombre, que cruza, va y vuelve sin otra noción del tiempo que la que le presta su reloj o los relojes públicos, si más idea de lo infinito que el paso de un cortejo fúnebre empenachado y reluciente, y sin más contacto con el cielo que la contemplación de un jirón azul estrecho, encerrado en marco de tejas y hacia el cual tiene que dirigir la mirada violentando su cabeza hacia atrás en postura incómoda? […] Nada tiene de extraño que el hombre, viviendo así, se enerve, que sus facultades intelectuales se reduzcan a los límites estrechos donde gira su existencia, y que su corazón, sin el cálido fluido que prestan los rayos del sol, se deje penetrar por el hielo del desengaño, envolviéndose en un sudario de indiferencia y de escepticismo que pervierte su naturaleza y afea y empobrece sus actos.

Si la tesis defendida en esta obra se sustenta en el hecho de que el escenario urbano en el que vive el hombre es, por su alejamiento de la naturaleza, el causante de su degeneración moral, no por ello deja de indagar también en el propio personaje y en el papel que la sociedad desempeña en el comportamiento de sus miembros. Y es ahí donde se encuentra con José María Esquerdo, un afamado médico que se había especializado en el estudio de las enfermedades mentales y en las necesidades y particularidades de quienes las padecían. El doctor Esquerdo sostenía que, en un entorno favorable y con un tratamiento adecuado, estos enfermos podrían encontrar una mejoría en sus males. Para probar sus teorías, en el año 1877 pone en funcionamiento un hospital mental en Carabanchel, por entonces a las afueras de la capital. Allí los enfermos llevan a cabo diversas terapias ocupacionales, bien fuera en los huertos y jardines o en el teatro, donde solían representar algunas obras dramáticas junto a familiares y enfermeros.

Aquel novedoso proyecto contribuyó a avivar el debate sobre el origen y las causas de la locura, del papel que en la enfermedad mental jugaba la herencia o acerca de los mecanismos que conducen a la degeneración humana, asuntos éstos que, como es fácil colegir, despertaban por entonces un gran interés en Rosario de Acuña, en pleno proceso de readaptación interior. Así que a nadie debe de extrañar que se fuera hasta Carabanchel a comprobar todo cuanto se pregonaba acerca del doctor Esquerdo y su sanatorio. Y a juzgar por lo que dejó escrito, quedó encantada con la visita:

Su casa de salud es un pueblo, mejor dicho un estado, cuyo rey es el racionalismo; ¡raro contraste! Toda aquella muchedumbre de locos, está regida por la razón: para ellos no hay violencias, contradicciones, brusquedades, ni satíricos ultrajes; diríase, al verlos en amigable consorcio, que es una reunión de verdaderos cuerdos: para ellos no hay más que dulzura, condescendencia, suavidad y una firmeza racional, en cuya tersa superficie se estrellan impotentes las olas de sus extraviadas sensaciones: he aquí porqué ha conseguido Esquerdo redimir al loco; él le da nombre, tratamiento, palabra, libertad y, por último, le da la razón, primer paso que le ofrece para regenerar su pensamiento, y este sabio, esta gran figura de nuestra época, que está tan plagada de fantasmas irrisorios de sabiduría y grandeza, se encuentra solo ante su obra, como estuvo solo Sansón para derribar el templo filisteo; su ciencia ha creado escuela; su fe ha reunido discípulos; su voluntad y su honrado trabajo, ha levantado ese edificio donde se refugian todos los dolores de la pasión, de la herencia o del organismo, y desde cuyas ventanas amplias y siempre abiertas, se contempla un horizonte extenso y un anchuroso cielo: su obra es de gigante, como toda obra de redención.

Además de las entusiastas alabanzas a la labor de Esquerdo, en el artículo, publicado con el expresivo título «Un redentor de locos (⇑)», anticipaba algunas de las líneas de investigación que habría de seguir en el futuro. Así, cuando afirma «El loco es un efecto cuya causa son los cuerdos», está señalando directamente a la sociedad como responsable, directa o indirecta, de la locura, lo cual le lleva a hacerse una pregunta crucial: «¿qué importa que llevando sus conclusiones al límite, es decir, hasta la puridad más absoluta, nos encontremos con la absolución del criminal…?»

Ahí es nada. La señora de Acuña se ha metido de lleno en una disputa de altos vuelos que no ha hecho más que empezar, la que enfrentará a juristas y alienistas acerca de la responsabilidad penal de los dementes.

El tema le apasiona porque intuye que en ese ámbito de investigación puede encontrar buena parte de las explicaciones que anda buscando. Tanto le atraen las tesis defendidas por los alienistas que no duda en convocar un certamen público bajo el lema «Irresponsabilidad del loco lúcido», dotado con mil pesetas. MIL PESETAS. ¡Qué bien le hubieran venido a ella al final de su vida, cuando ésas eran las pesetas con las que contaba para atender los gastos de todo un año… De hecho, qué bien le vinieron cuando le otorgaron el Premio Ayuso dotado con esa cantidad:

Vean la cuenta de esas pesetas que, desde luego, pueden considerarse caídas del cielo en mi hogar. Cincuenta duros de la cantidad han servido para rescatar alhajas empeñadas, que hubiera tenido dolor de corazón al perder, por haber pertenecido a mi abuela y madre. Treinta y cinco duros para pagar los réditos de la hipoteca que pesa sobre esta casuca como la llamó El Diario de la Marina de la Habana, en un sendo artículo (⇑)en que se probaba que yo era bruja, que salía todas las noches por el tejado a hacer mal de ojo a los aldeanos, que vivía en una casuca miserable a cuyo alrededor no crecía ni la hierba […] Sesenta duros para saldar deudas de judías, tocino, harina de maíz, aceite, patatas, cebollas, algún kilo que otro de carne y leche de la de botes, porque los campesinos no me venden las de vacas. Lista de comestibles que hace ya tiempo viene siendo mi cotidiano menú; pero como yo soy una regular cocinera y no dejo que se me peguen las gachas, ni se socarren las judías, ni se deshagan las patatas, ni se quemen el aceite o las cebollas, resultan suculento festín con el cual hasta la fecha no se pasó hambre.Diez duros de carbón vegetal que se debían y que es el combustible que gasto en un año, a más de unas cuantas pesetas de jabón para el lavado y otros avíos caseros.

Sobre todo esto pagado, ¡ah! que se me ha quitado de encima y que pesaba como una tonelada, habrá que comprar zapatos, que ya andaban los pies con vergüenza de las zapatillas de invierno.

Total me quedan unos cuarenta duros que, bien administrados, me aseguran tres meses de la alimentación acostumbrada (pues ya sabe usted que cuento con mil pesetas anuales de viudedad) y un año de seguridad en mi casuca sin andar con la ropa al hombro, en sobresalto continuo…

Sí, qué bien le hubieran venido entonces esas mil pesetas que entregó entonces al ganador del certamen por ella convocado…

En fín… a lo que vamos. Quedamos en que Rosario de Acuña está interesada en «averiguar y dilucidar en lo posible la línea divisoria entre la razón y la locura», y son sus palabras, y que, movida por este interés, a finales de 1884 hace público ofrecimiento de un premio de mil pesetas a quien presentara el mejor estudio acerca de este tema. Nuestra protagonista lo explicaba públicamente años después:

…fundé el certamen que, a más de servir de honra a la memoria de un sabio [en referencia al doctor Luque, fundador del cuerpo de médicos forenses], me sirviera a mí para conocer las capacidades frenopáticas que poseía mi patria, y además para aclarar algún punto de la oscura cuestión de la zona médica, que solamente de la investigación brota la verdad, y un concurso de la naturaleza del que cito había de servir de gran estímulo a la investigación.

Resta por decir, que el jurado, integrado por «eminencias científicas», según expresión utilizada por la fundadora, otorgó el premio a la memoria presentada por José María Escuder, un discípulo del doctor Esquerdo a cuyas órdenes trabaja en el sanatorio de Carabanchel, quien pocos años después de recibir el galardón adquiriría cierta notoriedad con ocasión de su intervención en calidad de perito en el denominado Caso Galeote, un crimen que, dada la identidad de los protagonistas, suscitó apasionados debates.

No era para menos. El 18 de abril de 1886, Narciso Martínez, primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá caía herido de muerte, a las puertas de la iglesia-catedral de San Isidro y ante numerosos testigos, tras recibir por la espalda tres disparos efectuados por el cura Cayetano Galeote. Aunque para muchos el asunto estaba claro desde el principio, y el tal Galeote era un asesino, hubo un sector de la prensa que, apoyándose en los informes de los frenópatas, defendía que el cura era un demente. O sea, que lo que se estaba dirimiendo en el proceso tenía que ver con esa línea divisoria entre la razón y la locura que tanto parecía interesar a nuestra protagonista. De hecho, tal era su interés que acude un día tras otro a la sala donde se celebra el juicio. Decidida a no perder detalle de todo lo que allí se dice, va provista de lápiz y cuartillas para realizar las anotaciones que considera pertinentes, lo cual no pasa desapercibido para los miembros de la prensa, alguno de los cuales se refieren a ella en sus crónicas como la «señora del rincón», alusión que motivó una respuesta pública e inmediata de la aludida (⇑):

Como podrá ver en el mismo calificativo de la del rincón, jamás he procurado hacerme visible; antes bien, me gusta contemplar todos los actos de la comedia humana desde los rincones, por creerme de este modo en mejores condiciones de observación, único medio positivo de llegar a saber algo en todas las sabidurías, fin absoluto y sin solución de continuidad que antes, ahora, y supongo que después, mueve las actividades de mi vida: pero como quiera que el párrafo citado da lugar a otros en que se descubre a través de culto estilo toda la fina ironía del hombre ilustrado cuando trata de la mujer, siquiera no sea ilustrada, sino meramente ambiciosa de ilustración, salgo de mi rincón, y como siempre que se trata del esclarecimiento de un hecho en que la verdad queda desconocida y su desconocimiento puede causar la depreciación de una mayoría, firmo con mi nombre las siguientes líneas, sin temor a colocarme a plena luz, porque es muy importante que una mayoría, la mayoría de las mujeres, recobre su verdadero sitio de seres aptos para pensar, al igual que la mayoría de los hombres, verdad que se encuentra algún tanto combatida en el hecho que motiva estas líneas. Ahora, particularmente, y para que si es posible se me deje tranquila en el rincón, único sitio de mi agrado en aquella sala […], voy a manifestarle las causas que, a más de la expuesta como esencial, me mueven a la anotación del juicio de Galeote.

Y es aquí donde se refiere al interés que le suscita el estudio de las enfermedades mentales, que intenta satisfacer con la adquisición de cuantas obras va produciendo la ciencia europea y que fue la razón que motivó la fundación del certamen científico al que me he referido, en el cual, como también queda dicho, fue premiado el trabajo presentado por el doctor Escuder, uno de los peritos presentes en la causa… Es tal el interés que le suscita el caso Galeote, que al final de su carta, hace públicas sus intenciones de escribir sobre el tema.

Ahora bien, el juicio clínico frenopático sobre el desgraciado Galeote es una a modo de continuidad el tema sobre el cual quiero saber lo posible, y por tanto, armada de lápiz y cuartillas, si bien incómoda por no encontrarme ante los pupitres de la prensa, tomo nota de todo lo que puede servir a mis fines, y demostrar con científicas aclaraciones el pavoroso problema de lo que es razón y lo que es locura.

Doy por terminadas estas explicaciones que he creído necesarias a la verdad; no es ésta la sola vez que he de ocuparme del proceso Galeote […] tengo el propósito de escribir extensamente sobre este asunto, uno de los de más trascendencia teológica, metafísica, social y frenopática que podrá verse en lo que resta de siglo.

No tengo constancia de que, tal como anuncia, escribiera alguna cosa más sobre el caso del cura Galeote, de lo que sí sabemos es de sus reflexiones en torno a otro proceso que, apenas un par de años después, volvió a atraer su atención: el conocido como Crimen de la calle de Fuencarral.

Grabado de José Vazquez Varela
José Vázquez Varela
En la madrugada del 1 al 2 de julio de 1888, los vecinos de un bloque de viviendas situado en la madrileña calle de Fuencarral dan la voz de alarma al percatarse de que de uno de los pisos del inmueble sale humo. Cuando la policía consigue franquear la puerta, descubre el cadáver casi carbonizado de Luciana Borcino, la dueña de la casa; en otra estancia encuentran desmayada a Higinia Balaguer, una joven que estaba ocupada como sirvienta. Conocido el suceso, la prensa no tarda en facilitar nuevos datos: se dice que la fallecida era una viuda rica (se le calcula una renta anual de unos cinco mil duros); que el cadáver tenía una herida incisa punzante en la región torácica, mortal de necesidad, y otras dos heridas en los costados; que al lado de la desmayada criada se halló un perro muerto a quien, al parecer, nadie oyó ladrar; que el móvil no pudo haber sido el del robo pues en la casa se encontró el dinero y las alhajas… Las sospechas recaen desde el principio en la joven Higinia, que apenas lleva una semana en la casa. No obstante, lo que iba camino de ser un crimen más, de esos que pronto se olvidan, pasa a convertirse en un asunto principal para buena parte de la prensa. Todo empieza a cambiar cuando la sirvienta es interrogada: acusa entonces a José Vázquez Varela, el hijo de la víctima. A quienes le conocen, la acusación no les debe sorprender en absoluto, pues el joven, también llamado Varelita o el Pollo Varela, tiene una merecida fama de pendenciero y delincuente. Sin embargo la acusación de Higinia tropieza con lo que tiene visos de ser una coartada perfecta: Varela está cumpliendo condena en la cárcel Modelo.

Sin querer dar el caso por concluido, los periódicos se hacen eco de un rumor que circula por Madrid que afirma que el Pollo Varela entra y sale de la cárcel cuando quiere, y lo hace con el consentimiento del mismísimo director de la Modelo: unos testigos dicen que al reo lo han visto por la calle, otros afinan más y señalan que a mediados de junio estuvo en los toros, en la corrida de Beneficencia… Desde ese mismo momento, la vista acrecienta su interés para buena parte de la prensa, pues el director de la Modelo no es otro que José Millán Astray, un protegido del mismísimo Montero Ríos, por entonces presidente del Tribunal Supremo. Por tanto, atacar a Millán supone hacerlo contra Montero Ríos y, por extensión, contra el Gobierno.

La prensa, que gracias al respaldo de leyes más permisivas, como la liberal de 1883, se encontraba por entonces inmersa en un proceso de expansión intentando captar el interés de nuevos lectores y anunciantes, apuesta de manera decidida por aquel caso. El seguimiento se hace diario, con informaciones que los gacetilleros obtienen del tribunal, las descripciones más o menos realistas de los bajos fondos por donde suelen moverse algunos de los protagonistas o las historias que se cuentan del pasado de algunos de ellos, todo ello bien acompañado de dibujos o grabados de los principales actores de este drama. Como diría un cronista que siguió atentamente el caso: «La prensa busca en primer lugar emociones con que saciar la voracidad de sus lectores, procura dar a estos cada día noticias estupendas», para añadir, a modo de ejemplo, «En cuanto se indica que tal o cual persona va a ser interrogada por el juez, los periodistas buscan su domicilio, le encuentran, se encaran con la persona, la acosan a preguntas, y no vuelven a la redacción sin un caudal más o menos auténtico de noticias»

El cronista al que me refiero era un escritor llamado Benito Pérez Galdós, quien, fascinado por cuanto rodeaba aquel suceso se ocupó de él en profundidad escribiendo varias crónicas para el diario bonaerense La Prensa, aunque para ello tuviera que dejar a un lado sus otras ocupaciones, tanto la de novelista reputado (no en vano acababa de publicar una que llevaba por título Fortunata y Jacinta), como la más reciente de diputado en Cortes, pues en 1886 obtuvo el acta de diputado por la circunscripción de Guayama (Puerto Rico).

Así las cosas, no nos debería de extrañar que, conociendo lo que conocemos, a doña Rosario de Acuña aquel asunto le habría de resultar muy atractivo, por más que sus objetivos no fueran, ni por asomo, los que empujaban a la prensa a la febril actividad que desarrolló por entonces, ni siquiera coincidieran con los de su admirado Galdós. Ya sabemos que a ella lo que le interesa es la razón o la sinrazón de la naturaleza humana, la causa última de sus desvaríos. Y para que no haya dudas así lo hace saber en el mismo inicio de sus reflexiones públicas sobre el asunto:

«Elevándose con la posible serenidad sobre este hervidero tempestuoso de exacerbadas pasiones que el crimen de la calle de Fuencarral (como la mayoría lo nombra) ha producido en nuestra sociedad, se descubre un extendido campo de problemas, cuyo eje fundamental e inconmovible, ante una indagación de buena fe, se caracteriza con una sola palabra: educación

A ella no parece interesarle ni la repercusión social que está teniendo aquel proceso, ni el papel que en este asunto desempeña la prensa, ni si se está intentando aprovechar este juicio para sacar rédito político. Lo que le preocupa es indagar en el pasado de Vázquez Varela para intentar localizar el inicio del mal, porque aunque Varela no llegara a ser condenado por parricida, suficientes pruebas hay de su malignidad y, por tanto, es menester conocer cómo y en qué circunstancias empezó a caminar por la senda de la perversión. Su conclusión parece clara: «su cuna fue el mullido barbecho donde empezó a desarrollarse el germen del vicio». Y lo fue por haber sido un niño excesivamente mimado, a tenor de lo que el propio Varela confiesa «su madre siempre empezaba por negarle lo que después le concedía». Y esto es para el autora un gran error, por cuanto «No guiándose el plan educativo por un sentido moral inquebrantable, la irresolución y debilidad es la primera consecuencia que recibe el niño, el cual pierde la fe en la superioridad de la madre».

A la nociva falta de criterio maternal durante la primera crianza, suma Rosario de Acuña la perversa educación que el niño Varela recibió después en un convento donde fue impregnado de toda la pedagogía jesuítica: allí «se le dijo todo lo bueno, se le enseñó todo lo malo». Para añadir:

Grabado de Higinia Balaguer
Higinia Balaguer
«"Al que te pida la capa le das la capa y la túnica"; esto dice la moral del Evangelio cristiano […]; esto debió oírlo mil veces en la católica, apostólica, romana mansión que le abrió sus puertas, y a la par que esto aprendía en las lecciones, su inteligencia, viva tal vez para toda observación maliciosa, comprobaba esta enseñanza ideal con la real de los hechos; acaso oyó una y cien veces en el seno de su hogar maldecir del coste de su educación, de las socaliñas de propinas, rifas y regalos con que en los conventos acosan a las familias de los educandos, de la carestía de la pedagogía jesuítica, y con juicio exacto, que para esta deducción bien escasa potencia intelectual se necesita, comprobó la virtud aprendida con la virtud acostumbrada, y su sentido moral, falseado en su más hondo cimiento, le hizo apreciar como secundarios accidentes de la vida el desinterés, la abnegación, la generosidad, ¡esas tres maravillosas virtudes esenciales de la moral, que deben incrustarse en las almas infantiles como tres diamantes de inapreciable valor, con los cuales pueden comprarse todas las dichas juntas de la tierra!»

A estas alturas, camino ya de los treinta ocho años, bien podemos decir que nuestra protagonista ha dado un vuelco a su vida: la encantadora y prometedora escritora, la joven e ilusionada esposa, la bien querida hija de don Felipe y doña Dolores, la vástaga de la noble estirpe de los Acuña, se ha convertido en una mujer separada, librepensadora, republicana y masona. Y actúa en consecuencia.

A ella, ciertamente, del crimen de la calle de Fuencarral, no le preocupa el mayor o menor interés literario de aquel folletón por entregas, protagonizado por, al decir de algunos, unos personajes muy galdosianos. Lo que a doña Rosario le interesa de Higinia Balaguer será todo lo que atañe a su crianza, con el ánimo de indagar en las condiciones en las cuales se forjó la naturaleza de esta mujer, calificada por el abogado de la acusación particular como «criminal inteligentísima y extremadamente peligrosa». Así que, con los datos disponibles en el sumario, se atreve a recrear el escenario en el que transcurrió la infancia de Higinia en una pequeña aldea del Campo de Borja.

«El hambre tal vez acosaba, la ignorancia no necesitaba acosar, porque es el estado natural de los habitantes de nuestras aldeas. La pequeñuela nace, ¿para qué servirá? He aquí la primera pregunta mental que cruza por la inteligencia de sus padres. Se la lleva a la siega, a la vendimia o al pastoreo […] por la noche la madre está rendida, duerme y duerme, y mil veces la pequeña buscó en vano el amoroso calor del seno materno; se cría sin amor porque el hambre, la miseria y el trabajo borran en las madres de nuestro pueblo hasta los instintos de la maternidad […] En el hogar de la pequeñuela no hay más que una esperanza: la de verla grande para que sea útil» Pronto se hace cargo del cuidado de sus hermanos. Crece al fin; sus pequeños hermanos ya tienen en ella su niñera

Y de su educación ¿qué sabemos? Poca cosa, lo que ella contó en el juicio: «Usted aprendió bien el Catecismo, ¿verdad?» «Sí, señora, como todos lo aprendemos; pero eso, ¿qué?» Ahí está toda su educación, «en que se aprendan de memoria esos diez mandamientos estriba todo el plan de enseñanza que rige nuestros pueblos rurales». Y a renglón seguido se adentra la librepensadora a intentar demostrar, mandamiento a mandamiento, que la letra resbala sobre los espíritus incultos, sin dejar el menor vestigio, y lo hace porque una cosa es aquello que recitan de carrerilla y otra, muy distinta, lo que ven a su alrededor: apariencia, hipocresía, supervivencia…. Así pues, con la letanía en los labios y con el corazón bien hollado por el duro aprendizaje adquirido día tras día, comienza Higinia a caminar sola por la vida:

«Allá marcha, a la ciudad, con el Catecismo aprendido; no sabe leer ni escribir; no conoce las cosas más fundamentales y sencillas leyes de la naturaleza, de las cuales se desprende una moral tan pura; no aprendió ni siquiera a reflexionar sobre sí misma; ha sufrido desamor, los golpes, el trabajo, acaso superior a sus fuerzas; lleva en su mente, no la semblanza del amor a Dios y a su prójimo, la inquina contra la Providencia y la desconfianza hacia sus semejantes…»

¿A qué esperar a la sentencia? Para Rosario de Acuña no hace ninguna falta: los encausados Varela, Higinia, Dolores Ávila, María Ávila y Millán Astray aunque fueran culpables de los hechos que se les imputan, no por ello dejan de ser, además, víctimas de un sistema hipócrita y corrupto, de una sociedad enferma:

«… en donde por desgracia encuentra tan fácilmente calor y savia el germen del vicio. En todos nosotros hay algo de esa responsabilidad que se lanza sobre el criminal; sólo estando convencidos de ello podrá desaparecer el crimen. Escudriñemos con firme serenidad los fondos sociales y veremos en ellos, bajo la superficie cristalina de transparentes manantiales, un lecho de infecundo cieno. Todo lo somos, ¡todo menos hombres! ¡Ni una mirada a la conciencia! ¡Ni una mirada a la dignidad¡ ¡Ni una mirada al pudor! ¡Ni una mirada al cielo, a lo eterno, a lo incorruptible! Nuestra vista está fija en una línea rasante con los más inmediatos horizontes: el dinero, el poder…»

Y si mal está la parte más baja de la sociedad, peor es la opinión que tiene de los dirigentes, no muy diferente, por cierto, a la que se suele escuchar en nuestros días:

«He aquí el lema de nuestros gobiernos. Dan contratas donde los plebeyos endiosados, acaso presidiarios ayer, ganen millones a cambio de que caiga en sus manos los desperdicios de la ganancia; préstanse influencias a entes degenerados, cuyo único mérito es atusarse simétricamente la perfumada barba a cambio de que su cabeza, al decir sí o no, contribuya al triunfo de éste o aquél programa; y la gobernación de provincias, departamentos o regiones, es el sabroso premio con el cual se recompensan los saltos de los más impúdicos».

Ahí la tenéis. Ella es aquella mujer que en los primeros meses del año ochenta y tres, desengañada y dolorida, inició una larga travesía del desierto, un periodo de agonía constante, de existenciales dudas, de profundas vacilaciones, de juveniles evocaciones, de repensadas vivencias; un tiempo de análisis sistemático de la naturaleza humana, de darle vueltas y más vueltas al origen del mal y de la degeneración… Cinco años después se muestra convencida de que es la sociedad la que está mal, la que no funciona, que «el penado no brota de una manera espontánea».

No contenta con describir el cuadro de la enfermedad, con unir su voz a quienes no tardando habrán de clamar por una regeneración de la sociedad, apunta a la educación como el principal remedio y asigna a las mujeres el papel protagonista en el proceso de cambio:

«Sed dignas madres de los futuros hombres. En vosotras radica la viril rectitud de vuestra descendencia; dadles primero el fluido de una inteligencia rica, vigorosa, firme y segura; dadles después la noción de una virtud sincera, inquebrantable, tranquila y consciente; enseñadles al criminal y explicadles el crimen, y que de sus ojos brote una lágrima de piedad para el delincuente y de sus labios un grito de horror para el delito.»

Y por esa misma senda, reclamando para las madres, para las mujeres, el protagonismo en la regeneración de una sociedad enferma, continuará a partir de entonces y lo hará hasta el final, hasta aquel plomizo día, el domingo hará noventa años, en que una de sus arterias cerebrales se obstruye, dejándola al borde de la muerte cuando al parecer, trajinaba por la cocina, preparando algún cocido o guiso, quizás esas sardinas rellenas de las que nos ha dejado cumplida receta.

Muchas gracias.

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Este comentario fue publicado originariamente en blog.educastur.es/rosariodeacunayvillanueva el 5-5-2013


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